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lunes, 25 de abril de 2022

Caín

Suerte es que una de mis librerías de segunda mano de cabecera (ya son varias a las que doy este apelativo que, por tanto, empieza a perder significado real) publicara en Instagram que tenía varios ejemplares de las ediciones conmemorativas del centenario del nacimiento de José Saramago. Bueno, suerte… Suerte plena sería si ese anuncio coincidiera con que me hubiera tocado la lotería y por tanto el gasto de dinero no fuera una preocupación y solo me tuviera que preocupar de encontrar hueco futuro a esos libros y tiempo para leerlos entre tantas lecturas como tengo pendientes. Pero, sí, fue suerte. Me lancé en cuanto tuve una tarde libre a la librería y me pude hacer con tres de esos ejemplares preguntando por otros que ya había volado por la mañana. Al menos me pude hacer con tres ejemplares, siendo este el primero que me he leído y del que, por tanto, voy a escribir a continuación. En lo que resta de año probablemente pueda leer los restantes.

Saramago retoma en Caín los temas bíblicos eligiendo a uno de los grandes personajes del Antiguo Testamento y usándolo como guía a través de distintos episodios de las Sagradas Escrituras para mostrarlas desnudadas de cualquier ropaje católico, apostólico y romano y mostrarlas tal y como son analizadas desde la razón y no desde la fe. Y parte desde el principio de los tiempos y la existencia: desde Adán y Eva y desde ahí el lector recorrerá la Biblia y sus principales hechos anteriores a Jesucristo: la Torre de Babel, el becerro de oro, la destrucción de Sodoma y Gomorra, el derrumbe de las murallas de Jericó, el sacrificio de Abraham, las penurias de Job, el diluvio universal…

Todos conocemos a Caín, todos conocemos su historia, seamos creyente o no. Vivimos en una sociedad cristiana en la cual desde pequeños nos enseñan la Biblia (o al menos a mí me la enseñaron, para poco sirvió, pero me la enseñaron) y conocemos todos, o casi todos los episodias que Saramago retoma en su Caín, llevando al lector no solo a un recorrido por la historia de la religión católica, sino también a una reflexión más profunda sobre la propia concepción de la religión.

Saramago, a quienes le tenemos como autor de cabecera y refugio en momentos lectores flojos, nos tiene acostumbrados a lecturas no solo de trama interesante sino a reflexiones profundas sobre la vida y aquellos temas que recorren la existencia del ser humano. En Caín, y usando un personaje villano para la religión católica, el Nobel portugués nos presenta una mirada a la religión y a la fe totalmente descreída, poniendo voz, rostro y vestimenta a Dios incluso, y haciéndonos verle como lo que en el fondo es: un ser tiránico, envidioso, cruel y vengativo; un Dios que solo es capaz de imponer la fe y su propia idolatría a los hombres mediante el miedo, la muerte, la sangre y las amenazas.

Obviamente alguien muy muy muy creyente, o esos creyentes que no son capaces de ver la religión y la fe como temas cuestionables ni discutibles no serán capaces de ver en Caín una obra de un calado reflexivo muy interesante. Desde la frialdad y el análisis crudo e irónico de un Saramago ateo y escéptico ante creencias irracionales, el lector recorre los episodios más famosos de la Biblia de mano de un Caín marcado por su destino y por un Dios cruel que le condenó a ejecutar a su hermano con sus propias manos y a vagar sin rumbo por la existencia. Saramago se toma sus licencias, como todo novelista, para hacer malabares narrativos y, cual novela fantástica, trasladar de una frase a otra a Caín de un momento a otro del Antiguo Testamento para ir dando muestras y ejemplos de la absurdez de la fe cristiana y de la crueldad del ser al que llaman Dios los católicos.

Como novela Caín es un artificio narrativo digno de pocos autores, y es que Saramago sabe hacer magia con poco y a partir de temas o personajes que a la mayoría de escritores les parecería quimérico utilizar. Por algo le dieron el Nobel, y es que es de los pocos galardonados con este premio que se ha convertido en autor refugio: ese tipo de autores a los que vuelvo constantemente cuando tengo una crisis lectora porque sé que no me van a fallar y que la lectura de cualquier de sus libros sé que me reconfortará y dará ánimos para continuar descubriendo libros y autores.

