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miércoles, 3 de agosto de 2022

La librería

Hay libros que automáticamente se convierten en un puro canto amor por los propios libros, por la literatura y por la lectura. Este es uno de esos libros. Escrito en 1978 por Penelope Fitzgeral inmediatamente se convirtió en una de sus obras más famosas y celebradas (de hecho, fue nominada al Premio Booker, que no ganó Fitzgerald ese año pero que, al siguiente, con otra de sus novelas, sí consiguió). En el año 2017, la directora Isabel Coixet llevó al cine una adaptación de esta novela, con ligeros cambios en el guion haciendo que la versión cinematográfica, a mi parecer, sea algo más dramática y sensiblera que el propio libro. En mi verano literario en femenino, planeado casi de improviso durante la última Feria del Libro, tenía claro que de la Editorial Impedimenta (cuya labor y edición es exquisita) me iba a llevar a casa esta magnífica novela, que desde que vi la película de Coixet en su día llevaba queriendo leer.

Como el propio nombre de la novela indica, La librería gira en torno a la librería que, obstinadamente, Florence Greene pretende abrir en una casa muy codiciada y, según dicen, encantada y llena de fantasmas, pero abandonada en un pequeño pueblo marítimo inglés donde los poderes sociales establecidos desde hace decenios no ven con buenos ojos. Esa obstinación, ese tesón, esa terquedad si se quiere decir, que emana simplemente del amor a la cultura y a los libros como puertas magníficas y robustas de acceso a ese mundo infinito del conocimiento y las aventuras, son lo que mueven a Florence a superar cualquier obstáculo, cualquier comentario malintencionado, cualquier palo en la rueda y terminar abriendo su librería y vendiendo libros a los vecinos de su pueblo pesquero.

Penelope Fitzgerald no escribió una simple novela, una historia más en La librería, sino toda una carta de amor por los libros y la literatura, por el arte que es escribir. Un canto de libertad hacia una de las maneras de arte más versátiles que existen, de cultura y conocimiento, de aventuras y viajes más allá de nuestras vidas y entornos. Pero también mostró, de manera sutil pero firme, cómo no siempre la cultura, el saber y el conocimiento triunfan, y cómo siempre, se vaya donde se vaya, hay quien intentará torpedear una buena idea y amaestrar a la población para que piense que los privilegios de unos pocos son los derechos de todos.

No dio puntadas sin hilo Fitzgerald en La librería y lo que, en ocasiones, parecen simplemente un lance entre personajes, una conversación intrascendente para dar verosimilitud y trasfondo a la historia, son dardos lanzados con una intención muy clara: criticar a la burguesía rural inglesa que durante décadas, por tradición más que por derecho, han ejercido una influencia dañina y mezquina, ruin y miserable, sobre poblaciones humildes, impidiendo un beneficio general de la comunidad para simplemente manejar las cosas para engrosar aún más su poderío y sus propiedades, valiéndose de cualquier arma a su alcance.

No quiero decir con lo anterior que La librería sea una novela política o social, ni que sirva para denunciar ningún comportamiento enquistado. Para nada. De hecho, no hay la profundidad suficiente en el análisis, planteamiento y desarrollo de esos aspectos como para que no sean más que retazos de esbozos. Pero ahí están: no fueron casuales, ni accidentales y no pretendían simplemente decorar una narración. Si el personaje de Florence Greene representa el tesón, la osadía y la luz de la cultura; su contraparte, la Señora Gamart representa el antiguo régimen, la tradición y la inmovilidad, los privilegios y el egoísmo más cegador. El enfrentamiento indirecto permanente entre ambas mujeres termina siendo ganado por la poderosa, como casi siempre, haciendo que Florence cierre la librería y tenga que marcharse del pueblo para seguir con su sueño en otra parte donde pudiera ser mejor recibida.

Leer La librería ha sido todo un chute de energía a nivel personal. No puedo negar que desde hace unos años uno de mis sueños más recurrentes es abrir mi propia librería donde poder no solo vender y recomendar libros a todos aquellos lectores que hasta ella se acercaran, sino organizar actos de amor a los libros y a los escritores con los que demostrar que los libros, la escritura, la literatura son uno de los grandes pilares de la cultura y las artes. Penelope Fitzgeral llevó a las páginas de su libro lo que ahora es para mí un sueño. Sueño que sé que no voy a cumplir a corto o medio plazo porque sé que económicamente no es viable a día de hoy que monte una librería, y mucho menos quizá en Madrid, donde se vería engullida por ese espíritu competitivo y ultra liberal que marchita todo lo que toca y que en Madrid ya es epidemia casi mortal. Quien sabe si en algún momento podré ser una Florence Greene exitosa en alguna población y tener mi propia librería, para la que incluso ya tendría nombre.

En estos días tediosos de verano que estamos viviendo y que llevamos sufriendo de manera continuada más tiempo del que sería deseable en Madrid, tomar en nuestras manos La librería, viajar hasta un pequeño pueblo pesquero inglés, idílico, y acompañar a Florence Greene en su sueño de tener un oasis de cultura y libros es de los mejores planes que se pueden tener. Y, además, nunca está de más leer un clásico de la literatura que se lee como una fábula de amor por los libros.

