viernes, 7 de agosto de 2020

Confesiones de una máscara

Parafraseando el título del libro que hoy reseño (aunque obviamente yo no soy una máscara) he de confesar que decidí leerlo básicamente por las bellísimas ediciones de bolsillo (pero con tapa dura) que Alianza Editorial ha sacado de varias novelas (entre ellas esta de la que voy a hablar) de Yukio Mishima con motivo del 50 aniversario de su fallecimiento. Vamos que me he guiado por el físico más que por otra cosa; he sido muy materialista. Pero ha merecido la pena puesto que he descubierto a un autor del que nunca había oído hablar y que me ha dejado un sabor de boca maravilloso. También es cierto que lleva tiempo queriendo retomar un poco la literatura japonesa y descubrir nuevos autores del país del sol naciente ya que solo conozco realmente a Murakami (a quien por cierto también debería retomar). Además, no solo me interesaba esta novela por su edición y autor, sino por la temática: LGTBI; temática tan de moda (y con libros tan malos) a día de hoy pero que cobra mayor interés en una novela que tiene 70 años.

Confesiones de una máscara” es una novela narrada en primera persona en la que un joven nos cuenta su vida, sus dudas, sus miedos, sus inseguridades, sobre su propia identidad y sus pulsiones sexuales no comprendidas en una época y una sociedad conservadora donde lo normal es seguir una tradición familiar previamente estipulada. Según he leído, esta novela a veces se ha considerado autobiográfica y en ella Mishima no hace más que volcar lo que fue su vida, cosa que me choca bastante con un autor que fue todo un personaje misterioso muy conservador que se hizo el harakiri con apenas 45 años.

Pocas novelas me han hecho sentir tan identificado con un personaje, o con unas sensaciones, como lo ha hecho “Confesiones de una máscara”. No es fácil abrirse en canal, plasmar unos sentimientos y unas sensaciones que desgarran por dentro, que dificultan vivir y ser feliz o al menos intentarlo. Nunca es fácil asumir una sexualidad, o no lo ha sido siempre, cuando lo que la sociedad mayoritaria mente asume sin preguntar es justo lo contrario de lo que eres y cómo te sientes. Aún hoy cuando alguien pretende preguntar a un chico si tiene pareja lo hace refiriéndose a si tiene novia o no. Aún hoy, después y a pesar de todo, hay que definirse de alguna manera para que la sociedad pueda clasificarte en algún colectivo.

Mishima, en 1949, con “Confesiones de una máscara” logra poner por escrito lo que miles y millones de personas han sentido, sufrido y experimentado en relación a su sexualidad: esa presión social por intentar encuadrarse en alguno de los nichos clasificatorios que la sociedad exige. El joven que presenta como protagonista y narrador de esta novela nos cuenta cómo ha sido su vida hasta la constatación de que no puede amar a quien debe porque la atracción física que siente por los chicos esbeltos, de cuerpos casi perfectos, se lo impide.

Nada de lo que el narrador de “Confesiones de una máscara” cuenta me es extraño porque la mayor parte de las dudas, confesiones y miedos que expone yo mismo los he vivido e ido asumiendo. Ningún sentimiento es simple en esta novela, no hay ni blancos ni negros, sino una gran amalgama de grises que hacen que cualquier persona, de la sexualidad que sea, pueda verse reflejado o identificado con todo o parte de lo que se narra en las páginas de este libro.

A diferencia de lo que suele pasar en las novelas de temática LGTBI actuales, escritas por niñatos principalmente, en las que las experiencias sexuales y el sexo son los protagonistas, Mishima logra con “Confesiones de una máscara” confeccionar una novela que sigue totalmente vigente a día de hoy que deja por los suelos las niñerías absurdas de la actualidad del mundo LGTBI. Nada en esta novela es banal, nada se reduce a la simple atracción sexual o al propio acto sexual; hay sentimiento encontrados, paradojas difícilmente resolubles, dudas, miedos, incoherencias, dificultades, dilemas irresolubles. Lejos está esta novela de la simpleza de las novelitas destinadas al público LGTBI inmaduro de hoy en día. Por eso creo que me he sentido muy identificado con lo que esta novela narra, porque parte de esas dudas y miedos los he tenido y aún hoy, en algunas ocasiones, sigo teniendo.

Confesiones de una máscara” no es una novela divertida ni amena, todo hay que decirla, sino una en la que la intensidad emotiva y sentimental es tan grande que debe ser digerida con calma, intentando empatizar y ponerse en el lugar del narrador para poder entender, también en su contexto, en el momento en que fue escrita, lo que significa intentar encajar y asumir tu propia identidad, sobre todo para aquellos que nos vemos en un mundo en el que no somos capaces de encajar en una única clasificación sino en varias y por muchas y variadas razones. Mishima ha logrado lo que pocos escritores hasta ahora han hecho: y es que me vea totalmente reflejado en una historia que, por cierto, podría ser la de muchas personas a día de hoy.

Caronte.

viernes, 31 de julio de 2020

Ensayo sobre la lucidez

Hacía tiempo que no cogía una novela de José Saramago y lo he vuelto a hacer principalmente porque me iba a ir de vacaciones a Lanzarote, tierra adoptiva de este genio luso de las letras, donde pasó gran parte de su vida y donde falleció. El libro me lo he terminado pero el viaje se ha tenido que retrasar dos semanas por el maldito bicho que lleva atormentando y destrozando planes, familias y vidas desde hace ya cinco meses (y lo que nos queda por aguantar). La verdad es que, aunque Saramago y, sobre todo, su inconfundible estilo, me parecen de lo mejor que se puede leer de literatura contemporánea (aunque en sí él ya sea un clásico), no lo leo tan a menudo como he hecho con otros autores porque en el fondo me impone mucho como escritor y cuando me cruzo con alguna de sus novelas en librerías de segunda mano siempre dudo entre comprar o no por no saber si estaré de nuevo a la altura, como lector, de su obra.

Ensayo sobre la lucidez” se podría considerar una especie de continuación de la famosísima novela de Saramago “Ensayo sobre la ceguera”. Hay referencias y enlaces entre ambas novelas, aunque no leer una no impide poder disfrutar con total calma y serenidad de la otra. Referencias tanto en personajes como en reflexiones, incluso entre las propias cegueras de las que se habla en ambas novelas. Así, en la que hoy reseño se habla de una ceguera ciudadano figurada que lleva a que una inmensa mayoría de ciudadanos en unas elecciones decidan votar en blanco siendo inmediatamente calificados por los gobernantes como ciegos; mientras que en “Ensayo sobre la ceguera” si se habla de una ceguera médica que hace sucumbir a todo un país.

Como acabo de esbozar, “Ensayo sobre la lucidez” narra la historia de una ciudad capital de un país que en ningún momento se nos dice dónde es, pero que todos sabemos ubicar en un país vecino con el que nos llevamos bastante bien, donde los ciudadanos llamados a unas urnas para renovar el gobierno municipal deciden votar mayoritariamente en blanco. Esta decisión, tan democrática como otra cualquiera, pone en guardia a los gobernantes de la nación y a los dos partidos que se reparten el poder (partidos de la derecha y del centro), que obligan a repetir las elecciones obteniendo en dicha repetición aún mayor porcentaje de voto en blanco. Desde ese momento el gobierno encabezado por su presidente y con la voz cantante del ministro del interior someten a la ciudad a un cerco dejando a sus habitantes solos ante el autogobierno.

La historia se va centrando entre las deliberaciones del consejo de ministros, las conversaciones entre el presidente del consejo de ministros y el ministro del interior, las pesquisas de un comisario de policía enviado a la ciudad a investigar y acusar a una mujer que sorprendentemente en la ceguera física que asoló el país no quedó sin vista, y la propia mujer envuelta en una conspiración sin sentido. “Ensayo sobre la lucidez” es una novela que golpea en la línea de flotación de la clase política, en cómo manejan los hilos para que una realidad que les da la espalda, por arte de magia, se les vuelva de cara siempre.

Saramago no deja en muy buen lugar a la política y a una clase de políticos que ante todo imponen sus ansias de poder y fama a la realidad. “Ensayo sobre la lucidez” muestra como todo se puede ir al garete simplemente en el momento en que unos analfabetos ambiciosos lleguen al poder y no sepan leer la realidad pensando que solo ellos tienen la razón siempre de lo que la sociedad quiere. Y es que no es una enfermedad votar en blanco (para los políticos de la novela, votar mal, estar ciegos), sino no ser capaces de ver con clarividencia y lucidez que esa decisión democrática es un síntoma más de una enfermedad llamada política incompetente.

