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martes, 22 de junio de 2021

Línea de fuego

Cada vez que Pérez-Reverte publica novela el mundo editorial español sufre una convulsión. Es de esos autores aclamados por público y crítica, y cuyas novelas conllevan una ingente campaña de promoción antes, durante y después de la publicación. Es todo un acontecimiento literario y mediático que hace que el autor aparezca en periódicos, radios y televisiones hablando de su última novela y también aprovechando para echar pestes sobre el sistema político actual español y añorando una revolución con guillotina en el siglo XVIII que por suerte o por desgracia nunca se produjo. No es para menos que se monte todo este circo para promocionar al que quizá es el escritor más vendido fuera de nuestras fronteras, porque es un muy buen novelista, quizá el que mejor conoce su oficio en España y el que sobre temas más variados y diferentes escribe. Pero en su última novela ha pinchado en hueso para mí. Atreverse a novelar la Guerra Civil española son palabras mayores y esta novela no creo que sea lo que se ha vendido que es.

Línea de fuego narra en casi 700 páginas y valiéndose de un gran puñado de personajes, un episodio ficticio durante la ofensiva del Ebro en el verano asfixiante del 38: la toma de Castellets del Segre por el ejército republicano y su posterior recaptura por parte del ejército sublevado. 700 páginas de descripciones de escaramuzas, defensas, ataques, repliegues, emboscadas, matanzas, bombardeos, tendido de comunicaciones, estrategias… 700 páginas en las que no pasa nada más que eso: la guerra. En definitiva, 700 páginas que se me han hecho muy largas, insulsas y por momentos pesadas y aburridas. A Pérez-Reverte le pido más, porque sé de lo que es capaz, porque he disfrutado con sus libros enormemente, porque es un escritor de mucho talento capaz de atraparme en las páginas de un libro. Pero en esta ocasión ha fallado.

Para mi gusto no se pueden dedicar tantísimas páginas a no contar nada sino a simplemente describir una batalla englobada en una ofensiva crucial como fue la del Ebro durante la guerra civil. Si se quiere hacer una novela sobre nuestro conflicto fratricida hay que hacerla con valor, no simplemente como excusa para demostrar una vez más que eres un crack y el único que sabe a qué huele, sabe y se siente una guerra; el único que sabe de táctica militar entre los escritores españoles; y el único que es capaz de nombrar en un mismo libro decenas de tipos de armas, tanques, aviones y demás elementos bélicos. Línea de fuego es una novela simplona pese a su extensión, maniquea y altamente engañosa. No es ni de lejos la gran novela sobre la guerra civil que he leído en algunas críticas.

Probablemente lo que más me ha cabreado de esta novela es la falsa sensación de ecuanimidad que transmite. Y es que Pérez-Reverte es muy hábil narrando cuando le conviene. Línea de fuego no hace juicios de moral, ni éticos, ni políticos sobre la guerra civil (y aquí está uno de los grandes problemas de la novela, ya que la Guerra Civil es un período histórico que necesita de crítica leal desde el presente) sino que muestras con fingida equidistancia a ambos bandos sumergiéndolos en el horror de la guerra. Que en una guerra se mata y se muere y más en una civil es una perogrullada, algo tan obvio como que el agua moja; para mostrar no se necesitan 700 páginas.

Si en la guerra civil española equiparas bandos en horror y odio y obvias las motivaciones de cada uno para matar y morir, inmediata e indiscutiblemente te estás posicionando con el bando ganador de la contienda y por tanto con quien más ha matado. El cinismo con el que se ha publicitado Línea de fuego vendiéndola como una novela que no gustará ni a los que minimizan lo hecho por un bando ni a los del otro me da rabia. Y más rabia me da, hasta el punto de decepcionarme profundamente, es ver cómo Pérez-Reverte se yergue como el defensor de la cordura y denunciante de los terrores y horrores de la guerra civil, cuando en esta novela las críticas más abiertas y directas son hacia el bando republicado, mientras que para el bando sublevado solo hay sucintos y sutiles ataques camuflados por páginas y páginas de descripciones permanentes sobre la guerra.

