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jueves, 30 de junio de 2022

Clea (Cuarteto de Alejandría IV)

Acabo la última de las novelas que constituyen El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell sabiendo que he termino de leer algo grande e importante, no ya solo porque sea una de las obras narrativas inglesas más importantes del siglo XX sino porque enfrentarme a la lectura de estas cuatro novelas ha sido todo un reto lector personal ya que no sabía cómo terminaría algo que me impresionaba e imponía antes si quiera de sumergirme en la lectura del primero de los libros. Acabo hoy Clea sabiendo que difícilmente voy a poder encontrar un conjunto de novelas que me llenen como estas cuatro han hecho y que me resulten tan atractivas tanto como lector como por intento de escritor (frustrado pero realista, casi aliviado por saber que nunca nada de lo que escriba podrá ver la luz, porque total, para qué).

Clea no solo es el cierre del cuarteto que narra las relaciones entre sí y con la propia ciudad de Alejandría de los diferentes personajes y amigos que dan no solo nombre a los cuatro libros, sino que acompañan al lector en una narración intensa, profunda y sutilmente filosófica donde se reflexiona sobre el amor, las pasiones humanas, el arte o la escritura. Esta novela es también la más personal, íntima, metafísica, críptica y surrealista de las cuatro que componen esta obra magna narrativa. Esta es una de las razones por las que me imponía leer el cuarteto, porque investigando un poco me daba cuenta de Lawrence Durrell podría inscribirse en una tradición literaria de estilo críptico y mundos y temas propios, de muy alto nivel intelectual y cultural que, sin embargo, para mí quedaría muy alejados. Nada más lejos de la realidad. Por eso también acabar este conjunto de novelas ha supuesto todo un reto literario del más alto nivel y del que más orgulloso me siento.

A modo de últimas puntadas del tapiz general, o como últimas pinceladas en el fondo de un fresco magnífico y complejo de personajes y relaciones entre ellos llenas de matices y sombras, Clea cierra de manera magnífica todo el Cuarteto de Alejandría. No flaquea Durrell en su forma de narrar, tan sutil pero tan contundente, que hace que la lectura no sea un mero descubrimiento de una trama, que queda en segundo plano por un estilo narrativo que eclipsa todo, sino un placer vigoroso y fuerte, constante, por ver cómo diversas voces narrativas, diversos estilos y formas de narrar desfilan ante los ojos atónicos y atentos del lector que no puede más que admirar la construcción de estas novelas con cierta perplejidad, gratitud y, si alguna vez ha sentido el impulso de la escritura, con bastante envidia.

En Clea se cierran las historias de varios personajes que han ido apareciendo en el cuarteto; sigue de fondo el áurea magnética de Justine y su tremendo atractivo que hace que los hombres se vuelvan locos por estar en su órbita; varias muertes siguen sucediéndose, secundarias, pero trágicas y demoledoras para los afectados; varios misterios surgen sobre personajes que cualquier lector creería secundarios; y quien simplemente parecía un mero narrador, Barley, pasa a ser depositario y actor principal en el escenario místico y de leyenda decadente de Alejandría.

Todos y cada uno de los libros que forman el cuarteto, en sus variedades y formas, en sus tramas ligeras y en las profundas, en su ambientación en una extinta Alejandría diplomática, cosmopolita, burguesa, de cafés de aspiración europea y barrios árabes donde lo místico y legendario deja a lo terrenal en la más tenebrosa oscuridad, han sido un viaje narrativo intenso y complejo en el espacio y el tiempo y en la psique humana. Clea cierra un todo, un conjunto literario único y complejo que, aunque podría leerse de manera independiente, conforma un análisis profundo del alma humana, de sus pasiones desatadas, de sus deseos más prohibidos…

Sin embargo, acabar de leer Clea y con ella El Cuarteto de Alejandría me plantea un problema: ¿Qué leo yo ahora? ¿Qué se lee cuando has estado durante todo un mes leyendo las obras magnas de dos hermanos escritores como son Lawrence y Gerald Durrell intercalando las del cuarteto del hermano mayor con las de la Trilogía de Corfú del menor? ¿Qué se puede empezar a leer sabiendo que el listón está tan alto que sabes que cualquier cosa la vas a comparar con lo recientemente leído? Me hago estas preguntas con resignado optimismo porque siempre pienso que los libros están para ser leídos y solo entonces opinados. Pero, aún así, me siento un poco huérfano y vacío.

Clea ha supuesto el final de un reto lector que me impuse hace un mes. Reto que creo que he superado con creces demostrándome a mí mismo que ningún tipo de obra o género literario, o ningún autor deben impresionarme o darme rechazo leer por pensar que no estaré a la altura. Estas cuatro obras de Lawrence Durrell me han confirmado que estoy más preparado de lo que yo pensaba para leer cualquier cosa que pueda proponerme siempre que mi voluntad sea no tanto disfrutar de una buena historia, sino simplemente dejarme llevar por el arte que implica la buena literatura. Y El Cuarteto de Alejandría es buena literatura.

Caronte.

lunes, 27 de junio de 2022

Mountolive (Cuarteto de Alejandría III)

Tercera novela de las que componen El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell. Tercera novela que poco o nada tiene que ver con las otras ni por fondo ni por forma. Tercera novela que me está dejando totalmente encantado con la lectura, como si fuera un niño la mañana de Navidad y Reyes viendo bajo el árbol de Navidad regalos y más regalos dispuestos para su disfrute inmediato o relajado. Y es que lo que estoy disfrutando de la lectura del cuarteto, de cada uno de los libros que llevo leídos (ya tres, restándome únicamente el último con el que se desenlazará toda), no creo recordar que lo haya disfrutado antes con ningún otro, salvo quizá alguno de Javier Marías o Antonio Muñoz Molina. Tengo, además, sensaciones encontradas, porque por un lado quiero concluir la lectura del cuarteto para terminar de hacerme una idea del fresco que Durrell quiso mostrar en él, pero, al mismo tiempo, sé que tras su lectura quedaré un poco huérfano y desnortado para encontrar alguna lectura que esté a la altura.

Mountolive es la historia del embajador británico en Egipto: personaje también importante en las relaciones que se dan entre los protagonistas del cuarteto, Justin y Nessim, Melisa y Barley (que protagonizaron más directamente las dos novelas anteriores). Los entresijos de las relaciones personales de David Mountolive desde que llega a Egipto por primera vez de joven, conoce a los Hosnani (Nessim y Naruz, piezas clave de la historia que Lawrence Durrell nos está contando), consigue plaza diplomática, da vueltas por diferentes legaciones de su país, y vuelve de nuevo a Egipto en un momento clave, personal y político, para reencontrarse con pasiones y lealtades pasadas y presentes que debe gestionar; estos entresijos son el eje alrededor del cual se narra esta novela.

Esta es además una novela de corte y estilo clásico, muy británica e inglesa, muy de personajes sobrios que intentan controlar sus emociones y pasiones sin conseguirlo, donde el deber y la lealtad son pilares fundamentales en las relaciones personales. David Mountolive es un personaje prototípico inglés que, cumpliendo siempre su deber para con su país, se enfrentará a una ciudad, Alejandría, y a unas personas que le llevarán a perderse en sí mismo para intentar controlar sus impulsos y tomar decisiones de calado que afectan a sus amigos y conocidos. Mountolive es al mismo tiempo una novela histórica, psicológica, pasional, romántica y puramente narrativa que cualquier amante de la literatura disfrutará saboreándola poco a poco.

Vuelve a ser Alejandría el trasfondo en el que todo pasa, donde las relaciones personales entre los diferentes personajes, ya familiares para el lector, se desarrollan, envenenad y desenlazan. Y es aquí cuando Lawrence Durrell saca a pasear su grandeza literaria, su saber hacer narrando para entregarnos una pieza más de ese gran fresco que lleva pintando desde que comenzó el cuarteto, de ese gran tapiz que lleva tejiendo desde Justine, la primera novela de las cuatro que lo forman. En Mountolive, Durrell sigue ahondando en la ciudad trampantojo que fue Alejandría antes de la Segunda Guerra Mundial y que, tras la misma, con la llegada del Egipto, moderno desapareció. Como en Justine y Balthazar, en esta novela hay un pasaje memorable y fastuoso en el que Lawrence Durrell narra una especie de trance del embajador Mountolive por las calles alejandrinas que llevan al delirio y en el que con una descripción oscura, cruda y fantasmagórica dibuja una Alejandría en el borde mismo de la luz y la oscuridad, ambigua, discutible, penumbrosa, ocre, calurosa y engañosa.

Nada sobra en una narración perfectamente hilada y tejida que da como resultado una pieza del tapiz general que conforma El Cuarteto de Alejandría esencial para comprender todo en su conjunto. Mountolive es, por así decirlo, la novela esencial para comprender todo el trasfondo que une las diferentes vidas de los personajes que ya hemos ido conociendo en las dos novelas predecesoras. Como un hilo invisible, esta novela va poco a poco entre lanzando fragmentos que ya conocíamos, pero desde otro punto de vista. El narrador de esta novela no es ningún personaje, sino uno omnisciente que conoce todo y que nos va trasladando de un foco a otro para ir arrojando luz sobre aquellos sectores de la historia que seguían permaneciendo en penumbra.

La manera en que Lawrence Durrell plasma en una historia compleja de relaciones personales, pasionales y sentimentales, cómo los sentimientos y las pasiones determinan todo nuestro mundo y nuestra vida es soberbia, tanto en forma como en fondo. Mountolive es puro clasicismo narrativo, pero encaja a la perfección con sus novelas compañeras de cuarteto. No sirve de nota discordante, sino más bien todo lo contrario, es el acorde que ordena y guía correctamente a buen puerto la sinfonía sobre la Alejandría legendaria previa al conflicto mundial que cambió el mundo para siempre. Las diferentes formas de amar y querer, el cómo se despliegan las pasiones en un entorno convulso, lleno de matices y dobles sentidos, de sutilezas y susurros y sombras en el atardecer, es tan tremendamente actual que para la época debería sonar exótico y hasta extravagante, no siéndolo en absoluto.