Ensayo sobre la lucidez” es una novela que se hace incómoda de leer por lo real que puede llegar a ser en algunas partes. Las conversaciones entre los políticos, con el ministro de interior como Maquiavelo supremo, son detestables y en más de una ocasión he llegado a sentir odio muy profundo por ese personaje (cosa que no me ha pasado muy a menudo). También es una novela que hace pensar, que hace reflexionar sobre el sistema político que hemos construido entre todos y cómo el poder no lo tiene quien temporalmente lo ostenta, sino los ciudadanos que con nuestros votos tenemos la obligación de hacer ver y sacar de la ceguera a los políticos que manejan los hilos. Otra cosa es que la gente normal y de a pie sea capaz de llegar a ese grado de lucidez que es necesario para que seamos conscientes de nuestro poder real, aunque medios de comunicación y partidos políticos hagan lo suyo para hacernos pensar, si no lo contrario, sí que no es tanto nuestro poder.

Siempre es un placer leer al Nobel portugués. Siempre se pasan muy buenos ratos con un libro de Saramago en las manos. “Ensayo sobre la lucidez” es uno de esos libros que se disfrutan, que se deben degustar con tranquilidad, paladear cada palabra, cada frase, cada párrafo, cada capítulo. Obviamente si uno no está familiarizado con el estilo de este magnífico escritor luso, la primera vez que se intente sumergir en alguna de sus novelas puede que se ahogue, que le produzca incluso reparo, pero puedo asegurar que si se superan esos primeros miedos e impresiones se está ante un novelista único. Espero no dejar pasar tanto tiempo hasta el siguiente libro de Saramago que coja entre manos, pero eso nunca se sabe.

Caronte.


jueves, 16 de julio de 2020

Sidi

Siempre vuelvo a Pérez-Reverte. Es uno de esos escritores que casi nunca me dejan frío ni me aburren; es de los pocos autores cuyas novelas entretienen, hacen viajar y además enseñan al lector algo sobre un tema determinado o una época concreta. Da gusto leer cualquier libro de Reverte por el trabajo que uno sabe que hay detrás y que queda reflejado en un fondo de la trama complejo, bien definido, delicadamente perfilado, que hace que los personajes, ficticios o más reales, cobren una dimensión realista que pocos autores saben conseguir a día de hoy. Aunque parezca mentira debido a que es un libro que hace apenas unos meses que ha salido a la venta, también he dado con él en una librería de segunda mano; librería que por cierto siempre tiene una gran variedad de libros de Alfaguara en perfecto estado y a un precio rebajado por normal general un tercio de su valor original. Pero este no es el tema; el tema es que Pérez-Reverte ha vuelto a conseguir una novela redonda de principio a fin.

He de reconocer que cuando se anunció nueva novela de Pérez-Reverte y se dio a conocer que llevaría por nombre “Sidi” quedé frío, muy frío. No me pareció un nombre atrayente ni interesante; de hecho, no me sugería absolutamente nada. Fue una pequeña decepción. Sin embargo, cuando salió publicada y tras ver entrevistas al autor y críticas en diferentes blogs que sigo, me fue picando más y más la curiosidad por este relato de ficción medieval cuyo personaje central, en torno a quien gira toda la novela, es el mítico Cid Campeador. Más atracción sentí por el libro tras ir leyendo opiniones de lectores “ofendiditos” porque la imagen que se da de El Cid en esta novela no es la que corresponde a la que la historia oficial de este país ha contado durante generaciones.

Y es que el Rodrigo Díaz de Vivar que protagoniza “Sidi” es un hombre que mira solo por sus hombres (fieles, tenaces, guerreros) y por él mismo sin importar nada más que su honor y su palabra dada. La novela se divide en tres partes: la primera y la última narran dos “misiones” o escaramuzas, una contra moros y otra contra cristianos; mientras que la parte intermedia está dedicada a la transición entre un encargo y otro, y en ella se describe, de manera muy documentada, cómo era la vida y las relaciones entre reinos en los territorios que hoy por azares de la historia se llaman España.

Como he mencionado de pasada antes, en “Sidi” Arturo Pérez-Reverte muestra un Cid diferente al matamoros conquistador de reinos moros que la historia franquista analfabeta nos ha implantado en todos los lugares y que Charlton Heston inmortalizó en la gran pantalla. Rodrigo Díaz de Vivar es un infanzón castellano desterrado por un Rey vil al que, sin embargo, sigue considerando su legítimo señor, y ante el que se niega a batallar al servicio de otros señores. Se gana la vida sirviendo al mejor postor, sea este un rey cristiano o uno musulmán de alguna de las taifas que en el siglo XII resquebrajaron la península ibérica. No hay rastro de ese héroe sangriento que mata moros y expande los dominios de los reinos cristianos avanzando sin parar la Reconquista. Quizá por ello cierto sector de lectores han visto en esta novela un ataque directo a su subconsciente franquista idílico y falso, acusando incluso a Pérez-Reverte de mentiroso.

Pero centrémonos. “Sidi” es una novela histórica de aventuras, al más puro estilo clásico, donde la acción y los personajes son clave. Las conversaciones entre El Cid y sus hombres, o con el emir de Zaragoza, o consigo mismo antes de entrar en batalla o al acordarse de su mujer e hijas dejadas atrás en Cardeña, son delicados retazos de un hombre muy alejado del héroe que nos han vendido durante años. La recreación de la primera escaramuza contra los moros y de la gran batalla de la última parte de la novela son tan cinematográficas que el lector es capaz de ver las imágenes en su cabeza a medida que va leyendo, de oír los ruidos de las batallas, o incluso de poner música a esas imágenes evocadas por la prosa de Pérez-Reverte. Pero no todo es acción y los tempos narrativos de esta novela están manejados con suma delicadeza para no abrumar al lector al mismo tiempo que se le plantea un fresco bastante ajustado a la realidad de lo que era la península ibérica en la Edad Media.

Sidi” es una novela para pasar unas horas muy entretenidas leyendo, para sentarse a la sombra de una sombrilla en la playa o la piscina, o bajo una parra en el campo, o para no salir de casa en una tarde tórrida de verano. La extensísima labor de documentación previa de Pérez-Reverte hace que la novela, además de entretener, ilustre al lector sobre una época que contiene más sombras que luces y que es muy desconocida por la mayoría. Por todo esto creo que, después de su última novela de cierre de la trilogía de Falcó que me dejó ciertamente decepcionado, con este libro Arturo Pérez-Reverte vuelve a conseguir una novela redonda que se disfruta de principio a fin.

Caronte.


lunes, 29 de junio de 2020

Redeployment

He de reconocer que cuando compré este libro de relatos, lo hice basándome más en las críticas y los premios recibidos por él que por la temática que sus páginas guardan. Y es que este libro no solo fue premiado con el National Book Award (probablemente el premio más importante que un autor puede recibir en EE.UU.) sino que todas las críticas que he leído lo han puesto por las nubes ensalzándolo como uno de los mejores libros escritos recientemente en EE.UU. Suelo ser bastante escéptico con premios y críticas desmesuradas, pero también reconozco, de nuevo, que el National Book Award es uno de los premios con más prestigio de cuantos se entregan en todo el mundo (habiendo sido concedido en el siglo XX a la mayor parte de los clásicos contemporáneos americanos). Pero era muy escéptico y comencé a leer este libro con muchas dudas y miedos porque el tema bélico, de manera directa y como eje vertebrador de un libro, no es que me apasione; me suele resultar pedante, ensalzador de militares y de valores artificialmente alabados.

Redeployment” es un libro de relatos cuyo denominador común es la guerra. Phil Klay, el autor del libro es un ex marine del ejército americano que estuvo desplegado en las guerras de Irak y Afganistán. No es de extrañar entonces que todos los relatos del libro estén directamente relacionados con esos dos conflictos bélicos que han desangrado a los EE.UU. durante las últimas décadas. Klay deja en las hojas de este libro sus experiencias personales difuminadas por la ficción, claro está, pero sin dejar de ser profundamente emocionantes.

El primer relato del libro, que además da título al mismo, me dejó frío, pero no porque fuera malo, o no me llegara a transmitir nada, sino porque como he dicho al principio todo lo que tiene que ver con la guerra narrada en un libro me da cierto rechazo. Pero esta frialdad no fue más que un simple espejismo. “Redeployment” me ha enganchado como no esperaba y como llevaba ya tiempo sin experimentar con un libro.

 Todos y cada uno de los relatos contenidos en este libro dibujan la guerra desde un punto de vista diferente y no todos sobre el terreno. Phil Klay usa en cada relato de “Redeployment” una voz narrativa diferente, desde un soldado que va y viene del frente, hasta un diplomático, pasando por un herido de guerra, un ex militar, o un sacerdote. Todas las experiencias narradas en forma de ficción y relato están llenas de verdad y tejen un tapiz en el que se ve el absoluto sinsentido de las guerras, sean donde sean y por el motivo que sean. No hay razón para matar a ninguna otra persona por ningún motivo ni en nombre de ningún derecho, y esto, de manera sucinta, se entrevé en cada relato.