Podría intentar decir algo bueno de Línea de fuego, pero es que pocas cosas pueden salvarse, quizá las últimas páginas en las que Pérez-Reverte demuestra porqué es uno de los mejores narradores de aventuras y acción. Pero poco más podría añadir. Ni tan siquiera los múltiples y variados personajes pertenecientes a todas y cada una de las facciones de los diversos bandos en la guerra marcan al lector, porque todos y cada uno no son más que burdas y simples representaciones de los prototipos de los combatientes tantas veces aireados y mitologizados en novelas, series, documentales y películas. No, tampoco aquí se salva nada del fuego.

Procuro ser lo más sincero posible siempre que escribo sobre un libro intentando que la crítica sea lo más pegada a lo que me ha hecho sentir un libro, pero también al contexto del libro en general. Línea de fuego se presentó como la gran novela bélica de la guerra civil y no lo es. Como tampoco es ecuánime ni objetiva. Tengo la impresión que Pérez-Reverte ha querido emular a su admirado y loado Chaves Nogales, pero siento decir que lejos está de haberlo logrado. Las casi 700 páginas de esta novela escasean de interés y gancho porque, aunque la acción se desarrolla durante la ofensiva del Ebro en una localidad que no existe pero que bien pudo hacerlo, podría desarrollarse en Vietnam, Corea, las Ardenas o el Peloponeso y lo único que habría que cambiar serían fechas, nombres, topónimos y armas. Falta valentía y sobra arrogancia por parte de Pérez-Reverte. Esperemos que su próxima novela oculte la tremenda decepción que me he llevado con esta última.

Caronte.

lunes, 22 de marzo de 2021

Los pacientes del doctor García

 

Retomo la serie “Episodios de una guerra interminable” de Almudena Grandes con este cuarto libro. Llevaba tiempo buscando leerlo, pero hasta que no apareció en una librería de segunda mano no me hice con él porque, a pesar de que son libros que hasta ahora me han gustado, no están en mi lista de imprescindibles cuando salen de novedades. En este caso, en cuanto vi por internet que tenían un ejemplar en una de las librerías de segunda mano a las que suelo ir siempre (aunque no tanto como otras debido al enorme caos y desorden que en ella impera) me lancé a por él. Sé que soy un desastre a veces planificando lecturas y cuando paso por delante de librerías de segunda mano me vence la tentación y entro y compro, aunque tenga por leer un buen puñado de libros, aunque no tenga ya hueco físico en mi casa para acumular más y más volúmenes. Pero los bibliópatas somos así, por suerte o desgracia.

Almudena Grandes se propuso hace unos años lograr construir literariamente un fresco enorme y muy detallado de lo que fue la Guerra Civil y la Posguerra realizando una serie de libros que llamó, de manera muy galdosiana, “Episodios de una guerra interminable”. Los pacientes del Doctor García es el cuarto libros de esa serie de episodios y el más internacional hasta ahora, y probablemente también el más ambicioso en cuanto a documentación y veracidad de lo que se narra en sus páginas. Esto, que debería ser una gran virtud y fortaleza en la novela, para mí en este caso particular pasa a ser su enorme lastre.

Los pacientes del Doctor García es un libro perfecta y magistralmente construido que busca funcionar como novela histórica que combine ficción y realidad a partes iguales, pero no logra ser ni lo uno ni lo otro. La gran ambición de Grandes a la hora de plantear esta historia, que hubiera funcionado a la perfección, encalla con la problemática de mantener a la par ficción y realidad, cosa que es complicada y compleja de conseguir y que por desgracia en esta cuarta entrega de sus “Episodios” no consigue lograr. Y mira que la historia de ficción que narra sería interesante.