Me resta la última de las novelas que conforman el cuarteto alejandrino de Lawrence Durrell, pero Mountolive ya va confirmando que probablemente este conjunto literario, esa enorme obra narrativa donde forma y fondo se mezclan y complementan tan bien que es imposible no envidiar su creación, serán obras que me marcarán inevitablemente como lector, de esas novelas que quedan tan grabadas que luego toda lectura posterior no es sino una búsqueda imposible de volver a sentir lo mismo que con ella. Se va acercando el final de mi empresa lectora de junio, y siento pena por ello, al mismo tiempo que entusiasmo por lo que me puedan deparar futuras lecturas.

Caronte.

viernes, 17 de junio de 2022

Balthazar (Cuarteto de Alejandría II)

Me adentro, tal y como prometí, en la segunda novela del Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell con unas expectativas quizá aún más altas que en Justine debido a que esta, como apertura del cuarteto, me pareció soberbia y absolutamente envidiable. Continuo además el cuarteto casi de seguido, intercalando entre cada uno de sus cuatro libros uno de la Trilogía de Corfú, también de un Durrell, Gerald en este caso. Es quizá el reto literario más importante que me haya impuesto nunca y de momento no puedo decir que me esté costando ni defraudando para nada; más bien al contrario: estoy disfrutando de contrastes en forma, fondo y todo maravillosos que quizá leyendo cada una de las series literarias por separado y distanciadas una de la otra no sería capaz de apreciar.

Quien piense que El Cuarteto de Alejandría es una serie de libros cuyo desarrollo temporal es lineal se dará de bruces con una realidad total y radicalmente distinta. Lawrence Durrell escribió en cuatro volúmenes una misma historia vista desde cuatro perspectivas diferentes y en tiempos, no ya paralelos, sino superpuestos unos a otros. Yo mismo estaba errado pensando que sí que iba a encontrar en el cuarteto una narración temporalmente lineal, clásica, en el que en cada libro íbamos a avanzar en una misma historia. Pero no. He sido el primer sorprendido y maravillado al mismo tiempo. Balthazar es una novela en la que el narrador de Justine vuelve a la misma historia del primer libro para completar un puzle que es incapaz de resolver, no por incapacidad intelectual, sino por no tener delante de él todas las piezas necesarias.

Por continuar con una metáfora que me suele gustar mucho usar cuando considero pertinente, podría decirse que en Justine Lawrence Durrell presenta un tapiz deconstruido a través de las madejas de las cuales deben salir los hilos que han de tejerlo. Pero nos las presente enmarañadas y el lector no sabe muy bien de qué hilo tirar, ni tan si quiera si debe tirar, para poder empezar a hacerse una idea del conjunto, es decir, del tapiz completo. En Balthazar, sin embargo, Durrell empieza a tejer, a enhebrar las diferentes agujas y a elaborar el complejo tapiz que tiene de fondo una Alejandría casi diría yo que mitológica, donde las pasiones primitivas del ser humano, que afectan por igual a hombres y mujeres, el sexo y el amor se desatan y alcanzan niveles de locura y paranoia.

Y cambia además la manera de contarnos las cosas Durrell. Si en el primer tomo del cuarteto el narrador nos contaba desde su punto de vista y simplemente a través de recuerdos de amigos una serie de vivencias pasadas que marcaron a cuatro amantes en una Alejandría tórrida y mestiza. Ahora, en Balthazar, el mismo narrador del primer libro lo que hace es contarnos lo que un amigo, el abogado que da nombre a este segundo libro y que ya apareció en el primero, le cuenta que pasó desde su punto de vista. Este cambio en la manera de narrar, no solo da brío al libro y hace que el lector tenga que asumir una versión complementaria más que diferente de lo ya leído, sino que además ayuda a ampliar el foco, a llegar a lugares e instantes en la historia que de otra manera sería difícil alcanzar y alumbrar con la luz de la verdad narrativa.

Aunque en Balthazar la historia y su desarrollo, lo que en esta novela se narra y cuenta es más importante que en Justine, sigue siendo el cómo está narrado lo que más atrae y atrapa de ella. Esa sutileza narrativa, ese estilo pulcro y depurado, donde reflexiones, descripciones y acción se entremezclan con cuidado consigue que la lectura, pese a que podría resultar pesada y de un nivel un tanto elevado, resulta de lo más fluida y agradable. Y sobre y ante todo, la maestría de Durrell a la hora de describir Alejandría, a sus gentes, tradiciones y contrastes, su decadencia, su aislamiento, su élite local y extranjera, sus relaciones prohibidas, llenas de lujuria y pecado, donde lo prohibido se sabe pero se calla o se mira hacia otro lado para hacer lo mismo uno mismo. Es fastuosa, hacia el final de la novela, la descripción que hace Durrell de la fiesta de carnaval que termina desencadenando uno de los hechos más reveladores, y eje del tapiz que pretende tejer el autor, de todo el cuarteto. Disfraces, dobles sentidos, insinuaciones, infidelidades, liberación de pasiones medianamente controladas de manera habitual… A través de las palabras del mayor de los Durrell el lector no solo viaja a una ciudad que ya no existe, no por hecatombe, sino por haber perdido su esencia entre dos aguas, entre dos culturas, sino que termina formando parte de ella misma, mezclándose a su vez con el coro de personajes que vuelven a salir en esta segunda novela del cuarteto.

Balthazar es una continuación, quizá no del nivel de Justine, pero sí de un nivel que le va a la zaga y que hace que el cuarteto, ya mediada su lectura, se esté convirtiendo en una de mis lecturas favoritas y a la que guardaré probablemente en un lugar preminente de mi memoria. Una vez lanzado a la aventura literaria en la que estoy inmerso, vuelvo a recalcar el enorme contraste narrativo que tienen el mayor y el menos de los Durrell. Ambos se disfrutan igual, pero de manera distinta, porque cada uno ofrece al lector un tipo de libro bordando a su vez la escritura. Lawrence Durrell me está pareciendo un escritor sumamente dotado para la evocación de una época y unos personajes definidos al milímetro. Y como ya dije en la reseña de Justine, envidio profundamente lo que Larry Durrell consiguió con este cuarteto.

Caronte.

viernes, 10 de junio de 2022

Justine (Cuarteto de Alejandría I)

La lectura debe ser siempre un lugar refugio donde acudir tanto para huir de una realidad que quizá no nos emociona demasiado o no nos motiva lo suficiente o no nos reta intelectualmente lo que necesitamos. El oficio de escribir, de narrar y contar una historia reflexionando por el camino sobre lo más diversos temas que causan preocupación al ser humano no es tarea sencilla y conlleva un trabajo aún mayor que el simple y mero hecho de enfrentarse a un papel en blanco y empezar a hilar letras y palabras y oraciones: vivir. Solo el escritor que vive su vida como quiere y puede y lo hace con intensidad y obsesiones será capaz de plasmar en papel historias que perdurarán en el tiempo. Porque por mucho que las generaciones cambien y el tiempo vuelva ancianos a quienes una vez fueron jóvenes el interior suele quedar intacto, y nuestras mentes funcionando sin tener en cuenta el desgaste de nuestro cuerpo que nos recordará siempre que nuestro tiempo continúa imperturbable su discurrir.

El Cuarteto de Alejandría, cuya primera novela es Justine, es quizá la obra más relevante de su autor, Lawrence Durrell, y muy seguramente una de las obras narrativas y literarias más importantes de la historia inglesa. Partiendo de estas afirmaciones uno podría pensar que está ante una obra hermética y de difícil y árido acceso lector: nada más lejos de la realidad. También es cierto que llego al cuarteto con unas enormes ganas y expectativas muy elevadas. Además, para rizar el rizo he decidido emprender una empresa literaria quizá un tanto ambiciosa (y que de momento va bien) consistente en leer alternando los tomos de este cuarteto de Lawrence Durrell y los tomos de La Trilogía de Corfú de su hermano menos Gerald Durrell. (Para los frikis de los datos y las curiosidades Los Durrells, la serie de televisión que hace un tiempo estuvo en boca de muchos, está inspirada en la trilogía de Gerald y en ella sale también Lawrence.)

Hablemos de Justine. En esta obertura del cuarteto Lawrence Durrell tira de oficio escritor y presenta una novela donde la trama y lo que en ella sucede pasan a un lugar secundario. Es cómo se cuenta lo importante. El estilo de Lawrence es depurado y alternando recuerdos del narrador, con los de otros personajes va dando forma a la historia de una joven alejandrina, Justine, cuya pasión desatada por los hombres causa estragos en todos aquellos incautos que se dejan llevar por su fuerte instinto de seducción. Marcada de joven por un evento que solo se deja entrever, Justine es una mujer que intenta desesperadamente disfrutar de sí misma a través del sexo y de las pasiones que levanta en los hombres de todas las edades y condiciones.

La exploraciones de las diferentes maneras de amar, las muy variadas formas en las que se pueden expresar la pasión y las pulsiones sexuales, conforman los grandes temas sobre los que el mayor de los Durrell reflexiona en Justine partiendo de diversos triángulos amorosos y testimonios de personajes vitales que a lo largo de todo el cuarteto acompañarán al lector dando diversos puntos de vista sobre las vidas y acontecimientos que en una Alejandría mítica de los años previos a la IIGM se desarrollan entre todos ellos. Pero, insisto, realmente lo que pasa en la trama de la novela no es lo más relevante y muy acertadamente queda en un segundo plano para que el lector, el buen lector, sea capaz de apreciar la manera tan sutil y a la vez tan compleja de narrar temas y situaciones vitales obsesivas de manera tan soberbia.