Es curioso como EE.UU. ha hecho de la guerra una forma de vida y cómo adolescentes, apenas críos inmaduros son equipados con chalecos antibalas, armados con rifles de asalto cuyas balas pueden arrancar partes enteras de la anatomía de una persona, y se forman para conducir carros de combate y aviones mortales contra poblaciones a las que instruyen para odiar simplemente porque sí. “Redeployment” es eso: es el miedo plasmado en papel, el odio, la sinrazón, el querer volver a casa, el sentimiento de culpa, el no saber qué se está haciendo, los insultos, la sensación de estar perdido, la tensión ante un cruce de calles desierto en medio de una ciudad cualquiera de Irak, el sonido de una bala, de una explosión, el olor a sangre, a vísceras podridas, gritos en la lejanía, dolor.

Siempre he pensado que para meterse en el ejército hay que tener una madera especial, llamando madera a estar perturbado y tener algún tipo de trauma pendiente que necesita materializarse de alguna manera. Tras leer “Redeployment” sé que si para meterse en el ejército hay que tener la cabeza con algún tipo de tara para ir a una guerra las taras deben ser varias. De la guerra o huyes y vuelves a casa saliéndote del ejército marcado de por vida, o te pierdes aún más en un océano de odio, traumas, pesadillas y perdición. Nadie normal, con dos dedos de frente, es capaz de ir al frente, disparar un arma contra un ser humano en la distancia y volver intacto.

Redeployment” es un libro duro, con imágenes de violencia explícita, con dilemas morales profundos, con personajes cuyas almas y conciencias vagan entre las páginas intentando buscar una respuesta que les permita, un día más, seguir con su vida, sobrevivir. No puedo resaltar ningún relato por encima de otro porque todos son sobresalientes y todos de una manera u otra llevan al lector a la desazón, a sentirse incómodo con lo que está leyendo

Nunca antes de “Redeployment” había leído un libro que me llevara a la guerra de primera mano y cuya única temática fuera la guerra. Con este libro he suplido un hueco relevante en mis lecturas, pero es que ojalá las novelas bélicas, o los libros sobre guerras actuales fueran tan profundos y sinceros como lo es este. Ojalá hubiera más libros y autores como Phil Klay que no se quedaran en la autocomplacencia de pintar la guerra como un mal inevitable del mundo en el que vivimos, porque no es así. Las guerras destrozan a quienes las hacen y a quienes las sufren; solo los que las dirigen salen indemnes de un conflicto bélico. Por todo esto creo que leer este libro puede ayudar mucho a entender qué es una guerra de verdad y no a través de una película de Hollywood.

Caronte.


domingo, 21 de junio de 2020

Ávidas pretensiones

Pocos libros me han decepcionado de manera total y absoluta casi sin argumento contrario. Pues va a resultar que este es uno de ellos. Y mira que lo compré con ganas en la librería de segunda mano a la que voy siempre a ver si algún libro me elige y se deja comprar por mí, después además de más de tres meses sin pisar una librería. Y mira que apetecía leer esta novela con la que Fernando Aramburu (encumbrado al Olimpo de la narrativa española, merecidamente o no, con su opus manga “Patria”) ganó el premio Biblioteca Breve de novela hace unos años; premio que, como todos supongo, ha ido degenerando paulatinamente, pasando de ser un galardón prestigioso de una de las editoriales con más solera de España (Seix Barral) a convertirse en otro galardón más de editorial que premia a sus, ya en catálogo y generalmente consolidados, autores y en el que la calidad literaria rara vez aflora en ediciones recientes (hablo de las últimas décadas).

A ver cómo lo digo sin que suene ni muy directo ni muy duro ni muy desconsiderado: “Ávidas pretensiones” es una novela pretenciosa, un pastiche de novela de enredo y folletín cómico. Su trama gira en tornos a las vicisitudes que un grupo de poetas vive en un monasterio durante un fin de semana en el que se celebra un congreso, unas jornadas poéticas, sobre qué es la belleza en la poesía. A partir de ese tema central se ramifican tramas y subtramas, secundarias, terciarias, en las que los muchos y diferentes personajes interactúan y vuelven loco al lector. No hay rumbo en la novela, no hay un objetivo en la trama, no se pretende contar nada interesantes, sino simplemente hacer una caricatura burda que pretende, además, ser irónica sin conseguirlo, del mundo poético actual.

No sé lo suficiente de congresos, jornadas, certámenes literarios o poéticos como para entender muy bien la “¿supuesta?” crítica que Aramburu encierra en “Ávidas pretensiones”. De hecho, no sé si realmente quería criticar parodiando este mundillo. Lo que sí sé, es que más que parodiar el, quizá, nivel ínfimo de la poesía actual, para mí ha conseguido parodiarse, y muy mal, a sí mismo. Habiendo leído “Patria” y un par de libros suyos más derivados del terrorismo de ETA, no comprendo la necesidad que tenía Aramburu de escribir algo así. No le encuentro lógica alguna y, sinceramente, me da bastante pena.

Centrándome en “Ávidas pretensiones”, he de decir, que salvo tres o cuatro carcajadas contadas que me ha generado esta novela, me he aburrido enormemente durante sus poco más de cuatrocientas páginas. Ninguno de los hilos argumentales me ha enganchado como para poder salvarlo. Ninguno de los personajes me ha llamado la atención como para hacerle una mención individual (no creo que, en este aspecto, el haber introducido más de una docena de personajes haya ayudado mucho a los lectores). La novela en lugar de ser un tapiz bien tejido, armónico y uniforme, es una madeja alborotada llena de nudos que se hace muy difícil de seguir.

En una novela irónica, sardónica, sarcástica, donde se pretende que el humor sea el tono predominante y mediante esto se haga una crítica fundada y que pueda realmente llegar a escocer hay que poner mucho más interés y cuidado que para escribir un drama realista. “Ávidas pretensiones” es un fracaso como novela irónica y de humor. El lector se ve atrapado por un estilo muy pretencioso que no casa con lo que Aramburu suele escribir. Una maraña de actos, de personajes, de acciones que más que divertir con el enredo, enredan en el mal sentido de la palabra.

Ya digo que no sé qué cosa buena decir de “Ávidas pretensiones”. Es que nada me hace alabar una novela que a mí personalmente me ha parecido una sobrada, una pérdida de tiempo y de dinero. Sé que los días que he empleado en leer este libro bien podría haberlos empleado en cualquier otra cosa mínimamente más interesante (y hay muchas cosas mínimamente más interesantes y divertidas en las que emplear mi tiempo). Tampoco entiendo sinceramente el premio Biblioteca Breve concedido en su día, y si aquel año ésta fue la mejor novela no quiero pensar cómo serían las otras (y estoy más que seguro que decenas de novelas presentadas a ese certamen serían mil veces más interesantes que ésta).

No puedo recomendar la lectura de “Ávidas pretensiones” porque no tengo la costumbre de recomendar cosas que no me hayan gustado. Y esta novela no me ha gustado absolutamente nada. Pretenciosa, fuera de tono, fuera de lugar, personajes enmarañados sin casi evolución ni profundidad, tramas descolocadas, forzadas, prototípicas. Lo siento, pero este libro es probablemente el peor que me he leído este año, y esto ya es decir demasiado.

Caronte.


martes, 9 de junio de 2020

La conjura contra América (The plot against America)

No sé por qué a veces dejo pasar tanto tiempo para retomar a algún autor cuyo estilo y libros me apasionan, pero que dejo hibernar hasta que algún evento me lo vuelve a traer a la palestra. Esto me ha pasado con Roth esta vez. Empecé a leerle cuando le dieron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras hace ya unos años y me encantó lo que leí de él, pero lo dejé en la despensa por así decir. Hasta que hace unas semanas la cadena americana HBO estrenó una adaptación de esta novela suya cuyo tráiler me gustó y decidí volver a poner a Roth en mi lista de pendientes. Hasta esta semana cuando cogí el libro y lo devoré literalmente, dejándome llevar sin voluntad de resistirme por la prosa de quien es, para mí, probablemente el gran novelista americano de los últimos cincuenta años (aunque a este respecto siempre habrá muchas discusiones).

La conjura contra América” (que es el nombre de la traducción española de la novela de Roth) parte de la premisa histórica falsa de que, en 1940, en las elecciones presidenciales de ese año, gana Charle A. Lindbergh en lugar de Roosevelt y por tanto EE.UU. no entra en el momento que debe en la IIGM para luchar contra el fascismo y el nazismo en Europa. Como se puede ver Roth utiliza eventos y personajes históricos reales para narrar un “pudo ser per no” que, dado el momento actual que EE.UU. está viviendo este mes de junio, bien podría haber sido así en aquel entonces.

