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domingo, 7 de agosto de 2022

Tengo miedo torero

Hacer caso de una recomendación puede parecer algo sencillo y fácil, sobre todo si quien te recomienda una novela sabe un poco qué te gusta, pero siempre hay riesgos de error, de recomendar un libro que no conecte con la persona a la que le has hecho la recomendación, básicamente porque cada lector es un mundo y cada libro otro muy distinto. Para mí una novela puede implicar y significar una cosa y para otra persona puede ser un libro totalmente diferente, aun teniendo los mismos o muy parecidos gustos literarios. Por eso nunca es fácil recomendar un libro y cuando algún amigo me dice que le recomiende alguna novela para engancharse a la lectura o simplemente porque lleva varios libros que no le transmiten nada intento escurrir el bulto o tirar de libros que tras más de una lectura siguen demostrándome porqué me gustaron en su momento. Aunque, insisto, no es fácil nunca recomendar un libro a alguien. Esta novela ha sido eso: una recomendación de varios conocidos y al comprarla en la Feria del Libro de Madrid el propio librero que me la vendió me dijo que iba a ser una gran lectura.

Contextualicemos un poco la novela: Chile, año 1986; Augusto Pinochet gobierna el país con mano de hierro y esparciendo miedo para mantenerse como dictador de Chile; las protestas contra la dictadura son cada vez más normales y más descaradas; los movimientos estudiantiles hacen presión contra un gobierno corrupto y dictatorial, donde la violencia contra la disidencia es la norma. Es en este contexto histórico donde se desarrolla la historia de amor y desamor de Tengo miedo torero. Pocos autores se atreverían a mezclar en una misma novela, y en una misma historia, además, la lucha contra la dictadura de Pinochet y, en concreto, el atentado que casi le cuesta la vida de septiembre de 1986, y una historia de pasión protagonizada por un homosexual entrado ya en su madurez y un joven estudiante entusiasta e idealista. Pedro Lemebel mezcla en esta novela política, amor y homosexualidad, y con esto simplemente ya estaríamos hablando de un libro en mayúsculas.

No es sencillo entrar en esta novela. El estilo tan personal y Lemebel, los coloquialismos del lenguaje del español de América no hacen fácil iniciar la lectura de Tengo miedo torero. Me ha costado un buen puñado de páginas adaptarme al ritmo narrativo y al estilo de Lemebel, a saber quién me habla desde las páginas de la novela y a saber discernir tonos, ambientes y voces. El colorido, la musicalidad y la textura del español del otro lado del charco hace que cada novela de un autor iberoamericano que se coge y se lee sea totalmente diferente. Por eso también amo la literatura iberoamericana: por ponerme difícil su lectura, por enseñarme matices y palabras nuevas de un idioma que es mi materno pero que solo conociendo una parte del mismo (el español de España) hace que nos perdamos una inmensa riqueza en matices.

En Tengo miedo torero, Lemebel da forma a un thriller político que se mezcla con una historia de amor no correspondido, o al menos no correspondido como las partes merecerían. La Loca del Frente es un homosexual bordador de prendas para la élite que vive en los bajos fondos de un Santiago de Chile revuelto por las protestas contra Pinochet. Carlos es un joven estudiante involucrado de lleno en el intento de magnicidio contra Pinochet. Dos mundos quizá encontrados, quizá destinados a no cruzarse nunca, pero que se cruzan. La Loca del Frente se enamora de Carlos, un chico dulce, que le trata bien, le escucha y no le juzga: una rara avis en una época donde el estigma contra los homosexuales era enorme y la violencia física y verbal contra ellos la norma. Carlos quizá se aprovecha de la Loca del Frente para sus intereses, pero nunca la trata mal, nunca lo hace con mala fe y nunca sin el beneplácito de la Loca.

Si a todo esto además se suma que el propio Pinochet y su mujer son dos personajes más a los que Lemebel da voz pintándoles a él como un pelele sin sangre, cobarde y autoritario, y a ella como una cacatúa que no calla ni debajo del agua hasta el punto de agotar a su marido constantemente, resulta que Tengo miedo torero puede ser también una especie de sátira mezclada con el thriller político y con la novela social homosexual.

Una vez el lector sea capaz de adaptarse al estilo y al ritmo narrativos de Tengo miedo torero y de Pedro Lemebel encontrará una novela intensa, emotiva, cruda y cuya lectura entre líneas es mucho más importante que la directa. Porque no es solo lo que esta novela nos cuenta en su lectura sino lo que insinúa entre líneas, esta vez más centrado en La Loca del Frente y su vida pasada como homosexual afeminado en una sociedad como la chilena, aunque podría ser cualquiera latinoamericana, muy machista y ruda. Como dije al principio recomendar no es sencillo, pero en este caso esta recomendación me ha sorprendido de principio a fin porque no esperaba una novela tan variada y llena de facetas diferentes, tantas aristas y tantas posibles lecturas. Una delicia de libro en definitiva.

