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lunes, 18 de abril de 2022

La Marcha Radetzky

¿Qué es un clásico? Para mí, nada más que una etiqueta que se le encasqueta a un libro y que determina su concepción por los lectores tanto para bien como para mal. El quién determina qué es un clásico y qué no ya es bastante más dudoso. Hay obras universales de la literatura que adquieren su carácter por tradición, por representar el culmen de una época o por implicar un cambio de paradigma literario. Otras obras, por el contrario, se convierten en clásicos porque una serie de críticos literarios y expertos estudiosos lo dicen pasando a ser así consideradas por lectores que no han pasado más que una decena de sus páginas para leerlas. La única conclusión aceptable entonces de lo que es un clásico es la de un libro que está siempre en la conciencia colectiva y que por tanto “hay que” leer, amándolo, odiándolo o siendo absoluta y totalmente indiferente al mismo. Pues esto último me ha pasado con este supuesto clásico de la literatura europea y austríaca.

La Marcha Radetzky es una de esas novelas que llevan el apelativo de clásico de la literatura supongo que derivado de otra época en la que sí que le vendría al pelo y podría ser considerado como tal. Que hoy siga siendo considerado como un clásico cuando lo que cuenta, a fin de cuentas – la decadencia de una familia que no sabe adaptarse a un presente cambiante – es un tema tan manido en la literatura como el del amor prohibido es básicamente porque cuando a un libro le cae la etiqueta de clásico es casi imposible quitársela.

No puedo negar el valor histórico que pudo suponer el año de su publicación La Marcha Radetzky. En 1932 ver plasmada en papel la decadencia social de todo un imperio como el Austrohúngaro que arrasó con toda una concepción de la vida que hasta el momento se consideraba prácticamente eterna e inmutable por los siglos de los siglos tuvo que se un rotundo éxito lleno de nostalgia y melancolía. Pero a día de hoy, con todos aquellos eventos en el pozo oscuro y profundo del olvido, poco puede aportar una novela que, para mí, queda desfasada en un tiempo pretérito que poca conexión con la realidad tiene y cuyos posibles paralelismos con una época de decadencia actual no logro vislumbrar.

La historia de la familia Trotta, desde el abuelo convertido en héroe de la Batalla de Solferino tras salvar al Emperador hasta el nieto que vive en sus propias carnes el cambio de paradigma social de una época de ocaso pasando por el padre alto funcionario de un Imperio descomunal en proceso interno de desintegración, me causa pesadez en la lectura. Apenas he sido capaz de mantener una atención digna en la narración de La Marcha Radetzky; de hecho, lo que más deseaba era acabar la novela para poder pasar a otra lectura quizá más edificante. Y decir esto de cualquier libro es casi peor que decir que lo has abandonado por imposible.

No he conectado ni con la trama de La Marcha Radetzky ni con el estilo de Joseph Roth. Y es que esa es otra. A menudo he leído comparaciones, para bien, entre Roth y Stefan Zweig, tanto por estilo de escritura como por mundo literario donde ambos profundizan en las más íntimas pasiones del ser humano y engloban todo en una época de cambios sociales profundos en el seno de la vieja Europa, la Europa de las grandes naciones y los vastos imperios. Pero, así como la etiqueta de clásico para esta novela, la comparación entre Roth y Zweig es, para mí, una sobre ventilación absurda. Hay rasgos comunes en ambos escritores, sí, pero de ahí a casi equipararlos, pues lo siento, pero no. Creo que Zweig está varios escalones por encima de Roth en cuanto a nivel de escritura y en cuanto a enfoque de tramas y análisis de la propia existencia humana en relación a su contexto histórico.

Pasa con los libros lo que con muchas otras cosas en la vida: no puedes decir si te gusta o disgusta si no lo lees o lo intentas al menos. La Marcha Radetzky es un libro que quería leer por muchas razones, todas buenas, válidas y loables, pero que tras su lectura me ha dejado decepcionado y totalmente indiferente a lo narrado en sus páginas. Por esto hay que leer siempre, leer y leer y leer. Leer tanto lo que uno sabe que le va a gustar, como aquello que, arriesgando un poco más, puede que no entendamos del todo, o incluso aquello que lo más probable es que no nos guste. No se puede hablar de libros y de literatura si solo leemos aquello en lo que nos sentimos cómodos. Joseph Roth, como Stefan Zweig o Sandor Marai son de esos escritores clásicos europeos que están casi en el olvido y por ello, puedan gustar o no, hay que leerlos siempre.