Philip Roth, como suele hacer en todas sus novelas, usa lugares que le son cercanos, familiares, habituales, que conoce bien, afín de cuentas, para ambientar sus novelas. “La conjura contra América” se desarrolla en la misma ciudad (Newark), en la misma calle (Summit Avenue) y en la misma casa (nº 81 de esa calle) en los que Roth vivió hasta su marcha a la universidad. De hecho, la novela está narrada por un tal Philip Roth quien cuenta cómo con 8-10 años vivió aquellos hechos que golpearon una América que podría haber sido.

La novela, y fundamentalmente el estilo alambicado, de frases largas y complejas pero fáciles de seguir que tiene Roth, es adictiva. “La conjura contra América” se lee sintiendo que lo que narra no es ficción, sino que ocurrió realmente hace ochenta años. Y esta sensación se acentúa aún más teniendo en cuenta que en el fondo la deriva fascista de EE.UU. y un antisemitismo incipiente no es más que un adorno en la novela, centrándose realmente en la vida de la familia del Roth de la novela: sus padres temerosos de lo que está pasando en la sociedad y luchadores porque su vida no se vea afectada; su hermano, a quien de una manera u otra, siendo apenas cuatro años mayor que él, se ve medio aceptando lo que pasa a su alrededor; su primo que se va a Canadá a luchar contra el fascismo en Europa; su tía materna que solo quiere trepar socialmente y termina casándose con una preeminente figura judía que termina siendo asesor del presidente fascista Lindbergh.

Roth escribió “La conjura contra América” en 2004 pero, sin embargo, la novela cobra estos días un significado aún mayor debido a las protestas raciales que se han desbocado en América teniendo en la Casa Blanca a un presidente indigno del puesto en la historia que tiene. No es poca la comparación. Hacia el final de la novela, en un determinado momento de caos, un político dice que EE.UU. es y debe ser un país de ley y orden, y que hay que aplicar ambas cosas con toda contundencia. No sé si esto recuerda algunas palabras presentes.

La conjura contra América” no solo es un ejercicio de ficción histórica increíblemente bien hilada, donde la cotidianeidad de los personajes y sus vidas, dan aún más verosimilitud a la narración, sino que es una novela que muestra sin cortapisas como el odio al diferente puede prender en poco tiempo en una sociedad aparentemente tolerante, civilizada y que se cree la cuna de la libertad y los derechos. No hay que olvidad que todos los personajes históricos que salen en la novela ya sean del mundo político o de la economía, de la televisión, de la prensa, del mundo judío, de los derechos civiles, etc., fueron personajes reales. Que Lindbergh fue un ultraderechista americano miembro de una asociación llamada America First (no sé si os suena…), y que Roosevelt fue el gran presidente que ha tenido EE.UU. en el siglo XX llevando al país de una depresión económica terrible a ganar la IIGM.

De las pocas cosas que me han chirriado de “La conjura contra América”, aunque no por ello me haga considerar globalmente la novela como de las mejores que me he leído este año, es que los dos últimos capítulos no me encajan totalmente ni por ritmo ni por estilo con el resto de la novela. Tengo la impresión de que esos dos últimos capítulos bien podrían ir intercambiados de orden (y, de hecho, creo que debería ser así). Además, también tengo la sensación de que la novela acaba muy drásticamente sin dar al lector casi oportunidad de asimilar el final del libro.

Reconozco que si he devorado “La conjura contra América” durante los últimos días ha sido porque quiero ver la serie que estrenó HBO hace apenas unas semanas, pero esto no quita para que fuera un libro que llevaba en mi lista de pendientes mucho más tiempo del que debería haber estado. He disfrutado de las páginas de esta novela como llevaba tiempo sin disfrutar de ningún libro, pese a que a priori el estilo narrativo de Roth puede resultar pesado, cosa que no es en absoluto y su narración se hace deliciosa se mire por donde se mire. Para aquellos lectores que gustan de pasar horas con un libro entre las manos, esta es su novela. Una novela que cobra realismo por los eventos históricos actuales que estamos viendo y que ha ganado actualidad por la adaptación a la pequeña pantalla.

Caronte.


martes, 2 de junio de 2020

Academia de artes marcianas

Cuando cualquier escritor se enfrenta al papel en blanco para intentar contar una historia que desde siempre haya estado anclada en su cabeza, debe tener muy claro qué quiere contar y cómo hacerlo. Superar los primeros momentos de indefinición, de incertidumbre, de miedo, de hojas en blanco por rellenar, no es algo sencillo y no siempre se consigue. Gonzalo Senestrari, al autor de esta novela, aunque no es nadie recién llegado al mundo literario, ha comenzado con este libro una saga: proyecto literario que si nos fijamos en la historia de la literatura muchos otros grandes autores han confrontado e intentado, no siempre saliendo vencedores.

Con “Academia de artes marcianas”, un título que por sí solo ya es bastante atrayente por sí mismo, Senestrari plantea a los lectores un juego de preguntas y postulados filosóficos entrelazados con la historia del joven Wilco que hará de la lectura de la novela no un simple hecho de divertimento dirigido a pasar unos muy buenos ratos leyendo, sino también a participar de esas preguntas y postulados haciéndonos pensar y dejándonos reflexionando cada vez que decidamos cerrar el libro para continuar nuestra vida fuera de las páginas de la novela.

Si una novela no produce ningún cambio en el lector una vez leída no merece la pena. Si un libro no plantea preguntas al lector, ya sea directa o indirectamente, con la trama principal o las adyacentes, no merece la pena ser leída. “Academia de artes marcianas” cuenta con temas universales que miles de escritores antes que Senestrari han tocado en sus obras, porque en el fondo, como yo siempre digo, el único trabajo de un escritor es vivir y la vida de toda la humanidad al final se mueve por principios básicos comunes a todas las sociedades.

Basándose en un mundo real, el mundo en que vivimos, el autor de “Academia de artes marcianas” recrea una sociedad que al mismo tiempo nos parece cercana y distante. Esa es y debe ser siempre la magia de la literatura, partir de un mundo conocido para, con las suficientes herramientas y muchas dosis de imaginación (siempre sin pasarse ni resultar grotesco o infantil), mostrarnos un mundo diferente, quizá posible si en vez haber tomado los caminos que la humanidad ha ido tomando a lo largo de la historia, hubiera tomado otros muchos diferentes.

Academia de artes marcianas” no se hace pesada de leer en ningún momento. La gran variedad de personajes, cada uno con sus manías, formas de expresarse, características y peculiaridades, hacen que la novela vaya avanzando tomando diversos y variados puntos de vista que complementan la trama principal dándola brillo y sobre todo ritmo. Una novela sin ritmo, por muy buena trama y mejor argumento que puedan tener, termina siendo un aburrimiento y se arriesga a que el lector desconecte. Senestrari logra mantener al lector en todo momento dentro de la novela, sumergido en sus páginas y deseando saber más y más, pasando las páginas con avidez.

Más que nunca en esta época en la que nuestras casas, o nuestros cuartos, se han convertido en casi los únicos horizontes que podemos explorar, encontrar una novela fresca en cuanto a su argumento y trama y ágil en cuanto su ritmo, es un placer. “Academia de artes marcianas” se disfruta de principio a fin y deja con las ganas de seguir leyendo más, queriendo seguir esa anunciada saga que esta novela inicia.

 Caronte.


jueves, 28 de mayo de 2020

El hijo del acordeonista

Pues ya está confirmado, 2020 además de ser el año de la COVID-19 a nivel global va a ser el año de Bernardo Atxaga a nivel personal en cuanto a lecturas. Con este libro ya son tres los que me he leído de este maravilloso, y desconocido para mí hasta hace unos meses, escritor vasco. Hasta la lectura de esta novela los dos libros anteriores que había leído me dejaron cada uno con sensaciones opuestas: uno me encantó, el otro me dejó muy frío e indiferente. Con esta tercera lectura se ha deshecho el empate de sensaciones y ahora vuelve a predominar la admiración por la manera de narrar de Atxaga, confirmándome que estoy ante uno de los más grandes y originales fabuladores (sin perder contacto con la historia y la realidad vasca) de este gran país donde caben decenas de sentimientos e identidades. Atxaga ha logrado con esta novela transportarme directamente al corazón del ser vasco, del sentimiento de los valles perdidos y verdes de Euskadi.

El hijo del acordeonista” es una historia llena de dobles lecturas, de imágenes oníricas de un pueblo prototípico vasco, de melancolía por un pasado y una edad olvidada por los hombres; pero, es también una novela trampa que va escondiendo su objetivo durante todo el tiempo para poco apoco desenvolverlo en el último tercio de la misma. Bajo una historia narrada bajo el paradigma del manuscrito encontrado y transcrito encontramos la más absoluta verdad y realidad de lo que ha sido la historia del País Vasco y España en los últimos cincuenta años.

