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domingo, 7 de agosto de 2022

Tengo miedo torero

Hacer caso de una recomendación puede parecer algo sencillo y fácil, sobre todo si quien te recomienda una novela sabe un poco qué te gusta, pero siempre hay riesgos de error, de recomendar un libro que no conecte con la persona a la que le has hecho la recomendación, básicamente porque cada lector es un mundo y cada libro otro muy distinto. Para mí una novela puede implicar y significar una cosa y para otra persona puede ser un libro totalmente diferente, aun teniendo los mismos o muy parecidos gustos literarios. Por eso nunca es fácil recomendar un libro y cuando algún amigo me dice que le recomiende alguna novela para engancharse a la lectura o simplemente porque lleva varios libros que no le transmiten nada intento escurrir el bulto o tirar de libros que tras más de una lectura siguen demostrándome porqué me gustaron en su momento. Aunque, insisto, no es fácil nunca recomendar un libro a alguien. Esta novela ha sido eso: una recomendación de varios conocidos y al comprarla en la Feria del Libro de Madrid el propio librero que me la vendió me dijo que iba a ser una gran lectura.

Contextualicemos un poco la novela: Chile, año 1986; Augusto Pinochet gobierna el país con mano de hierro y esparciendo miedo para mantenerse como dictador de Chile; las protestas contra la dictadura son cada vez más normales y más descaradas; los movimientos estudiantiles hacen presión contra un gobierno corrupto y dictatorial, donde la violencia contra la disidencia es la norma. Es en este contexto histórico donde se desarrolla la historia de amor y desamor de Tengo miedo torero. Pocos autores se atreverían a mezclar en una misma novela, y en una misma historia, además, la lucha contra la dictadura de Pinochet y, en concreto, el atentado que casi le cuesta la vida de septiembre de 1986, y una historia de pasión protagonizada por un homosexual entrado ya en su madurez y un joven estudiante entusiasta e idealista. Pedro Lemebel mezcla en esta novela política, amor y homosexualidad, y con esto simplemente ya estaríamos hablando de un libro en mayúsculas.

No es sencillo entrar en esta novela. El estilo tan personal y Lemebel, los coloquialismos del lenguaje del español de América no hacen fácil iniciar la lectura de Tengo miedo torero. Me ha costado un buen puñado de páginas adaptarme al ritmo narrativo y al estilo de Lemebel, a saber quién me habla desde las páginas de la novela y a saber discernir tonos, ambientes y voces. El colorido, la musicalidad y la textura del español del otro lado del charco hace que cada novela de un autor iberoamericano que se coge y se lee sea totalmente diferente. Por eso también amo la literatura iberoamericana: por ponerme difícil su lectura, por enseñarme matices y palabras nuevas de un idioma que es mi materno pero que solo conociendo una parte del mismo (el español de España) hace que nos perdamos una inmensa riqueza en matices.

En Tengo miedo torero, Lemebel da forma a un thriller político que se mezcla con una historia de amor no correspondido, o al menos no correspondido como las partes merecerían. La Loca del Frente es un homosexual bordador de prendas para la élite que vive en los bajos fondos de un Santiago de Chile revuelto por las protestas contra Pinochet. Carlos es un joven estudiante involucrado de lleno en el intento de magnicidio contra Pinochet. Dos mundos quizá encontrados, quizá destinados a no cruzarse nunca, pero que se cruzan. La Loca del Frente se enamora de Carlos, un chico dulce, que le trata bien, le escucha y no le juzga: una rara avis en una época donde el estigma contra los homosexuales era enorme y la violencia física y verbal contra ellos la norma. Carlos quizá se aprovecha de la Loca del Frente para sus intereses, pero nunca la trata mal, nunca lo hace con mala fe y nunca sin el beneplácito de la Loca.

Si a todo esto además se suma que el propio Pinochet y su mujer son dos personajes más a los que Lemebel da voz pintándoles a él como un pelele sin sangre, cobarde y autoritario, y a ella como una cacatúa que no calla ni debajo del agua hasta el punto de agotar a su marido constantemente, resulta que Tengo miedo torero puede ser también una especie de sátira mezclada con el thriller político y con la novela social homosexual.

Una vez el lector sea capaz de adaptarse al estilo y al ritmo narrativos de Tengo miedo torero y de Pedro Lemebel encontrará una novela intensa, emotiva, cruda y cuya lectura entre líneas es mucho más importante que la directa. Porque no es solo lo que esta novela nos cuenta en su lectura sino lo que insinúa entre líneas, esta vez más centrado en La Loca del Frente y su vida pasada como homosexual afeminado en una sociedad como la chilena, aunque podría ser cualquiera latinoamericana, muy machista y ruda. Como dije al principio recomendar no es sencillo, pero en este caso esta recomendación me ha sorprendido de principio a fin porque no esperaba una novela tan variada y llena de facetas diferentes, tantas aristas y tantas posibles lecturas. Una delicia de libro en definitiva.

Caronte.

jueves, 30 de junio de 2022

Clea (Cuarteto de Alejandría IV)

Acabo la última de las novelas que constituyen El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell sabiendo que he termino de leer algo grande e importante, no ya solo porque sea una de las obras narrativas inglesas más importantes del siglo XX sino porque enfrentarme a la lectura de estas cuatro novelas ha sido todo un reto lector personal ya que no sabía cómo terminaría algo que me impresionaba e imponía antes si quiera de sumergirme en la lectura del primero de los libros. Acabo hoy Clea sabiendo que difícilmente voy a poder encontrar un conjunto de novelas que me llenen como estas cuatro han hecho y que me resulten tan atractivas tanto como lector como por intento de escritor (frustrado pero realista, casi aliviado por saber que nunca nada de lo que escriba podrá ver la luz, porque total, para qué).

Clea no solo es el cierre del cuarteto que narra las relaciones entre sí y con la propia ciudad de Alejandría de los diferentes personajes y amigos que dan no solo nombre a los cuatro libros, sino que acompañan al lector en una narración intensa, profunda y sutilmente filosófica donde se reflexiona sobre el amor, las pasiones humanas, el arte o la escritura. Esta novela es también la más personal, íntima, metafísica, críptica y surrealista de las cuatro que componen esta obra magna narrativa. Esta es una de las razones por las que me imponía leer el cuarteto, porque investigando un poco me daba cuenta de Lawrence Durrell podría inscribirse en una tradición literaria de estilo críptico y mundos y temas propios, de muy alto nivel intelectual y cultural que, sin embargo, para mí quedaría muy alejados. Nada más lejos de la realidad. Por eso también acabar este conjunto de novelas ha supuesto todo un reto literario del más alto nivel y del que más orgulloso me siento.

A modo de últimas puntadas del tapiz general, o como últimas pinceladas en el fondo de un fresco magnífico y complejo de personajes y relaciones entre ellos llenas de matices y sombras, Clea cierra de manera magnífica todo el Cuarteto de Alejandría. No flaquea Durrell en su forma de narrar, tan sutil pero tan contundente, que hace que la lectura no sea un mero descubrimiento de una trama, que queda en segundo plano por un estilo narrativo que eclipsa todo, sino un placer vigoroso y fuerte, constante, por ver cómo diversas voces narrativas, diversos estilos y formas de narrar desfilan ante los ojos atónicos y atentos del lector que no puede más que admirar la construcción de estas novelas con cierta perplejidad, gratitud y, si alguna vez ha sentido el impulso de la escritura, con bastante envidia.

En Clea se cierran las historias de varios personajes que han ido apareciendo en el cuarteto; sigue de fondo el áurea magnética de Justine y su tremendo atractivo que hace que los hombres se vuelvan locos por estar en su órbita; varias muertes siguen sucediéndose, secundarias, pero trágicas y demoledoras para los afectados; varios misterios surgen sobre personajes que cualquier lector creería secundarios; y quien simplemente parecía un mero narrador, Barley, pasa a ser depositario y actor principal en el escenario místico y de leyenda decadente de Alejandría.

Todos y cada uno de los libros que forman el cuarteto, en sus variedades y formas, en sus tramas ligeras y en las profundas, en su ambientación en una extinta Alejandría diplomática, cosmopolita, burguesa, de cafés de aspiración europea y barrios árabes donde lo místico y legendario deja a lo terrenal en la más tenebrosa oscuridad, han sido un viaje narrativo intenso y complejo en el espacio y el tiempo y en la psique humana. Clea cierra un todo, un conjunto literario único y complejo que, aunque podría leerse de manera independiente, conforma un análisis profundo del alma humana, de sus pasiones desatadas, de sus deseos más prohibidos…

Sin embargo, acabar de leer Clea y con ella El Cuarteto de Alejandría me plantea un problema: ¿Qué leo yo ahora? ¿Qué se lee cuando has estado durante todo un mes leyendo las obras magnas de dos hermanos escritores como son Lawrence y Gerald Durrell intercalando las del cuarteto del hermano mayor con las de la Trilogía de Corfú del menor? ¿Qué se puede empezar a leer sabiendo que el listón está tan alto que sabes que cualquier cosa la vas a comparar con lo recientemente leído? Me hago estas preguntas con resignado optimismo porque siempre pienso que los libros están para ser leídos y solo entonces opinados. Pero, aún así, me siento un poco huérfano y vacío.

Clea ha supuesto el final de un reto lector que me impuse hace un mes. Reto que creo que he superado con creces demostrándome a mí mismo que ningún tipo de obra o género literario, o ningún autor deben impresionarme o darme rechazo leer por pensar que no estaré a la altura. Estas cuatro obras de Lawrence Durrell me han confirmado que estoy más preparado de lo que yo pensaba para leer cualquier cosa que pueda proponerme siempre que mi voluntad sea no tanto disfrutar de una buena historia, sino simplemente dejarme llevar por el arte que implica la buena literatura. Y El Cuarteto de Alejandría es buena literatura.