Justine no es solo el comienzo de un cuarteto determinante en la literatura inglesa, en una obra literaria de primer nivel, es además quizá la gran novela sobre Alejandría y sobre un Egipto ya extinto, mítico y legendario que guardaba parte de su áurea de época dorada y faraónica, donde las leyendas y supersticiones marcaban el paso del tiempo. Lawrence Durrell da a la propia ciudad carácter de personaje y sus complejas relaciones sociales, sus estratos étnicos, sus colores, su luz, sus olores, sus gentes, sus calles, mezquitas, cafés y habitaciones de ventanas protegidas del sol y el calor por contraventanas de madera que ocultan, pero no impiden permanecer alerta, son pilares fundamentales sobre los que se sustenta la propia trama argumental. Sin esa Alejandría, sin sus calles estrechas, sin sus estancias decoradas de manera oriental, sin su paseo a orilla de mar esta novela no sería lo que es.

Escribir no es una tarea sencilla. Todos lo podemos hacer porque aprendemos a ello, al menos teóricamente, a muy temprana edad. Pero hacerlo bien (emocionar y transmitir, evocar y hacer que un desconocido de una generación diferente a la del autor y con muchos años de diferencia se emocione) usando la palabra escrita es tarea muy complicada. Lawrende Durrell ha conseguido con Justine algo que pocos escritores han logrado: darme envidia. Sí, envidia. Envidia por no poder ser capaz en mi vida, porque no voy a ser capaz de hacerlo, de escribir una novela así: donde ambientación, personajes, estilo, forma y reflexiones se mezclen tan a la perfección que el resultado termine siendo eterno. Pocas mejores cosas puedo decir de una novela que expresar mi envidia y admiración, mi sueño de poder escribir algo así en mi vida. Las expectativas puestas en el cuarteto se han empezado cumpliendo con creces.

Caronte.

lunes, 30 de mayo de 2022

The Spoilt City

Hace dos años gracias a la editorial Libros del Asteroide di con una autora y una novela que iniciaba una trilogía ambientada en la Europa siempre más olvidada, aquella que también ha sido siempre maltratada en parte por ese mismo olvido: los Balcanes, Rumanía y Grecia. Libros del Asteroide recuperó La Gran Fortuna, libro que inicia la Trilogía de los Balcanes de Olivia Manning: una escritora inglesa, injustamente olvidada y eclipsada por la pluma de otros hombres contemporáneos con ella, pero que cumple con absolutamente todas las características para ser un clásico de la narrativa inglesa del siglo XX donde la aristocracia y la burguesía, junto con ciertas dosis de épica y de espionaje, han sido unos de los grandes temas. No sé si Libros del Asteroide tiene pensado o no concluir la trilogía de Manning, lo bueno es que en inglés también se han reeditado recientemente y gracias a ello podré en los próximos meses, lecturas pendientes mediante, concluir con ella.

The spoilt city continua la historia de la joven pareja conformada por Harriet y Guy Pringle junto en el momento exacto en el que se dejó en The great fortune. Olivia Manning no hace fantasiosos avances temporales y continúa explorando a sus personajes de la misma manera que en el primer libro. Se nota que fue una trilogía pensada como un único libro, escrita como un único libro, algo de agradecer por parte del lector que no se ve impuesto por saltos temporales absurdos que no hacen más que incomodar muchas veces. La evolución de los acontecimientos es totalmente lineal y apenas hay digresiones o solapamientos de eventos.

Bucarest sigue siendo el centro neurálgico de la acción y el grupo de amistades locales e inglesas de los Pringle siguen siendo los acompañantes del lector durante toda la novela. Pero hay un cambio en The spoilt city, y es que toda la normalidad que hasta ahora se vivía en Rumanía y su capital empieza a tambalearse. La historia y su curso imparable barren de un plumazo la tranquilidad rumana en la periferia de la IIGM y los acontecimientos sobrepasan a todos aquellos que pensaban que la diplomacia y las buenas maneras haría que ni la tradición ni la tranquilidad se quebrarían. Pero cuando un loco genocida aspira a todo, nada puede pararle. Pero esto no son más que los acontecimiento históricos que pasan al mismo tiempo que la propia intrahistoria de los protagonistas que se ven arrastrados por el tsunami de la guerra y la historia sin poder ofrecer más que una resistencia simbólica, sabiendo que solo si no se aferran a nada fijo podrán intentar salir adelante en una tierra que empieza a dejar de ser amigable y se convierte en hostil, donde un inglés ya no es un miembro de la burguesía extranjera en una ciudad pobre, sino un enemigo del pueblo y de la lucha de las naciones fuertes (del Eje).

La relación entre Harriet y Guy en The spoilt city empieza a ser más madura. Y si en la primera entrega de la trilogía el matrimonio daba sus primeros pasos de casados con ilusión y miedo al mismo tiempo, partiendo de esperanzas diferentes y con objetivos diversos cada uno, y lejos de casa, en un entorno entre hostil y exótico, en esta segunda entrega Harriet da un cambio gigantesco en su forma de ser: deja de ser una joven sumisa a pensar por sí misma, a exigir a Guy su parte del matrimonio, que lo ejerza, que no sea simplemente parte de un papel firmado ante Dios. Guy por su parte sigue tan idealista como siempre, tan estoico en sus decisiones, tan inglés hasta el final, hasta que los acontecimientos les barren de arriba abajo y la barbarie se instala en una vida relativamente cómoda en el confín de un continente y tan lejos de su plácido (aunque en guerra esté en llamas y parcialmente ruinoso) y aristocrático Londres.

No puedo negar que este tipo de novelas donde los protagonistas son burgueses de alta cuna que se las dan de amantes del mundo y protectores del bienestar social, que frecuentan tanto fiestas populares y dan limosna a los pobres interesándose por ellos como van a fiestas privadas con caviar y champán, trajes obscenamente deslumbrantes y música actual de fondo, me encantan. The spoilt city tiene mucho de este tipo de novelas de burguesía, pero además tiene ese eco y trasfondo de novela clásica inglesa de espionaje, de maniobras en la oscuridad, de diplomacia a través de agentes culturales, o propaganda sucinta pero clara. Es una mezcla perfecta, narrada además de manera sutil y delicada como solo Manning puede hacer, sin dar esos aires de grandilocuencia que los hombres suelen dar a estas novelas.

Si no habéis leído aún The Great Fortune estáis tardando (ya sea en español o en inglés) y si lo habéis hecho y aún no os habéis hecho con The spoilt city estáis tardando aún más (aunque en este caso en español aún no esté disponible, o si lo está probablemente lo esté en alguna librería de segunda mano perdida en algún callejón torcido de alguna ciudad). Tengo ganas además de leer el cierre de la trilogía, que abrirá un nuevo horizonte en la relación de los Pringle al estar separados por la guerra y en lugares diferentes: Atenas y Bucarest. Nuevos horizontes y probablemente nuevas maneras de abordar su vida que me apetece explorar.

Caronte.

martes, 24 de mayo de 2022

Un lugar llamado Antaño

Los Premios Nobel siempre me han generado mucho respeto. Creo que ser digno de una distinción como la sueca presupone ya cierto nivel, cierta categoría, en el mundo de la literatura. Pero que un autor tenga el Nobel no es sinónimo de que su obra deba gustar. Vargas Llosa, Cela, García Márquez, Saramago, son autores a cuya obra vuelvo constantemente porque me hacen sentir par lectora y reconfortarme con historias sobre temas universales contadas con estilos llenos de matices. Sin embargo, Böll, Golding o Grass se me hicieron pesados de leer (por no querer decir infumables). Pero los premios literarios de cierto prestigio son así y nadie puede hacer nada para que eso cambie. La aclamación de crítica y público rara vez coinciden, por eso cuando lo hacen las sensaciones son soberbias. Poder conectar con un Nobel, para mí, es una sensación extraña, que me acerca a un nivel de lecturas alto, con cierto prestigio (puede que suene pretencioso, pero es así). Mientras que cuando leo un Nobel y me quedo indiferente y frío algo se rompe y retrocede en mi mundo literario.

Un lugar llamado Antaño fue una de las primeras novelas publicadas por la reciente (2018) Nobel Polaca Olga Tokarczuk allá por 1996, aunque no haya sido hasta hace bien poco que se haya editado y publicado en España (al albur de la concesión del Nobel supongo). Que comprara y leyera esta novela, que ni de lejos estaba en mi lista mental de libros y escritoras que descubrir, es culpa de un amigo editor que una mañana mientras paseábamos por la Feria del Libro Viejo y de Ocasión de Madrid, y viendo esta novela en uno de los puestos, me dijo que me comprara el libro que probablemente me iba a gustar. Bueno, lo de gustar lo podría entrecomillar porque no es que me haya disgustado sino, que simplemente me ha dejado bastante igual la lectura de una novela que venden como llena de un realismo mágico a la europea, pero con la que yo no he logrado conectar en ningún momento.

Es un poco indignante que en el propio resumen del libro que se hace en la contraportada se hable de Un lugar llamado Antaño como una novela de realismo mágico. Me parece un insulto que se intente encuadrar este libro en una corriente de la que García Márquez fue uno de sus principales valedores y cuyas novelas sí están impregnadas de un realismo mágico que deja al lector en la frontera de un mundo imaginario pero real. Tokarczuk narra la vida en un pueblo mediano polaco de sus habitantes: sus relaciones personales, sus envidias, rencores, rencillas y perdones… Pero de realismo mágico no veo nada de nada… Que simplemente porque el pueblo donde se desarrolla la acción no exista y porque en toda la novela se usen recursos literarios que deforman la realidad que, comúnmente, un lector entiende como verídica, empleando trucos bastante manidos ya no debería ser suficiente como para tratar esta novela dentro del realismo mágico.