A través de la historia de dos amigos de toda la vida Bernardo Atxaga construye una historia mágica, llena de sentimientos, matices, pasado, lucha, fuerza, amistad, amor, patria, melancolía… “El hijo del acordeonista” es una novela narrada en dos tiempos: uno presente que transcurre en California, en un rancho con caballos, donde el pasado se encuentra con el presente y el sentimiento vasco traspasa el tiempo y las generaciones para seguir vivo lejos de los verdes valles vascos; el otro tiempo es el pasado, desde los años sesenta hasta la Transición, desde la más tierna niñez, hasta la juventud pasando por la adolescencia, donde van naciendo preguntas sobre quiénes somos y de dónde venimos, donde las personalidades se van transformando hasta moldearnos para convertirnos en quiénes somos.

Bernardo Atxaga desde el principio oculta el fondo de “El hijo del acordeonista”, tira de una trama sentimental, llena de referencias naturales, populares, de recuerdos de infancia y juventud inocentes, donde la música popular, los bailes y las tradiciones de un pueblo ficticio pero paradigmático del sentir vasco como es Obaba, ocultan la historia que este país y la sociedad oprimida vivió durante muchos años. Un pasado oculto, oscuro, con más susurros que voces directas, donde los odios se tragaban para no ser señalados y marginados, sino algo más grave.

Sin ser del todo una novela sobre los inicios del conflicto vasco, “El hijo del acordeonista” cuenta muy bien cómo fueron las ascuas, nunca definitivamente extintas, que dieron lugar a lo que durante cuarenta años terminó por ser una lacra muy oscura para la sociedad vasca. Atxaga no se deja llevar por el miedo al qué dirán y pinta lo que de verdad fue ese conflicto al principio: resistencia frente a la barbarie, frente al olvido, frente al ocultamiento de crímenes (no siempre sangrientos).

El estilo de Atxaga hace que poco a poco, sin uno darse cuenta, acabemos sumergidos hasta el cuello en Obaba. Nos hacemos amigos de los protagonistas, olemos y sentimos lo que los protagonistas huelen y sienten y ven. Los bosques, los valles, los riachuelos, las veladas en el hotel Alaska con música de acordeón. Odiamos como odia el protagonista, amamos como ama. Terminamos por coger cariño a muchos personajes y sufrimos con ellos injusticias. “El hijo del acordeonista” es una novela llena de personajes inolvidables, de esos que marcan y dejan huella, con una historia adictiva que duele, duele por lo que tiene de destructiva, por lo que tiene de verdad, a fin de cuentas.

Con “El hijo del acordeonista” Atxaga no pretende vender ninguna verdad absoluta, simplemente se basa en la ficción, en Obaba, su gran creación literaria (como la Región de Benet o la Mágina de Muñoz Molinba), para contar y hablar de su patria, de su tierra, de su hogar. Ese es el mensaje fundamental que creo que se puede sacar de esta historia: la patria de uno son sus recuerdos, su gente, su infancia, sus juegos y flirteos adolescentes y juveniles, su maduración, su constatación de la realidad del mundo exterior a nuestro infinito mundo interior.

Si tuviera que elegir una de las tres novelas que hasta ahora he leído de Atxaga para recomendar sin duda elegiría esta. “El hijo del acordeonista” tiene todo lo que es el mundo de este autor vasco, no por nacionalidad sino por lengua de escritura. Atxaga es capaz de transmitir belleza y melancolía al mismo tiempo que seriedad haciendo que los sentimientos que el lector va experimentando durante la lectura de este libro cambien de página a página. Es una novela que llega al corazón y lo deja tocado con las diferentes intrahistorias que contiene aparte de la principal. Añado, aunque esto es mucho más subjetivo, que es la novela que más me ha gustado de todas las que llevo leídas este año.

                                                                                                                                                     Caronte.


sábado, 9 de mayo de 2020

Las uvas de la ira

Para mí escribir sobre algún libro que haya leído es una tarea sencilla porque suelo expresar con palabras lo que esa novela ha despertado en mí durante su lectura. El problema viene cuando lo que se reseña no es una novela cualquiera, sino una de las grandes novelas de la historia de la literatura, cuya repercusión fue grande en el momento de su publicación, pero que sigue muy viva a día de hoy. John Steinbeck es uno de los grandes de la literatura americana y universal, y sus novelas, tanto las grandes como las menores (en extensión hablo), han quedado impresas en la memoria de millones de lectores en todo el mundo. No hay que pasar por alto que esta novela está considerada como uno de esos libros que todo lector debería leer, o al menos intentarlo (para gustos colores, ya sabemos). Frases como “una de las mejores novelas de la historia” o “la gran novela americana” pueden parecer hechas y enlatadas, pero creo que en este caso hacen justicia al referirse a este libro.

Las uvas de la ira” es uno de esos títulos de los que todo lector ha oído hablar en algún momento, ya sea en clase (instituto o universidad) o simplemente rebuscando en listas de mejores libros de la historia. Obviamente puede gustar más o menos, llamar la atención o causar repulsa de primeras, pero lo que es innegable es que tras transcurridos más de ochenta años desde su publicación sigue siendo una de las novelas fundamentales en la historia de los EE.UU. y, por tanto, y esto es así, de la historia de la literatura.

Para mí era un reto enfrentarme a la lectura de “Las uvas de la ira”. Es un libro que me imponía respeto y más teniendo en cuenta que se supone que es el mejor de Steinbeck, o por el que mayor reconocimiento tuvo. Después de haber disfrutado enormemente con “Al este del Edén” hace algunos años, siendo uno de los mejores libros que he leído, enfrentarme con su hermano mayor era algo que me generaba algo de ansiedad por las altas expectativas puestas en él. Pero las expectativas han sido colmadas.

Las uvas de la ira” narra la historia de la familia Joad, de Oklahoma, y su peregrinaje miserable hacia el oeste, hacia Califormia, buscando un porvenir que les haga sobrevivir. Tienen que abandonar su granja y sus tierras echados por los grandes terratenientes que han decidido prescindir de los aparceros para mecanizar las tierras y sacar más beneficio directo durante una época en la que junto a las pésimas cosechas se unió la Gran Depresión americana. Así, la madre, el padre, los abuelos, los dos hijos pequeños, la hija casada y embarazada con su marido, y los dos hijos solteros (Tom Joad entre ellos, recién salido de la cárcel por asesinato), junto con un predicador conocido de la familia parten hacia el oeste, hacia su ansiado El Dorado. La travesía es dura. Siguiendo la Ruta 66 van dando con gasolineras, cafeterías de carretera, otros emigrantes dentro de su propio país, americanos que les miran como si fueran apestados…

La narración de la novela se centra principalmente en Tom Joad, pero no puedo afirmar como he visto en otras críticas, que sea el protagonista, ya que para mí lo son todos y cada uno de los miembros de la familia Joad. “Las uvas de la ira” es un fresco vívido de lo que fue la Gran Depresión Americana, de la sociedad de su tiempo. Steinbeck, además, intercala la narración del viaje de los Joad con pequeños brochazos costumbristas que preparan al lector para el siguiente capítulo grande de esa búsqueda del bienestar y esa tierra verde prometida de California.

Esta es una novela dura. Sin contemplaciones. Una novela en la que el lector va viendo poco a poco como lo que parecía una familia sólida, unida, muy americana, va desintegrándose por el camino urgida por la necesidad. “Las uvas de la ira” puede llegar a ser un libro angustioso debido a que poco a poco vamos viendo como el escaso dinero del que cuentan van menguando, cómo la comida va escaseando y cómo California parece no llegar nunca. Y cuando llega tampoco es para bien.

Las uvas de la ira” se divide en dos partes claramente diferenciadas en la historia: el viaje hasta California y la estancia en este Estado americano. Además, no sé si adrede o no, Steinbeck logra hacer coincidir ese cambio de ritmo y ambiente, de pasar de ser una novela de carretera a ser una novela de situación, justo en la mitad del libro (al menos en la edición en castellano de Tusquets). Y todo cambia llegados a California, aunque no en el sentido que quizá los Joad quisieran. La familia sigue rompiéndose, sigue desintegrándose, pero el sueño de trabajar, de ganar dinero y prosperar no muere, sigue fuerte sobre todo en el espíritu de la madre.

A lo largo de las páginas de “Las uvas de la ira” he ido viajando con los Joad por la ruta 66, cruzando estados, desiertos, montañas, ríos, gasolineras solitarias, sintiendo el polvo y el calor del medio oeste americano, sintiendo miedo con los Joad por las noches, ansiedad y angustia. También he disfrutado y gracias a esta novela me han entrado muchas ganas de, si algún día puedo cumplir este sueño, coger un coche y hacer la misma ruta que los Joad hicieron y que Steinbeck tan magistralmente ha sabido plasmar en papel.

Antes de acabar quiero hablar de los personajes de “Las uvas de la ira”. Y es que Steinbeck logra reflejar en cada uno de ellos parte de la complejidad humana. Ninguno de los Joan pasa desapercibido, incluso los más pequeños juegan siempre su parte en la historia. Pero no solo los Joad merecen mención, también el ex predicador Casey, quizá una de las figuras claves de la novela, o los diferentes hombres y mujeres que jalonan el viaje hasta California o los que conviven con ellos una vez llegados al falso El Dorado.