Caronte.

lunes, 27 de junio de 2022

Mountolive (Cuarteto de Alejandría III)

Tercera novela de las que componen El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell. Tercera novela que poco o nada tiene que ver con las otras ni por fondo ni por forma. Tercera novela que me está dejando totalmente encantado con la lectura, como si fuera un niño la mañana de Navidad y Reyes viendo bajo el árbol de Navidad regalos y más regalos dispuestos para su disfrute inmediato o relajado. Y es que lo que estoy disfrutando de la lectura del cuarteto, de cada uno de los libros que llevo leídos (ya tres, restándome únicamente el último con el que se desenlazará toda), no creo recordar que lo haya disfrutado antes con ningún otro, salvo quizá alguno de Javier Marías o Antonio Muñoz Molina. Tengo, además, sensaciones encontradas, porque por un lado quiero concluir la lectura del cuarteto para terminar de hacerme una idea del fresco que Durrell quiso mostrar en él, pero, al mismo tiempo, sé que tras su lectura quedaré un poco huérfano y desnortado para encontrar alguna lectura que esté a la altura.

Mountolive es la historia del embajador británico en Egipto: personaje también importante en las relaciones que se dan entre los protagonistas del cuarteto, Justin y Nessim, Melisa y Barley (que protagonizaron más directamente las dos novelas anteriores). Los entresijos de las relaciones personales de David Mountolive desde que llega a Egipto por primera vez de joven, conoce a los Hosnani (Nessim y Naruz, piezas clave de la historia que Lawrence Durrell nos está contando), consigue plaza diplomática, da vueltas por diferentes legaciones de su país, y vuelve de nuevo a Egipto en un momento clave, personal y político, para reencontrarse con pasiones y lealtades pasadas y presentes que debe gestionar; estos entresijos son el eje alrededor del cual se narra esta novela.

Esta es además una novela de corte y estilo clásico, muy británica e inglesa, muy de personajes sobrios que intentan controlar sus emociones y pasiones sin conseguirlo, donde el deber y la lealtad son pilares fundamentales en las relaciones personales. David Mountolive es un personaje prototípico inglés que, cumpliendo siempre su deber para con su país, se enfrentará a una ciudad, Alejandría, y a unas personas que le llevarán a perderse en sí mismo para intentar controlar sus impulsos y tomar decisiones de calado que afectan a sus amigos y conocidos. Mountolive es al mismo tiempo una novela histórica, psicológica, pasional, romántica y puramente narrativa que cualquier amante de la literatura disfrutará saboreándola poco a poco.

Vuelve a ser Alejandría el trasfondo en el que todo pasa, donde las relaciones personales entre los diferentes personajes, ya familiares para el lector, se desarrollan, envenenad y desenlazan. Y es aquí cuando Lawrence Durrell saca a pasear su grandeza literaria, su saber hacer narrando para entregarnos una pieza más de ese gran fresco que lleva pintando desde que comenzó el cuarteto, de ese gran tapiz que lleva tejiendo desde Justine, la primera novela de las cuatro que lo forman. En Mountolive, Durrell sigue ahondando en la ciudad trampantojo que fue Alejandría antes de la Segunda Guerra Mundial y que, tras la misma, con la llegada del Egipto, moderno desapareció. Como en Justine y Balthazar, en esta novela hay un pasaje memorable y fastuoso en el que Lawrence Durrell narra una especie de trance del embajador Mountolive por las calles alejandrinas que llevan al delirio y en el que con una descripción oscura, cruda y fantasmagórica dibuja una Alejandría en el borde mismo de la luz y la oscuridad, ambigua, discutible, penumbrosa, ocre, calurosa y engañosa.

Nada sobra en una narración perfectamente hilada y tejida que da como resultado una pieza del tapiz general que conforma El Cuarteto de Alejandría esencial para comprender todo en su conjunto. Mountolive es, por así decirlo, la novela esencial para comprender todo el trasfondo que une las diferentes vidas de los personajes que ya hemos ido conociendo en las dos novelas predecesoras. Como un hilo invisible, esta novela va poco a poco entre lanzando fragmentos que ya conocíamos, pero desde otro punto de vista. El narrador de esta novela no es ningún personaje, sino uno omnisciente que conoce todo y que nos va trasladando de un foco a otro para ir arrojando luz sobre aquellos sectores de la historia que seguían permaneciendo en penumbra.

La manera en que Lawrence Durrell plasma en una historia compleja de relaciones personales, pasionales y sentimentales, cómo los sentimientos y las pasiones determinan todo nuestro mundo y nuestra vida es soberbia, tanto en forma como en fondo. Mountolive es puro clasicismo narrativo, pero encaja a la perfección con sus novelas compañeras de cuarteto. No sirve de nota discordante, sino más bien todo lo contrario, es el acorde que ordena y guía correctamente a buen puerto la sinfonía sobre la Alejandría legendaria previa al conflicto mundial que cambió el mundo para siempre. Las diferentes formas de amar y querer, el cómo se despliegan las pasiones en un entorno convulso, lleno de matices y dobles sentidos, de sutilezas y susurros y sombras en el atardecer, es tan tremendamente actual que para la época debería sonar exótico y hasta extravagante, no siéndolo en absoluto.

Me resta la última de las novelas que conforman el cuarteto alejandrino de Lawrence Durrell, pero Mountolive ya va confirmando que probablemente este conjunto literario, esa enorme obra narrativa donde forma y fondo se mezclan y complementan tan bien que es imposible no envidiar su creación, serán obras que me marcarán inevitablemente como lector, de esas novelas que quedan tan grabadas que luego toda lectura posterior no es sino una búsqueda imposible de volver a sentir lo mismo que con ella. Se va acercando el final de mi empresa lectora de junio, y siento pena por ello, al mismo tiempo que entusiasmo por lo que me puedan deparar futuras lecturas.

Caronte.

viernes, 17 de junio de 2022

Balthazar (Cuarteto de Alejandría II)

Me adentro, tal y como prometí, en la segunda novela del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell con unas expectativas quizá aún más altas que en Justine debido a que esta, como apertura del cuarteto, me pareció soberbia y absolutamente envidiable. Continuo además el cuarteto casi de seguido, intercalando entre cada uno de sus cuatro libros uno de la Trilogía de Corfú, también de un Durrell, Gerald en este caso. Es quizá el reto literario más importante que me haya impuesto nunca y de momento no puedo decir que me esté costando ni defraudando para nada; más bien al contrario: estoy disfrutando de contrastes en forma, fondo y todo maravillosos que quizá leyendo cada una de las series literarias por separado y distanciadas una de la otra no sería capaz de apreciar.

Quien piense que El Cuarteto de Alejandría es una serie de libros cuyo desarrollo temporal es lineal se dará de bruces con una realidad total y radicalmente distinta. Lawrence Durrell escribió en cuatro volúmenes una misma historia vista desde cuatro perspectivas diferentes y en tiempos, no ya paralelos, sino superpuestos unos a otros. Yo mismo estaba errado pensando que sí que iba a encontrar en el cuarteto una narración temporalmente lineal, clásica, en el que en cada libro íbamos a avanzar en una misma historia. Pero no. He sido el primer sorprendido y maravillado al mismo tiempo. Balthazar es una novela en la que el narrador de Justine vuelve a la misma historia del primer libro para completar un puzle que es incapaz de resolver, no por incapacidad intelectual, sino por no tener delante de él todas las piezas necesarias.

Por continuar con una metáfora que me suele gustar mucho usar cuando considero pertinente, podría decirse que en Justine Lawrence Durrell presenta un tapiz deconstruido a través de las madejas de las cuales deben salir los hilos que han de tejerlo. Pero nos las presente enmarañadas y el lector no sabe muy bien de qué hilo tirar, ni tan si quiera si debe tirar, para poder empezar a hacerse una idea del conjunto, es decir, del tapiz completo. En Balthazar, sin embargo, Durrell empieza a tejer, a enhebrar las diferentes agujas y a elaborar el complejo tapiz que tiene de fondo una Alejandría casi diría yo que mitológica, donde las pasiones primitivas del ser humano, que afectan por igual a hombres y mujeres, el sexo y el amor se desatan y alcanzan niveles de locura y paranoia.

Y cambia además la manera de contarnos las cosas Durrell. Si en el primer tomo del cuarteto el narrador nos contaba desde su punto de vista y simplemente a través de recuerdos de amigos una serie de vivencias pasadas que marcaron a cuatro amantes en una Alejandría tórrida y mestiza. Ahora, en Balthazar, el mismo narrador del primer libro lo que hace es contarnos lo que un amigo, el abogado que da nombre a este segundo libro y que ya apareció en el primero, le cuenta que pasó desde su punto de vista. Este cambio en la manera de narrar, no solo da brío al libro y hace que el lector tenga que asumir una versión complementaria más que diferente de lo ya leído, sino que además ayuda a ampliar el foco, a llegar a lugares e instantes en la historia que de otra manera sería difícil alcanzar y alumbrar con la luz de la verdad narrativa.