Caronte.

viernes, 25 de marzo de 2022

Tranvía a la Malvarrosa

Esta es una de esas novelas a las que tenía respeto y ganas a partes iguales. Respeto porque en lengua y literatura en secundaria y luego bachiller era de esos títulos que había que aprenderse por formar parte de esa nueva generación de novelistas españoles que se estudiaba como literatura contemporánea. Y ganas porque llevaba buscándola en librerías de segunda mano en alguna edición decente (y no de colección de periódico o quiosco) que me mereciera la pena. Hasta que la he encontrado en mi librería de cabecera de segunda mano, donde siempre me conducen mis pasos cuando ando perdido por Madrid y me apetece refugiarme mirando libros y no sintiéndome solo ni extraño en la ciudad. Fue una grata sorpresa porque en el fondo no esperaba encontrar esta edición ya que llevo años buscándolo y nunca lo había encontrado, pero como la esperanza se lo último que se pierde la perseverancia se ha visto correspondida y recompensada.

Manuel Vicent y su Tranvía a la Malvarrosa es una de esas duplas reconocibles e indivisibles que se dan de vez en cuando en la literatura (cosa que no sé si es bueno o malo, porque se podría llegar a deducir que tal o cual escritor solo tiene famosa una novela, o que incluso esa novela no sea por la que más orgulloso se sienta el escritor). Y es que tanto novela como escritor conforman casi un único ente: cuando se nombra al uno se hace referencia directa, voluntaria o no, a la otra. Joyce y su Ulises, Ferlosio y su Jarama, Laforet y su Nada

Siguiendo los pasos de la novela de descubrimiento o de maduración, de paso de la juventud a la edad adulta, Tranvía a la Malvarrosa narra en primera persona el despertar del amor, el deseo, las responsabilidades y la propia realidad en un joven, siendo este quien nos cuenta esos pasos inseguros, esos recuerdos de los diferentes cambios vividos y sufridos, esas sensaciones melancólicas de empezar a pertenecer a un mundo que va mostrándose mucho más distinto que lo que uno podría imaginar…

La verdad es que esta es una novela que se deja leer de manera muy cómoda y casi como si su narrador fuera nuestro amigo y nos contara en la terraza de un bar en una plaza de Valencia una tarde soleada de primavera y tras mucho tiempo sin habernos visto su vida y nos pusiéramos al día de todo añorando, recordando y soñando sobre el pasado. Tranvía a la Malvarrosa es, en el fondo, la narración de una historia universal: la del paso de la inocencia de un mundo infantil, propio en el que somos los absolutos protagonistas, a otro donde no somos más que personajes sin valor ni voz ni voto en lo que nos pasa e intentamos sobrevivir lo mejor posible siempre soñando futuros ilusionantes y recordando pasados no acontecidos.

Guardando las distancias que dan la época en la que la novela está ambientada (una Valencia a medio camino entre urbe mediterránea y pueblo grande de ámbito, espíritu y corazón rural, a mediados de los años 50, cuando el futuro aún no había llegado a esos lares y el pasado seguía estando muy presente en la vida y las acciones de la sociedad), el viaje vital que se narra en Tranvía a la Malvarrosa es el que todos, de una manera u otra, vivimos a lo largo de nuestra vida. Las mismas sensaciones, los mismos vértigos, la misma euforia y el mismo miedo ante situaciones que no controlamos y que nos sacan de donde estamos más cómodos para retarnos a solucionarlas.

Tranvía a la Malvarrosa también es una novela sobre los primeros amores y el despertar del instinto sexual. Sobre cómo asumimos como normales y naturales esas nuevas sensaciones, fuegos, miedos… Sobre cómo nos relacionamos con el objetivo de saciar nuestra sexualidad ya sea por mera lujuria para obtener placer, o por pasión y amor desmedido para encontrar en otra persona aquello que necesitamos, que queremos y que queremos compartir. No siempre es fácil aceptar esos cambios de mentalidad, ese juego de palabras y acciones, de silencios y ausencias. Menos fácil es aún saber interpretar esos mismos instintos sexuales en otras personas, en aquellas a las que se los despertamos y de quienes recibimos a veces señales sin darnos cuenta. Ese asumir que la realidad es compleja, ese golpe en nuestra consciencia es el que más nos suele trastocar y es fundamental saber aceptarlo y encajarlo para poder vivir en el mundo a nuestra propia manera.

Es más que probable que muchos ya conocierais Tranvía a la Malvarrosa, y no solo la conocierais, sino que también la hubierais leído. Por esto es difícil hablar de una novela referente de una época y característica de toda una generación de escritores españoles que encaja a la perfección con la tradición literaria universal de la novela de aprendizaje, madurez y crecimiento personal. Sin llegar a ser la novela que esperaba ha superado, no obstante, las reticencias que tenía antes de su lectura por la impresión que me daba leer una obra que había estudiado y que en algún que otro examen de lengua y literatura tuve que nombrar. Estoy seguro también de que pocos no habréis leído esta obra, para los que aún no os habéis acercado a ella, hacedlo porque no solo es cómoda de leer por su cercanía, sino que es entrañable poder ver sensaciones propias en las vidas de otros.

