viernes, 17 de abril de 2020

Pantaleón y las visitadoras


Llevaba mucho tiempo sin coger un libro de Mario Vargas Llosa, probablemente más de un año, y ya tenía ganas de volver a leerle. La verdad es que para los que leemos tanto y estamos todo el santo día pendientes de novedades, de recomendaciones, de cuentas de Instagram de libros, de reseñas de aficionados a la lectura, de las secciones de libros de los periódicos, buscando en Amazon (y echando mucho en falta ir a una librería por la situación que estamos toda la sociedad viviendo) a veces es complicado encontrar huecos entre lecturas para esos autores que tanto nos gustan y nos han marcado de una manera u otra. Aún recuerdo a la perfección las sensaciones que me transmitió la primera novela de Vargas Llosa que leí, “El sueño del celta”, y cómo tras ese libro me dije que tenía que adentrarme en su literatura, a la que no me había acercado hasta ese momento por respeto y por pensar que yo no estaría a la altura de un autor el que, además, acababan de dar el Nobel.

Pantaleón y las visitadoras” es probablemente una de las cinco novelas que conformarían el canon literario de Vargas Llosa; de hecho, es una novela que va camino de cumplir medio siglo. Ya en el instituto, hace ya más de una década, cuando estudié la literatura iberoamericana del siglo XX y se nombraba a Mario Vargas Llosa se citaba esta obra como una de sus más celebradas e importantes. Y no es de extrañar ya que, dejando a un lado la trama de la que ahora hablaré, la forma en que la novela está narrada, sin tener dos capítulos seguidos iguales, y usando diferentes estilos y el vocabulario tan rico del español peruano, el autor arequipeño consigue dar al lector una obra entretenida que uno no quiere dejar de leer.

Para hablar de la trama de “Pantaleón y las visitadoras”, me gustaría empezar diciendo que antes de interesarme siquiera por este libro cuando leí el título por primera vez pensé es una novela que versaría sobre un señor con diversas amantes: una especie de folletín amoroso ambientado en la Lima burguesa e hipócrita. No pude estar más equivocado. La trama de la novela gira en torno a la misión que se le encomienda al capitán del ejército peruano Pantaleón Pantoja (Pan-Pan) de organizar un servicio de prostitutas (visitadoras) dirigido a saciar los apetitos carnales y los ánimos calenturientos de la tropa destinada en mitad de la Amazonía peruana. De lo que esta misión desencadena tanto a nivel personal en Pantaleón (que viaja a Iquitos con su mujer y su madre), como social versa la novela. Junto a esta trama principal hay otra subyacente derivada de la existencia de una secta religiosa de prácticas dudosas cuanto menos que termina por confluir con la trama principal de manera dramática.

Lo que durante toda la novela es una historia cruda, pero con bastante sentido del humor, ya que según el propio Vargas Llosa el humor y cierta caricatura fue la única manera que tuvo de afrontar la realidad que muestra en “Pantaleón y las visitadoras”, que no deja de ser una novela basada en hechos reales, pasa a convertirse con su final es una crítica mordaz a los estamentos militares, civiles y religiosos del Perú de aquellos años.

Pantaleón y las visitadoras” no deja de ser un drama tratado con un aire de realismo mágico aderezado con ese colorido, ese sabor, esos aromas, esos sonidos que tiene el español hablado al otro lado del charco y que, en no pocas ocasiones, se hace difícil de entender por quedar totalmente descontextualizado para un lector de España. Pero es la magia de los autores iberoamericanos: su lenguaje, su español tan diferente, tan sumamente rico, tan versátil y maleable. Vargas Llosa usa tanto el castellano de España como el español de Perú para mostrar en las diferentes formas de narrar matices muy diversos.

Probablemente “Pantaleón y las visitadoras” sea de los libros que más me han sorprendido para bien en cuanto a su forma, es decir, a su manera de estar narrado. Vargas Llosa emplea diferentes formas de narración para ir contando una historia, no de forma lineal, sino de manera conjunta planteando hechos desde muy diversos puntos de vista. Así, tenemos conversaciones entremezcladas en capítulos en los que no hay más que diálogos; informes militares de Pantaleón pidiendo recursos para ampliar el servicio de visitadoras; informes de militares quejándose, con la boca chica como se ve al final del libro, de dicho servicio; un programa de radio en el que se expone el impacto que, en Iquitos, han tenido las visitadoras; una crónica periodística del drama que acontece y que de una manera u otra acaba haciendo reventar los remaches del servicio de visitadoras.

Cualquier persona que quiera leer algo de Vargas Llosa creo que en “Pantaleón y las visitadoras” encontrará una novela tremendamente bien escrita, original en su forma y divertida al mismo tiempo que dramática en su fondo. Y quien ya haya descubierto a este peruano Nobel de Literatura y no haya leído aún esta novela, está tardando en hacerse con ella y ventilársela en estos días de encierro obligatorio en los que no podemos salir de nuestra casa nada más que con nuestra imaginación, y para ello los libros son los mejores medios de transporte.

Caronte.

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