Aunque en Balthazar la historia y su desarrollo, lo que en esta novela se narra y cuenta es más importante que en Justine, sigue siendo el cómo está narrado lo que más atrae y atrapa de ella. Esa sutileza narrativa, ese estilo pulcro y depurado, donde reflexiones, descripciones y acción se entremezclan con cuidado consigue que la lectura, pese a que podría resultar pesada y de un nivel un tanto elevado, resulta de lo más fluida y agradable. Y sobre y ante todo, la maestría de Durrell a la hora de describir Alejandría, a sus gentes, tradiciones y contrastes, su decadencia, su aislamiento, su élite local y extranjera, sus relaciones prohibidas, llenas de lujuria y pecado, donde lo prohibido se sabe pero se calla o se mira hacia otro lado para hacer lo mismo uno mismo. Es fastuosa, hacia el final de la novela, la descripción que hace Durrell de la fiesta de carnaval que termina desencadenando uno de los hechos más reveladores, y eje del tapiz que pretende tejer el autor, de todo el cuarteto. Disfraces, dobles sentidos, insinuaciones, infidelidades, liberación de pasiones medianamente controladas de manera habitual… A través de las palabras del mayor de los Durrell el lector no solo viaja a una ciudad que ya no existe, no por hecatombe, sino por haber perdido su esencia entre dos aguas, entre dos culturas, sino que termina formando parte de ella misma, mezclándose a su vez con el coro de personajes que vuelven a salir en esta segunda novela del cuarteto.

Balthazar es una continuación, quizá no del nivel de Justine, pero sí de un nivel que le va a la zaga y que hace que el cuarteto, ya mediada su lectura, se esté convirtiendo en una de mis lecturas favoritas y a la que guardaré probablemente en un lugar preminente de mi memoria. Una vez lanzado a la aventura literaria en la que estoy inmerso, vuelvo a recalcar el enorme contraste narrativo que tienen el mayor y el menos de los Durrell. Ambos se disfrutan igual, pero de manera distinta, porque cada uno ofrece al lector un tipo de libro bordando a su vez la escritura. Lawrence Durrell me está pareciendo un escritor sumamente dotado para la evocación de una época y unos personajes definidos al milímetro. Y como ya dije en la reseña de Justine, envidio profundamente lo que Larry Durrell consiguió con este cuarteto.

Caronte.

viernes, 10 de junio de 2022

Justine (Cuarteto de Alejandría I)

La lectura debe ser siempre un lugar refugio donde acudir tanto para huir de una realidad que quizá no nos emociona demasiado o no nos motiva lo suficiente o no nos reta intelectualmente lo que necesitamos. El oficio de escribir, de narrar y contar una historia reflexionando por el camino sobre lo más diversos temas que causan preocupación al ser humano no es tarea sencilla y conlleva un trabajo aún mayor que el simple y mero hecho de enfrentarse a un papel en blanco y empezar a hilar letras y palabras y oraciones: vivir. Solo el escritor que vive su vida como quiere y puede y lo hace con intensidad y obsesiones será capaz de plasmar en papel historias que perdurarán en el tiempo. Porque por mucho que las generaciones cambien y el tiempo vuelva ancianos a quienes una vez fueron jóvenes el interior suele quedar intacto, y nuestras mentes funcionando sin tener en cuenta el desgaste de nuestro cuerpo que nos recordará siempre que nuestro tiempo continúa imperturbable su discurrir.

El Cuarteto de Alejandría, cuya primera novela es Justine, es quizá la obra más relevante de su autor, Lawrence Durrell, y muy seguramente una de las obras narrativas y literarias más importantes de la historia inglesa. Partiendo de estas afirmaciones uno podría pensar que está ante una obra hermética y de difícil y árido acceso lector: nada más lejos de la realidad. También es cierto que llego al cuarteto con unas enormes ganas y expectativas muy elevadas. Además, para rizar el rizo he decidido emprender una empresa literaria quizá un tanto ambiciosa (y que de momento va bien) consistente en leer alternando los tomos de este cuarteto de Lawrence Durrell y los tomos de La Trilogía de Corfú de su hermano menos Gerald Durrell. (Para los frikis de los datos y las curiosidades Los Durrells, la serie de televisión que hace un tiempo estuvo en boca de muchos, está inspirada en la trilogía de Gerald y en ella sale también Lawrence.)

Hablemos de Justine. En esta obertura del cuarteto Lawrence Durrell tira de oficio escritor y presenta una novela donde la trama y lo que en ella sucede pasan a un lugar secundario. Es cómo se cuenta lo importante. El estilo de Lawrence es depurado y alternando recuerdos del narrador, con los de otros personajes va dando forma a la historia de una joven alejandrina, Justine, cuya pasión desatada por los hombres causa estragos en todos aquellos incautos que se dejan llevar por su fuerte instinto de seducción. Marcada de joven por un evento que solo se deja entrever, Justine es una mujer que intenta desesperadamente disfrutar de sí misma a través del sexo y de las pasiones que levanta en los hombres de todas las edades y condiciones.

La exploraciones de las diferentes maneras de amar, las muy variadas formas en las que se pueden expresar la pasión y las pulsiones sexuales, conforman los grandes temas sobre los que el mayor de los Durrell reflexiona en Justine partiendo de diversos triángulos amorosos y testimonios de personajes vitales que a lo largo de todo el cuarteto acompañarán al lector dando diversos puntos de vista sobre las vidas y acontecimientos que en una Alejandría mítica de los años previos a la IIGM se desarrollan entre todos ellos. Pero, insisto, realmente lo que pasa en la trama de la novela no es lo más relevante y muy acertadamente queda en un segundo plano para que el lector, el buen lector, sea capaz de apreciar la manera tan sutil y a la vez tan compleja de narrar temas y situaciones vitales obsesivas de manera tan soberbia.

Justine no es solo el comienzo de un cuarteto determinante en la literatura inglesa, en una obra literaria de primer nivel, es además quizá la gran novela sobre Alejandría y sobre un Egipto ya extinto, mítico y legendario que guardaba parte de su áurea de época dorada y faraónica, donde las leyendas y supersticiones marcaban el paso del tiempo. Lawrence Durrell da a la propia ciudad carácter de personaje y sus complejas relaciones sociales, sus estratos étnicos, sus colores, su luz, sus olores, sus gentes, sus calles, mezquitas, cafés y habitaciones de ventanas protegidas del sol y el calor por contraventanas de madera que ocultan, pero no impiden permanecer alerta, son pilares fundamentales sobre los que se sustenta la propia trama argumental. Sin esa Alejandría, sin sus calles estrechas, sin sus estancias decoradas de manera oriental, sin su paseo a orilla de mar esta novela no sería lo que es.

Escribir no es una tarea sencilla. Todos lo podemos hacer porque aprendemos a ello, al menos teóricamente, a muy temprana edad. Pero hacerlo bien (emocionar y transmitir, evocar y hacer que un desconocido de una generación diferente a la del autor y con muchos años de diferencia se emocione) usando la palabra escrita es tarea muy complicada. Lawrende Durrell ha conseguido con Justine algo que pocos escritores han logrado: darme envidia. Sí, envidia. Envidia por no poder ser capaz en mi vida, porque no voy a ser capaz de hacerlo, de escribir una novela así: donde ambientación, personajes, estilo, forma y reflexiones se mezclen tan a la perfección que el resultado termine siendo eterno. Pocas mejores cosas puedo decir de una novela que expresar mi envidia y admiración, mi sueño de poder escribir algo así en mi vida. Las expectativas puestas en el cuarteto se han empezado cumpliendo con creces.

Caronte.

lunes, 30 de mayo de 2022

The Spoilt City

Hace dos años gracias a la editorial Libros del Asteroide di con una autora y una novela que iniciaba una trilogía ambientada en la Europa siempre más olvidada, aquella que también ha sido siempre maltratada en parte por ese mismo olvido: los Balcanes, Rumanía y Grecia. Libros del Asteroide recuperó La Gran Fortuna, libro que inicia la Trilogía de los Balcanes de Olivia Manning: una escritora inglesa, injustamente olvidada y eclipsada por la pluma de otros hombres contemporáneos con ella, pero que cumple con absolutamente todas las características para ser un clásico de la narrativa inglesa del siglo XX donde la aristocracia y la burguesía, junto con ciertas dosis de épica y de espionaje, han sido unos de los grandes temas. No sé si Libros del Asteroide tiene pensado o no concluir la trilogía de Manning, lo bueno es que en inglés también se han reeditado recientemente y gracias a ello podré en los próximos meses, lecturas pendientes mediante, concluir con ella.

The spoilt city continua la historia de la joven pareja conformada por Harriet y Guy Pringle junto en el momento exacto en el que se dejó en The great fortune. Olivia Manning no hace fantasiosos avances temporales y continúa explorando a sus personajes de la misma manera que en el primer libro. Se nota que fue una trilogía pensada como un único libro, escrita como un único libro, algo de agradecer por parte del lector que no se ve impuesto por saltos temporales absurdos que no hacen más que incomodar muchas veces. La evolución de los acontecimientos es totalmente lineal y apenas hay digresiones o solapamientos de eventos.

Bucarest sigue siendo el centro neurálgico de la acción y el grupo de amistades locales e inglesas de los Pringle siguen siendo los acompañantes del lector durante toda la novela. Pero hay un cambio en The spoilt city, y es que toda la normalidad que hasta ahora se vivía en Rumanía y su capital empieza a tambalearse. La historia y su curso imparable barren de un plumazo la tranquilidad rumana en la periferia de la IIGM y los acontecimientos sobrepasan a todos aquellos que pensaban que la diplomacia y las buenas maneras haría que ni la tradición ni la tranquilidad se quebrarían. Pero cuando un loco genocida aspira a todo, nada puede pararle. Pero esto no son más que los acontecimiento históricos que pasan al mismo tiempo que la propia intrahistoria de los protagonistas que se ven arrastrados por el tsunami de la guerra y la historia sin poder ofrecer más que una resistencia simbólica, sabiendo que solo si no se aferran a nada fijo podrán intentar salir adelante en una tierra que empieza a dejar de ser amigable y se convierte en hostil, donde un inglés ya no es un miembro de la burguesía extranjera en una ciudad pobre, sino un enemigo del pueblo y de la lucha de las naciones fuertes (del Eje).