Caronte.

jueves, 27 de enero de 2022

La señora Potter no es exactamente Santa Claus

Comprar y leer este libro fue resultado de dos necesidades: la primera de ellas, saciar una curiosidad, ya que desde que se publicó no he dejado de ver en redes sociales buenos comentarios, recomendaciones y reseñas sobre él; la segunda viene de mi incapacidad de hacer un trayecto en transporte público sin ir leyendo, por lo que tuve que comprar este libro en Santiago de Compostela después de que en el AVE de ida a la ciudad Jacobea acabara el libro que me estaba leyendo y me quedara, por tanto, sin libro para la vuelta. Fue ésta como podría haber sido cualquier otra la que comprara en Santiago, pero después de recorrerme varias librerías en la capital gallega al final decidí optar por esta novela ya que, en el fondo, llevaba tiempo ya con ganas de hacerme con ella.

Lo primero que llama la atención de este libro es su título, un título absolutamente maravilloso. de esos que atrapan desde el momento en el que lo lees. La señora Potter no es exactamente Santa Claus, título larguísimo para lo que estamos acostumbrados, destaca en cualquier listado de libros, en cualquier mostrador de novedades, en cualquier estantería; un título que bien podría ser simplemente la traducción de una novela clásica del siglo XIX inglesa, pero que sin embargo es un título de una novela escrita por una escritora española que ha desarrollado toda su obra en castellano: Laura Fernández. (Si me permitís la licencia a partir de ahora llamaré al libro simplemente La señora Potter).

La señora Potter es una novela que rebosa, desde la primera página, imaginación e inventiva, que desborda lo que estamos acostumbrados a leer en la narrativa y en la literatura española contemporánea y que nos lleva a otra época (que espero pueda recuperarse) en la que la ficción pura y dura era la protagonista de todas las novelas que se editaban en España. Ficción pura y dura: algo que se está perdiendo mezclando géneros, trayendo a colación vida de escritores que sinceramente a mí particularmente me trae sin cuidado, llamando ficción a lo que realmente es autoficción y por lo tanto una autobiografía y por lo tanto darse importancia sin tenerla. Laura Fernández ha escrito una obra original, simple y llanamente, de esas que escasean, con una historia llena de luces y sombras, de color, de oscuridad, de vida y de humor.

El argumento de esta novela simple no es, quiero decir, no hay una única trama sino muchas subtramas alrededor de lo que podríamos quizá considerar una trama principal que es que el dueño de una tienda de regalos relacionados con un libro escrito por una escritora que se hizo famosa única y exclusivamente por ese libro decide cerrarla para huir de ese pueblo que tan amargos recuerdos y vivencias le trae. De hecho, el título de esta novela La señora Potter no es exactamente Santa Claus es el título de esa novela ambientada en este pueblo que no solamente es un lugar, sino que prácticamente es un personaje que determina la conducta de todos los otros personajes de carne y hueso que aparecen en la novela. Personajes que junto con los diferentes lugares y marcas que aparecen en el libro tienen nombres absolutamente rimbombantes fruto de una imaginación absolutamente desbordada de la autora que le dan al libro una de sus más genuinas y originales peculiaridades.

He leído por ahí que La señora Potter es un libro que, si te paras a pensar, no narra más que absurdeces y por lo tanto es un libro con una trama absurda. Puede ser que sea verdad. De hecho, en más de una ocasión a lo largo de la lectura de estas 600 páginas me he planteado hacia dónde quería llevarnos la autora porque en el fondo no hay un destino de la lectura. Hacer un libro con tanta subtrama, con tanto personaje secundario, con tanto nombre llamativo, puede llevar al lector a perderse un poco en una narración que en más de una ocasión, debo de confesar, se hace pesada y densa. Pero vivan las absurdeces de este calibre y de esta calidad; esas absurdeces narrativas que transportan al lector a un mundo absolutamente único fruto exclusivamente de la imaginación de una escritora y de la capacidad imaginativa de cada lector que ubica en un Hola mundo único y exclusivo toda la novela.

Sin embargo, he de decir también que, pese a que en conjunto La señora Potter es una novela entretenida con momentos divertidos y momentos absolutamente profundos donde uno se da cuenta que pese a todo el envoltorio absurdo lleno de imaginación a veces subyacen una serie de reflexiones muy potentes sobre el arte, sobre la vida, sobre las relaciones padres-hijos, sobre lo que es en el fondo la vida, creo que le sobran unas cuantas páginas y que debido a su excesiva longitud la narración termina siendo un pelín repetitiva.

Para acabar simplemente añadir que creo que La señora Potter no es exactamente Santa Claus es una buena novela, quizá un poco larga en exceso, pero buena, a fin de cuentas. Pocas veces he leído un libro en el que la narración esté tan llena de lo que debe de ser realmente la literatura: invención, magia, generosidad con personajes, referencias clásicas, influencias de otros escritores, de otras narrativas, de otros estilos… desde luego puedo asegurar que esta novela no va a dejar indiferente a nadie lo más probable es que atrape desde el primer momento o te expulse directamente seas incapaz de avanzar más allá de las primeras páginas. Yo recomiendo dejarse llevar por esta novela, por esta historia, por este pueblo, Kimberly Clark Weymouth, qué es todo aquello que podemos imaginar y más. y disfrutar de una narración pura de ficción.