Lo bueno que suelen tener las novelas de Saramago es que, pese a un estilo tan peculiar como único y personal, su lectura anima a no abandonarla y lleva al lector en volandas de páginas en página casi sin darse cuenta. Caín es una novela con mucha parte de reflexión y ensayo sobre la fe y la religión, sobre la existencia de Dios y su propia identidad. No es apta para creyentes fervorosos y mucho menos para fanáticos de la fe. Para todos los demás este libro supondrá un verdadero divertimento lector.

Caronte.

viernes, 25 de marzo de 2022

Tranvía a la Malvarrosa

Esta es una de esas novelas a las que tenía respeto y ganas a partes iguales. Respeto porque en lengua y literatura en secundaria y luego bachiller era de esos títulos que había que aprenderse por formar parte de esa nueva generación de novelistas españoles que se estudiaba como literatura contemporánea. Y ganas porque llevaba buscándola en librerías de segunda mano en alguna edición decente (y no de colección de periódico o quiosco) que me mereciera la pena. Hasta que la he encontrado en mi librería de cabecera de segunda mano, donde siempre me conducen mis pasos cuando ando perdido por Madrid y me apetece refugiarme mirando libros y no sintiéndome solo ni extraño en la ciudad. Fue una grata sorpresa porque en el fondo no esperaba encontrar esta edición ya que llevo años buscándolo y nunca lo había encontrado, pero como la esperanza se lo último que se pierde la perseverancia se ha visto correspondida y recompensada.

Manuel Vicent y su Tranvía a la Malvarrosa es una de esas duplas reconocibles e indivisibles que se dan de vez en cuando en la literatura (cosa que no sé si es bueno o malo, porque se podría llegar a deducir que tal o cual escritor solo tiene famosa una novela, o que incluso esa novela no sea por la que más orgulloso se sienta el escritor). Y es que tanto novela como escritor conforman casi un único ente: cuando se nombra al uno se hace referencia directa, voluntaria o no, a la otra. Joyce y su Ulises, Ferlosio y su Jarama, Laforet y su Nada

Siguiendo los pasos de la novela de descubrimiento o de maduración, de paso de la juventud a la edad adulta, Tranvía a la Malvarrosa narra en primera persona el despertar del amor, el deseo, las responsabilidades y la propia realidad en un joven, siendo este quien nos cuenta esos pasos inseguros, esos recuerdos de los diferentes cambios vividos y sufridos, esas sensaciones melancólicas de empezar a pertenecer a un mundo que va mostrándose mucho más distinto que lo que uno podría imaginar…

La verdad es que esta es una novela que se deja leer de manera muy cómoda y casi como si su narrador fuera nuestro amigo y nos contara en la terraza de un bar en una plaza de Valencia una tarde soleada de primavera y tras mucho tiempo sin habernos visto su vida y nos pusiéramos al día de todo añorando, recordando y soñando sobre el pasado. Tranvía a la Malvarrosa es, en el fondo, la narración de una historia universal: la del paso de la inocencia de un mundo infantil, propio en el que somos los absolutos protagonistas, a otro donde no somos más que personajes sin valor ni voz ni voto en lo que nos pasa e intentamos sobrevivir lo mejor posible siempre soñando futuros ilusionantes y recordando pasados no acontecidos.

Guardando las distancias que dan la época en la que la novela está ambientada (una Valencia a medio camino entre urbe mediterránea y pueblo grande de ámbito, espíritu y corazón rural, a mediados de los años 50, cuando el futuro aún no había llegado a esos lares y el pasado seguía estando muy presente en la vida y las acciones de la sociedad), el viaje vital que se narra en Tranvía a la Malvarrosa es el que todos, de una manera u otra, vivimos a lo largo de nuestra vida. Las mismas sensaciones, los mismos vértigos, la misma euforia y el mismo miedo ante situaciones que no controlamos y que nos sacan de donde estamos más cómodos para retarnos a solucionarlas.