Para mi el realismo mágico implica una deformación de la realidad donde lo fantástico e improbable se entremezclan con lo real y tangible para conformar una unidad narrativa casi perfecta en la que la ficción sirve para explicar y entender mejor el mundo en el que vivimos. Un lugar llamado Antaño es una novela que roza el realismo costumbrista, más el que el mágico. No hay una deformación suficiente de la realidad y se exponen hechos en lugares y condiciones que bien se pueden identificar con cualquier pueblito polaco que haya vivido el siglo XX con sus dos guerras mundiales y su dictadura comunista bajo el yugo asfixiante de la URSS. En esto no veo yo mucho realismo mágico y, sin embargo, he estado toda la novela buscando paralelismos con aquellos autores y novelas del realismo mágico como yo lo entiendo y poco he encontrado, por no decir nada…

No voy a quitar méritos a una novelista como Tokarczuk, que supongo que tiene su público y que por algo recibió el Premio Nobel hace un par de años. Tampoco quiero que parezca que Un lugar llamado Antaño es una pésima novela, porque no lo es para nada. Solo quiero dejar claro que aquello que se vende como una novela llena de fantasía para contar el terror del día a día de una sociedad y un pueblo prototípico y representativo de un todo, dejando a un lado la frialdad que a veces puede tener el costumbrismo. Como novela realista costumbrista estamos, aunque una novela notable en el que su coral de personajes conforma una partitura narrativa digna de mención. Pero pese a esto tengo que decir que no he llegado a conectar con la novela, ni con la trama, ni con el ritmo.

Como dije al principio, no haber llegado a conectar con Un lugar llamado Antaño, con esta novela de la novela Tokarczuk me hace sentir mal. Y no sé el motivo real para ello. En el fondo debería sentirme orgulloso de ser capaz de leer a un nobel y cuestionarle, pero también tengo la sensación de haber fracasado como lector no sabiendo valorar lo que he leído. Pero cuando uno no conecta con algo no conecta y pocas más vueltas se le puede dar al asunto. Siento si esta reseña desanima a alguien a leer esta novela o a acercase a la escasa obra publicada en español de Olga Tokarczuk, pero me dije en su momento que intentaría siempre escribir sobre lo que leo sin medias tintas y sin dejarme nada en el tintero por decir.

Caronte.

domingo, 15 de mayo de 2022

Temporada de huracanes

Me adentro de nuevo en la literatura iberoamericana. Esta vez con una novela también muy reciente que causó furor entre libreros y lectores hace un par de años y que he dejado pasar para intentar no subirme a la ola en toda la cresta y defenestrarme si no terminaba de surfearla bien. Como ya he comentado en otras ocasiones, no suelo leer novedades a no ser que sean de escritores a los que ya conozco y por tanto de los que espero con ganas sus novelas nuevas. Y no lo hago porque prefiero que el tiempo de a cada novela su lugar tanto en librerías como en mis propias ganas de leerlas. Hay novelas que creo querer leer en el momento de su publicación y que evito comprar para saber si pasado el tiempo sigo queriendo leerlas. Algunas superan este tiempo de hibernación y otras, probablemente para mi bien, caen en el olvido una vez el foco mediático editorial pasa a otra novedad más inmediata. Esta ha superado la hibernación y tras su lectura me reafirmo en mi estrategia.

Temporada de huracanes es, como su propio nombre indica, un verdadero vendaval de sensaciones que atrapa y arrastra al lector a un torbellino del que apenas puede salir y cuando lo hace no es indemne. Si empleo la comparativa entre este libro y parte de su título es porque sinceramente la narración de esta novela es un puro huracán: una narración continuada sin apenas puntos y a parte que hacen de su lectura todo un reto. Lo que puede parecer un hándicap para una novela en la etapa actual que vive la narrativa, en esta ocasión es todo un acierto y una vez el lector se hace a la forma y al ritmo de la narración esta se convierte es un puro torrente de emociones y sensaciones difíciles de expresar.

Como ya es también tradición en mis últimas lecturas, empecé Temporada de huracanes sin saber nada de lo que iba. El mero hecho de ser una novela iberoamericana, estar escrita por una mujer y haber sido tan celebrada en librerías desde que se publicó, ha bastado para que mi interés por ella haya permanecido intacto y quisiera leerla. Como no sabía nada de este libro al comenzarlo me sentí abrumado por enfrentarme a una narración continua sin casi descansos que, aunque no es la primera vez que leo algo así, siempre suele desanimarme la lectura. Pero superé cualquier prejuicio y me adentré en una historia de violencia sin paliativos, contada desde diferentes puntos de vista, desde diferentes ángulos y con diferentes sensibilidades que conforman un puzle narrativo casi perfecto.

Violencia. Violencia contra las mujeres, violencia contra los hombres, violencia por envidia, por miedo, por amor, por venganza… Violencia en todas sus formas. Violencia como manera de controlar una sociedad y atarla a la más absoluta de las indigencias culturales, sociales y económicas. Temporada de huracanes es una novela que gira sobre un estado de violencia generalizado en México. Violencia como diosa a la que se reza, a la que se entregan sacrificios y alrededor de la cual gira todo en ciertas partes de México y Latinoamérica.

Por encina de todas las violencias que Temporada de huracanas toca de manera directa o indirecta, está la violencia que deriva de un machismo que impregna toda la sociedad mexicana, desde hombres a mujeres desde que son apenas unos adolescentes. Y, sí, también las mujeres de esta novela son machistas, mucho, y su machismo arrastra a los hombres a un mayor machismo, a una violencia que queda justificada como demostración de hombría, de ser un buen macho, de ser un hombre con todas las letras y en mayúscula. Pero es que cuando la violencia está instalada y normalizada en la sociedad, cuando es una parte más de la manera en que las personas se relacionan entre sí, cuando es un proceso más de ubicación social, de adaptación a un medio en el que si no eres hostil y violento es probable que acabes en una cuneta o simplemente como medio de desfogue del resto, poco se puede hacer para romper el círculo.

Fernanda Melchor, la autora de Temporada de huracanes, ha dado un golpe en la mesa con esta soberbia novela en la que trata la violencia estructural social mexicana con total crudeza, sin dejarse llevar por el sentimentalismo y sin ocultar ni los orígenes de la violencia ni lo que entraña la misma en la sociedad. La novela además tiene una fuerza terrible, no solo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. El estilo, el cómo está narrado, el uso del lenguaje, el toque de realismo mágico que impregna la novela… Todo suma. Todo hace que esta novela sea casi perfecta, casi redonda (y no afirmo que es perfecta o redonda porque creo que eso no existe).

Probablemente no descubro nada nuevo a quienes os gusta la literatura o a los que seguís el blog hablando de Temporada de huracanas. Sin embargo, para aquellos que en algún momento os ha tentado acercaros a esta novela y no lo habéis hecho por miedo, por no querer enfrentaros a una narración donde la violencia es el centro y el eje alrededor del cual gira este huracán sin compasión, o por la forma en que está narrado, dejar a un lado todos vuestros temores y prejuicios y sentaros a leer una novela que te secuestra y te introduce en un mundo hostil donde apenas hay hueco para lo positivo.

Caronte.

domingo, 8 de mayo de 2022

Los muertos

No recuerdo muy bien qué me llamó la atención de esta novela y, sin embargo, me hice con ella en mi librería preferida de segunda mano, aquella que me ha descubierto muchos autores desde aquella primera tarde que la pisé hace ya muchos años. De Jorge Carrión apenas conocía nada de su obra, simplemente le oí presentar en el telediario hace no muchas semanas su última novela: una narración híbrida e inclasificable que simplemente por el hecho de mezclar géneros ya me llamó la atención. El título sí que despertó curiosidad, porque además en la librería no solo estaba esta novela de Jorge Carrión sino las otras dos con las que forma trilogía (no argumental, sino temática). Por eso creo que decidí a leerla y a adentrarme en un mundo literario nuevo que, en el fondo, siempre es un reto y una aventura, y como lector me considero aventurero y buscador de nuevos horizontes.

Intentar clasificar Los muertos dentro de algún género literario puede ser misión imposible porque creo que no encajaría en ninguno de ellos. Si nos centramos en su trama y argumento pues podríamos decir que es una novela de ciencia ficción fantástica, pero aún así esta descripción se nos quedaría muy corta ya que la forma en que está narrada nos hace ver que lo que tenemos entre manos y estamos leyendo va más allá de lo tradicional y convencional, de algo prestablecido y clásico. No se puede describir el argumento de esta novela sin decir que en el fondo lo que en ella se narra no es más que la descripción detallada de lo que sería una serie de televisión, dividida en dos temporadas, y un par de artículos periodísticos o incluso universitarios sobre la misma.

Jorge Carrión va más allá de la literatura en Los muertos. Incluso me atrevo a decir que sobrepasa la metaliteratura para hacer una obra de arte narrativa, una joya muy bien engarzada, tallada y pulida, para que brille por todas sus caras y termine por deslumbrar al lector. Forma y fondo se dan la mano para conformar un conjunto narrativo de primer nivel y que no se suele ver muy a menudo en el panorama literario español. En el fondo, esta es una novela muy arriesgada principalmente por cómo se presenta la historia al lector: una primera parte en la que se plasma en papel el guion y el desarrollo de una serie de televisión (pero que el lector no sabe que es una serie de televisión hasta que llega a la segunda sección de la novela); una segunda sección en forma de artículo en el que se desgrana la temporada y el fenómeno que supuso el estreno en televisión; una tercera igual que la primera en la que se desarrolla la segunda temporada de la serie; y una última sección en la que, también a modo de artículo, se hace una análisis del origen y las influencias de la serie y sus creadores.