La relación entre Harriet y Guy en The spoilt city empieza a ser más madura. Y si en la primera entrega de la trilogía el matrimonio daba sus primeros pasos de casados con ilusión y miedo al mismo tiempo, partiendo de esperanzas diferentes y con objetivos diversos cada uno, y lejos de casa, en un entorno entre hostil y exótico, en esta segunda entrega Harriet da un cambio gigantesco en su forma de ser: deja de ser una joven sumisa a pensar por sí misma, a exigir a Guy su parte del matrimonio, que lo ejerza, que no sea simplemente parte de un papel firmado ante Dios. Guy por su parte sigue tan idealista como siempre, tan estoico en sus decisiones, tan inglés hasta el final, hasta que los acontecimientos les barren de arriba abajo y la barbarie se instala en una vida relativamente cómoda en el confín de un continente y tan lejos de su plácido (aunque en guerra esté en llamas y parcialmente ruinoso) y aristocrático Londres.

No puedo negar que este tipo de novelas donde los protagonistas son burgueses de alta cuna que se las dan de amantes del mundo y protectores del bienestar social, que frecuentan tanto fiestas populares y dan limosna a los pobres interesándose por ellos como van a fiestas privadas con caviar y champán, trajes obscenamente deslumbrantes y música actual de fondo, me encantan. The spoilt city tiene mucho de este tipo de novelas de burguesía, pero además tiene ese eco y trasfondo de novela clásica inglesa de espionaje, de maniobras en la oscuridad, de diplomacia a través de agentes culturales, o propaganda sucinta pero clara. Es una mezcla perfecta, narrada además de manera sutil y delicada como solo Manning puede hacer, sin dar esos aires de grandilocuencia que los hombres suelen dar a estas novelas.

Si no habéis leído aún The Great Fortune estáis tardando (ya sea en español o en inglés) y si lo habéis hecho y aún no os habéis hecho con The spoilt city estáis tardando aún más (aunque en este caso en español aún no esté disponible, o si lo está probablemente lo esté en alguna librería de segunda mano perdida en algún callejón torcido de alguna ciudad). Tengo ganas además de leer el cierre de la trilogía, que abrirá un nuevo horizonte en la relación de los Pringle al estar separados por la guerra y en lugares diferentes: Atenas y Bucarest. Nuevos horizontes y probablemente nuevas maneras de abordar su vida que me apetece explorar.

Caronte.

jueves, 28 de abril de 2022

Amor se escribe sin h

Casi un año ha estado esta novela esperando en mi pila de lecturas pendientes. La compré en Barcelona, en el barrio de Gracia en una librería cafetería muy coqueta, con una selección de libros llena de diversidad y apertura de mentes y con un café de los más ricos que he tomado en mi vida. Y desde entonces ha estado esperando a ser leída, en parte porque me daba respeto empezarla, en parte porque en mi interior me decía que no me iba a gustar como debería y que el impulso que me llevó a comprarla me fallaría esta vez, como en otras ocasiones había acertado. Pero también digo que hay veces que es necesario que una novela repose un poco tras comprarla, que espere su turno de lectura, aunque pasen meses (o incluso años) hasta que un lector se decide a leerla. Las lecturas y los libros deben madurar, así como debe hacerlo el propio lector antes de afrontar una novela para poder disfrutarla como se merece.

Enrique Jardiel Poncela fue uno de los grandes dramaturgos de la primera mitad del siglo XX en España, y sus obras de teatro se representaban sin cesar por todo el país. Sigue siendo, hoy en día, referente en muchos aspectos e inspiración para muchos escritores que quieren adentrarse en el mundo del teatro y escribir con ironía y humor. Amor se escribe sin h, novela de título absolutamente llamativo (una de las razones que me llevaron a elegirla para acercarme a este autor), nos cuenta la más manida de las historias de la literatura: chico se enamora de chica, tienen una historia de amor, chica se cansa de chico, chico se queda destrozado… Y, sin embargo, Poncela lo escribe todo de manera tan surrealista y disparatada, rompiendo incluso lo que en el cine sería la cuarta pared para hablarle al lector de sí mismo, que lo que puede ser una historia repetida hasta la saciedad desde los inicios de la literatura tiene un aire fresco. Tan fresco incluso que si se publicara algo así hoy no desentonaría.

Si nos paráramos en la trama de Amor se escribe con h, pues tendríamos una novela más, sobre un tema universal como el amor, pero tratado con ironía, sarcasmo y un humor tan limpio como efectivo. Sin embargo, Poncela no solo crea una novela, sino que construye un libro extrasensorial, casi podría que decirse que interactivo si usamos los términos actuales (teniendo en cuenta que la novela se publicó en 1928), donde el escritor madrileño emplea dibujos, esquemas, y demás elementos no simplemente narrativos para hacerle la lectura al lector mucho más amena, entretenida y activa que una simple narración.

Tras leer Amor se escribe con h me vienen a la mente dos cosas. La primera es que mis prejuicios ante esta novela eran absolutamente infundados y absurdos (y que cualquier prejuicio ante cualquier novela es pura ignorancia). La segunda es que una vez leída esta novela y descubierto a Jardiel Poncela me doy cuenta la gran influencia que su humor ha tenido en escritores como Eduardo Mendoza, cuyas novelas más humorísticas me han recordado a esta. Un humor de lo absurdo, de expresiones disparatadas, de situaciones alocadas y totalmente surrealistas pero que podrían perfectamente darse en la vida real en uno de esos episodios que se viven y luego uno piensa que cómo ha sido posible que sucediera.

Hacer reír, por norma general y en cualquier ámbito y contexto, no es algo sencillo ni fácil. Conectar con alguien, con su idiosincrasia y sus referencias mentales, y ser capaz de despertarle una sonrisa que pueda acabar en carcajada es casi misión imposible. El llanto y la risa son emociones que la literatura bordea constantemente y que no siempre se consiguen transmitir. De hecho, en toda mi vida, solo he llorado de verdad con un libro. Por su parte, la risa me la han despertado un puñado de libros, entre ellos entra ahora Amor se escribe con h. Poncela tiene ese humor que tanto me gusta: ingenioso, irónico, lleno de inventiva y absurdo, surrealista a veces.

No puedo esconder mi entusiasmo tras haber leído esta novela. Y es que Amor se escribe con h me ha parecido de lo más entretenido que he leído recientemente. Ligero, ameno, divertido, interesante, retador… Jardiel Poncela sabía cómo tratar a su público, ya fuera en el teatro como en sus novelas (al menos en esta que es la única que de momento me he leído de él) y eso se nota en cómo escribe. Cualquiera que quiera leer algo diferente, fresco pese a ser un clásico, y justamente divertido que se haga con esta novela y se deje guiar por la pluma de Poncela.

Caronte.

viernes, 18 de marzo de 2022

Plegaria en el asedio

La Guerra de Yugoslavia o de los Balcanes o la de Serbia (varios nombres para, en el fondo, denominar al conflicto armado que a principios de los 90 desoló los Balcanes tras la desintegración de la antigua Yugoslavia) siempre ha sido una época histórica que me ha interesado mucho y atraído. Como última gran guerra europea de verdad (hasta que a Putin se le ha ocurrido atacar indiscriminadamente Ucrania hace apenas unas semanas) es un periodo histórico muy interesante y como gran lector y apasionado de la historia que soy llevo ya tiempo leyendo de vez en cuanto sobre aquel conflicto, preferiblemente acercándome a él a través de la ficción (o quizá no tan ficción) y las novelas ambientadas en ese rincón de Europa tan apasionante y mestizo que a lo largo de los siglos ha pertenecido a distintos imperios y ha padecido guerra tras guerra espoleadas por el odio.

Plegaria en el asedio es el primer libro que leo de la Editorial Automática y llegué a él como suelo llegar a algunos libros: simplemente buscando en internet novelas ambientadas en la guerra. Y es que esta novela, este debut literario porque eso es lo que es, traslada al lector al Sarajevo de la guerra de los Balcanes, esa ciudad mestiza donde cristianos ortodoxos y musulmanes convivían más o menos tranquilamente hasta que estalló la guerra. Y más concretamente al sitio que sufrió la ciudad dividida en sectores y dominada a cachos por serbios y bosnios, que se mataban desde parapetos, azoteas, tiendas, coches calcinados y rascacielos agujereados por las balas de los tanques blindados.

Todo debut literario es siempre un abismo para el autor, y también para los lectores que confían su tiempo a ciegas sin referencia alguna a un autor, y lo es más aún si uno se da cuenta de la envergadura física de Plegaria en el asedio. Más de 700 páginas de guerra, donde los cañonazos, los disparos, las violaciones, el incendio y el pillaje de edificios y tiendas, la muerte, el odio, las bromas macabras y la desolación de la violencia entre hombres se mezcla con la normalidad del día a día en una ciudad tomada por los militares y milicianos donde se tiene que sobrevivir como se pueda, refugiándose físicamente en pisos fríos y desvencijados y psicológicamente en la esperanza de un futuro en paz y tranquilidad.

Siempre me han dado vértigo las novelas extensas, de muchas páginas, porque siempre pienso que, si ya es complicado mantener un buen ritmo narrativo en cien o doscientas páginas, hacerlo en más de setecientas es todo un Everest. Por esto suelo evitar las novelas muy extensas. Sin embargo, he de decir que Plegaria en el asedio es una novela de esas que no te sueltan, que quieres leer y leer y seguir avanzando en la vida durante la guerra de su protagonista y narrador un joven musulmán a quien el estallido de la guerra le pilla en la calle equivocada de Sarajevo, alejado de su padre y con su madre recién enterrada por la enfermedad. Allí, en mitad de un desconcierto lleno de odio, donde su apellido le pone en el bando de los que se puede humillar y, llegado el caso, prescindir, debe sobrevivir, aguantar, tragar…

Sin dejar de ser una novela sobre la guerra y principalmente sobre el sitio de Sarajevo, que duró años, Plegaria en el asedio también es una novela donde la esperanza y las ilusiones, los sueños de paz y tranquilidad encajan con los momento más duros y descarnados de lo que es un conflicto bélico alimentado con odio racial y rencores pasados de una historia tan rica como manipulada por los de siempre. Y luego está el contraste en la propia novela: desde un principio donde la enfermedad de la madre copa todas las preocupaciones del joven protagonista, hasta el último cuarto de la misma donde la huida, la ocultación y el confinamiento lleno de miedo y donde el sueño es una quimera imposible de conciliar llenan de angustia la narración y la lectura.