Tranvía a la Malvarrosa también es una novela sobre los primeros amores y el despertar del instinto sexual. Sobre cómo asumimos como normales y naturales esas nuevas sensaciones, fuegos, miedos… Sobre cómo nos relacionamos con el objetivo de saciar nuestra sexualidad ya sea por mera lujuria para obtener placer, o por pasión y amor desmedido para encontrar en otra persona aquello que necesitamos, que queremos y que queremos compartir. No siempre es fácil aceptar esos cambios de mentalidad, ese juego de palabras y acciones, de silencios y ausencias. Menos fácil es aún saber interpretar esos mismos instintos sexuales en otras personas, en aquellas a las que se los despertamos y de quienes recibimos a veces señales sin darnos cuenta. Ese asumir que la realidad es compleja, ese golpe en nuestra consciencia es el que más nos suele trastocar y es fundamental saber aceptarlo y encajarlo para poder vivir en el mundo a nuestra propia manera.

Es más que probable que muchos ya conocierais Tranvía a la Malvarrosa, y no solo la conocierais, sino que también la hubierais leído. Por esto es difícil hablar de una novela referente de una época y característica de toda una generación de escritores españoles que encaja a la perfección con la tradición literaria universal de la novela de aprendizaje, madurez y crecimiento personal. Sin llegar a ser la novela que esperaba ha superado, no obstante, las reticencias que tenía antes de su lectura por la impresión que me daba leer una obra que había estudiado y que en algún que otro examen de lengua y literatura tuve que nombrar. Estoy seguro también de que pocos no habréis leído esta obra, para los que aún no os habéis acercado a ella, hacedlo porque no solo es cómoda de leer por su cercanía, sino que es entrañable poder ver sensaciones propias en las vidas de otros.

Caronte.

viernes, 23 de julio de 2021

M. El hijo del siglo

Llego a este libro tras leer multitud de críticas y opiniones, todas positivas, todas poniéndolo como uno de los libros que no pueden faltan en una biblioteca personal, todas ensalzándolo como un libro fundamental para entender muchas cosas de nuestro pasado que a través del espejo del tiempo vemos reflejadas hoy en día. Hace casi 20 días que me adentré en las páginas de esta descomunal obra narrativa (son 800 páginas y no es más que el primero de una trilogía) que ganó el año pasado el premio literario más importante de Italia y que una gran campaña de promoción literaria lanzó en España como uno de esos libros que marcarán el año editorial. Es posible que lo haga, y sin duda marcará a los lectores que se quieran adentrar en sus páginas, tanto para bien como para mal, porque desde luego que no les va a dejar indiferentes su lectura. Al final diré cómo he salido de este libro.

Si soy reticente a leer libros que superen las 350 páginas, y mucho más si superan las 500, es por algo. La experiencia me dice que suelen ser libros o densos en los que te pierdes a las primeras de cambio o aburridos a más no poder extendidos adrede para que el escritor cobre más por la cantidad de páginas empleadas. Ninguno de los dos aspectos es positivo. Pocos son los libros extensos que mantienen al lector atrapado y entretenido a lo largo de toda su extensión. M. El hijo del siglo es un libro no extenso, sino descomunal: 800 páginas en las que el escritor italiano Antonio Scurati ha narrado y reconstruido (con hechos cuando había documentación histórica de la que tirar y con imaginación cuando los huecos historiográficos lo demandaban) el nacimiento del fascismo italiano y el surgimiento de una de las figuras políticas clave de la Europa de entreguerras: Benito Mussolini, entre los años 1919 y 1924.

Analizado fríamente, la premisa de la que parte la narración de este libro resulta de lo más interesante. Leer cómo poco a poco en una sociedad como la italiana, sureña como la española, de sangre caliente y corazones llenos de orgullo mal interpretado y digerido, va permeando una concepción de la vida, de la cultura, de la política y de la sociedad donde la fuerza bruta se impone a la razón es interesante a la par de ilustrativo. M. El hijo del siglo es un libro que refleja la deriva de la sociedad italiana tras la IIGM en la que un hombre como Mussolini logra apoderarse de todo el poder por medios legales en términos políticos, pero dudosos en términos morales.