Caronte.

viernes, 18 de marzo de 2022

Plegaria en el asedio

La Guerra de Yugoslavia o de los Balcanes o la de Serbia (varios nombres para, en el fondo, denominar al conflicto armado que a principios de los 90 desoló los Balcanes tras la desintegración de la antigua Yugoslavia) siempre ha sido una época histórica que me ha interesado mucho y atraído. Como última gran guerra europea de verdad (hasta que a Putin se le ha ocurrido atacar indiscriminadamente Ucrania hace apenas unas semanas) es un periodo histórico muy interesante y como gran lector y apasionado de la historia que soy llevo ya tiempo leyendo de vez en cuanto sobre aquel conflicto, preferiblemente acercándome a él a través de la ficción (o quizá no tan ficción) y las novelas ambientadas en ese rincón de Europa tan apasionante y mestizo que a lo largo de los siglos ha pertenecido a distintos imperios y ha padecido guerra tras guerra espoleadas por el odio.

Plegaria en el asedio es el primer libro que leo de la Editorial Automática y llegué a él como suelo llegar a algunos libros: simplemente buscando en internet novelas ambientadas en la guerra. Y es que esta novela, este debut literario porque eso es lo que es, traslada al lector al Sarajevo de la guerra de los Balcanes, esa ciudad mestiza donde cristianos ortodoxos y musulmanes convivían más o menos tranquilamente hasta que estalló la guerra. Y más concretamente al sitio que sufrió la ciudad dividida en sectores y dominada a cachos por serbios y bosnios, que se mataban desde parapetos, azoteas, tiendas, coches calcinados y rascacielos agujereados por las balas de los tanques blindados.

Todo debut literario es siempre un abismo para el autor, y también para los lectores que confían su tiempo a ciegas sin referencia alguna a un autor, y lo es más aún si uno se da cuenta de la envergadura física de Plegaria en el asedio. Más de 700 páginas de guerra, donde los cañonazos, los disparos, las violaciones, el incendio y el pillaje de edificios y tiendas, la muerte, el odio, las bromas macabras y la desolación de la violencia entre hombres se mezcla con la normalidad del día a día en una ciudad tomada por los militares y milicianos donde se tiene que sobrevivir como se pueda, refugiándose físicamente en pisos fríos y desvencijados y psicológicamente en la esperanza de un futuro en paz y tranquilidad.

Siempre me han dado vértigo las novelas extensas, de muchas páginas, porque siempre pienso que, si ya es complicado mantener un buen ritmo narrativo en cien o doscientas páginas, hacerlo en más de setecientas es todo un Everest. Por esto suelo evitar las novelas muy extensas. Sin embargo, he de decir que Plegaria en el asedio es una novela de esas que no te sueltan, que quieres leer y leer y seguir avanzando en la vida durante la guerra de su protagonista y narrador un joven musulmán a quien el estallido de la guerra le pilla en la calle equivocada de Sarajevo, alejado de su padre y con su madre recién enterrada por la enfermedad. Allí, en mitad de un desconcierto lleno de odio, donde su apellido le pone en el bando de los que se puede humillar y, llegado el caso, prescindir, debe sobrevivir, aguantar, tragar…

Sin dejar de ser una novela sobre la guerra y principalmente sobre el sitio de Sarajevo, que duró años, Plegaria en el asedio también es una novela donde la esperanza y las ilusiones, los sueños de paz y tranquilidad encajan con los momento más duros y descarnados de lo que es un conflicto bélico alimentado con odio racial y rencores pasados de una historia tan rica como manipulada por los de siempre. Y luego está el contraste en la propia novela: desde un principio donde la enfermedad de la madre copa todas las preocupaciones del joven protagonista, hasta el último cuarto de la misma donde la huida, la ocultación y el confinamiento lleno de miedo y donde el sueño es una quimera imposible de conciliar llenan de angustia la narración y la lectura.