También es de resaltar el estilo con el que Plegaria en el asedio está narrada: frases cortas, crípticas, casi de descripción de escenario en un guion de cine o en una obra de teatro. Apenas esbozos de avance de la historia y de los movimientos de personas. Como un telegrama dictado al vuelo con prisa. Como ráfagas de ametralladora que no tienen un objetivo fijo y claro y deben disparar raudas para no olvidar que están en una guerra. Así está narrada esta novela aumentando esa sensación de caos bélico, de desmoronamiento de una vida normal. Solo en los momentos en los que algún hombre o mujer narran alguna de las atrocidades de la guerra la narración se vuelve clásica para hacer llegar al lector, con toda su crudeza y sin intentar laminarlo, el terror de la guerra.

Empecé Plegaria en el asedio con miedo de que su gran extensión me abrumara y me dejara frío en ocasiones. Lo acabo diciéndome que, si una novela está bien escrita, es atractiva al lector y sobre todo te cuenta cosas que no sabes y quieres averiguar da igual que esté escrita en cien páginas o mil, porque se dejará leer y te adentrará de lleno en otro mundo, época o cuerpo. En tiempos como los que desde hace unas semanas estamos volviendo a vivir en Europa nunca viene de más recordar lo que pasó no hace ni 30 años en otro rincón del viejo continente cuando un orden mundial se derrumbó dando lugar a otro tras un gran y cruento derramamiento de sangre alentado por el racismo y el supremacismo de los, tan dañinos, nacionalismos.

Caronte.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Las intermitencias de la muerte

Muchas veces las tradiciones surgen de la nada, simplemente de un hecho que casualmente, consciente o inconscientemente, se repite con una cierta periodicidad o asiduidad hasta que pasa a ser una costumbre y alguien, un individuo o un conjunto de personas, lo asume como tradición. Sin quererlo voluntariamente, esto es lo que me ha pasado con Saramago desde que hace ya unos cuántos años lo leí por primera vez: y es que desde aquella primera novela suya que cayó en mis manos (tarde como me suele pasar con ciertos escritores) cada año leo entre una o dos de sus novelas dependiendo de las que encuentre en las librerías de segunda mano que son las que me han surtido de todos los libros suyos que he leído. Y ahora ya es una tradición qué procuró llevar a rajatabla y honrar anualmente sumergiéndome en alguna de sus novelas.

Tras haber leído probablemente sus novelas más famosas o de título más célebre, esta vez la que ha caído en mis manos es esta novela de título absolutamente atractivo (atractivo por lo que tiene de misterioso y límite mentar a la muerte en el título de una novela). Las intermitencias de la muerte es un libro en el que es la muerte, la parca, esa señora (siempre es una mujer la muerte, siempre en femenino) con guadaña, túnica negra y de aspecto la protagonista como en el fondo lo es de nuestra vida. Si digo la verdad, es la primera vez que leo una novela cuyo protagonista sea un elemento tan esencial y radical en nuestra vida como es la muerte: aquello que en el fondo le da sentido a nuestra existencia.

¿Qué es la muerte sino algo que desde el momento en que nacemos sabemos que tendremos que afrontar? ¿Qué es la muerte sino un evento cumbre en nuestra vida que llega sin nosotros saber cuándo y por tanto al igual que en hacer causará dolor y lágrimas aunque de muy distinto y contrario signo a aquellas que se producen en el alumbramiento de una vida? pues en esta novela Saramago da una respuesta un tanto alternativa y presenta a la muerte como una funcionaria que decide deja de hacer su trabajo. Esta es la premisa principal de Las intermitencias de la muerte: cómo se desarrollaría la vida en un país en una sociedad en la que nadie muriera. Difícil cuestión que nadie se plantea por lo inasumible de la misma y porque sería en cierto modo un alivio y un agobio al mismo tiempo.

Las novelas de Saramago, al menos las que hasta la fecha he leído, plantean siempre cuestiones morales, filosóficas y éticas que afectan al ser humano como individuo y como sociedad de manera profunda. Las intermitencias de la muerte no es una excepción y partiendo de un planteamiento absolutamente distópico o de ciencia ficción (qué son los géneros en los que yo englobaría la obra de Saramago) el Nobel portugués analiza los aspectos personal, a nivel de individuo, y social, a nivel de conjunto, que entrañaría el que no muriera nadie y que por lo tanto la vida no tuviera un fin (entendiendo este fin en dos vertientes: como objetivo y final).

Por desentrañar un poco la estructura y el contenido de la novela podríamos decir que es bastante claro que Las intermitencias de la muerte se podría dividir en dos partes perfectamente diferenciadas. Una primera mitad de la novela trata y analiza de diferentes vertientes como la sociedad en su conjunto a nivel gubernamental empresarial religioso y social afronta el hecho de que nadie muera. Es en esta primera mitad en la que Saramago, como suele hacer en sus obras, muestra su aspecto de escritor más ideológico y político analizando muchos aspectos claves de lo que a día de hoy es la sociedad capitalista en la que vivimos llevando al límite absolutamente todos los tabús morales y éticos que envuelven al final de la vida ya sea la enfermedad, la vejez y la propia muerte. Es muy interesante ir de la mano de Saramago y su magnífica lucidez cómo el intelectual que fue los diferentes aspectos que en una estructura de sociedad actual se verían afectados por este hecho fantasioso, ya que bajo la narración de una fábula entretenida y magistralmente escrita subyace siempre una crítica lúcida y voraz del sistema social absolutamente desbocado y desaforado que las sociedades capitalistas han impuesto.

Sin embargo, Las intermitencias de la muerte tiene una segunda mitad que choca radicalmente con la primera y que prácticamente constituye una segunda novela dentro del global. Y es que, en esta segunda mitad, Saramago se centra en la muerte y en su retorno al trabajo dando un preaviso de 7 días a aquellos que van a morir volviendo a plantear otra vez una serie de dilemas morales sobre este hecho, pero, sobre todo, humanizando a la muerte, a la que termina poniendo cuerpo físico y rostro de mujer para traerla entre los vivos e intentar culminar un trabajo que se niega a ser realizado.

Este contraste entre las dos partes de una misma novela hace de Las intermitencias de la muerte una de las obras de Saramago más complejas e interesantes de leer, puesto que se mezclan dos de las características fundamentales de la obra de este magnífico escritor portugués una narración comprometida con los dilemas sociales que tiene la vida y la reacción del ser humano a los mismos, con una fábula fantástica sobre la muerte y sus debilidades. Porque humanizando a la muerte Saramago lo único que hace es constatar que entre muchas cualidades la muerte es principalmente algo inherente a la vida y que no puede escapar de vivir como ningún vivo puede escapar de morir.

Caronte.

viernes, 4 de febrero de 2022

El italiano

Que Arturo Pérez-Reverte saque novela todos los años ya no es noticia ni sorprende a nadie. Es un autor tan prolífico como pocos ha habido la historia de la literatura española; habría que remontarse a la época quizá de Umbral o a la época de Galdós para encontrar autores que publicasen tanto y tan bueno durante tantos años. Dejando a un lado el propio carácter de Pérez-Reverte que puede gustar más o menos tanto por opiniones como por actitudes, lo que es innegable es su grandiosa capacidad para escribir, para hacerlo bien y para, en su mayor parte, dar a los lectores novelas de aventuras de corte clásico que nos transportan a otra época y a escenarios muy diversos. Leo esta su última novela apenas pocos meses después de su publicación y con cierta incertidumbre por el estrepitoso fracaso (a mi modo de ver) que supuso su anterior novela sobre la guerra civil y qué me pareció de todo menos buena.

Cuando Pérez-Reverte se pone a hacer las cosas bien, cuando se remanga y se pone a escribir con gusto, sin prisas, sin encargos, sin obligaciones, sin intentar moralizar ni pontificar sobre absolutamente nada, es cuando Pérez-Reverte logra lo que ha logrado con El italiano: una novela de aventuras de corte clásico con sus dosis justas de amor, de personajes fuertes, valientes, heroicos, ambiguos, dignos… que entretiene de principio a fin y que traslada al lector directamente allí donde se desarrolla la novela y le hace formar parte de la historia.

Después de leer el año pasado Línea de fuego y quedar absolutamente decepcionado por la visión que Pérez-Reverte plasmó en sus páginas mostrando una falsa equidistancia sobre la guerra civil que lo único que demuestra es posicionamiento hacia uno de los bandos ya que, si en una guerra civil equiparas bandos, cuando todos sabemos lo que pasó en la nuestra, te estás poniendo en el lado vencedor quieras o no, de manera consciente o inconsciente, pero lo haces. Por esto cuando publicó El italiano decidí dejar pasar el tiempo antes de leerla. No quería ir influenciado por la lectura de su anterior novela y por tanto no disfrutar de lo que pudiera esconder el libro. Y, sin embargo, me he equivocado, lo reconozco, pero no es demérito mío sino mérito Pérez-Reverte al haber vuelto hacer aquello que mejor sabe: fabular.