Las uvas de la ira” causó gran repercusión cuando se publicó ya que expuso a las claras cómo fue la vida de aquellos que sufrieron el golpe de la Gran Depresión de manera más severa y rotunda. Y no me extraña que levantara ampollas porque Steinbeck no se corta a la hora de retratar la miseria moral de los terratenientes que se aprovechan de la necesidad para hacer dinero. Y esto es algo que a mi particularmente en algunos pasajes de la novela me ha levantado la ira.

Poco más puedo añadir de “Las uvas de la ira”. Bueno, de hecho, podría añadir mucho de este libro, pero creo que tampoco merece la pena hacer un análisis más en profundidad de una novela tan leída, reseñada y criticada (para bien y para mal). La mejor de las recomendaciones que puedo hacer es la de leerla. Leerla con calma, disfrutando cada descripción y cada diálogo y dejándose llevar por Steinbeck a bordo de la camioneta de los Joad.

Caronte.


miércoles, 29 de abril de 2020

Luz de guerra


Los largos días de la cuarentena derivados de la pandemia que asola el mundo y que muy poca gente viva ha vivido ni recuerda. Estos días no tiene únicamente 24 horas, parece que tuvieran más; y al final uno no sabe con qué rellenar esas horas, sabiendo que como plan más interesante está el aplaudir por las ventanas llegadas las ocho de la tarde. Yo empleo mucho de ese tiempo a leer y por esta razón estoy animándome a leer esos libros que he ido guardando en la memoria para momentos en los que me sintiera animado a ello. Y heme aquí, reseñando hoy la última novela de Michael Ondaatje (para quien no lo sepa autor de “El paciente inglés”), novela que recibió numerosos halagos y nominaciones a premios literarios. Ondaatje es un escritor, por así decirlo, de culto que no publica cada año y que por tanto cada vez que publica suele tener bastante repercusión.

Entre la última novela de Ondaatje y “Warlight” han pasado siete años, no es que yo los haya contado con los dedos de las manos esperando ansioso que llegara su siguiente obra para devorarla. No. Lo digo como hecho. Lo digo porque esta novela es una joya, es una obra de arte narrativa delicada y minuciosamente pulida y tallada en todas sus facetas. Escibrir un libro así lleva tiempo y no todo el mundo es capaz de llevar al lector a un mundo real, pasado, de manera tan fantástica.

Warlight” (o como se ha titulado en español “Luz de guerra”, haciendo una traducción literal del título original) es una novela sobre las dificultades que tenemos los seres humanos para construir nuestro pasado y arreglar nuestros recuerdos cuando estos, por una o múltiples razones, están emborronados por una bruma de olvido. La novela está ambientada en dos épocas diferentes: el Londres del final de la IIGM y aproximadamente 10-12 años después. Narrada en primera persona por Nathaniel Williams se divide en tres partes en Nathaniel nos cuenta cómo fue su vida durante la IIGM en un Londres bombardeado por la aviación alemana y con la ausencia de sus padres que emprenden un misterioso y largo viaje al sureste asiático. Es quizá la primera parte en la que Ondaatje lleva al lector a un Londres casi fantástico, habitado por hombres y mujeres cuyas edades quedan a un lado y más que vivir sobreviven disfrutando como pueden de esa supervivencia. Es un Londres de hollín, casas destrozadas, escombros, barcazas, canales, contrabando, negocios sucios, fiestas melancólicas y venganzas del pasado.

Leyendo la primera parte de “Warlight” nadie diría cómo se desarrollaría la segunda ya en sí misma esa primera parte es una novela corta. Pura perfección. Nada sobra. Nada falta. Literatura en mayúsculas. Con esto no desmerezco el resto de la novela ya que a medida que avanzan las páginas todos esos personajes que al principio no ubicamos muy bien, que son pintorescos, muy típicamente británicos (literariamente hablando), encajan a la perfección. Repito: esta novela es brillante, y como tal está perfectamente pulida en todas sus facetas.

Es increíble y admirable, envidiable casi, la manera que Ondaatje tiene de narrar. Todas y cada una de las páginas de “Warlight” con una obra maestra: están milimétricamente pensadas. La novela se hace adictiva porque Ondaatje sabe dosificar la información y hacer avanzar la novela sin parar, dando al lector, a cada vuelta de hoja algo sobre lo que pensar. Y no solo estoy hablando de la trama, que por sí sola es simplemente genial y me he descubierto una parte de la historia de Londres y de la postguerra que desconocía, sino porque no deja que el lector descanse, intelectualmente hablando, y va dejando caer preguntas que los lectores no podemos más que coger al vuelo e intentar responderlas.

Me es complicado clasificar “Warlight” literariamente hablando. Es una novela histórica, porque se ambienta en una época concreta y narra usando la ficción hechos y formas de vivir de una época; es una novela de espías de guerra en la que el pasado y los actos que hacemos en un determinado momento por una determinada causa, pasado el tiempo, pueden no ser justificables y al fin y al cabo nos pueden perseguir; es una novela de amor porque en todas las historias es amor está presente; es una novela de misterio porque página a página el lector va profundizando en la historia de Nathaniel, de su pasado y de su presente. Es una novela completa, compleja y perfecta.

Pocas novelas llevo este año como “Warlight” y, aunque suene pretencioso y exagerado, pocas he leído tan bien construidas y escritas. He devorado en apenas tres días este libro, a pesar de leerlo en inglés (idioma en el que me cuesta más leer). Tras su lectura toca pensar muy bien cuáles pueden ser los siguientes libros que llevarme a los ojos, ya que asumiéndolo para bien o para mal va a ser complicado dar inmediatamente con un libro que pueda despertar en mí el interés y las ganas de no dejar de leer que ha despertado esta novela. Pero hay que seguir leyendo porque, así como he descubierto esta joya inmensa, estoy seguro que habrá decenas de joyas por descubrir.

Caronte.

viernes, 17 de abril de 2020

Pantaleón y las visitadoras


Llevaba mucho tiempo sin coger un libro de Mario Vargas Llosa, probablemente más de un año, y ya tenía ganas de volver a leerle. La verdad es que para los que leemos tanto y estamos todo el santo día pendientes de novedades, de recomendaciones, de cuentas de Instagram de libros, de reseñas de aficionados a la lectura, de las secciones de libros de los periódicos, buscando en Amazon (y echando mucho en falta ir a una librería por la situación que estamos toda la sociedad viviendo) a veces es complicado encontrar huecos entre lecturas para esos autores que tanto nos gustan y nos han marcado de una manera u otra. Aún recuerdo a la perfección las sensaciones que me transmitió la primera novela de Vargas Llosa que leí, “El sueño del celta”, y cómo tras ese libro me dije que tenía que adentrarme en su literatura, a la que no me había acercado hasta ese momento por respeto y por pensar que yo no estaría a la altura de un autor el que, además, acababan de dar el Nobel.

Pantaleón y las visitadoras” es probablemente una de las cinco novelas que conformarían el canon literario de Vargas Llosa; de hecho, es una novela que va camino de cumplir medio siglo. Ya en el instituto, hace ya más de una década, cuando estudié la literatura iberoamericana del siglo XX y se nombraba a Mario Vargas Llosa se citaba esta obra como una de sus más celebradas e importantes. Y no es de extrañar ya que, dejando a un lado la trama de la que ahora hablaré, la forma en que la novela está narrada, sin tener dos capítulos seguidos iguales, y usando diferentes estilos y el vocabulario tan rico del español peruano, el autor arequipeño consigue dar al lector una obra entretenida que uno no quiere dejar de leer.

Para hablar de la trama de “Pantaleón y las visitadoras”, me gustaría empezar diciendo que antes de interesarme siquiera por este libro cuando leí el título por primera vez pensé es una novela que versaría sobre un señor con diversas amantes: una especie de folletín amoroso ambientado en la Lima burguesa e hipócrita. No pude estar más equivocado. La trama de la novela gira en torno a la misión que se le encomienda al capitán del ejército peruano Pantaleón Pantoja (Pan-Pan) de organizar un servicio de prostitutas (visitadoras) dirigido a saciar los apetitos carnales y los ánimos calenturientos de la tropa destinada en mitad de la Amazonía peruana. De lo que esta misión desencadena tanto a nivel personal en Pantaleón (que viaja a Iquitos con su mujer y su madre), como social versa la novela. Junto a esta trama principal hay otra subyacente derivada de la existencia de una secta religiosa de prácticas dudosas cuanto menos que termina por confluir con la trama principal de manera dramática.