Da miedo comprobar cómo entre lo que Scurati narra en M. El hijo del siglo parece reproducirse hoy en día por doquier en sociedades que se suponía democracias establecidas y estables, maduras por así decirlo. Es sobrecogedor cómo parece ser que lo que se empleó hace un siglo y fue el germen de una de las ideologías más dañinas y mortales de la historia, como es el fascismo, genera ecos en el presente y emuladores de actitudes y formas de concebir la nación, el estado y la política.

Sin embargo, creo que todo lo bueno que puede tener este libro se acaba en el momento en que sus 800 páginas carecen de fluidez narrativa (o soy yo que he sido incapaz de resonar con el libro con su ritmo peculiar) y su densidad se hace tal que lo único que quería era avanzar y pasar páginas para poder acercarme al final y terminarlo. M. El viajero del siglo no es una novela, me niego a considerar este libro como una obra de ficción por mucho que parte de los huecos de la vida de Mussolini sean rellenados con la inventiva de Scurati. No. Me niego. Esto no es literatura, es un libro de historia, aunque la gran campaña publicitaria y de promoción lo haya vendido de otra manera.

Quizá soy injusto o un poco radical, pero es que con todas las expectativas que tenía puestas en esta supuesta “novela” sobre Mussolini y su ascenso al poder en Italia, pronto quedé hastiado y si he terminado M. El hijo del siglo ha sido por orgullo, porque me decía constantemente que no podía ser que no fuera capaz de terminar el libro, que algo debía de tener para haber tenido tantas buenas críticas y haber ganado el más importante premio literario italiano. Yo no he encontrado en sus 800 páginas más que un libro de historia, malo además porque no hay ni una sola referencia bibliográfica y da por supuesto el nivel cultural e histórico de los lectores sobre un periodo muy convulso y lleno de acciones, acontecimientos, nombres propios y referencias que Scurati da por sentado que todo lector tiene en mente.

Datos, acontecimientos, referencias, hechos, fechas y nombres muchos nombres plagan las 800 páginas de M. El hijo del siglo, y menos mal que al final hay un listado de todos los nombres que van apareciendo en el libro que si no sí que hubiera sido descorazonadora y lamentable la lectura de este libro. Tengo claro que mi relación con Mussolini, aunque pueda resultar muy interesante y atractiva por, como he dicho antes, ver ecos del pasado en nuestro presente político más actual, y con la trilogía de Scurati acaba con este primer tomo. No creo que soportara otras 800 páginas por libro.

Estamos en verano y soy consciente de que muchos leéis más ahora que en cualquier otra época del año. Y siempre hay que elegir bien las lecturas para este periodo estival extenso donde tenemos más tiempo libro que nunca. Evitad M. El hijo del siglo, y lo digo desde el respeto que tengo a la literatura, la narrativa y la historia. Este libro no es una novela, es un libro de historia con todas las de la ley. Aunque claro, si lo que pretendéis es adentraros en un periodo histórico y en un personaje tan atractivos como la Italia de entreguerras, el auge y nacimiento del fascismo y la figura inmensa y chulesca de Mussolini, allá vosotros. Yo aviso: encontraréis un libro no fácil de leer ni de seguir atento.

Caronte.

martes, 22 de junio de 2021

Línea de fuego

Cada vez que Pérez-Reverte publica novela el mundo editorial español sufre una convulsión. Es de esos autores aclamados por público y crítica, y cuyas novelas conllevan una ingente campaña de promoción antes, durante y después de la publicación. Es todo un acontecimiento literario y mediático que hace que el autor aparezca en periódicos, radios y televisiones hablando de su última novela y también aprovechando para echar pestes sobre el sistema político actual español y añorando una revolución con guillotina en el siglo XVIII que por suerte o por desgracia nunca se produjo. No es para menos que se monte todo este circo para promocionar al que quizá es el escritor más vendido fuera de nuestras fronteras, porque es un muy buen novelista, quizá el que mejor conoce su oficio en España y el que sobre temas más variados y diferentes escribe. Pero en su última novela ha pinchado en hueso para mí. Atreverse a novelar la Guerra Civil española son palabras mayores y esta novela no creo que sea lo que se ha vendido que es.