Caronte

lunes, 24 de enero de 2022

Un viaje de invierno

Lo que me atrae siempre de las novelas de Juan Benet es su capacidad para dejar a un lado el argumento de estas, que este no tenga ningún tipo de importancia, y que todo el peso del libro recaiga en su estructura formal. Las novelas de Juan Benet son prodigios formales y exigen del lector una concentración extrema para poder desentrañarlas de manera correcta y tras una lectura que muchas veces es tediosa pero que, sin embargo, el lector no puede abandonar. O al menos es lo que a mí me pasa con las novelas de este autor fallecido hace ya unos cuantos años y que compaginó su profesión de ingeniero de caminos, canales y puertos con una obra literaria que ha dejado una impronta muy relevante en muchos escritores y que, por cómo son sus novelas, está en el olvido o en un rincón oscuro de la memoria literaria de España.

En Un viaje de invierno Juan Benet nos lleva de nuevo a Región: ese territorio tan suyo, tan propio, tan único, tan real e irreal al mismo tiempo, que podría considerarse una mezcla de muchos lugares reales de la geografía española y que si hubiera que ubicar de manera un poco precisa en un territorio real de nuestro país podría ser perfectamente una zona comprendida entre Zamora, León, Palencia…, zona castellanoleonesa del norte. En casi todas sus novelas Juan Benet utiliza Región no ya solamente como un escenario donde la mayor o menor acción de las mismas se desarrolla, sino como un personaje más que determina muchas veces la manera de actuar de los diferentes personajes y que definida tan maravillosamente bien como lo hace Benet, gracias muy probablemente a su formación técnica como ingeniero, hacen que el lector pueda imaginarse perdido entre las lomas, las cimas, los valles, los pueblos de esa región brumosa, gris, melancólica, triste, oscura, Donde la esperanza hace tiempo que se perdió y el futuro no es más que un anhelo inalcanzable para sus habitantes.

Un viaje de invierno es desde luego una de las novelas más complejas de Juan Benet y en la que mayor empeño formal puso para poder encajar lo que quería contar, lo que quería exponer, en un formato que combina una narración clásica, densa, con unos ladrillos o glosas a los márgenes que se van intercalando a lo largo de toda la novela y que pueden constituir un segundo nivel de lectura. Esta complejidad hace que los personajes y la propia trama de la novela pasen absolutamente a un segundo plano, como he señalado antes. Y es que al lector poco le va a importar lo que pase o no pase a lo largo de las páginas de este libro; páginas que pasará muy poco a poco, porque en muchas ocasiones tendrá que releer pasajes completos para terminar de comprender qué es lo que ha ocurrido.

A través de una narración muy densa, con oraciones muy largas, intercaladas de aclaraciones entre guiones y entre corchetes y entre paréntesis, el lector va a descubrir una historia familiar de pueblo, oscura, con rencillas históricas y destinos marcados por la fatalidad y la inevitabilidad del paso del tiempo. Un viaje de invierno en el fondo es un drama familiar en el que una mujer sola en una gran casona rural celebra una fiesta recurrente, año tras año, invitando a la misma gente, siguiendo las mismas pautas, pretendiendo así, repitiendo una y otra vez un mismo acontecimiento este pueda variar con el tiempo sabiendo que una vez una acción es llevada a cabo no hay manera de borrarla del libro de la historia.

Leer a Juan Benet es saber que la lectura va a ser difícil, que va a exigir mucho del lector y qué va a costar introducirse en un libro suyo. Sin embargo, si somos capaces de salvar todos estos obstáculos, más formales que otra cosa, el lector se va a encontrar con un ejercicio de lectura muy instructivo y sobre todo con un reto literario de primer nivel. Un viaje de invierno es un ejemplo perfecto de lo que Juan Benet tenía dentro de sí y conformaba su universo literario: una mente compleja, de difícil acceso y con unas estructuras intelectuales por encima de la media. por eso la mayor parte de la obra de Juan Benet es incomprendida, porque solamente una cabeza como la que él tenía sería capaz de desentrañar y descifrar lo que sus novelas pretenden contar.

Es difícil recomendar a Juan Benet porque su obra es críptica, porque sus libros no son convencionales: no pretenden vender, no pretenden ser leídos incluso, o esa es la impresión que yo tengo. Creo que la obra de Juan Benet pretende existir, pretende estar ahí y ser una especie de consulta para aquellos lectores que quieran realmente profundizar en ella y dejarse llevar por una manera de escribir compleja, rebuscada, muy culta, que hace ver que no hay una única manera de contar y narrar, sino que hay tantas como individuos. Un viaje de invierno es una novela en la que me costó entrar, pero que al final terminé leyendo con muchas ganas para intentar hacerme una mínima idea de lo que Benet quería transmitir con ella (porque al final, de las novelas de Juan Benet lo que el lector puede sacar en claro no llega probablemente ni al 20% de lo que pretendía el autor).