Caronte.

jueves, 28 de abril de 2022

Amor se escribe sin h

Casi un año ha estado esta novela esperando en mi pila de lecturas pendientes. La compré en Barcelona, en el barrio de Gracia en una librería cafetería muy coqueta, con una selección de libros llena de diversidad y apertura de mentes y con un café de los más ricos que he tomado en mi vida. Y desde entonces ha estado esperando a ser leída, en parte porque me daba respeto empezarla, en parte porque en mi interior me decía que no me iba a gustar como debería y que el impulso que me llevó a comprarla me fallaría esta vez, como en otras ocasiones había acertado. Pero también digo que hay veces que es necesario que una novela repose un poco tras comprarla, que espere su turno de lectura, aunque pasen meses (o incluso años) hasta que un lector se decide a leerla. Las lecturas y los libros deben madurar, así como debe hacerlo el propio lector antes de afrontar una novela para poder disfrutarla como se merece.

Enrique Jardiel Poncela fue uno de los grandes dramaturgos de la primera mitad del siglo XX en España, y sus obras de teatro se representaban sin cesar por todo el país. Sigue siendo, hoy en día, referente en muchos aspectos e inspiración para muchos escritores que quieren adentrarse en el mundo del teatro y escribir con ironía y humor. Amor se escribe sin h, novela de título absolutamente llamativo (una de las razones que me llevaron a elegirla para acercarme a este autor), nos cuenta la más manida de las historias de la literatura: chico se enamora de chica, tienen una historia de amor, chica se cansa de chico, chico se queda destrozado… Y, sin embargo, Poncela lo escribe todo de manera tan surrealista y disparatada, rompiendo incluso lo que en el cine sería la cuarta pared para hablarle al lector de sí mismo, que lo que puede ser una historia repetida hasta la saciedad desde los inicios de la literatura tiene un aire fresco. Tan fresco incluso que si se publicara algo así hoy no desentonaría.

Si nos paráramos en la trama de Amor se escribe con h, pues tendríamos una novela más, sobre un tema universal como el amor, pero tratado con ironía, sarcasmo y un humor tan limpio como efectivo. Sin embargo, Poncela no solo crea una novela, sino que construye un libro extrasensorial, casi podría que decirse que interactivo si usamos los términos actuales (teniendo en cuenta que la novela se publicó en 1928), donde el escritor madrileño emplea dibujos, esquemas, y demás elementos no simplemente narrativos para hacerle la lectura al lector mucho más amena, entretenida y activa que una simple narración.

Tras leer Amor se escribe con h me vienen a la mente dos cosas. La primera es que mis prejuicios ante esta novela eran absolutamente infundados y absurdos (y que cualquier prejuicio ante cualquier novela es pura ignorancia). La segunda es que una vez leída esta novela y descubierto a Jardiel Poncela me doy cuenta la gran influencia que su humor ha tenido en escritores como Eduardo Mendoza, cuyas novelas más humorísticas me han recordado a esta. Un humor de lo absurdo, de expresiones disparatadas, de situaciones alocadas y totalmente surrealistas pero que podrían perfectamente darse en la vida real en uno de esos episodios que se viven y luego uno piensa que cómo ha sido posible que sucediera.

Hacer reír, por norma general y en cualquier ámbito y contexto, no es algo sencillo ni fácil. Conectar con alguien, con su idiosincrasia y sus referencias mentales, y ser capaz de despertarle una sonrisa que pueda acabar en carcajada es casi misión imposible. El llanto y la risa son emociones que la literatura bordea constantemente y que no siempre se consiguen transmitir. De hecho, en toda mi vida, solo he llorado de verdad con un libro. Por su parte, la risa me la han despertado un puñado de libros, entre ellos entra ahora Amor se escribe con h. Poncela tiene ese humor que tanto me gusta: ingenioso, irónico, lleno de inventiva y absurdo, surrealista a veces.

No puedo esconder mi entusiasmo tras haber leído esta novela. Y es que Amor se escribe con h me ha parecido de lo más entretenido que he leído recientemente. Ligero, ameno, divertido, interesante, retador… Jardiel Poncela sabía cómo tratar a su público, ya fuera en el teatro como en sus novelas (al menos en esta que es la única que de momento me he leído de él) y eso se nota en cómo escribe. Cualquiera que quiera leer algo diferente, fresco pese a ser un clásico, y justamente divertido que se haga con esta novela y se deje guiar por la pluma de Poncela.

Caronte.