Línea de fuego narra en casi 700 páginas y valiéndose de un gran puñado de personajes, un episodio ficticio durante la ofensiva del Ebro en el verano asfixiante del 38: la toma de Castellets del Segre por el ejército republicano y su posterior recaptura por parte del ejército sublevado. 700 páginas de descripciones de escaramuzas, defensas, ataques, repliegues, emboscadas, matanzas, bombardeos, tendido de comunicaciones, estrategias… 700 páginas en las que no pasa nada más que eso: la guerra. En definitiva, 700 páginas que se me han hecho muy largas, insulsas y por momentos pesadas y aburridas. A Pérez-Reverte le pido más, porque sé de lo que es capaz, porque he disfrutado con sus libros enormemente, porque es un escritor de mucho talento capaz de atraparme en las páginas de un libro. Pero en esta ocasión ha fallado.

Para mi gusto no se pueden dedicar tantísimas páginas a no contar nada sino a simplemente describir una batalla englobada en una ofensiva crucial como fue la del Ebro durante la guerra civil. Si se quiere hacer una novela sobre nuestro conflicto fratricida hay que hacerla con valor, no simplemente como excusa para demostrar una vez más que eres un crack y el único que sabe a qué huele, sabe y se siente una guerra; el único que sabe de táctica militar entre los escritores españoles; y el único que es capaz de nombrar en un mismo libro decenas de tipos de armas, tanques, aviones y demás elementos bélicos. Línea de fuego es una novela simplona pese a su extensión, maniquea y altamente engañosa. No es ni de lejos la gran novela sobre la guerra civil que he leído en algunas críticas.

Probablemente lo que más me ha cabreado de esta novela es la falsa sensación de ecuanimidad que transmite. Y es que Pérez-Reverte es muy hábil narrando cuando le conviene. Línea de fuego no hace juicios de moral, ni éticos, ni políticos sobre la guerra civil (y aquí está uno de los grandes problemas de la novela, ya que la Guerra Civil es un período histórico que necesita de crítica leal desde el presente) sino que muestras con fingida equidistancia a ambos bandos sumergiéndolos en el horror de la guerra. Que en una guerra se mata y se muere y más en una civil es una perogrullada, algo tan obvio como que el agua moja; para mostrar no se necesitan 700 páginas.

Si en la guerra civil española equiparas bandos en horror y odio y obvias las motivaciones de cada uno para matar y morir, inmediata e indiscutiblemente te estás posicionando con el bando ganador de la contienda y por tanto con quien más ha matado. El cinismo con el que se ha publicitado Línea de fuego vendiéndola como una novela que no gustará ni a los que minimizan lo hecho por un bando ni a los del otro me da rabia. Y más rabia me da, hasta el punto de decepcionarme profundamente, es ver cómo Pérez-Reverte se yergue como el defensor de la cordura y denunciante de los terrores y horrores de la guerra civil, cuando en esta novela las críticas más abiertas y directas son hacia el bando republicado, mientras que para el bando sublevado solo hay sucintos y sutiles ataques camuflados por páginas y páginas de descripciones permanentes sobre la guerra.

Podría intentar decir algo bueno de Línea de fuego, pero es que pocas cosas pueden salvarse, quizá las últimas páginas en las que Pérez-Reverte demuestra porqué es uno de los mejores narradores de aventuras y acción. Pero poco más podría añadir. Ni tan siquiera los múltiples y variados personajes pertenecientes a todas y cada una de las facciones de los diversos bandos en la guerra marcan al lector, porque todos y cada uno no son más que burdas y simples representaciones de los prototipos de los combatientes tantas veces aireados y mitologizados en novelas, series, documentales y películas. No, tampoco aquí se salva nada del fuego.