Es una pena que tantos datos, lugares y personajes históricos eclipsen una novela que parte de una premisa muy acorde con las otras tres novelas anteriores. Y es que Los pacientes del Doctor García quiere contarnos la resistencia contra el franquismo de manera ética y magistral, partiendo de un personaje, el Doctor García que, siendo cirujano durante lo más devastador de la guerra, teniendo que enfrentarse a mutilados y muertos en su quirófano de guerra, tiene también que pasar a desaparecer y ser otra persona una vez la guerra acaba y convertirse en una especia de agente doble (espía para la república y sus intereses). Los juegos de dobles y hasta triples identidades que Almudena Grandes idea funcionarían bien, muy bien, si no fuera porque para que una novela de espías esa buena debe ser el espionaje el centro de la misma, y en este libro no hay un centro al que agarrarse con fuerza para no perderse.

Esto por la parte de la ficción, por la parte de la realidad Los pacientes del Doctor García traen al presente una de las historias más bochornosas del pasado franquista español: la red de evacuación de altos jerarcas nazis desde Europa a Sudamérica pasando por nuestro país de la mano de Clara Stauffer. Yo más o menos algo sobre esto sí que había oído, y también sobre la vida cómoda que el régimen de Franco proporcionó a decenas de criminales nazis en España evitándoles tener que comparecer ante la justicia internacional para escarnio aún mayor de nuestro país, pero también de la comunidad internacional que con la visita de Eisenhower a España en los 60 dio por respaldado el régimen de Franco y por tanto la dictadura aun sabiendo el pasado (y el presente por aquel entonces también) del franquismo. Quienes amamos la historia y nos sentimos huérfanos de memoria histórica en este país, no podemos más que sentir pena, impotencia, tristeza y rabia cuando conocemos episodios así de olvidados.

Vistos por separado, tanto la historia de ficción del Doctor García (y personajes satélites en Madrid, Berlín, Buenos Aires…) como la histórica relacionada con Clara Stauffer, hubieran valido para que Los pacientes del Doctor García fuera una novela casi perfecta y muy interesante. Pero debido a las piruetas, el caos narrativo que a veces se produce, los saltos temporales, el avance de la historia a base de trompicones, la cantidad de nombres y personajes, y narraciones circunstanciales que sobran, hacen que en muchos momentos haya desconectado del libro queriendo únicamente terminarlo para poder comenzar otro.

Como creo que ha quedado medianamente claro Los pacientes del Doctor García es una novela que tiene todo para ser una historia apasionante, bien narrada y de esas que atrapan al lector desde la primera página, pero que se queda a medio camino de conseguirlo. Para mí le sobra un tercio de las páginas, y en muchos pasajes la atención se deriva tanto de la historia principal que he desconectado y sentido desinterés en más de una ocasión. De lejos, y siempre desde mi más humilde opinión, esta es la más floja de las entregas de los “Episodios de una guerra interminable” que ha escrito Almudena Grandes, y mira que tenía ganas de leerlo, pero al César lo que es del César y no puedo alabar un libro que encuentro caótico y de segunda categoría.

Caronte.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Caligrafía de los sueños

Quiero terminar el año de reseñas en el blog hablando de una novela de uno de los más grandes narradores que ha visto este país en los últimos 60 años y cuya pluma, por desgracia, se apagó hace unos meses: Juan Marsé. Reconocido por crítica, lectores y casi todos los premios literarios en castellano (incluido el Cervantes), Marsé ha sido una de las grandes voces narrativas en español de las últimas décadas, cuya obra ha dejado ya y seguirá dejando, grandes influencias en escritores de muy diferentes ámbitos. Así como Madrid tuvo a un gran narrados como Galdós, o Londres a Dickens, o Nueva York a Auster, Barcelona tendrá siempre como su gran narrados y fabulador a Marsé. He querido acercarme acabando este maltrecho 2020 de nuevo a la obra de Marsé, siendo uno de los pocos autores de los que este año he leído más de un libro, para acabar con buen sabor de boca después de tantas amarguras y sinsabores, y puedo decir que me alegra enormemente haberlo hecho porque no puede haber mejor lectura que un Marsé pletórico.