El italiano nos traslada a 1942-1943 y a una zona muy interesante novelísticamente hablando cómo fue Gibraltar y la frontera con España (Algeciras, la Línea de la Concepción) toda esa zona fronteriza entre dos Estados enemigos en un periodo de guerra y en el que los espías, los contrabandistas y los militares se mezclaban permanentemente. Y no solamente eso, sino que Pérez-Reverte nos introduce en una historia basada en hechos reales sobre militares italianos con torpedos submarinos dirigidos por buzos, cuales motos de agua primigenias. Es sorprendente lo que puede hacer la imaginación a partir de un hecho real y lo que es capaz de hacer Pérez-Reverte con una historia que según él lleva escuchando toda la vida como mito leyenda o heroicidad de unos hombres que cumplían con su deber que era hacer el mayor daño posible a los enemigos.

Usa además Pérez-Reverte en El italiano un recurso clásico de los escritores más arraigado, como es introducirse a sí mismo como personaje (ficticio) de la novela para poder darle estructura y tener un hilo argumental paralelo que apoya a la recreación histórica de unos hechos ficticios pero que se basan en hechos reales totalmente contrastables y que ocurrieron en la Bahía de Algeciras y en Gibraltar durante la Segunda Guerra Mundial. Y como en el fondo esta novela tiene un aire clásico de principio a fin, no podría faltar una historia de amor puro (sin lujuria, sin florituras, sin lugares comunes a todas las historias de amor que se leen en la literatura muy empalagosas o idealizadas); es un amor clásico puro de película en blanco y negro de los años 50.

Perfectamente se podría hacer una serie o una película sobre El italiano porque la narración y la historia dan para ello. Pérez-Reverte entrega al lector una novela que se lee sola y no es un tópico que quiera poner aquí. he devorado la novela en apenas dos días porque no quería salirme de la historia quería saber qué pasaba en la siguiente página cómo evolucionan los personajes y qué les pasaba. en esto el escritor madrileño antiguo reportero de guerra es todo un maestro sabe escribir bien y urdir tramas entretenidas que mantienen al lector pegado a las páginas de sus novelas (quitando alguna que otra excepción como ya comenté al principio).

Con unos personajes típicamente revertianos; con unos protagonistas, hombre y mujer, con tintes de héroes de guerra, pero de héroes humanos clásicos no de superhéroes del siglo XXI; con una trama basada en hechos reales urdida con un recurso literario clásico como es el del autor personaje de su novela escrita con un ritmo formidable y ambientada como solo Pérez-Reverte sabe hacer. El italiano es un libro para disfrutar, de esos que reconfortan porque te sacan del sitio en el que lo estés leyendo y te llevan, en este caso, a 1942 y a la Bahía de Algeciras para vivir, como espectador, una historia puramente literaria llena de ficción pero que, por qué no, quizá pudo haber ocurrido. Esta es la magia de la literatura y la ficción.

Caronte.

viernes, 22 de octubre de 2021

Esta herida llena de peces

Llevaba tiempo queriendo comprar y leer algún libro del catálogo de una pequeña editorial independiente que edita delicadamente creando libros que no solo son objetos que leer y cuentan historias, sino obras de arte por su cuidado aspecto físico (porque sí, a veces las portadas son esas primeras impresiones que nos atraen y nos hacen querer saber qué hay detrás). La editorial Tránsito nació en 2018 fundada por mujeres con la intención de editar novelas de esas que conllevan un viaje no solo sensorial para el lector sino también personal, de los que cambian. Solo han publicado a autoras, jóvenes y no tan jóvenes, noveles o no, siempre desconocidas y alejadas del gran foco de la literatura comercial. Esta también es una de las razones por las que quería acercarme al catálogo de esta editorial y este año, en la extraña Feria del Libro de Madrid, me decidí por uno de sus libros, de llamativa portada color verde casi flúor y de título más que sugerente.

Esta herida llena de peces es el debut literario de su joven autora, la colombiana Lorena Salazar Mazo, y todo un puñetazo en la mente del lector que es testigo, en primera persona, de una historia que conmueve y desgarra a partes iguales. Narrada en primera persona como testimonio de la protagonista, una mujer que lleva a su hijo adoptivo en un viaje por un río tan real como mágico del mundo rural iberoamericano en búsqueda de la verdad para afrontarla con resignación y miedo, esta novela afronta temas que suelen estar en los márgenes de la literatura siendo tocados solo de manera tangencial por esta.

Sin ser una novela pretenciosa ni grandilocuente, Esta herida llena de peces es casi un cuento para adultos en el que desde el primer momento la melancolía, los recuerdos del pasado y el miedo al futuro y la pérdida de lo que más se ama y quiere en el mundo (en este caso un niño, un hijo, adoptado por la narradora de esta historia) tejen una historia de desarrollo sinuoso como el río que hace de hilo conductor y a orillas del cual mora la más cruda existencia vital.

En toda la narración subyace y siempre está presente sin casi mención alguna la violencia intrínseca que azota desde casi siempre América Latina. Una violencia carnal y visceral, que destroza de manera directa e indirecta y para la cual no hay miramientos cuando se trata de actuar. Esta herida llena de peces no es, sin embargo, una novela sobre la violencia propiamente dicha, sino sobre el miedo que genera el amor. El ser humano no teme hasta que no ama y cuando lo hace es sin cortapisas, sin ambages y sin restricciones. El amor y el miedo en esta novela van de la mano, porque en el fondo son las dos caras de una misma moneda: la vida.

Durante la lectura de Esta herida llena de peces tuve la sensación de estar leyendo una narración que quería contarme más de lo que me estaba contando, que bajo lo escrito había todo un mundo y otras historias mucho más profundas, cuyas raíces se hundían en una herida pustulosa y pestilente que no termina de cerrar. Quien ha conocido el miedo, la pérdida, el desamor y el desgarro de la muerte sabe a que se enfrenta cuando ama. Porque es amor lo que desborda esta novela, amor de una mujer a un hijo, aunque no lo haya parido.

La ternura que desprende la narración de Esta herida llena de peces cala en el lector y no es posible no coger cariño ni temer por qué pasará al pasar la página, al continuar la lectura. No quería que pasara nada malo, nada que doliera ni desgarrase un amor tan sincero Y sin embargo, toda la novela está envuelta en un velo de misterio, en un polvo suspendido que se mete por los ojos y se pega a la piel ensuciándolo todo, haciéndolo impuro, sucio y despreciable. Por eso durante toda la lectura se intuye algo, una maldad oculta, unos motivos oscuros para emprender ese viaje en barca por un río marrón, de embarcadero en embarcadero, con pasajeros desheredados de la tierra y el dinero, sin esperanza más allá de comer algo, dormir bajo un techo y no perder una seguridad vital débil que no sabes si durará o no.

El saber que algo va a pasar que nos va a destrozar no hace que disminuya la sorpresa y el dolor cuando eso pasa, ni que sus efectos se minoricen. Esta herida llena de peces acaba como tenía que acabar, aunque el lector no quiera aceptarlo, ni pensarlo, ni imaginarlo durante su lectura. Pero es como debe ser. El golpe al lector es brutal, pero la vida suele serlo y por tanto la literatura, si pretende iluminar aquellos rincones que suelen escapar a la luz, debe provocar sombras.

Esta herida llena de peces es un libro que no va a dejar indiferente, que se lee casi de un tirón y que, desde luego, deja un poso tras su lectura difícil de quitar. Con delicadeza y muy buen gusto, siendo equilibrada en su manera de narrar Lorena Salazar ha conseguido una primera novela muy digna, muy interesante y tremendamente conmovedora. Pocos debuts son tan intensos. Gracias también a la editorial Tránsito por editar una obra así, tan alejada de lo comercial, pero a la vez tan necesaria. Totalmente recomendable. Volveré a su catálogo sin tardar mucho.

Caronte.

viernes, 3 de septiembre de 2021

Las malas

Ya comenté en algún que otro post anterior que para mí la literatura es de las herramientas más poderosas y potentes a la hora de cambiar las cosas. Pienso además que la literatura, en todos sus géneros y estilos, debe ser ese gran foco que arroje luz y claridad a aquellos ámbitos de la vida y la sociedad donde la oscuridad reina. Una buena historia, biográfica o no, con más o menos fantasía, tiene el poder de cambiar al lector, de influirle, de abrirle nuevos horizontes a los que no se habría asomado si no fuera por la literatura. Puede sonar fantasioso, quizá incluso prepotente o iluso, pero pienso firmemente que los libros deben ser capaces de cambiarnos tras su lectura, en mayor o menor medida, de influirnos y de golpearnos en lo más profundo de nuestras emociones y creencias para hacernos mejores. Un libro no puede ni debe ser simplemente un pasatiempo, sería triste que así fuera, sino un medio de cambio.

Las malas es de esas novelas que golpean duro y llevan al lector a espacios, lugares y situaciones que muy probablemente nunca hubiera si quiera tenido la imaginación de evocar. Camila Sosa Villada, argentina de Córdoba que ha estado toda su vida luchando por sobrevivir en un mundo que la negaba, ha escrito una novela que tiene mucho de su vida y que agarra al lector por donde más duele para no soltarle desde la primera hasta la última página. Sin concesiones ni ambigüedades Villada lleva al lector hasta los más bajos fondos de la prostitución de travestis en un parque de Argentina, donde pasan frío, hambre, miedo, pero también donde ríen y comparten la vida esas mujeres que siempre lo han sido, aunque el mundo no quisiera verlas como tal.

Cuando llegas a una novela sin saber qué te vas a encontrar y ni siquiera te has leído la sinopsis de rigor de la contraportada sientes una emoción enorme cuando, a medida que avanzas en la lectura, el libro te va atrapando en su ritmo y en su historia. Esto es lo que me ha pasado con Las malas: lo compré simplemente porque es de esos libros que tras su publicación mantienen un eco perenne en foros literarios y librerías, y siempre está entre los recomendados por lectores y libreros. No sabía al empezarlo que me atraparía y me golpearía con fuerza la historia de Camila (autora y ¿protagonista?) y sus experiencias de calle con hombres de toda condición y carácter, sus recuerdos de infancia con una familia que ataca física y verbalmente al niño que fue y nunca quiso ser y su camaradería con otras travestis de la calle.

