He de reconocer que compré este
libro por pertenecer a una colección la editorial Bloomsbury donde se reunían 9
clásicos modernos con unas ediciones de bolsillo muy cuidadas y de portadas muy
sugerentes. Claramente me guie por la apariencia y por la breve sinopsis de la
novela antes que por otra cosa. Me dejé convencer por un aspecto cuidado quizá
dejando a un lado el interesarme más por la propia historia pensando que, como los
otros tres libros de esta colección que había leído me habían gustado, este
también me iba a gustar. Y, sin embargo, ha pasado todo lo contrario, y es el
que me ha gustado menos de todos. Aun así, con tesón y porque, en el fondo, el
libro se deja leer bastante bien lo he terminado acabando. No me importaría
hacerme con el resto de libros de esta colección, pero he estado mirando y parece
ser que ya está descatalogada. Una pena, porque realmente su diseño está
tremendamente cuidado para ser ediciones de bolsillo.
Snow falling on cedars (o Nieve
sobre los cedros en castellano, aunque es muy complicado hacerse con ella en
nuestro idioma, no sé por qué razón) es una novela judicial que sigue los pasos
de las clásicas novelas de John Grisham, pero con un punto más de lirismo en su
narrativa. La trama gira en torno al juicio a un pescador y ex militar
americano de ascendencia japonesa acusado de asesinato en primer grado contra un
compañero del mar y antiguo amigo de la infancia en mitad de una noche de
espesa niebla y en mitad del mar. Alternando en la narración los
interrogatorios a los testigos en el juicio y flashbacks de los principales
personajes a momentos pasados que les marcaron de manera contundente y definitiva,
la novela avanza a trompicones salteada como está de descripciones del ambiente
y narraciones de transiciones entre escenas y lugares que no aportan más que páginas
y páginas que, a mi juicio, resultan más que prescindibles y que en lugar de
conseguir dar a la novela un aire clásico y literario la convierten en un
bodrio bastante aburrido.
He comentado que esta novela
tiene posos de John Grisham, el gran maestro de las novelas judiciales, pero
simplemente lo he hecho por comodidad ya que hubo un tiempo en que leía a
Grisham casi como obsesión. Snow falling on cedars tiene muy buen ritmo
narrativo y es muy buena en el momento en que la narración se centra en el
proceso judicial, fuera de ahí su autor se pierde intentando ser más un
novelista lírico que reconociendo que está escribiendo una novela de género. Y
es que tengo la impresión de que el autor quería y al mismo tiempo evitaba
escribir una novela que pudiera clasificarse como judicial, cosa que en el
fondo es y que no sería algo malo. Pero ha podido la voluntad de enmascararla y,
para mí, sobran como 100 páginas de aquí y de allá donde lo narrado no aporta
un ápice de interés a la narración.
Centrándonos en lo bueno de Snow
falling on cedars debo decir que la ambientación judicial y la narración de
los hechos delictivos está muy bien conseguida y prácticamente uno mientras lee
se imagina cualquier película americana de juicios, con su juez pasota, el
jurado serio, el fiscal arrogante, el abogado defensor voluntarioso y el acusado
silencioso sabiendo que ha sido arrestado injustamente por malentendidos
derivados en este caso de rencillas previas y de su origen racial. Además, es
esta segunda parte, la del origen racial y el racismo generalizado en parte de
EE.UU. durante la posguerra mundial contra americanos de origen japonés, cuyas
vidas se vieron truncadas de golpe tras Pearl Harbour y que tras la victoria
sobre Japón en el Pacífico quedaron tocadas por un velo de sospecha eterna simplemente
por no parecerse al americano clásico de ascendencia europea.
Pero poco más positivo puedo
decir de esta novela. Snow falling on cedars ha pasado sin pena ni
gloria por mis manos. Si la he terminado es porque: primero, no me gusta dejar
las novelas inacabadas y segundo porque no todo lo que sobra en el libro viene
seguido. Si esto último hubiera sido así no hubiera pasado de la mitad. Fijaos
si ha sido irrelevante el libro en mis manos que un día se me olvidó en la
oficina y tuve que hacerme dos trayectos en metro (el de esa tarde y el del día
siguiente para volver al trabajo) sin nada que leer, y casi que lo prefería. Al
final terminé acelerando la lectura leyendo en diagonal párrafos y páginas
enteras no notando que me haya faltado nada por leer o matizar. Creo que con
esto queda dicho todo.
Caronte.
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