Lo que durante toda la novela es una historia cruda, pero con bastante sentido del humor, ya que según el propio Vargas Llosa el humor y cierta caricatura fue la única manera que tuvo de afrontar la realidad que muestra en “Pantaleón y las visitadoras”, que no deja de ser una novela basada en hechos reales, pasa a convertirse con su final es una crítica mordaz a los estamentos militares, civiles y religiosos del Perú de aquellos años.

Pantaleón y las visitadoras” no deja de ser un drama tratado con un aire de realismo mágico aderezado con ese colorido, ese sabor, esos aromas, esos sonidos que tiene el español hablado al otro lado del charco y que, en no pocas ocasiones, se hace difícil de entender por quedar totalmente descontextualizado para un lector de España. Pero es la magia de los autores iberoamericanos: su lenguaje, su español tan diferente, tan sumamente rico, tan versátil y maleable. Vargas Llosa usa tanto el castellano de España como el español de Perú para mostrar en las diferentes formas de narrar matices muy diversos.

Probablemente “Pantaleón y las visitadoras” sea de los libros que más me han sorprendido para bien en cuanto a su forma, es decir, a su manera de estar narrado. Vargas Llosa emplea diferentes formas de narración para ir contando una historia, no de forma lineal, sino de manera conjunta planteando hechos desde muy diversos puntos de vista. Así, tenemos conversaciones entremezcladas en capítulos en los que no hay más que diálogos; informes militares de Pantaleón pidiendo recursos para ampliar el servicio de visitadoras; informes de militares quejándose, con la boca chica como se ve al final del libro, de dicho servicio; un programa de radio en el que se expone el impacto que, en Iquitos, han tenido las visitadoras; una crónica periodística del drama que acontece y que de una manera u otra acaba haciendo reventar los remaches del servicio de visitadoras.

Cualquier persona que quiera leer algo de Vargas Llosa creo que en “Pantaleón y las visitadoras” encontrará una novela tremendamente bien escrita, original en su forma y divertida al mismo tiempo que dramática en su fondo. Y quien ya haya descubierto a este peruano Nobel de Literatura y no haya leído aún esta novela, está tardando en hacerse con ella y ventilársela en estos días de encierro obligatorio en los que no podemos salir de nuestra casa nada más que con nuestra imaginación, y para ello los libros son los mejores medios de transporte.

Caronte.

viernes, 10 de abril de 2020

La biblioteca de los libros rechazados


Vuelvo al francés para hacer la reseña de esta novela de David Foenkinos, autor al que ya he leído en un par de ocasiones y que desde el primer libro me causó una muy grata impresión. De hecho, si hay que ser sincero, es de los autores que más me divierte leer por su ironía, irreverencia y, sobre todo, por su originalidad. No sé qué repercusión tiene en España porque empecé al leerle en francés y en francés sigo leyéndole, pero probablemente tenga menos de la que merece sin duda. Viendo un poco su trayectoria en España he constatado que las dos grandes casas editoriales de nuestro país le han publicado, cosa que no sé si es buena o mala, algo curioso cuanto menos. También es curioso cómo han cambiado el título del libro, y tampoco sé muy bien el objetivo que este cambio de título pretendía ya que el original en francés, que en español sería “El misterio de Henry Pick”, para mí le da algo más de interés.

Quizá me ponga muy tiquismiquis con eso del título en español y en francés, pero teniendo en cuenta la sencilla traducción al español que tenía el título original en francés no entiendo muy bien por qué llamar a esta novela “La biblioteca de los libros rechazados” cuando, a pesar de que la trama surge de esa biblioteca a la que hace referencia el título en castellano, la historia gira realmente en torno a Henry Pick y una misteriosa novela. Dicho lo cual, también añado que no es de los títulos peor adaptados que he visto, cosa que al menos me consuela en parte.

Por resumir un poco la trama de “La biblioteca de los libros rechazados” digamos que, en Bretaña, lugar de pocas palabras ya sean escritas o habladas como bien dice uno de los personajes de la novela, hay una biblioteca muy peculiar, ya que solo admite textos rechazados por las editoriales. En esa biblioteca un buen día aparece de repente un manuscrito que llama la atención de una editora joven y avispada que ve en esa novela rechazada un filón editorial. A partir de ahí, la publicación de esa novela causa un terremoto en la vida de ese pueblo bretón, en la editora y su marido, y en la familia del supuesto autor de la novela: Henry Pick.

Sin embargo, esta novela va un poco más allá. En el fajín que traía (en francés) se la calificaba de comedia petulante, que no sé muy bien si es bueno o malo. Yo me atrevo a calificar “La biblioteca de los libros rechazados” como una novela de misterio sin crímenes, cómica y metaliteraria. Este último término está muy de moda últimamente y muchos autores se suman a esta ola de género de novelas, no siempre con un resultado aceptable. En este caso el efecto es magnífico ya que la novela habla de libros, de editores, de críticos literarios, de autores, de rechazos, de lectores, y además me ha dejado una frase muy propicia para los tiempos literarios que llevamos años viviendo: la forma ha sustituido al fondo como elemento más importante en una novela.

En relación a lo último mencionado Foenkinos usa “La biblioteca de los libros rechazados” como una crítica bastante feroz (aunque puede que algo enmascarada) del mundo del libro. Y me refiero al funcionamiento de las grandes editoriales que priman la historia que envuelve a un libro que la que guarda entre sus páginas. Esto se ve en esos libros cuyas fajas de promoción van siempre con frases tipo grandilocuentes sin alma alguna y que valen desde para un libro de auto ficción (execrable género donde los haya) hasta un thriller de ciencia ficción.

El mundo editorial últimamente se caracteriza por primar esas novelas que están escritas de manera diferente, muchas veces hasta de manera ilegible e inentendible (y esto es así de claro), en detrimento de esas historias que merecen la pena y que realmente conmueven, divierten, entretienen, cambian al lector y, en el fondo, merecen ser contadas (escritas y leídas). “La biblioteca de los libros rechazados” es una de esas historias: no está narrada de manera ni experimental ni original, sino a la vieja usanza, pero lo que cuenta es original, es nuevo, es divertido y engancha al lector.

En tiempos de cuarentena como los que vive el mundo en las últimas semanas creo que poder echarse a las manos un libro como “La biblioteca de los libros rechazados” es una suerte y una ayuda a pasar el tiempo de la mejor manera posible. En este caso haciendo un viaje literario por la Bretaña francesa, París, el mundo editorial y la historia de la literatura fracasada. Además, las trampas, mentiras, giros de la trama, personajes secundarios y diferentes localizaciones hacen que el lector no pueda bajar nunca la guardia durante su lectura.

Por todo esto es “La biblioteca de los libros rechazados” una novela que merece la pena ser leída. Porque no vamos a encontrar en ella una estructura narrativa tediosa, farragosa y absurda. Porque su trama es simple pero adictiva y sus personajes, con sus taras personales, son de los que se dejan querer y conocer. Porque en este libro sigue importando el fondo en lugar de la forma. Quien no conozca a Foenkinos esta novela puede ser un muy buen comienzo a su obra, que me podría llegar a atrever a comparar con la de mi admirado Eduardo Mendoza (siempre salvando las obvias distancias).

Caronte

viernes, 20 de marzo de 2020

El vano ayer


Isaac Rosa es uno de esos escritores a los que he descubierto en los últimos meses y casi por casualidad en la librería de segunda mano a la que más voy. Este libro es el segundo que leo en apenas seis meses de este escritor andaluz y probablemente vuelva a él en el futuro porque los dos libros suyos que he leído me han dejado muy buen sabor de boca. En concreto esta novela la compré en una librería de segunda mano de Cádiz durante uno de mis últimos viajes por España. Últimamente en mis itinerarios turísticos por ciudades incluyo sus librerías con más solera y encanto para deleitarme con mi maravilloso atoramiento durante unos minutos entre sus estanterías. Y doy gracias a encontrarme con este libro ya que probablemente si no hubiera dado con él en aquel viaje luego en Madrid no lo hubiera encontrado ni por tanto leído.

Me resulta muy complicado tratar sin más este libro como una novela porque en el fondo creo que esta obra de arte va más allá de esa simple definición. Es cierto que a día de hoy el término novela se aplica a cualquier patraña que se escribe, pero creo que quedarse en esta palabra para definir “El vano ayer” es quedarse muy corto. Podría hablar de una meta novela con todas las complicaciones definológicas que ello conlleva, pero es que creo que es el apelativo que mejor le acompaña.

En “El vano ayer” Isaac Rosa juega con el lector, le vacila por así decirlo, le engaña, le lleva por senderos que acaban en callejones sin salida, le tuerce y retuerce el intelecto para que en ningún momento sepa ese lector dónde está y qué tiene entre manos. Por esta razón, este libro me ha recordado mucho a “HhHH” de Laurent Binet, un libro del que aún guardo unos recuerdos inmensos y que me dejó una sensación de orfandad al acabarlo que no había vuelto a sentir hasta que he dado con esta novela de Rosa.