Caronte.

jueves, 2 de diciembre de 2021

La uruguaya


Dije hace unos meses que volvería a leer algo de Pedro Mairal tras haber leído este año Salvatierra y quedar absorto por una manera de narrar que no es tan habitual como debería y que me dejó totalmente enganchado a aquella novela. Y vuelvo a leerle ahora sí con su novela más celebrada al menos aquí en España y que estuvo en boca de libreros y opinadores e influencers desde el principio y durante mucho tiempo. Quizá por eso la empecé a leer con ciertas dudas y miedos, con elevadas expectativas viendo la gran repercusión que tuvo y las grandes palabras que mucha gente usó para recomendarla. No sé si es bueno llegar a una novela así al principio, durante la explosión de éxito, o pasado un tiempo y tras haber esperado a que dicha explosión se convierta en poco más que un eco perdido, pero aún audible. Creo sinceramente que haber esperado para leer esta novela me ha venido bien, además que no suelo subirme a las olas de éxitos y ventas repentinas porque no me gusta básicamente.

La uruguaya es una novela de argumento y estilos simple, pero esto no quiere decir que sea una lectura y una obra sencilla, de hecho, en su sencillez radica su grandeza. Narrada en primera persona por su protagonista, un escritor casado y con un hijo, falto de dinero, que va y viene periódicamente entre Buenos Aires y Montevideo para que la perenne penosa situación económica argentina no le haga perder dinero al cambio, se enamora locamente de una joven uruguaya que conoce de manera casual en uno de esos viajes. La novela es en sí misma una larga explicación de los porqués que tiene el protagonista para haber hecho lo que ha hecho e intentar expiar su propia culpa ante su mujer que a su vez en el final de la novela se descubre que también tiene lo suyo.

Al igual que pasaba en Salvatierra, en esta novela Mairal, sin aspavientos, sin dárselas de académico del lenguaje, sin un estilo rimbombante que podría resultar cargante nos presente una historia tan llena de verdad que duele leerla. La uruguaya es la historia de cualquier hombre normal y corriente, con gustos normales, con miedos terrenales, con agobios económicos en una Argentina depauperada por sucesivas crisis económicas, y con pasiones ocultas que por “respetabilidad” intenta ocultar hasta que su hastío es tan grande que no puede soportarlo más y se deja llevar por sus instintos primarios: esos que todos tenemos e intentamos mantener a raya por eso del qué dirá la sociedad.

Todos tenemos dentro de nosotros a alguien como el protagonista de La uruguaya y todos tememos el día en que esa parte de nosotros, más arcaica, más primitiva, más original, quiera estar por encima de esa otra parte más sosegada y tranquila, más racional y social (entendiendo social como adaptaba a unas normas autoimpuestas por la sociedad que muchas veces lastran a las personas). Las sociedades actuales, aunque puedan parecer muy distintas y distantes unas de otras, no son más que calcos modificados unas de otras, y por tanto someten a las mismas reglas y normas a las personas. Esta novela no es más que la exploración de la verdad, de quiénes somos cuando nos pensamos que tenemos todo controlado y podemos dar rienda suelta a nuestros sueños y anhelos.

Es muy valiente escribir una novela en la que el protagonista podamos ser cualquiera, hombre o mujer, y en el que la normalidad se vea tan alterada por las pasiones y por el anhelo de libertad y de salir de un corsé que nos ponemos voluntariamente simplemente para encajar en un mundo lleno de clichés en el que si te sales del camino marcado eres un descarriado sin solución. La uruguaya es esa novela que muestra desde la verdad, con una narración en primera persona llena de humor, divertida y sincera, el eterno conflicto que tiene el hombre que es aquello que no quiere ser y que es incapaz de alcanzar, por miedo, por comodidad o por cobardía, aquello que quiere ser.

Reconozco con gusto que La uruguaya ha sido una lectura de lo más entretenida y que hice bien dejando que el estruendo de su publicación pasara a ser nada más que un simple silbido. Me he alejado lo suficiente de aquella ola para admirar esta novela con calma, sin unas expectativas enormes, habiendo, por ello disfrutado más que si la hubiera leído en el momento de su publicación. Desde luego Pedro Mairal, con las dos novelas suyas que he leído, me ha parecido una tremenda sorpresa como escritor y desde luego volveré a leerle, con libros ya publicados o con los que pueda publicar en un futuro. Lean a Mairal, lean cualquiera de sus obras porque tengo la impresión de que cualquiera es un ejercicio soberbio de buena literatura.

Caronte.

jueves, 14 de enero de 2021

Black, black, black

Llevaba mucho tiempo ya queriendo leer a Marta Sanz. Y mucho tiempo es mucho tiempo, en plan: varios años. Sin embargo, por unas cosas o por otras el momento nuca llegaba; siempre encontraba lecturas que se interponían entre la autora y yo, excusas varias que me ponía por miedo a descubrir un autor nuevo y que no me gustara. Miedos que surgen por hacerse quizá ideas preconcebidas por recomendaciones, buenas reseñas o simplemente dejarse llevar por instinto. Pero año nuevo, nuevas lecturas, nuevos horizontes literarios, nuevas historias por descubrir, nuevos autores por traer a mi biblioteca personal. Pero ha llegado 2021 después de un 2020 un tanto raro para todos y me he decidido a descubrir nuevos autores, y sobre todo autoras. Quiero leer a más escritoras porque revisando lo leído el año pasado solo uno de cada seis libros que leí estuvo estaba escrito por una mujer. Y me avergüenzo por ello. Me he dispuesto terminar con ese error y feminizar mis lecturas y creo que no he podido empezar mejor que con Marta Sanz.