A medida que fui leyendo la novela y atisbando por dónde me quería llevar su autor fui disfrutando más y más de Los muertos. Parte además de una premisa muy interesante y es la mezcla de la ficción con la realidad, el intercambio de géneros y el hacer pasar por mero ensayo lo que es uno de los ejercicios de ficción narrativa más originales que he leído nunca. Pero es que esta novela no es para pararse en los detalles, ni en su argumento, ni en su estructura: esta novela está para disfrutarla como un todo y para dejarse llevar por el inmenso poder que tiene la buena literatura, que no es otra que la que no solo te lleva a otra dimensión (la literaria) sino que, incluso, te hace dudar de la realidad tangible que nos rodea y llegar a hacerte la pregunta: ¿cuándo y en qué plataforma han emitido la serie Los muertos y por qué yo no la he visto ni me he dado cuenta de ella?

Sorprende y ayuda al contraste en todo el libro los dos registros que Jorge Carrión emplea en la narración. Así, si en las dos partes principales de Los muertos, aquellas en las que se narra la propia trama de lo que es la serie homónima, el registro es muy cinematográfico y visual, con frases cortas que simplemente sirven para ubicar la escena y avanzar la acción sin florituras, en las otras dos secciones del libro, lo que se supone artículos y ensayos sobre la propia serie, Carrión emplea un estilo mucho más académico y divulgador. Y todo sin perder el norte, sin dejar de tener claro que el objetivo que busca es tener al lector permanentemente en activo para involucrarle en la novela y la narración.

No exagero si digo que la lectura de Los muertos ha sido de las mejores experiencias lectoras que he tenido en mucho tiempo. Por diferente. Por retadora. Por fresca. Por tremendamente original. Poco se conoce a Jorge Carrión para lo que merecería ser conocido, y poco se habla de una novela como esta que deja al lector con cara de idiota, pero sabiendo, una vez ha terminado la lectura, que ha leído algo importante, bueno, grande. Un librazo en toda regla con una mezcla de literatura y ficción desbordante, toques bestiales de metaliteratura en los que se pregunta y se reflexiona sobre el arte, la creación y los límites de la propia ficción, y una estructura que es imposible que deje indiferente a nadie.

Caronte.

miércoles, 4 de mayo de 2022

The ministry of fear

Solo unos pocos autores son capaces de urdir una trama de espionaje llena de tensión a partir de un hecho tan trivial como una rifa en una feria. Y de entre esos pocos autores, menos aún son capaces de entrelazar la acción principal con reflexiones sobre asuntos principales para el ser humano, esos temas y preocupaciones y miedos que nos persiguen desde que nacemos y que se acentúan una vez vamos perdiendo la candidez de la infancia y primera juventud para atormentarnos una vez que somos adultos y la vida sin preocupaciones queda postrada en el más remoto de nuestros pasados, en la oscuridad del olvido de nuestra memoria. Solo Graham Greene sabe darle a un thriller de espionaje un toque humano y profundamente psicológico. Es esta dualidad de Greene la que en su momento me terminó por ganar, no solo la trama principal de sus novelas, sino los temas filosóficos y psicológicos que introduce para atormentar a sus personajes principales.

Llevaba tiempo sin leer a Greene y en Cracovia, en una librería americana, encontré que tenían en oferta libros de la edición roja de Penguin Vintage, y entre ellos muchos libros de Greene: me hice con tres, entre ellos The Ministry of Fear, novela que llevaba mucho tiempo queriendo leer por ese título tan orwelliano y distópico. Y es que, sin saber el argumento de la novela, ver este título tan poco Graham Greene me llamó mucho la atención. Greene es un autor puramente de ficción, pero ficción realista, de la que podría haber ocurrido en las recónditas sombras de la realidad. Y sin embargo este título, título que hace referencia a un lugar, un organismo que en la propia novela apenas sale mencionado dos veces si no recuerdo mal. Un título encaminado a sugestionar al lector desde antes incluso de empezar a leer.

Todo empieza por una tarta. Una tarta rifada con truco a quien adivinara el peso exacto de la misma en una feria organizada por una asociación que representa a las naciones libres en el Londres de pleno bombardeo alemán (o Blitz). Una confusión a la hora de detectar e identificar a un hombre le lleva a ganar la tarta tras un encuentro misterioso con una vidente y desde ese momento será objetivo de una organización subversiva que pretende debilitar al Reino Unido en la IIGM. The Ministry of Fear es una de las novelas menos conocidas de Greene y, sin embargo, me ha parecido de sus mejores novelas de espías y probablemente de las más puras.

Usando el miedo como telón de fondo, Greene urde una trama donde el protagonista constantemente está huyendo hacia adelante, escapando de unos enemigos que no es capaz de reconocer y encontrándose en situaciones que es incapaz de explicarse de manera lógica y racional. The Ministry of Fear es un thriller clásico además, donde la muerte, la violencia y la tensión ante lo imprevisto y desconocido recorren la novela de principio a fin, y donde cada personaje nuevo que aparece puede resultar no ser lo que aparentemente puede parecer.

Graham Greene fue un escritor que vivió lleno de preocupaciones existenciales y acuciado por ciertas reflexiones sobre la vida que quedaron marcadas en prácticamente todas sus novelas. The Ministry of Fear no iba a ser menos y en esta ocasión Greene presenta a un personaje a quien el recuerdo de un acto pasado, un acto de compasión y amor, de un acto encaminado a evitar un sufrimiento grande que lo único que generó fue una muerte y un peso enorme y eterno en su conciencia. Es ese acto pasado, por el que pagó su precio correspondiente y que por tanto a ojos de la sociedad quedó como pecado expiado, sigue muy presente en la vida del protagonista de la novela y durante toda ella el lector verá cómo aquel acto determina muchas de las cosas que ocurren y, sobre todo, la manipulación psicológica a la que el protagonista se verá sometido.

Pese a que el título involuntariamente, y guiado por mi subconsciente, me decía que iba a encontrarme con una novela diferente, la verdad es que The Ministry of Fear sí que ha terminado siendo una novela que no esperaba, aunque no lo haya sido en el sentido que mi cabeza creía esperar. Que el título pueda indicar casi sin dudas que este libro esconde en sus páginas una novela distópica no es más que sugestión del lector que está acostumbrado a novelas y series de televisión muy orwellianas. Pero esta novela es radicalmente opuesta a una distopía y la ambientación durante el Blitz de Londres no hace más que acrecentar su sentido histórico y realista. Greene supo que con ese título tan sugestivo llamaría la atención y así es, pero una vez dentro de la novela da al lector algo que no espera pero que se disfruta de principio a fin.

The Ministry of Fear es una novela para aquellos que ya conocen de sobra a Graham Greene, pero también puede ser una buena opción para aquellos lectores que estén empezando a descubrirle ya que en ella se mezcla tanto el espionaje, género del que Greene es maestro indiscutible, como la reflexión psicológica y filosófica profunda, con personajes de doble lectura y una trama que avanza a un ritmo frenético dando una lectura amena, adictiva y activa. No voy a estas alturas de la lectura a engañar a nadie negando que Greene es uno de mis escritores anglosajones preferidos, porque de hecho es de esos autores refugio de los que ya he hablado en otras ocasiones, a los que vuelvo siempre con ganas sabiendo que leeré en terreno conocido sintiéndome cómodo.

Caronte.

jueves, 28 de abril de 2022

Amor se escribe sin h

Casi un año ha estado esta novela esperando en mi pila de lecturas pendientes. La compré en Barcelona, en el barrio de Gracia en una librería cafetería muy coqueta, con una selección de libros llena de diversidad y apertura de mentes y con un café de los más ricos que he tomado en mi vida. Y desde entonces ha estado esperando a ser leída, en parte porque me daba respeto empezarla, en parte porque en mi interior me decía que no me iba a gustar como debería y que el impulso que me llevó a comprarla me fallaría esta vez, como en otras ocasiones había acertado. Pero también digo que hay veces que es necesario que una novela repose un poco tras comprarla, que espere su turno de lectura, aunque pasen meses (o incluso años) hasta que un lector se decide a leerla. Las lecturas y los libros deben madurar, así como debe hacerlo el propio lector antes de afrontar una novela para poder disfrutarla como se merece.

Enrique Jardiel Poncela fue uno de los grandes dramaturgos de la primera mitad del siglo XX en España, y sus obras de teatro se representaban sin cesar por todo el país. Sigue siendo, hoy en día, referente en muchos aspectos e inspiración para muchos escritores que quieren adentrarse en el mundo del teatro y escribir con ironía y humor. Amor se escribe sin h, novela de título absolutamente llamativo (una de las razones que me llevaron a elegirla para acercarme a este autor), nos cuenta la más manida de las historias de la literatura: chico se enamora de chica, tienen una historia de amor, chica se cansa de chico, chico se queda destrozado… Y, sin embargo, Poncela lo escribe todo de manera tan surrealista y disparatada, rompiendo incluso lo que en el cine sería la cuarta pared para hablarle al lector de sí mismo, que lo que puede ser una historia repetida hasta la saciedad desde los inicios de la literatura tiene un aire fresco. Tan fresco incluso que si se publicara algo así hoy no desentonaría.

Si nos paráramos en la trama de Amor se escribe con h, pues tendríamos una novela más, sobre un tema universal como el amor, pero tratado con ironía, sarcasmo y un humor tan limpio como efectivo. Sin embargo, Poncela no solo crea una novela, sino que construye un libro extrasensorial, casi podría que decirse que interactivo si usamos los términos actuales (teniendo en cuenta que la novela se publicó en 1928), donde el escritor madrileño emplea dibujos, esquemas, y demás elementos no simplemente narrativos para hacerle la lectura al lector mucho más amena, entretenida y activa que una simple narración.