También es de resaltar el estilo con el que Plegaria en el asedio está narrada: frases cortas, crípticas, casi de descripción de escenario en un guion de cine o en una obra de teatro. Apenas esbozos de avance de la historia y de los movimientos de personas. Como un telegrama dictado al vuelo con prisa. Como ráfagas de ametralladora que no tienen un objetivo fijo y claro y deben disparar raudas para no olvidar que están en una guerra. Así está narrada esta novela aumentando esa sensación de caos bélico, de desmoronamiento de una vida normal. Solo en los momentos en los que algún hombre o mujer narran alguna de las atrocidades de la guerra la narración se vuelve clásica para hacer llegar al lector, con toda su crudeza y sin intentar laminarlo, el terror de la guerra.

Empecé Plegaria en el asedio con miedo de que su gran extensión me abrumara y me dejara frío en ocasiones. Lo acabo diciéndome que, si una novela está bien escrita, es atractiva al lector y sobre todo te cuenta cosas que no sabes y quieres averiguar da igual que esté escrita en cien páginas o mil, porque se dejará leer y te adentrará de lleno en otro mundo, época o cuerpo. En tiempos como los que desde hace unas semanas estamos volviendo a vivir en Europa nunca viene de más recordar lo que pasó no hace ni 30 años en otro rincón del viejo continente cuando un orden mundial se derrumbó dando lugar a otro tras un gran y cruento derramamiento de sangre alentado por el racismo y el supremacismo de los, tan dañinos, nacionalismos.

Caronte.

viernes, 4 de febrero de 2022

El italiano

Que Arturo Pérez-Reverte saque novela todos los años ya no es noticia ni sorprende a nadie. Es un autor tan prolífico como pocos ha habido la historia de la literatura española; habría que remontarse a la época quizá de Umbral o a la época de Galdós para encontrar autores que publicasen tanto y tan bueno durante tantos años. Dejando a un lado el propio carácter de Pérez-Reverte que puede gustar más o menos tanto por opiniones como por actitudes, lo que es innegable es su grandiosa capacidad para escribir, para hacerlo bien y para, en su mayor parte, dar a los lectores novelas de aventuras de corte clásico que nos transportan a otra época y a escenarios muy diversos. Leo esta su última novela apenas pocos meses después de su publicación y con cierta incertidumbre por el estrepitoso fracaso (a mi modo de ver) que supuso su anterior novela sobre la guerra civil y qué me pareció de todo menos buena.

Cuando Pérez-Reverte se pone a hacer las cosas bien, cuando se remanga y se pone a escribir con gusto, sin prisas, sin encargos, sin obligaciones, sin intentar moralizar ni pontificar sobre absolutamente nada, es cuando Pérez-Reverte logra lo que ha logrado con El italiano: una novela de aventuras de corte clásico con sus dosis justas de amor, de personajes fuertes, valientes, heroicos, ambiguos, dignos… que entretiene de principio a fin y que traslada al lector directamente allí donde se desarrolla la novela y le hace formar parte de la historia.

Después de leer el año pasado Línea de fuego y quedar absolutamente decepcionado por la visión que Pérez-Reverte plasmó en sus páginas mostrando una falsa equidistancia sobre la guerra civil que lo único que demuestra es posicionamiento hacia uno de los bandos ya que, si en una guerra civil equiparas bandos, cuando todos sabemos lo que pasó en la nuestra, te estás poniendo en el lado vencedor quieras o no, de manera consciente o inconsciente, pero lo haces. Por esto cuando publicó El italiano decidí dejar pasar el tiempo antes de leerla. No quería ir influenciado por la lectura de su anterior novela y por tanto no disfrutar de lo que pudiera esconder el libro. Y, sin embargo, me he equivocado, lo reconozco, pero no es demérito mío sino mérito Pérez-Reverte al haber vuelto hacer aquello que mejor sabe: fabular.