Black, black, black” es una novela que podría calificar de coral, porque está dividida en tres partes (cada uno de los black del título) narradas cada una por un personaje diferente. La trama es aparentemente sencilla: unos padres encargan a un investigador privado, Arturo Zarco, que averigüe quien asesinó a su querida hija; para ello Zarco se acerca a la comunidad de vecinos donde vivía la difunta y allí entra en un microcosmos muy típicamente español, donde todos los vecinos tienes relación entre ellos, ya sea buena o mala, y donde los prejuicios, rencillas y disputas nimias terminan haciendo el día a día. Y todo se complica con un segundo cadáver. Y entran en juego una vecina deprimida y sola, y su hijo homosexual, y una pareja de ancianos dependientes, y la típica vecina que todo lo sabe y todo lo quiere controlar. Y aparece también la ex mujer de Zarco con quien éste mantiene una relación extraña de amigos que son al mismo tiempo ex, que se quieren y detestan, se cuidan y se hacen daño mutuamente.

He dicho que la trama es sencilla y puede que tras lo escrito no lo parezca. He de admitir que “Black, black, black” no es una novela negra tan simple como puede parecer. Y no lo es por la propia estructura de la novela. La primera parte está narrada por Zarco y es una especie de recopilación de llamadas telefónicas con su ex mujer, Paula, cuya extraña relación marca la realidad del caso que está bajo investigación privada. La segunda parte de la novela es el diario de Luz, la vecina cuyo hijo veinteañero es homosexual y del que Zarco queda locamente prendido (porque sí, Zarco es homosexual con exmujer), y cuya soledad y falta de cariño y caso por parte de nadie la llevan a fabular un diario donde la realidad y la invención conviven a la perfección. Por último, la tercera parte de la novela es igual que la primera, pero teniendo como protagonista e investigadora a la ex de Zarco, a Paula.

Y ante este magnífico lío, aparente solamente, el lector no puede hacer más que disfrutar de “Black, black, black” ya que su lectura es adictiva. Me terminé el libro en apenas tres días (prácticamente a parte por día). Y es que no podía dejar de leer. Me parecía tan fascinante la historia, tan imbricada, tan indescifrable (ya que hasta las últimas quince o veinte páginas no sabes quién ha sido el autor de los asesinatos en esa curiosa y peculiar comunidad de vecinos), y tan soberbio el estilo, la mezcla de voces narrativas, la combinación de realidad y fabulación dentro de la narración, que me quedaba pegado a las páginas de la novela como si fuera un guante de lana pegado a un trozo de velcro.

Siempre he sido un gran lector de novela negra, pero llevaba muchos años sin acercarme al género. “Black, black, black” me ha devuelto la ilusión por el “noir” por su gran originalidad y su gran oscuridad. No hay personajes blancos en la novela, ni tan siquiera Olmo el joven homosexual del que Zarco quede encaprichado. Ninguno de los vecinos puede decirse que tienen un aura buena o blanca; ni mucho menos Zarco y Paula que forman un tándem tan perfecto como incómodo. Y es que es probablemente esta pareja tan extraña, tan irrelevante, tan sincera, tan mordaz y tan cruel entre ellos lo mejor de la novela. Vaya dos animales literarios son estos personajes, vaya par de seres que ojalá fueran reales para hacerme sus amigos, porque verles en plena batalla dialéctica sería todo un espectáculo del bueno.

Si antes de atreverme a leer a Marta Sanz me dice que una vez leída mi primera novela suya quedaría tan satisfecho, tan entretenido y tan divertido como lo he hecho no lo hubiera creído. “Black, black, black” es puro nervio narrativo, además de muy visual y con un ritmo que deja sin aliento. Además, la primera y tercera parte dan tanto juego al lector que es imposible que pueda aburrirse al ver tanto las pericias como los dardos envenenados que se lanzan Zarco y Paula. También añado antes de concluir que el perfil y el análisis psicológico de todos y cada uno de los personajes de la novela es complejo y cada uno aporta algo al juego que Marta Sanz propone al lector para que éste no se aburra y mantenga la atención puesta en adelantarse a la novela y saber quién mató a quién. El problema está en que Marta Sanz engaña muy bien y esconde el desenlace hasta el final, dejando al lector perplejo, no por quizá la evidencia de la resolución sino por cómo se ha llegado hasta allí. Sin duda es una gran novela para pasar una tarde encerrado en casa.