Tras leer Amor se escribe con h me vienen a la mente dos cosas. La primera es que mis prejuicios ante esta novela eran absolutamente infundados y absurdos (y que cualquier prejuicio ante cualquier novela es pura ignorancia). La segunda es que una vez leída esta novela y descubierto a Jardiel Poncela me doy cuenta la gran influencia que su humor ha tenido en escritores como Eduardo Mendoza, cuyas novelas más humorísticas me han recordado a esta. Un humor de lo absurdo, de expresiones disparatadas, de situaciones alocadas y totalmente surrealistas pero que podrían perfectamente darse en la vida real en uno de esos episodios que se viven y luego uno piensa que cómo ha sido posible que sucediera.

Hacer reír, por norma general y en cualquier ámbito y contexto, no es algo sencillo ni fácil. Conectar con alguien, con su idiosincrasia y sus referencias mentales, y ser capaz de despertarle una sonrisa que pueda acabar en carcajada es casi misión imposible. El llanto y la risa son emociones que la literatura bordea constantemente y que no siempre se consiguen transmitir. De hecho, en toda mi vida, solo he llorado de verdad con un libro. Por su parte, la risa me la han despertado un puñado de libros, entre ellos entra ahora Amor se escribe con h. Poncela tiene ese humor que tanto me gusta: ingenioso, irónico, lleno de inventiva y absurdo, surrealista a veces.

No puedo esconder mi entusiasmo tras haber leído esta novela. Y es que Amor se escribe con h me ha parecido de lo más entretenido que he leído recientemente. Ligero, ameno, divertido, interesante, retador… Jardiel Poncela sabía cómo tratar a su público, ya fuera en el teatro como en sus novelas (al menos en esta que es la única que de momento me he leído de él) y eso se nota en cómo escribe. Cualquiera que quiera leer algo diferente, fresco pese a ser un clásico, y justamente divertido que se haga con esta novela y se deje guiar por la pluma de Poncela.

Caronte.

lunes, 25 de abril de 2022

Caín

Suerte es que una de mis librerías de segunda mano de cabecera (ya son varias a las que doy este apelativo que, por tanto, empieza a perder significado real) publicara en Instagram que tenía varios ejemplares de las ediciones conmemorativas del centenario del nacimiento de José Saramago. Bueno, suerte… Suerte plena sería si ese anuncio coincidiera con que me hubiera tocado la lotería y por tanto el gasto de dinero no fuera una preocupación y solo me tuviera que preocupar de encontrar hueco futuro a esos libros y tiempo para leerlos entre tantas lecturas como tengo pendientes. Pero, sí, fue suerte. Me lancé en cuanto tuve una tarde libre a la librería y me pude hacer con tres de esos ejemplares preguntando por otros que ya había volado por la mañana. Al menos me pude hacer con tres ejemplares, siendo este el primero que me he leído y del que, por tanto, voy a escribir a continuación. En lo que resta de año probablemente pueda leer los restantes.

Saramago retoma en Caín los temas bíblicos eligiendo a uno de los grandes personajes del Antiguo Testamento y usándolo como guía a través de distintos episodios de las Sagradas Escrituras para mostrarlas desnudadas de cualquier ropaje católico, apostólico y romano y mostrarlas tal y como son analizadas desde la razón y no desde la fe. Y parte desde el principio de los tiempos y la existencia: desde Adán y Eva y desde ahí el lector recorrerá la Biblia y sus principales hechos anteriores a Jesucristo: la Torre de Babel, el becerro de oro, la destrucción de Sodoma y Gomorra, el derrumbe de las murallas de Jericó, el sacrificio de Abraham, las penurias de Job, el diluvio universal…

Todos conocemos a Caín, todos conocemos su historia, seamos creyente o no. Vivimos en una sociedad cristiana en la cual desde pequeños nos enseñan la Biblia (o al menos a mí me la enseñaron, para poco sirvió, pero me la enseñaron) y conocemos todos, o casi todos los episodias que Saramago retoma en su Caín, llevando al lector no solo a un recorrido por la historia de la religión católica, sino también a una reflexión más profunda sobre la propia concepción de la religión.

Saramago, a quienes le tenemos como autor de cabecera y refugio en momentos lectores flojos, nos tiene acostumbrados a lecturas no solo de trama interesante sino a reflexiones profundas sobre la vida y aquellos temas que recorren la existencia del ser humano. En Caín, y usando un personaje villano para la religión católica, el Nobel portugués nos presenta una mirada a la religión y a la fe totalmente descreída, poniendo voz, rostro y vestimenta a Dios incluso, y haciéndonos verle como lo que en el fondo es: un ser tiránico, envidioso, cruel y vengativo; un Dios que solo es capaz de imponer la fe y su propia idolatría a los hombres mediante el miedo, la muerte, la sangre y las amenazas.

Obviamente alguien muy muy muy creyente, o esos creyentes que no son capaces de ver la religión y la fe como temas cuestionables ni discutibles no serán capaces de ver en Caín una obra de un calado reflexivo muy interesante. Desde la frialdad y el análisis crudo e irónico de un Saramago ateo y escéptico ante creencias irracionales, el lector recorre los episodios más famosos de la Biblia de mano de un Caín marcado por su destino y por un Dios cruel que le condenó a ejecutar a su hermano con sus propias manos y a vagar sin rumbo por la existencia. Saramago se toma sus licencias, como todo novelista, para hacer malabares narrativos y, cual novela fantástica, trasladar de una frase a otra a Caín de un momento a otro del Antiguo Testamento para ir dando muestras y ejemplos de la absurdez de la fe cristiana y de la crueldad del ser al que llaman Dios los católicos.

Como novela Caín es un artificio narrativo digno de pocos autores, y es que Saramago sabe hacer magia con poco y a partir de temas o personajes que a la mayoría de escritores les parecería quimérico utilizar. Por algo le dieron el Nobel, y es que es de los pocos galardonados con este premio que se ha convertido en autor refugio: ese tipo de autores a los que vuelvo constantemente cuando tengo una crisis lectora porque sé que no me van a fallar y que la lectura de cualquier de sus libros sé que me reconfortará y dará ánimos para continuar descubriendo libros y autores.

Lo bueno que suelen tener las novelas de Saramago es que, pese a un estilo tan peculiar como único y personal, su lectura anima a no abandonarla y lleva al lector en volandas de páginas en página casi sin darse cuenta. Caín es una novela con mucha parte de reflexión y ensayo sobre la fe y la religión, sobre la existencia de Dios y su propia identidad. No es apta para creyentes fervorosos y mucho menos para fanáticos de la fe. Para todos los demás este libro supondrá un verdadero divertimento lector.

Caronte.

lunes, 18 de abril de 2022

La Marcha Radetzky

¿Qué es un clásico? Para mí, nada más que una etiqueta que se le encasqueta a un libro y que determina su concepción por los lectores tanto para bien como para mal. El quién determina qué es un clásico y qué no ya es bastante más dudoso. Hay obras universales de la literatura que adquieren su carácter por tradición, por representar el culmen de una época o por implicar un cambio de paradigma literario. Otras obras, por el contrario, se convierten en clásicos porque una serie de críticos literarios y expertos estudiosos lo dicen pasando a ser así consideradas por lectores que no han pasado más que una decena de sus páginas para leerlas. La única conclusión aceptable entonces de lo que es un clásico es la de un libro que está siempre en la conciencia colectiva y que por tanto “hay que” leer, amándolo, odiándolo o siendo absoluta y totalmente indiferente al mismo. Pues esto último me ha pasado con este supuesto clásico de la literatura europea y austríaca.

La Marcha Radetzky es una de esas novelas que llevan el apelativo de clásico de la literatura supongo que derivado de otra época en la que sí que le vendría al pelo y podría ser considerado como tal. Que hoy siga siendo considerado como un clásico cuando lo que cuenta, a fin de cuentas – la decadencia de una familia que no sabe adaptarse a un presente cambiante – es un tema tan manido en la literatura como el del amor prohibido es básicamente porque cuando a un libro le cae la etiqueta de clásico es casi imposible quitársela.

No puedo negar el valor histórico que pudo suponer el año de su publicación La Marcha Radetzky. En 1932 ver plasmada en papel la decadencia social de todo un imperio como el Austrohúngaro que arrasó con toda una concepción de la vida que hasta el momento se consideraba prácticamente eterna e inmutable por los siglos de los siglos tuvo que se un rotundo éxito lleno de nostalgia y melancolía. Pero a día de hoy, con todos aquellos eventos en el pozo oscuro y profundo del olvido, poco puede aportar una novela que, para mí, queda desfasada en un tiempo pretérito que poca conexión con la realidad tiene y cuyos posibles paralelismos con una época de decadencia actual no logro vislumbrar.

La historia de la familia Trotta, desde el abuelo convertido en héroe de la Batalla de Solferino tras salvar al Emperador hasta el nieto que vive en sus propias carnes el cambio de paradigma social de una época de ocaso pasando por el padre alto funcionario de un Imperio descomunal en proceso interno de desintegración, me causa pesadez en la lectura. Apenas he sido capaz de mantener una atención digna en la narración de La Marcha Radetzky; de hecho, lo que más deseaba era acabar la novela para poder pasar a otra lectura quizá más edificante. Y decir esto de cualquier libro es casi peor que decir que lo has abandonado por imposible.

No he conectado ni con la trama de La Marcha Radetzky ni con el estilo de Joseph Roth. Y es que esa es otra. A menudo he leído comparaciones, para bien, entre Roth y Stefan Zweig, tanto por estilo de escritura como por mundo literario donde ambos profundizan en las más íntimas pasiones del ser humano y engloban todo en una época de cambios sociales profundos en el seno de la vieja Europa, la Europa de las grandes naciones y los vastos imperios. Pero, así como la etiqueta de clásico para esta novela, la comparación entre Roth y Zweig es, para mí, una sobre ventilación absurda. Hay rasgos comunes en ambos escritores, sí, pero de ahí a casi equipararlos, pues lo siento, pero no. Creo que Zweig está varios escalones por encima de Roth en cuanto a nivel de escritura y en cuanto a enfoque de tramas y análisis de la propia existencia humana en relación a su contexto histórico.