En la novela de Binet se mezclaba la narración histórica ficcionada y documentada con hechos reales junto con la propia experiencia del autor durante el proceso de escritura. En “El vano ayer” ocurre algo similar ya que Rosa lo que hace muchas veces es interpelarse en nombre de los lectores, acusarse de falsario a veces, de prestidigitador que usa una chistera para engañar a su público, en este caso los lectores.

Durante la lectura de “El vano ayer” muchas veces he dudado sobre qué estaba leyendo y he llegado a pensar que todo no era más que un juego con el que Isaac Rosa se ríe a menudo recordando la cara de pánfilos que se nos queda a los lectores a medida que vamos avanzando con su obra. Pero esto que parece que lo estoy diciendo como reproche no es más que la única manera que tengo para plasmar con palabras el gusto que he tenido leyendo esta novela.

El vano ayer” por simplificar y centrar el foco es una novela sobre la represión franquista y los coletazos que dicha represión aún dio muerto el Dictador. Parte de una voluntad del autor de escribir algo diferente sobre el franquismo sin caer en las mismas manías narrativas que pocos matices otorgan a ese periodo tan gris (porque en el fondo no hay ni negros ni blancos absolutos en la historia). Esa voluntad se plasma en la búsqueda de un protagonista: un supuesto (y real) profesor de la universidad de Madrid. Una vez Rosa tiene su personaje investiga de archivo en archivo y de biblioteca en biblioteca hasta ir dando con otro nombre: el de un estudiante que, de la noche a la mañana, y siempre tras un misterioso paso por la DGS de la Puerta del Sol se esfuma sin dejar ni rastro en una España sesentera donde el franquismo ya pesa mucho en los estratos más jóvenes de la sociedad.

Pero insisto lo que es el mero desarrollo de la novela no es la trama ni el destino de estos dos personajes que forman el corazón de “El vano ayer”. El corazón de la novela son los propios conceptos de novela, historia, trama, literatura; Isaac Rosa juega con ellos y muestra al lector delante de sus narices todas las herramientas que tiene para escribir la novela siguiendo uno u otro camino, o quizá ninguno de ellos. Rosa da al lector todas las cartas posibles: desde las más maniqueas y manipuladoras, hasta las más impopulares para continuar narrando. Es el lector de este libro, y cada lector en este caso es un mundo, quien debe decidir si creer lo narrado o no, si aceptar lo que el autor nos presenta en las hojas de su libro o cerrarlo asqueado por ese juego complejo que es la literatura con mayúsculas.

Tras la lectura de “El vano ayer” tengo claro que, pese a que no es un autor multitudinariamente famoso, Isaac Rosa es uno de esos escritores que hacen de cada uno de sus libros una obra de arte. Si bien la novela puede hacerse pesada de leer por sus largas parrafadas, la organización en capítulos más o menos cortos que además retuercen constantemente el camino de la propia trama permite que el lector nunca se encuentre ante una lectura monótona y uniforme. Quien se anime a abrir este libro debe estar dispuesto a ser engañado, a tomar decisiones, a ver como se ríen en su cara y ante todo a dejarse asombrar por como la literatura (sin más etiquetas) logra convertirnos en otras personas.

Caronte.

viernes, 6 de marzo de 2020

En el último azul


Hace años me gustaban las novelas históricas, ese gran género de literario en el que a día de hoy ya cabe de todo, lo que pasa es que dejé de leerlas porque empecé a comprobar cómo había escritores que las escribían como un churrero hace churros un día que tiene pocas ganas de trabajar, a saber: maquinalmente y sin gracia. En el momento que un escritor se hace fijo en un único género y todas las novelas que saca (nunca dejando pasar más de tres años) tienen como mínimo 600 páginas, me empieza a oler a chamusquina y me alejo de esa “literatura” como alma que lleva el diablo. Para mí aquellos escritores que fabrican novelas porque sí no son de fiar e intento evitarles. Pero he de reconocer que estos prejuicios (muy bien fundados en este caso) me pueden hacer perderme novelas de muy alta calidad y con un rigor casi académico. Hoy he vuelto a la novela histórica, pero apostando sobre bastante seguro ya que llevaba buenas vibraciones sobre esta novela.

Carme Riera, una de las grandes damas actuales de las letras españolas y académica de la lengua desde 2012, ha conseguido con “En el último azul” que me vuelva a ilusionar por la novela histórica. Y es que en este libro he encontrado rigor ante todo y un estilo narrativo que realmente invita al lector a seguir leyendo, a seguir interesándose por la historia de los judíos conversos de Mallorca que sufrieron la constante persecución de la Iglesia que nunca les aceptó como cristianos convertidos y a los que siempre vio con ojos desconfiados haciendo que fueran marginados por la sociedad de su tiempo (sobre todo por el pueblo llano, ya que los poderosos siempre necesitaron del dinero judío y de sus servicios).

Porque de esto va “En el último azul”, de los procesos que sufrieron un grupo de judíos conversos mallorquines que intentaron salir de la isla de Mallorca en barco, pero cuya huida se vio truncada por la meteorología adversa (para unos fue Dios quien impidió que se marcharan, para otros Adonay quien no quiso que salieran de esa manera de sus casas) y acabó llevándoles a las prisiones de la lnquisición, a ser “juzgados” y condenados (¿qué si no iban a ser?) a morir en la hoguera en un Auto de Fe. La novela se divide en tres partes: en la primera se narra la preparación de la huida, en la segunda el intento de huida y en la última el proceso inquisitorial que vivieron los judíos. Carme Riera no inventa nada en esta novela, solo toma prestada la realidad para velarla con la ficción para presentarnos cómo fue la vida de los judíos en Mallorca a finales del siglo XVII.

Sin embargo, en esta novela la trama es más bien secundario. En el fondo no pasa nada, no hay aventuras ni pasiones enfrentadas ni nada de lo que abunda en lo que hoy se hace llamar “novela histórica”. “En el último azul” es una novela donde todo gira en torno a un hecho histórico y a partir de ahí se plasma cómo era el sentir de la época en relación al hecho centro de la novela desde tres perspectivas: el clero, la nobleza y los judíos conversos.

En el último azul” no tiene ningún personaje principal ya que es una novela coral en el que una gran variedad de personajes son los que tejen la trama y plasman con sus idas y venidas lo que ocurrió en Mallorca con los judíos. Quiero hacer mención eso sí a dos de los curas que aparecen en la novela, el padre Amengual y el padre Ferrando, cuya animadversión personal lleva a hacerles buscar entre los judíos a alguien que delate a los que habiéndose convertido al cristianismo siguen profesando la ley judía. También es de resaltar la actitud y la pose de uno de los judíos, Valls, quien, en la última parte de la novela, ya apresado y esperando la hoguera, conversa intensamente sobre fe con los sacerdotes de la Inquisición.

Es muy curioso como en España hemos llegado a olvidar que antes que los nazis consumaran su horror de Holocausto con los judíos durante la IIGM en este país ya se cometieron atrocidades inmensas contra ese pueblo. “En el último azul” no hace más que revelar un pequeño episodio del odio, incomprensión, crueldades y maldades que se afligían al pueblo judío en nombre de la religión católica que tanto perdón siempre ha profesado. Capítulos de nuestra más oscura historia que no deberían pasar inadvertidos, que deberían enseñarse y que no deberíamos olvidar, porque todo lo que se olvida se corre el riesgo de repetirlo sin preguntarnos siquiera por qué lo hacemos.

La Iglesia en España siempre ha tenido un papel central en el curso de su Historia. Ha puesto y quitado reyes y gobernantes, ha alzado y espoleado revueltas, ha matado y abusado, ha ahondado y esparcido la pobreza, ha atrasado a todo un país durante siglos. Todos los religiosos que aparecen en “En el último azul” son seres fanáticos cegados por el odio hacia los judíos que no razonan debido a una fe inquebrantable que no muestra más que analfabetismo. Esos religiosos a día de hoy bien podrían ser militantes de algún que otro partido con nombre de diccionario. Me temo además que quizá esos caracteres del siglo XVII aún siguen, en parte, anclados en la mente de muchos eclesiásticos.

En el último azul” no es una novela de buenos y malos, aunque sean los judíos los que acaban mal, sino una novela sobre cómo el ser humano siempre ha intentado sobrevivir formando tribus y grupos. Carme Riera logró con esta novela numerosos premios literarios, nacionales e internacionales, debido en gran parte, creo yo, a haber creado una novela de lectura interesante, con sus justas dosis de amor, odio, pasiones y, en cierto modo, aventura. Tal y como en el prólogo que Muñoz Molina hace en la edición del 25 aniversario de la novela, hay ecos cervantinos en esta novela, ecos que tienen el mar de fondo y ese azul que en Baleares quizá sea más puro que en otros lugares. Sin duda ha sido una gran lectura.

Caronte.