Procuro ser lo más sincero posible siempre que escribo sobre un libro intentando que la crítica sea lo más pegada a lo que me ha hecho sentir un libro, pero también al contexto del libro en general. Línea de fuego se presentó como la gran novela bélica de la guerra civil y no lo es. Como tampoco es ecuánime ni objetiva. Tengo la impresión que Pérez-Reverte ha querido emular a su admirado y loado Chaves Nogales, pero siento decir que lejos está de haberlo logrado. Las casi 700 páginas de esta novela escasean de interés y gancho porque, aunque la acción se desarrolla durante la ofensiva del Ebro en una localidad que no existe pero que bien pudo hacerlo, podría desarrollarse en Vietnam, Corea, las Ardenas o el Peloponeso y lo único que habría que cambiar serían fechas, nombres, topónimos y armas. Falta valentía y sobra arrogancia por parte de Pérez-Reverte. Esperemos que su próxima novela oculte la tremenda decepción que me he llevado con esta última.

Caronte.

jueves, 3 de junio de 2021

El olvido que seremos

 

Cada vez tengo más claro que los libros y la literatura deben servir para conmover, para hacer visible lo que suele no serlo, para ponernos frente a aquellos que solemos evitar y no confrontar. Pocas suelen ser las ocasiones en que me adentro en obras de autoficción en las que lo que se narra no tiene nada de inventiva sino de pura y simple realidad y vida del escritor que decide abrirse en canal y plasmar como mejor sabe hacer sus miedos, inseguridades, traumas, dramas, pérdidas y alegrías. Si lo hago esta vez es porque este libro es de esos libros que oyes recomendar y del que lees opiniones que suelen siempre coincidir en lo bueno que es. Pero yo añadiría una cosa a todas esas reseñas y críticas, y es que este libro es necesario en tres ámbitos: primero para su autor, segundo para la sociedad colombiana y, tercero, para cualquier persona que quiera acercarse a lo que ha sido el conflicto armado que ha asolado Colombia durante la segunda mitad del siglo XX y los primeros años de este siglo XXI que nos toca vivir.

El olvido que seremos es la biografía novelada del padre de Héctor Abad Faciolince llamado como su hijo. Médico de formación y profesor universitario de profesión, Héctor Abad, fue asesinado en Colombia en los años ochenta por gente, probablemente poderosa, que decidió que era un personaje incómodo cuya manera de pensar y sus acciones encaminadas a liberar a la gente más desfavorecida de la tiranía y la dictadura de la insalubridad y la pobreza eran un peligro para el statu quo. Este motivo, tan absurdo, tan hiriente, tan miserable como excusa, fue el detonante de la pistola que metió un par de balas en la cabeza del doctor Héctor Abad.

Faciolince en este libro decide hacer un retrato de su padre, de los recuerdos que de él tiene, de cómo era, cómo actuaba, cómo quería que la sociedad. El olvido que seremos es una magnífica carta de amor, fidelidad, recuerdo, orgullo, honra y admiración de un hijo hacia un padre. Y esto es algo que se nota. Faciolince no escatima en descripciones de escenas familiares, íntimas, personales, para intentar ser lo más fiel posible a sus recuerdos de su padre. Obviamente la óptica de la narración tiene que dejar a un lado la objetividad para centrarse en el plano emocional y de recuerdos que un hijo puede tener de su padre, más si cabe cuando este padre es tan cariñoso, afectuoso, y atento con él.

Lo que podría terminar siendo un empalagoso y ñoño retrato familiar es un libro lleno de ternura y amor. Ternura y amor que Faciolince es capaz de hacer salir de las páginas de El olvido que seremos para que el lector las sienta como propias y pueda decirse que forma parte de la familia Abad. Pero no es solo amor y ternura lo que este libro rezuma y transmite; también hay rabia: la misma rabia que el lector siente al leer cómo por la intolerancia, por mantener un statu quo injusto y desigual en una sociedad tremendamente desequilibrada entre ricos y pobres, se mata a aquellas personas que solo intentan cambiar las cosas a mejor, para que aquellos que siempre lo han pasado mal puedan salir de su situación de pobreza y exclusión para vivir dignamente en libertad.

El olvido que seremos no es solamente el retrato del doctor Héctor Abad, sino de toda una sociedad, la colombiana, que ha vivido durante décadas una violencia endémica y enquistada en lo más profundo de la misma y que está costando dejar atrás aún a día de hoy. Faciolince consigue hacer de lo particular e íntimo de su familia, de su padre, una generalización de lo que se ha vivido en Colombia durante muchos años, y especialmente de los cruentos años del plomo que fueron los ochenta, donde día sí día también eran asesinados hombres y mujeres que luchaban por una sociedad libre, justa, igualitaria.