Pasa con los libros lo que con muchas otras cosas en la vida: no puedes decir si te gusta o disgusta si no lo lees o lo intentas al menos. La Marcha Radetzky es un libro que quería leer por muchas razones, todas buenas, válidas y loables, pero que tras su lectura me ha dejado decepcionado y totalmente indiferente a lo narrado en sus páginas. Por esto hay que leer siempre, leer y leer y leer. Leer tanto lo que uno sabe que le va a gustar, como aquello que, arriesgando un poco más, puede que no entendamos del todo, o incluso aquello que lo más probable es que no nos guste. No se puede hablar de libros y de literatura si solo leemos aquello en lo que nos sentimos cómodos. Joseph Roth, como Stefan Zweig o Sandor Marai son de esos escritores clásicos europeos que están casi en el olvido y por ello, puedan gustar o no, hay que leerlos siempre.

Caronte.

viernes, 8 de abril de 2022

Snow falling on cedars

He de reconocer que compré este libro por pertenecer a una colección la editorial Bloomsbury donde se reunían 9 clásicos modernos con unas ediciones de bolsillo muy cuidadas y de portadas muy sugerentes. Claramente me guie por la apariencia y por la breve sinopsis de la novela antes que por otra cosa. Me dejé convencer por un aspecto cuidado quizá dejando a un lado el interesarme más por la propia historia pensando que, como los otros tres libros de esta colección que había leído me habían gustado, este también me iba a gustar. Y, sin embargo, ha pasado todo lo contrario, y es el que me ha gustado menos de todos. Aun así, con tesón y porque, en el fondo, el libro se deja leer bastante bien lo he terminado acabando. No me importaría hacerme con el resto de libros de esta colección, pero he estado mirando y parece ser que ya está descatalogada. Una pena, porque realmente su diseño está tremendamente cuidado para ser ediciones de bolsillo.

Snow falling on cedars (o Nieve sobre los cedros en castellano, aunque es muy complicado hacerse con ella en nuestro idioma, no sé por qué razón) es una novela judicial que sigue los pasos de las clásicas novelas de John Grisham, pero con un punto más de lirismo en su narrativa. La trama gira en torno al juicio a un pescador y ex militar americano de ascendencia japonesa acusado de asesinato en primer grado contra un compañero del mar y antiguo amigo de la infancia en mitad de una noche de espesa niebla y en mitad del mar. Alternando en la narración los interrogatorios a los testigos en el juicio y flashbacks de los principales personajes a momentos pasados que les marcaron de manera contundente y definitiva, la novela avanza a trompicones salteada como está de descripciones del ambiente y narraciones de transiciones entre escenas y lugares que no aportan más que páginas y páginas que, a mi juicio, resultan más que prescindibles y que en lugar de conseguir dar a la novela un aire clásico y literario la convierten en un bodrio bastante aburrido.

He comentado que esta novela tiene posos de John Grisham, el gran maestro de las novelas judiciales, pero simplemente lo he hecho por comodidad ya que hubo un tiempo en que leía a Grisham casi como obsesión. Snow falling on cedars tiene muy buen ritmo narrativo y es muy buena en el momento en que la narración se centra en el proceso judicial, fuera de ahí su autor se pierde intentando ser más un novelista lírico que reconociendo que está escribiendo una novela de género. Y es que tengo la impresión de que el autor quería y al mismo tiempo evitaba escribir una novela que pudiera clasificarse como judicial, cosa que en el fondo es y que no sería algo malo. Pero ha podido la voluntad de enmascararla y, para mí, sobran como 100 páginas de aquí y de allá donde lo narrado no aporta un ápice de interés a la narración.

Centrándonos en lo bueno de Snow falling on cedars debo decir que la ambientación judicial y la narración de los hechos delictivos está muy bien conseguida y prácticamente uno mientras lee se imagina cualquier película americana de juicios, con su juez pasota, el jurado serio, el fiscal arrogante, el abogado defensor voluntarioso y el acusado silencioso sabiendo que ha sido arrestado injustamente por malentendidos derivados en este caso de rencillas previas y de su origen racial. Además, es esta segunda parte, la del origen racial y el racismo generalizado en parte de EE.UU. durante la posguerra mundial contra americanos de origen japonés, cuyas vidas se vieron truncadas de golpe tras Pearl Harbour y que tras la victoria sobre Japón en el Pacífico quedaron tocadas por un velo de sospecha eterna simplemente por no parecerse al americano clásico de ascendencia europea.

Pero poco más positivo puedo decir de esta novela. Snow falling on cedars ha pasado sin pena ni gloria por mis manos. Si la he terminado es porque: primero, no me gusta dejar las novelas inacabadas y segundo porque no todo lo que sobra en el libro viene seguido. Si esto último hubiera sido así no hubiera pasado de la mitad. Fijaos si ha sido irrelevante el libro en mis manos que un día se me olvidó en la oficina y tuve que hacerme dos trayectos en metro (el de esa tarde y el del día siguiente para volver al trabajo) sin nada que leer, y casi que lo prefería. Al final terminé acelerando la lectura leyendo en diagonal párrafos y páginas enteras no notando que me haya faltado nada por leer o matizar. Creo que con esto queda dicho todo.

Caronte.

viernes, 1 de abril de 2022

El Gatopardo

A veces la literatura debe servir para sosegar, tranquilizar, calmar, para leer por el mero hecho de estar leyendo, sentado en un sillón, con un café cerca, relajado y dejando que la mente vague por el texto disfrutando. Hay pocos libros que se presten a ello, y de los que se escriben hoy en día casi ninguno es de este tipo. Ahora todo tiene que ir a una velocidad ultrarrápida y en las novelas deben pasar muchas cosas con muchos y diversos personajes. Lo contrario no solo no vende, sino que ni tan siquiera llama ya la atención. Hubo una época que no era así; una época en la que la literatura servía para tranquilizar sin tener que cumplir ningún tipo de entretenimiento como si fuera una canción o una película. Es como si los escritores (y los editores) tuvieran miedo de publicar novelas en las que solo pasa la vida y no hay asesinatos, ni romances, ni conflictos, ni mentiras…

El Gatoparto es una de estas novelas escritas para leer con calma y sosiego buscando, además, la tranquilidad que da una novela bien escrita donde lo que se cuenta, aún teniendo una importancia relativa, no es lo principal sino cómo está escrita y la paz que transmite en cada página. Giuseppe Tomasi di Lampedusa, de noble cuna y alta alcurnia, solo escribió una novela es toda su vida, ésta, pero qué novela… El de este noble italiano, de vieja estirpe y cultura excelsa, es uno de los casos literarios más extraordinarios: con una única obra publicada y escrita ha logrado ser una de las referencias culturales italianas, posicionando su novela en el canon clásico de la literatura de su país.

Ambientada en una Sicilia de otro tiempo, mediados del siglo XIX, y teniendo como centro al Príncipe de Salina y su vida en una isla y una Italia en transición entre dos mundos y formas de entender la sociedad, El Gatopardo es una novela histórica, costumbrista y familiar, con un trasfondo intenso de eventos políticos y cambios sociales que hacen de esta novela un fresco muy interesante para los amantes de la historia y de la propia literatura. El trasfondo general de la novela se desarrolla en plena revolución italiana en la que Garibaldi reunifica a todos los reinos italianos bajo un único monarca y bandera, bajo un único himno y una organización política única intentando llevar a Italia a la modernidad de la época sacándola de ese áurea medieval que aún cubría todos los aspectos de la sociedad.

Antes de acercarme a El Gatopardo lo único que me venía a la cabeza con esta novela era la película italiana clásica. Nada más. Bueno, sí, también me venía a la cabeza todo tipo de especulaciones sobre el contenido de una novela que siempre ha estado en libros pendientes de leer por tratarse de un clásico, pero que nunca terminaba de acercarme a ella por el mismo hecho de ser un clásico. Pero ha caído en mis manos, y a lo largo de sus páginas he viajado a una Sicilia probablemente ya extinta, pero que aún en la segunda mitad del siglo XIX tenían un aire medieval de servilismo muy acentuado. Iglesia y Nobleza eran los centros alrededor de los cuales giraba todo lo demás. La pleitesía a los nobles terratenientes por parte de campesinos y pueblo llano, la intelectualidad del cabeza de familia, la simpleza de las jovencitas enamoradas de los apuestos militares… Un clásico en toda regla, escrito a mediados del siglo XX pero con aires de novela del XIX inglesa.

Partiendo de que la novela perfecta no existe, hay muchas que, conformando un canon, pueden juntar cualidades entre ellas que las hacen rayanas a la perfección. El Gatopardo es una obra redonda, quizá no perfecta, pero sí de esas que quedan fijadas en el imaginario colectivo del mundo de la literatura y del Olimpo cultural de un país, en este caso Italia. En el imaginario colectivo literario de Sicilia e Italia está esta novela, donde el paisaje y el entorno son tan importantes como los propios personajes y las mismísimas reflexiones que en las páginas de este libro se narran. Hay mucho análisis de personalidades, muchas reflexiones sobre la vida, el amor y los cambios sociales que se avecinan dejando atrás un mundo y una época ya caduca y podrida por el tiempo.

Debo de confesar mi enorme sorpresa al terminar El Gatopardo y haberme encontrado con una novela que no imaginaba para nada así y cuya historia y su ambientación me han cautivado. Con un estilo elaborado, pero nada barroco o florido, Giuseppe Tomasi di Lampedusa logra en su primera y última novela lo que miles de escritores pretenden conseguir y nunca lograr en libros y libros fastuosos y pretenciosos. La lectura de esta obra merece calma, tranquilidad y reposo. Y, además, lo mejor para acercarse a esta novela ya clásica de la literatura italiana es hacerlo sin pretensiones y sin saber nada más de ella que su título. Quien se acerque a esta lectura así, en blanco, la disfrutará.