“Caligrafía de los sueños” es de las últimas novelas publicadas por Marsé publicado allá por 2011 cuando el autor barcelonés ya había recibido el máximo galardón al que un escritor en español puede aspirar: El Cervantes. La Barcelona de la posguerra, de los años del hambre y el racionamiento, de los inviernos fríos y las infancias perdidas, es el espacio donde se desarrolla una historia de amor atípica, donde nuestro protagonista, Mingo o Ringo, dependiendo de quién le nombre, un niño de unos 13 años vive una Barcelona casi tan mágica como el Macondo de García Márquez.

Siempre he dicho que en el realismo de Marsé hay mucho de mágico, aunque nada tenga que ver su literatura con ese subgénero narrativo maravilloso surgido de las entrañas de la imaginación iberoamericana. “Caligrafía de los sueños” es una novela tan realista como fantástica, donde los personajes reales, pasados por el filtro del joven, soñador y lector protagonista, cobran una vida en parte nítidamente verídica y en parte fantásticamente mágica.

Las novelas de Marsé suelen ser siempre un viaje espacio temporal a un momento determinado de la historia de Barcelona. “Caligrafía de los sueños” nos lleva a la década de los años 40, a su segunda mitad concretamente. Y como en casi todas sus novelas, Barcelona no pasa por ser un mero escenario de la acción, sino que se convierte en un personaje más, lleno de vida, con luces y sombras, con voz, olor, tacto, gusto, oído. Sin Barcelona, concretamente sin los barrios del Guinardó, el Carmel y Gràcia, esta novela no sería lo que es. Las calles oscuras al anochecer, los cines y salas de baile míticas y prácticamente ya extintas, las tabernas llenas de parroquianos del barrio charlando y chismoteando, los tranvías que bajan hasta la Barcelona histórica y casi mítica del Gótico, el barrio chino o el Raval, las lomas peladas con infraviviendas de posguerra; todo conforma un microclima que condiciona a los personajes y sugestiona al lector hasta tal punto que puede sentir el suelo bajo sus pies caminando por Barcelona y sus barrios de la mano de Mingo/Ringo.

“Caligrafía de los sueños” no es solo un viaje sensorial a una Barcelona de posguerra donde sus humildes habitantes sobreviven como pueden ayudándose entre sí y los niños crecen rodeados de miseria intentando evadirse de la misma contando historias (aventis en la jerga de Marsé) inspiradas en las películas que ven colándose en cines, o leen en los tebeos comprados en los kioskos con lo que les puede sobrar (o sisar) de la compra que les encargan los padres. Como todas las novelas de Marsé también esta es un deleite para los amantes de la buena literatura y la buena prosa. Si sumamos a la extraordinaria y sin fronteras imaginación de Marsé, un estilo cuidadísimo, donde cada página es una obra de arte y donde en cada frase cada palabra está pensada y medida para que no sobre ni falte nada, la lectura de sus novelas se convierte en sí misma, sin contar la trama o los escenarios, en un ejercicio de disfrute de la belleza de la literatura.

Llegamos a fechas un tanto especiales donde el consumismo reina por doquier, sin embargo, regalar un libro siempre es buena idea, es cultura, es entretenimiento, son experiencias y viajes baratos que no conllevan más gasto que el que puede generar un rinconcito cómodo en casa donde poder vivirlos. En este año 2020 tan aciago creo que lo mejor es dejarnos llevar por la imaginación de Marsé y al mismo tiempo honrarle con un homenaje leyendo alguna de sus novelas. Puede ser cualquiera porque Marsé ha sido un clásico de nuestra literatura de los últimos 60 años. Pero como hoy estoy hablando de “Caligrafía de los sueños” creo que puede ser un muy buen inicio para acercarse a su figura ya que sin dejar a un lado la esencia misma del más puro Marsé esta novela es de más sencilla lectura que otras suyas quizá más consagradas. Eso sí, aviso, tras su lectura quizá os entren ganas de planear un viaje (para cuando se pueda) a Barcelona, la gran ciudad literaria española.

Caronte.