Dije al principio que hay libros necesarios que nos muestran parte de la realidad que se nos suele ocultar o que intentamos evitar a cualquier coste. El olvido que seremos es un libro necesario porque plasma de manera cierta y verídica, real, lo que fue el día a día de un país, Colombia, desangrado por muchos costados a costa de violencias intolerables y rabiosas que pretendían seguir manteniendo al pueblo sometido eternamente aceptando su realidad sin poder si quiera intentar cambiarla. El doctor Héctor Abad es un ejemplo particular de las decenas de muertos que los diferentes conflictos armados en Colombia y la imposibilidad e ineptitud para resolverlos mediante el diálogo y la lógica dejaron en su camino durante el último medio siglo.

Héctor Abad Faciolince ha conseguido aunar en El olvido que seremos sus fantasmas personales derivados del asesinato de su amado y respetado padre con la historia misma reciente de Colombia en un libro necesario que transmite tanta rabia como ternura paterno-filial. Recientemente además se ha estrenado una adaptación cinematográfica de este libro que quizá, entre lectura y lectura, me anime a ver para ver cómo se lleva a la pantalla el compendio de emociones y sentimientos que contiene este libro tan sencillo de leer y tan directo al corazón de los lectores.

Caronte.

viernes, 23 de abril de 2021

Tomás Nevinson

 

Tres años largos han pasado desde la última novela de Javier Marías. Tres años han pasado sin que leyera nada de él salvo los cuentos que publicó hace ya unos cuantos años. Tres años en los que casi había olvidado esa manera tan suya de narrar y a la que el lector debe dejarse ir y llevar para no caer en un sopor que podría ser mortal para quien intente resistirse a su manera de escribir envolvente. Pero qué delicia volver al universo Marías, donde nada ocurre y sin embargo todo pasa; donde la trama no es relevante, sino todo lo que acontece y pasa alrededor de la misma; donde las reflexiones sobre el tiempo, sobre lo que se hace o no, sobre lo que se dice o se calla, sobre cómo queda determinado el destino y nuestras vidas por las decisiones que tomamos o dejamos de tomar, son las protagonistas mostrando como si fuera una autopsia el mundo interior y personal del protagonista. En el fondo tenía ya mono de Javier Marías.

Como suele ser habitual en la (compleja) obra literaria de Javier Marías, en Tomás Nevinson, libro que toma el título del nombre del protagonista, marido además de Berta Isla, quien da nombre a su vez a su anterior novela, la trama, lo que pasa, no es relevante a pesar de que, en este caso, sí que resulta sumamente interesante. De hecho, la novela plantea la necesidad de localizar y eliminar a una terrorista participante en algunos de los ataques más bestiales de ETA en España. Y es Tomás Nevinson, quien se creía ya amortizado para los servicios secretos ingleses, quien recibirá ese encargo macabro y éticamente muy cuestionable de manos del sempiterno en las novelas de Marías, Bertram Tupra.

Tomás Nevinson no solo es la última novela de Marías (podría incluso ser la última obra de ficción del escritor madrileño según algunos rumores que he leído por ahí), sino que es la más extensa de cuantas ha escrito hasta la fecha (contando Tu rostro mañana como tres novelas independientes). Casi setecientas páginas donde Marías despliega su estilo para no solo desarrollar el proceso de localización de esta mujer terrorista que causó tanto dolor y que se supone vive apaciblemente en una ciudad ficticia del noroeste español llamada Ruán, sino para reflexionar, como hace siempre, sobre sus temas fetiches y más característicos.