No entro a valorar la cantidad de verdad que las páginas de Las malas guardan y esconden. Me da igual lo mucho o poco biográfico que sea este libro, porque es verdad, para mí no es relevante que Camila Sosa Villada haya conformado una historia con su propia historia personal. Lo que es relevante es que esta escritora y artista polifacética argentina haya sido capaz de llevarme a sitios donde nunca en mi vida me hubiera atrevido ni siquiera a asomarme desde la lejanía ya fuera por miedo, cobardía o, incluso, rechazo. Esto es lo relevante para mí: que el libro me haya hecho mirar allí donde de manera natural hubiera retirado la mirada.

Reconozco humildemente que poco o nada sé del mundo trans, de sus reivindicaciones, su pasado, sus luchas o su trasfondo oscuro pasado. También reconozco que poco o nada me he interesado por él de manera voluntaria. Sé, eso sí, que todo lo que reclamen, todos los derechos que exijan, toda la igualdad que pidan será de justicia concedérselo. Nadie somos más que nadie por nuestro sexo o género u orientación sexual. Nadie. Y nadie nos puede decir cómo nos tenemos que sentir. Las malas es un libro duro, donde el lector se va a sentir incómodo en muchas ocasiones leyendo realidades que Sosa Villada no cuenta para ambientar sino para dar luz sobre una zona de sombrar que se ha extendido en el tiempo más de lo que debería.

A principios de año decidí leer a más autoras, a más mujeres, y más libros sobre mujeres y sus problemas, sus vidas, sus inquietudes y preocupaciones. Lo voy consiguiendo poco a poco. Y qué maravilla es leer de aquello que se sabe menos o solo se intuye desde la distancia. La lectura de Las malas no solo me he reconfortado como lector y con mis ideas sobre el poder de la literatura y los libros, sino que de nuevo me lleva a ese idioma español iberoamericano tan parecido, pero a la vez tan lejano al que yo mismo hablo y escribo. Camila Sosa Villada escribe con ecos de ese realismo mágico tan soberbio y único que deslumbró a la literatura con García Márquez como mayor y más brillante representante; ecos que dan a esta historia un colorido, una sonoridad y un alma cálida que hacen ver la novela no como un crudo reflejo de la vida de los travestis hace unos años, sino como un canto a la esperanza por el cambio social.

Llegué a Las malas sin ideas preconcebidas y sin saber absolutamente nada ni de la autora ni de lo que me iba a encontrar en sus páginas. He terminado de leerlo y he quedado golpeado por la cruda realidad que una parte de la sociedad, minoritaria quizá pero igual de importante que cualquier otra, ha vivido y sigue viviendo en muchas partes del mundo. Todo el que quiera ampliar sus horizontes, saber más sobre las personas trans y travestis, y sobre todo poner luz sobre una parte del mundo que solemos evitar casi siempre, debería leer este libro. Dudo mucho que nadie pueda quedar frío tras su lectura.

Caronte.

viernes, 20 de agosto de 2021

Hamnet

 

Siempre que una novela levanta tantísimas buenas críticas y opiniones, y no hay blog, revista cultura, perfil de Instagram o comentario en Twitter que no la ensalce y la ponga por las nubes intento dar espacio y sobre todo tiempo antes de acercarme a ella. Y lo suelo hacer porque muchas veces (la mayoría de hecho) esas hiperventilaciones por cualquier expresión de arte, y la literatura es una de ellas, vienen cargadas de expectativas que nos obligamos a cumplir y a aceptar simplemente porque otros a los que admiramos, seguimos o damos credibilidad han hablado bien de un libro (o película, o serie, o exposición de arte, etc.). Compré esta novela en una librería barcelonesa recientemente abierta de la que me enamoré hasta tal punto de plantearme si mi vida no sería mejor y más feliz trabajando en una librería leyendo y recomendando libros por doquier. El libro ha estado unas cuantas semanas en mi pila de pendientes hasta que ha llegado este mes de agosto al erial en que se convierte Madrid por estas fechas y en una soledad enriquecedora de dueño y señor de mi casa vaciada por vacaciones parentales me he puesto a leer esta obra.

Hamnet es una novela soberbia. Maggie O’Farrel consigue aunar, para deleite de los lectores y apasionados de la literatura, una obra magistral sobre el amor, la pasión, el dolor, la pena, la pérdida, la muerte, el recuerdo y el olvido. Y lo consigue además con un estilo perfecto que trasciende el papel y la palabra para hacer que la lectura de este libro sea una experiencia meta sensorial en la que la lectura es un mejor instrumento para oír, sentir, saborear, palpar y ver absolutamente todo lo que a lo largo de las diferentes escenas y tiempos que se no presenta en el libro.

Con los ecos mitológicos que transfiere a la novela la figura, quizá difuminada por las dudas que general el tiempo, de Shakespeare y su vida, Hamnet nos recuerda demasiado a esa otra leyenda de la literatura como es Hamlet, la más grande de las obras del Bardo inglés. Una letra diferencia la obra del genio de la literatura universal de esta novela que lleva por título además el nombre del hijo muerto prematuramente del dramaturgo y poeta inglés. Maggie O’Farrel, partiendo de lugares, nombres y sucesos reales fabula la vida de toda una familia a través de la figura de un niño, de una criatura inocente que se distrae con facilidad de sus tareas atraído por el mundo que le rodea en una idílica campiña inglesa. Hamnet es el hilo conductor de toda la trama, y sin embargo no es protagonista de nada salvo de su muerte en el lecho de su hermana gemela mientras esta, enferma de la peste, lucha por su vida y por la que pide intercambiarse en un acto supremo de amor y generosidad fraternal. Y a veces, esas peticiones al destino y la muerte se cumplen.

Llena de lirismo, con una prosa perfecta, sensorial y sonora, Hamnet es una novela que lleva al lector directamente al corazón de la familia de Shakespeare. Así, a lo largo de las páginas de este libro el lector irá pasando de un miembro a otro para conocer un poco su vida, sus angustias vitales, sus intereses y deseos, su personalidad, sus temores y sus pasiones más íntimas. Anges, la madre amantísima de sus hijos: Sussana, Judith y Hamnet (estos dos últimos gemelos); Bartholomew, el hermano de Agnes; la familia de la madrasta de Agnes; Agnes, Agnes, Agnes… Alguien podría pensar que la novela podría haberse llamado antes Agnes que Hamnet. Y no le faltaría razón a quien pensara esto, porque es esta enigmática mujer, llena de fuerza y voluntad, que no recibe órdenes de nadie y que es más libre de lo que podríamos imaginar, para quien además la naturaleza es su hogar, si vida y la razón de su existencia; es Agnes, como digo el corazón de esta novela y de ella emana prácticamente todo.

Y llega la muerte. Con naturalidad, como suele llegar, sin bombo ni platillo, sin ser estrambótica, en silencio, de noche. Llega la muerte llevándose a Hamnet. Aunque quien empiece a leer esta novela ya sabe lo que pasa no es menos sorprendente cómo llega. Maggie O’Farrell narra desde la más absoluta normalidad, sin aspavientos ni grandilocuencia la muerte del joven gemelo y cómo todos los miembros de la familia quedan desolados incluido el lector. Y es quizá tras esta muerte producida sin esperarlo, al albor de otra muerte que no llega a ser, la de Judith por la que el lector pena igual que toda su familia, cuando Hamnet se vuelve más interesante aún, cuando el lector sufre y se hace preguntan al hilo de las que se hacen los propios personajes, como esa de Judith a su madre preguntándola qué es ella una vez perdido su hermano ya que no hay palabras para designar al gemelo que se queda sin su otro yo así como sí hay palabra para designar a la mujer que se queda sin el marido o al hijo que se queda sin padre. Simpleza compleja, compleja simplicidad. La vida misma.

Quiero hacer, antes de terminar, una mención especial a un capítulo que me parece lo más perfecto que he leído en mucho tiempo. Se encuentra antes de llegar a la mitad de la novela y en el Maggie O’Farrell hace un alarde soberbio de capacidad narrativa y fabuladora creando más un cuento que un capítulo de transición y ambientación en Hamnet. En este capítulo se narra, con un brío y una belleza digna de estudio, cómo llega a un pequeño pueblo inglés, a una pequeña casa de artesanos la enfermedad que acabará con la vida del pequeño Hamnet. Un capítulo para leer y releer disfrutando de lo que la literatura es: magia, viaje, creación, belleza.

Podría seguir y seguir comentando pasajes y escenas y momento de Hamnet que me han resultado tan buenos que no acabaría nunca la reseña. Debo ir terminando y no puedo hacerlo sin deciros que leáis esta novela, que la disfrutéis, que si no habíais oído hablar de ella la compréis y os sumerjáis en sus páginas, si la tenéis pendiente adelantadla en vuestras lecturas porque sin duda es una de las grandes novelas de este año publicadas en castellano (y no podría haber sido publicada en otra editorial que no fuera Libros del Asteroide, que poco a poco se está haciendo con el catálogo más interesante en español). Volveré a Maggie O’Farrell en el futuro y no la perderé la pista y muy probablemente también vuelva a esta novela, aunque su relectura en un futuro ya no sea igual a esta primera vez.