Caronte.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Caligrafía de los sueños

Quiero terminar el año de reseñas en el blog hablando de una novela de uno de los más grandes narradores que ha visto este país en los últimos 60 años y cuya pluma, por desgracia, se apagó hace unos meses: Juan Marsé. Reconocido por crítica, lectores y casi todos los premios literarios en castellano (incluido el Cervantes), Marsé ha sido una de las grandes voces narrativas en español de las últimas décadas, cuya obra ha dejado ya y seguirá dejando, grandes influencias en escritores de muy diferentes ámbitos. Así como Madrid tuvo a un gran narrados como Galdós, o Londres a Dickens, o Nueva York a Auster, Barcelona tendrá siempre como su gran narrados y fabulador a Marsé. He querido acercarme acabando este maltrecho 2020 de nuevo a la obra de Marsé, siendo uno de los pocos autores de los que este año he leído más de un libro, para acabar con buen sabor de boca después de tantas amarguras y sinsabores, y puedo decir que me alegra enormemente haberlo hecho porque no puede haber mejor lectura que un Marsé pletórico.

Caligrafía de los sueños” es de las últimas novelas publicadas por Marsé publicado allá por 2011 cuando el autor barcelonés ya había recibido el máximo galardón al que un escritor en español puede aspirar: El Cervantes. La Barcelona de la posguerra, de los años del hambre y el racionamiento, de los inviernos fríos y las infancias perdidas, es el espacio donde se desarrolla una historia de amor atípica, donde nuestro protagonista, Mingo o Ringo, dependiendo de quién le nombre, un niño de unos 13 años vive una Barcelona casi tan mágica como el Macondo de García Márquez.

Siempre he dicho que en el realismo de Marsé hay mucho de mágico, aunque nada tenga que ver su literatura con ese subgénero narrativo maravilloso surgido de las entrañas de la imaginación iberoamericana. “Caligrafía de los sueños” es una novela tan realista como fantástica, donde los personajes reales, pasados por el filtro del joven, soñador y lector protagonista, cobran una vida en parte nítidamente verídica y en parte fantásticamente mágica.

Las novelas de Marsé suelen ser siempre un viaje espacio temporal a un momento determinado de la historia de Barcelona. “Caligrafía de los sueños” nos lleva a la década de los años 40, a su segunda mitad concretamente. Y como en casi todas sus novelas, Barcelona no pasa por ser un mero escenario de la acción, sino que se convierte en un personaje más, lleno de vida, con luces y sombras, con voz, olor, tacto, gusto, oído. Sin Barcelona, concretamente sin los barrios del Guinardó, el Carmel y Gràcia, esta novela no sería lo que es. Las calles oscuras al anochecer, los cines y salas de baile míticas y prácticamente ya extintas, las tabernas llenas de parroquianos del barrio charlando y chismoteando, los tranvías que bajan hasta la Barcelona histórica y casi mítica del Gótico, el barrio chino o el Raval, las lomas peladas con infraviviendas de posguerra; todo conforma un microclima que condiciona a los personajes y sugestiona al lector hasta tal punto que puede sentir el suelo bajo sus pies caminando por Barcelona y sus barrios de la mano de Mingo/Ringo.

Caligrafía de los sueños” no es solo un viaje sensorial a una Barcelona de posguerra donde sus humildes habitantes sobreviven como pueden ayudándose entre sí y los niños crecen rodeados de miseria intentando evadirse de la misma contando historias (aventis en la jerga de Marsé) inspiradas en las películas que ven colándose en cines, o leen en los tebeos comprados en los kioskos con lo que les puede sobrar (o sisar) de la compra que les encargan los padres. Como todas las novelas de Marsé también esta es un deleite para los amantes de la buena literatura y la buena prosa. Si sumamos a la extraordinaria y sin fronteras imaginación de Marsé, un estilo cuidadísimo, donde cada página es una obra de arte y donde en cada frase cada palabra está pensada y medida para que no sobre ni falte nada, la lectura de sus novelas se convierte en sí misma, sin contar la trama o los escenarios, en un ejercicio de disfrute de la belleza de la literatura.

Llegamos a fechas un tanto especiales donde el consumismo reina por doquier, sin embargo, regalar un libro siempre es buena idea, es cultura, es entretenimiento, son experiencias y viajes baratos que no conllevan más gasto que el que puede generar un rinconcito cómodo en casa donde poder vivirlos. En este año 2020 tan aciago creo que lo mejor es dejarnos llevar por la imaginación de Marsé y al mismo tiempo honrarle con un homenaje leyendo alguna de sus novelas. Puede ser cualquiera porque Marsé ha sido un clásico de nuestra literatura de los últimos 60 años. Pero como hoy estoy hablando de “Caligrafía de los sueños” creo que puede ser un muy buen inicio para acercarse a su figura ya que sin dejar a un lado la esencia misma del más puro Marsé esta novela es de más sencilla lectura que otras suyas quizá más consagradas. Eso sí, aviso, tras su lectura quizá os entren ganas de planear un viaje (para cuando se pueda) a Barcelona, la gran ciudad literaria española.