Al mismo tiempo, Tomás Nevinson, es su obra más ficticia y con más trama y la que más reflexión tiene, donde lo ajeno a la trama, donde los pensamientos y el pasado y presente y futuro del protagonista tienen más peso. No obstante, la misión que Nevinson debe realizar le lleva a plantearse muchas cosas, a reflexionar hasta cuándo se puede hacer justicia, si el ser humano puede cambiar, si matar cambia algo, lo arregla, lo evita… Para ahondar en estas reflexiones, Marías, como suele hacer, tira de erudición y cultura y va a los clásicos, Shakespeare, T.S. Eliot, Baudelaire, a la historia misma con Ana Bolena, Juana de Arco, o un episodio que yo desconocía pero que es totalmente verídico de un alemán que tuvo a Hitler a mano para eliminarlo para siempre pero que llevó a cabo lo que se le pasó por la cabeza por pensar que no llegaría a más. Y sin embargo llegó a más.

Muy presente en esta novela está el tema de ETA y el IRA, ambas bandas terroristas hermanadas, que se ayudaban y apoyaban mutuamente. Y es muy revelador algunas de las conversaciones que se dan en Tomás Nevinson a consecuencia del asesinato de Miguel Ángel Blanco que ocurre en mitad del tiempo narrativo de la novela y que quizá desencadena los acontecimientos más relevantes de la trama de la misma. Hay reflexiones que bien podrían ser columnas de opinión de cualquier periódico incluso, y de hecho en todas ellas se nota claramente la impronta de Marías, así como algunos comentarios y opiniones en boca de personajes que no son más que licencias personales para dejar claro alguno de sus puntos de vista sobre la sociedad actual en la que vivimos y con la que tan crítico siempre es desde su última página en el suplemento de El País los domingos.

De lo que más me ha gustado de Tomás Nevinson es la capacidad narradora de Marías, su inconfundible estilo que envuelve al lector como si estuviera a la deriva en un mar a veces en calma y otras embravecido y en el que debe dejarse llevar para llegar a buen puerto. No ha habido novela de Marías además que no me haya abierto el apetito de descubrir nuevos libros, o temáticas, o me enseñe algo. Todas han sumado. Pero hay pegas también, y para esta novela tengo algunas que han hecho que no pueda estar plenamente satisfecho con ella pese a que en conjunto es una obra inmensa y muy relevante.

En primer lugar, tengo una pega que quizá no sería tal, pero que, para mí, siendo lector habitual de Marías me ha chirriado un poco. Tomás Nevinson se desarrolla casi íntegramente, al menos la parte más sustancial, en una ciudad ficticia que aúna características de varias ciudades norteñas españolas. Esto, que ya digo muestra una capacidad inmensa creativa y que sigue la estela de autores como Benet, me parece forzado ya que usa nombres de lugares un tanto ridículos, impostados, pretenciosos incluso, que restan capacidad de ubicación al lector. Y, sin embargo, cuando la acción se traslada a Madrid, con sus calles, plazas y barrios perfectamente, particularmente me siento más identificado y dentro de la novela.

Otra de las pegas que han hecho que Tomás Nevinson no termine de ser redonda a mi gusto es la excesiva extensión de la novela que la lleva a ser, irremediable e irremisiblemente, un poco repetitiva en cuanto a las técnicas que suele usar Marías para ir constantemente refiriéndose a esos subtemas intrínsecos que va introduciendo en la narración. Resultan repetitivos porque se producen tantas veces las referencias a hechos históricos, poemas, reflexiones, eventos pasado y referencias a la novela Berta Isla, que el lector termina teniendo la sensación de innecesariedad y repetición insulsa que no añade nada nuevo al relato.

Pero a Javier Marías yo se lo perdono casi todo, y a pesar de que con Tomás Nevinson no ha terminado de redondear un libro que de por sí ya es muy bueno, he reconocer que como siempre he disfrutado y aprendido de una lectura que obliga a que sea sosegada, sin prisa, pero sin pausa, tranquila y sin distracciones. Porque además de que bastaría con maravillarse con su estilo, esta novela introduce también el tema del terrorismo de ETA que todos hemos vivido como sociedad y cuyo recuerdo (y quizá en especial el de Miguel Ángel Blanco) pone los pelos de punta siempre. Javier Marías es quizá el novelista más importante que tenemos en España, eterno candidato al Nobel, que no sé si ganará algún día, casi mejor que no, y esta última novela suya una delicia para sus lectores.

Caronte.