Caronte.

miércoles, 18 de agosto de 2021

Napalm al cor

 

Este año ya empecé a leer en italiano después de tirarme todo el año 2020 de pandemia estudiándolo de manera aficionada de forma online. 2021 ha servido para que también me pusiera a aprender catalán y poder así leer en la segunda lengua más hablada en España (lengua que creo que debería darse la opción de aprender en los colegios – junto con el euskera y el gallego – sirviendo así de base para una mejor vertebración y entendimiento de las gentes que poblamos nuestro maravilloso país). Y aquí me encuentro hoy: reseñando la primera novela que me leo en catalán y que compré en mi pasado viaje a Barcelona en junio tras la recomendación del librero de Calders donde me hice con el libro. Por cierto, he de señalar la cantidad de magníficas y maravillosas librerías con las que cuenta la ciudad condal, sitios únicos donde me quedaría a vivir y que visitaría día sí día también dejándome el sueldo mensual comprando libros por encima de mis capacidades lectoras.

No ha podido ir mejor mi primer contacto con la legua y literatura catalanas. Pol Guasch es un jovencísimo escritor que ha conseguido con esta novela recordar a uno de los grandes de la novela americana, Cormac MacCarthy y su La carretera. Napalm al cor (Napalm en el corazón cómo probablemente sea su título en castellano una vez sea traducido y publicado) es una novela tan diferente a todo lo que se escribe y publica en el mundo editorial nacional que se lee con una frescura inusual y con una intensidad poco frecuente.

Con reminiscencia apocalípticas de un mundo que quizá pueda venir en un futuro probablemente no tan lejano como quisiéramos, Napalm al cor nos cuenta una relación de amor, una pasión, inusual en literatura donde los tabúes y el pasado pesan demasiado quizá, y donde la dependencia emocional de una parte de la relación termina por ser dañina nublando la vista y el entendimiento y haciendo que la parte más platónicamente prendada de la otra sufra.

Mediante capítulos que son apenas impresiones de un narrador del que no sabemos el nombre ni mucho sobre sus orígenes, ni por supuesto dónde está ambientada la historia, Pol Guasch construye un puzle que el lector debe ir poco a poco haciendo, encajando sus piezas, para ver la foto completa al final de la novela, cuando el lector pone luz a muchas de las sombras que Napalm al cor tiene y que hacen que su lectura tenga una intensidad y genere una sensación de malestar y misterio mezclados con melancolía que hacen que la novela sea irresistible para aquellos lectores que nos acercamos a los libros buscando algo más que simple narrativa.

Dije al principio que Napalm al cor me recordaba a La carretera de MacCarthy y es que, salvando las obvias distancias y dejando claro que nada tiene que ver una con la otra, la atmósfera de uno y otro libro es similar. Ambas novelas retratan una sociedad donde la esperanza no existe, donde el futuro es amarillento y neblinoso, y donde los seres humanos desconfían unos de otros y no saben muy bien cómo relacionarse entre ellos. En este clima es donde se desarrolla la historia de pasión y amor de los dos protagonistas: su huida con un cadáver insepulto, su búsqueda de un lugar idílico que, probablemente, solo exista en la mente de Boris.

Me sorprende a la par que me da envidia que alguien tan joven como Pol Guasch (que apenas tiene 24 años) haya sido capaz de escribir una novela con tantas lecturas y facetas, con tantos rincones por los que transitar, tan profunda y tan bien escrita como Napalm al cor. He de reconocer que durante la lectura de este libro me he ido sintiendo intrigado a la par que sobrecogido por momentos, ya que en algunos pasajes la historia se hace críptica y misteriosa, rondando la fantasía apocalíptica desoladora de un fin de la humanidad del ser humano. Por eso quizá también en apenas dos días haya terminado de leer esta novela, cosa que además me enorgullece por haber sido mi primera incursión en la literatura en catalán con un texto que, aunque de lectura fluida y fácil, no considero simple ni mucho menos.

Pocas veces me ha pasado, y quizá si haga memoria resultaría que ninguna, que esté reseñando un libro que aún no pueda leerse en castellano. Pero es así: Napalm al cor aún no ha sido traducido, aunque habiendo ganado el premio Anagrama de novela en catalán y siendo un libro tan original con una historia tan poco convencional, en la línea de esa nueva literatura y narrativa de autores jóvenes que empieza a poblar (por suerte) las librerías, poco tardará en aparecer en español. Y es entonces cuando aquellos lectores que quieran disfrutar de una lectura diferente y única, de gran calidad tanto por forma como por contenido deberán ir a su librería de confianza a hacerse con este libro y disfrutar de cada una de sus páginas y palabras. Desde luego que no elegí mal guiado por los consejos y recomendaciones del librero cuando elegí esta novela para estrenarme en catalán.

Caronte.

jueves, 12 de agosto de 2021

La vida mentirosa de los adultos

 

Volver a leer algo de Elena Ferrante tras haber terminado la saga de las dos amigas de Nápoles hace unos meses era casi cuestión de necesidad para mí. Cuando supe que este año la misteriosa escritora italiana sacaría libro nuevo empecé a seguirle la pista. Obviamente sabía que las altas cuotas de calidad narrativa y literaria alcanzadas con las cuatro novelas de Nápoles iba a ser muy difícil de igualar. No obstante, pese a las altas expectativas que llevaba tenía ganas de volver a leer a Ferrante para sumergirme de nuevo en una historia de gente normal, en un universo tan particular como universal, ambientada en Nápoles como podría estar ambientada en Sevilla, Valencia o Madrid. Lo único malo que suelen tener las expectativas es que si son muy elevadas se corre el serio riesgo de quedar insatisfecho y decepcionado, con la consiguiente pérdida de confianza en la literatura ya que muchas veces se da por hecho que un escritor debe emularse continuamente en cada una de sus novelas, cuando para nada esto es una seguridad absoluta.

La mentira está en nuestras vidas desde el mismo momento en que salimos del engaño del ratoncito Pérez, los Reyes Magos o Dios. En el mismo momento en que entramos en la vida de los adultos, y no es necesariamente cuando se es mayor de edad, asumimos que el mundo está repleto de mentiras: que se miente para vivir o para sobrevivir. La vida mentirosa de los adultos es el relato de cómo una joven de familia acomodada y burguesa progresista de Nápoles entra en esa vida dándose cuenta de que mentir no es un accidente, sino parte del paisaje de la vida, inherente a nuestra existencia de hecho.

El escenario por el que se moverá el lector será de nuevo Nápoles: ciudad ya conocida para los lectores de Ferrante ya que en ella se desarrollan las cuatro novelas de la saga de las dos amigas que tanto furor despertaron hace años. Un Nápoles descrito a la perfección, tanto sus barrios acomodados como los más humildes y en el que se ven los grandes contrastes entre tradición y vanguardia, pobreza y burguesía, clase y vulgaridad. La vida mentirosa de los adultos es una novela que no tiene muchas pretensiones más que reflejar la cotidianeidad y la normalidad de personajes humildes con problemas comunes y relaciones interpersonales que da igual el lugar del mundo en el que estemos que siempre se dan de la misma manera.

Nadie puede dudar a estas alturas de que Elena Ferrante, con el bombazo que fue la saga napolitana rompió los moldes de la narración costumbrista retratando como pocos han hecho la vida humilde de gentes normales y corrientes con las que el lector puede sentirse totalmente identificado y retratado incluso. En La vida mentirosa de los adultos Ferrante sigue explotando ese filón costumbrista italiano/napolitano, pero pierde parte del tirón y la magia que tuvo su tetralogía. O, al menos, esto es lo que me ha pasado a mí: que no he entrado en la historia de la manera que entré en sus novelas anteriores.

Como siempre digo, que un libro no me haya llegado es más problema mío que del autor o autora. En este caso, sabiendo que Elena Ferrante escribe como pocos autores, tengo que asumir que el que tras la lectura de La vida mentirosa de los adultos haya quedado frío y quizá, muy a mi pesar, decepcionado, es más mi culpa que suya. Reconozco que me he aburrido mucho durante la lectura de esta novela que pretende alcanzar las cuotas de intimidad y profundidad emocional que tienen las novelas de su saga napolitana sin conseguirlo ni de lejos. No es una mala novela, pero no es la novela que esperaba encontrar.

Pese a que la historia que Ferrante cuenta en La vida mentirosa de los adultos no haya resultado de mi interés y me haya costado avanzar en ella por encontrarla quizá algo más repetitiva de lo normal y casi esperable, sí tengo que decir que no hay autora que retrate Nápoles (o cualquier otra ciudad) como hace Ferrante en sus novelas. En esta novela de nuevo Nápoles y sus barrios, sus gentes, sus ruidos y olores, sus tradiciones, calles, plazas y parques son un elemento fundamental en el desarrollo de la trama. Nápoles no es un mero escenario sino mucho más, significando toda la vida en sí misma con sus dobleces, contrastes, mentiras, evoluciones, malos y buenos momentos. Las novelas de Ferrante son perfectas guías turísticas espaciotemporales que nos llevan a una Nápoles que fue pero que, en cierto modo, estoy seguro, que sigue siendo.

Es cierto que La vida mentirosa de los adultos no me ha entusiasmado, pero es una novela que sigue la senda de la saga de las dos amigas. Ferrante narra como nadie los conflictos personales y familiares, sin contemplaciones ni remilgos, y retrata como pocos su ciudad. También es cierto que alcanzar el nivel que se alcanzó con las novelas de las dos amigas es muy difícil y por tanto todo lo que venga después pues lo más seguro es que no esté a la altura de aquello. Sin embargo, estoy seguro de que cualquier lector a quien le entusiasme una historia de madurez, de paso de la infancia inocente a la adultez mentirosa y contradictoria, donde las pasiones y los impulsos rigen la vida más que los placeres del vivir tranquilo, encontrará en esta novela una gran lectura, entretenida y perfecta para esas pérfidas tardes de agosto en la piscina o junto al mar.

Caronte.