Caronte.

viernes, 25 de marzo de 2022

Tranvía a la Malvarrosa

Esta es una de esas novelas a las que tenía respeto y ganas a partes iguales. Respeto porque en lengua y literatura en secundaria y luego bachiller era de esos títulos que había que aprenderse por formar parte de esa nueva generación de novelistas españoles que se estudiaba como literatura contemporánea. Y ganas porque llevaba buscándola en librerías de segunda mano en alguna edición decente (y no de colección de periódico o quiosco) que me mereciera la pena. Hasta que la he encontrado en mi librería de cabecera de segunda mano, donde siempre me conducen mis pasos cuando ando perdido por Madrid y me apetece refugiarme mirando libros y no sintiéndome solo ni extraño en la ciudad. Fue una grata sorpresa porque en el fondo no esperaba encontrar esta edición ya que llevo años buscándolo y nunca lo había encontrado, pero como la esperanza se lo último que se pierde la perseverancia se ha visto correspondida y recompensada.

Manuel Vicent y su Tranvía a la Malvarrosa es una de esas duplas reconocibles e indivisibles que se dan de vez en cuando en la literatura (cosa que no sé si es bueno o malo, porque se podría llegar a deducir que tal o cual escritor solo tiene famosa una novela, o que incluso esa novela no sea por la que más orgulloso se sienta el escritor). Y es que tanto novela como escritor conforman casi un único ente: cuando se nombra al uno se hace referencia directa, voluntaria o no, a la otra. Joyce y su Ulises, Ferlosio y su Jarama, Laforet y su Nada

Siguiendo los pasos de la novela de descubrimiento o de maduración, de paso de la juventud a la edad adulta, Tranvía a la Malvarrosa narra en primera persona el despertar del amor, el deseo, las responsabilidades y la propia realidad en un joven, siendo este quien nos cuenta esos pasos inseguros, esos recuerdos de los diferentes cambios vividos y sufridos, esas sensaciones melancólicas de empezar a pertenecer a un mundo que va mostrándose mucho más distinto que lo que uno podría imaginar…

La verdad es que esta es una novela que se deja leer de manera muy cómoda y casi como si su narrador fuera nuestro amigo y nos contara en la terraza de un bar en una plaza de Valencia una tarde soleada de primavera y tras mucho tiempo sin habernos visto su vida y nos pusiéramos al día de todo añorando, recordando y soñando sobre el pasado. Tranvía a la Malvarrosa es, en el fondo, la narración de una historia universal: la del paso de la inocencia de un mundo infantil, propio en el que somos los absolutos protagonistas, a otro donde no somos más que personajes sin valor ni voz ni voto en lo que nos pasa e intentamos sobrevivir lo mejor posible siempre soñando futuros ilusionantes y recordando pasados no acontecidos.

Guardando las distancias que dan la época en la que la novela está ambientada (una Valencia a medio camino entre urbe mediterránea y pueblo grande de ámbito, espíritu y corazón rural, a mediados de los años 50, cuando el futuro aún no había llegado a esos lares y el pasado seguía estando muy presente en la vida y las acciones de la sociedad), el viaje vital que se narra en Tranvía a la Malvarrosa es el que todos, de una manera u otra, vivimos a lo largo de nuestra vida. Las mismas sensaciones, los mismos vértigos, la misma euforia y el mismo miedo ante situaciones que no controlamos y que nos sacan de donde estamos más cómodos para retarnos a solucionarlas.

Tranvía a la Malvarrosa también es una novela sobre los primeros amores y el despertar del instinto sexual. Sobre cómo asumimos como normales y naturales esas nuevas sensaciones, fuegos, miedos… Sobre cómo nos relacionamos con el objetivo de saciar nuestra sexualidad ya sea por mera lujuria para obtener placer, o por pasión y amor desmedido para encontrar en otra persona aquello que necesitamos, que queremos y que queremos compartir. No siempre es fácil aceptar esos cambios de mentalidad, ese juego de palabras y acciones, de silencios y ausencias. Menos fácil es aún saber interpretar esos mismos instintos sexuales en otras personas, en aquellas a las que se los despertamos y de quienes recibimos a veces señales sin darnos cuenta. Ese asumir que la realidad es compleja, ese golpe en nuestra consciencia es el que más nos suele trastocar y es fundamental saber aceptarlo y encajarlo para poder vivir en el mundo a nuestra propia manera.

Es más que probable que muchos ya conocierais Tranvía a la Malvarrosa, y no solo la conocierais, sino que también la hubierais leído. Por esto es difícil hablar de una novela referente de una época y característica de toda una generación de escritores españoles que encaja a la perfección con la tradición literaria universal de la novela de aprendizaje, madurez y crecimiento personal. Sin llegar a ser la novela que esperaba ha superado, no obstante, las reticencias que tenía antes de su lectura por la impresión que me daba leer una obra que había estudiado y que en algún que otro examen de lengua y literatura tuve que nombrar. Estoy seguro también de que pocos no habréis leído esta obra, para los que aún no os habéis acercado a ella, hacedlo porque no solo es cómoda de leer por su cercanía, sino que es entrañable poder ver sensaciones propias en las vidas de otros.

Caronte.

jueves, 10 de marzo de 2022

The crossing

Hacía muchos años que no leía nada de Cormac McCarthy y esta novela llevaba ya en mi punto de mira mucho tiempo hasta que la encontré de segunda mano en una librería en el barrio barcelonés de Gràcia. Esto fue en junio del año pasado y desde entonces ha estado esperando su momento de ser leída pacientemente en la pila de libros pendientes. La espera, aunque larga, ha merecido la pena ya que me he reencontrado con unas sensaciones que ya tuve al leer la primera de las novelas que conforman la trilogía de La frontera del enigmático escritor norteamericano que publica con cuenta gotas pero que cuando lo hace logra aunar a crítica y público. De hecho, y esto es una casualidad de última hora, ayer 8 de marzo se anunció que McCarthy publicará en otoño dos novelas tras 16 años de su última obra publicada, lo que sin duda constituirá todo un hito literario.

The crossing es la segunda entrega de una trilogía ambientada en el oeste americano, en terreno de frontera entre EE.UU. y México durante la primera mitad del siglo XX. Pese a pertenecer a una trilogía, ni personajes ni trama tienen que ver nada en absoluto con su antecesora All the pretty horses, y por tanto se pueden leer por separado como novelas independientes. (No pasa lo mismo con la tercera entrega de la trilogía – libro que aún no he leído pero que ya está en mi punto de mira – en la que los personajes principales son los de cada una de las otras dos novelas.)

Aunque con personajes diferentes a la primera novela de la trilogía, The crossing sigue el ambiente creado en esa primera entrega para traernos una historia de maduración personal, de paso de la juventud a la madurez en un entorno hostil y fronterizo (no solo físico entre las fronteras de dos países eternamente condenados a entenderse y a compartir espacios, sino también psicológico entre el bien y el mal, lo moral y lo indecente). Siguiendo los pasos de un joven vaquero y a ratos también con él los de su hermano pequeño, que pierden a su familia y su vida “tranquila” a manos de la violencia extrema de la frontera, el lector se adentra en un mundo árido, seco, brusco y sin contemplaciones, donde la vida es casi un accidente y donde vivir implica más bien sobrevivir.

Cormac McCarthy además es un autor ya clásico de la literatura norteamericana, del western incluso. Y como clásico bebe también mucho de los autores clásicos de la literatura. Así, The crossing tiene aires de novela cervantina, donde el viaje del héroe (o protagonista) se alterna con historias de terceros personajes que van cruzándose en su camino conformando su madurar y su aprendizaje del mundo y de la vida de otros. De hecho, para mí, esos incisos en la novela, donde el hilo narrativo salta por los aires de manera premeditada son de lo mejor del libro.

Como buena novela de frontera los personajes que van salpicando la narración también se encuentran en esa frontera espectral que conforma los caracteres de aquellos que viven situaciones donde la vida va más de sobrevivir que de dejarse llevar. Las condiciones extremas de una región seca, árida, cálida y fría, arisca conforman el cómo son esos hombres y mujeres: salvajes, bruscos, broncos, brutales… En The crossing McCarthy retrata rápidamente a los personajes y le lector es capaz de saber de inmediato ante qué tipo de hombre (o mujer) se encuentra.

También el uso del lenguaje es fundamental en esta novela. The crossing muestra ese mestizaje de frontera donde el inglés y el español se mezclan por igual a un lado y al otro de esa línea imaginaria que suelen ser todas las fronteras del planeta. Líneas trazadas por tiranos, reyes, diplomáticos, dictadores, poderosos o por el mismísimo dinero. Los diálogos están trufados de partes enteras habladas en español, o mezcladas entre español e inglés, dando a la narración esa veracidad y realismo que muchas veces se echa en falta cuando se lee. Por otra parte, saliéndose de los diálogos, que McCarthy hace prácticamente esquemáticos y lacónicos, las descripciones del paisaje, de los viajes a caballo y de las situaciones más atroces y brutales transmiten cierta ansiedad y angustia al lector, convirtiendo la lectura no solo en un viaje sino en una manera de adentrarse en el alma de los personajes.

The crossing no es una novela ligera de esas de playa en verano donde la atención a la lectura es secundaria y no pasa nada por no prestar atención durante un puñado de páginas, sino que es una novela en la que hay que poner toda la atención, no tanto por la trama sino por todo lo que cuenta de manera directa e indirecta. Pero esto es lo que me suele gustar de las novelas: que sean retadoras y que me planteen dilemas morales a la hora de determinar bondades y maldades en los personajes. En la obra de McCarthy, tan escasa en comparación con otros novelistas, todo libro es una joya y así hay que valorarlo y disfrutarlo: como algo único, poco habitual y extraño.

Caronte.