Caronte.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Nuestras riquezas. Una librería en Argel

Desde marzo o abril no leía en francés. Al final siempre lo voy dejando pasar, siempre dejo para mañana el pedir y comprar un libro en francés y ponerme con él. Puede que sea pereza no reconocida, pero estoy más seguro de que es más bien desconocimiento del mercado editorial francés y de la mayoría de sus escritores y escritoras. Y vuelvo al francés gracias también en parte a la editorial española Libros del Asteroide; editorial que suele tener bastante presente en mis búsquedas de nuevas lecturas porque suelen publicar siempre libros muy interesantes. En este caso me fijé en este libro, publicado hace ya dos años, pero que por h o por b he dado con él hace no mucho, y leyendo un poco sobre él e investigando un poco sobre su joven autora y me hicieron directamente comprar el libro en francés y leerlo. Y no me puedo arrepentir menos de la decisión tomada ya que ha sido una experiencia maravillosa la lectura de esta brevísima novela que mezcla realidad y ficción de manera soberbia.

Nos richesses”, que es el título original en francés de esta novela (clavado al español, salvo por el hecho de que en la edición en nuestro idioma se le añade un subtítulo), es un precioso canto de amor a los libros, la literatura, los escritores y el Mediterráneo. La autora, argelina de nacimiento, ha recreado es este breve libro la vida literaria de un personaje peculiar que fue una figura cultural muy importante en Argel durante muchos años. Edmond Charlot no es un personaje de novela, existió de verdad, y fundó en los años 40 una editorial y una librería en Argel. Una minúscula librería y una muy humilde editorial que pretendían dar luz a la cultura mediterránea y voz a los autores argelinos.

Kaouther Adimi combina en “Nos richesses” realidad y ficción, esta última de la mano de Ryad un joven que termina en Argel para hacer unas prácticas universitarias consistentes en terminar de desmontar la librería que en su día fundara Charlot, para mostrarnos como quien no quiere la cosa, la evolución social y política de Argelia desde la preguerra mundial al día de hoy como país independiente de su metrópoli francesa.

Y es que “Nos richesses” en su brevedad (no llega a las 200 páginas) es capaz de condensar la historia de Argel durante los años convulsos de la IIGM y las incipientes revueltas que terminaron con su independencia, al mismo tiempo que muestra la Argelia actual y el Argel mágico que conserva su aire puramente mediterráneo. Pero además de este contexto histórico, que Adimi ha condensado maravillosamente sin ser pedante ni pretendiendo ser historiadora, al lector se le presenta el mundo de los libros como liberador, como motor de cambio social, como núcleo de la cultura y el pensamiento libres.

La vida y obra de Edmond Charlot me ha parecido soberbia y dura por el éxito no reconocido ni quizá alcanzado verdaderamente. Con tenacidad, ilusión, fuerza de voluntad y reponiéndose a cada infortunio y falta de suerte poniendo aún más ganas, no solo abre una minúscula pero acogedora librería en Argel, sino que funda una pequeña editorial donde en su momento publicó sus primeros textos Albert Camus. Y todo esto Adimi lo va contando en “Nos richesses” sirviéndose de una especie de diario escrito por Charlot durante unos veinticinco años y en el que vamos viendo, no sólo cómo sus sueños van poco a poco tomando forma, sino como el siglo XX avanza con sus atrocidades, barbaridades y ansias de libertad.

Nos richesses”, como dije antes, es un canto de amor por los libros, la escritura, los editores, los libreros, las librerías, los escritores. Es una bellísima carta de amor a la literatura en todas sus formas. Es además un libro sobre libros. He de reconocer que de esta novela he sacado futuras lecturas, y no una ni dos, sino un buen puñado. Además, este es un libro dedicado a potenciar la visión liberadora de los libros, porque junto a la estancia del personaje ficticio de Ryad en la librería protagonista de la novela aparece un tal Abdallah, un misterioso anciano que recuerda la importancia de los libros para hacernos crecer no solo intelectualmente sino como sociedad a nivel personal.

He de decir también que “Nos richesses” se lee prácticamente de un tirón, incluso en francés (idioma en el que debería leer más y no estoy tan acostumbrado a hacerlo como el inglés). Adimi utiliza un lenguaje nada pretencioso, un estilo simple, sencillo, pero lleno de belleza y verdad. Eso es lo más importante. La impostura en muchos escritores actuales que se creen Tolstoi o Dickens escribiendo hace que muchas veces las novelas actuales sean pretenciosas y orgullosas dando la espalda a los lectores. Esta joven escritora argelina habla al lector de tú a tú y le cuenta una historia llena de belleza, intensidad, historia y otras historias y libros.

Leer este librito ha sido una muy grata experiencia. “Nos richesses” me ha llevado a Argel, una ciudad que quiero visitar más pronto que tarde, me ha trasportado a una época que siempre me ha parecido muy atractiva: los últimos años de la colonización africana. No me arrepiento nada de haber leído esta novela, de hecho, ya la escogí con buenas referencias y con ilusión, con altas expectativas, y todo se ha cumplido. Lo malo de esto es ver qué se lee ahora; encontrar algo que deje una vez leído una especie de hueco y añoranza. Lo bueno es que a través de Adimi y esta novela he descubierto a una nueva autora, ella misma, y un buen puñado de libros. Y en el fondo esto es lo que debería generar todos los libros que leemos.

Caronte.