El italiano nos traslada a 1942-1943 y a una zona muy interesante novelísticamente hablando cómo fue Gibraltar y la frontera con España (Algeciras, la Línea de la Concepción) toda esa zona fronteriza entre dos Estados enemigos en un periodo de guerra y en el que los espías, los contrabandistas y los militares se mezclaban permanentemente. Y no solamente eso, sino que Pérez-Reverte nos introduce en una historia basada en hechos reales sobre militares italianos con torpedos submarinos dirigidos por buzos, cuales motos de agua primigenias. Es sorprendente lo que puede hacer la imaginación a partir de un hecho real y lo que es capaz de hacer Pérez-Reverte con una historia que según él lleva escuchando toda la vida como mito leyenda o heroicidad de unos hombres que cumplían con su deber que era hacer el mayor daño posible a los enemigos.

Usa además Pérez-Reverte en El italiano un recurso clásico de los escritores más arraigado, como es introducirse a sí mismo como personaje (ficticio) de la novela para poder darle estructura y tener un hilo argumental paralelo que apoya a la recreación histórica de unos hechos ficticios pero que se basan en hechos reales totalmente contrastables y que ocurrieron en la Bahía de Algeciras y en Gibraltar durante la Segunda Guerra Mundial. Y como en el fondo esta novela tiene un aire clásico de principio a fin, no podría faltar una historia de amor puro (sin lujuria, sin florituras, sin lugares comunes a todas las historias de amor que se leen en la literatura muy empalagosas o idealizadas); es un amor clásico puro de película en blanco y negro de los años 50.

Perfectamente se podría hacer una serie o una película sobre El italiano porque la narración y la historia dan para ello. Pérez-Reverte entrega al lector una novela que se lee sola y no es un tópico que quiera poner aquí. he devorado la novela en apenas dos días porque no quería salirme de la historia quería saber qué pasaba en la siguiente página cómo evolucionan los personajes y qué les pasaba. en esto el escritor madrileño antiguo reportero de guerra es todo un maestro sabe escribir bien y urdir tramas entretenidas que mantienen al lector pegado a las páginas de sus novelas (quitando alguna que otra excepción como ya comenté al principio).

Con unos personajes típicamente revertianos; con unos protagonistas, hombre y mujer, con tintes de héroes de guerra, pero de héroes humanos clásicos no de superhéroes del siglo XXI; con una trama basada en hechos reales urdida con un recurso literario clásico como es el del autor personaje de su novela escrita con un ritmo formidable y ambientada como solo Pérez-Reverte sabe hacer. El italiano es un libro para disfrutar, de esos que reconfortan porque te sacan del sitio en el que lo estés leyendo y te llevan, en este caso, a 1942 y a la Bahía de Algeciras para vivir, como espectador, una historia puramente literaria llena de ficción pero que, por qué no, quizá pudo haber ocurrido. Esta es la magia de la literatura y la ficción.

Caronte.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Berlin Finale

Las novelas (aunque debería decir que la literatura en general) sirven de manera dual para viajar sin moverse y para hacerlo sabiendo de ante mano el pasado de una ciudad, una cultura, una civilización, un entorno, un palacio, una simple callejuela. Esta novela llevaba en mi pila de pendientes muchos meses, pero es que estaba esperando su momento justo para ser leída. Todas las novelas tienen un momento determinado de ante mano en la vida de un lector, y solo si son leídas en ese preciso instante generan el efecto correcto y buscado. Esta novela quería leerla en el momento adecuado y para ello tuvo que esperar pacientemente apilada junto con otras su hora. Y su hora ha sido este noviembre, cuando he vuelto a Berlín, quizá la ciudad con más historia a su espalda de todo el continente europeo. Y me ha llevado lo mío entre unas cosas y otras acabármela, no por no sentirme atraída por ella, sino porque entre el propio viaje y temas privados me han quitado mucho tiempo de lectura.

Desde que visité Berlín por primera vez hace casi tres años quedé impresionado por una ciudad tan llena de contrastes e historia. Un imperio, los locos años veinte de los cabarés, dos guerras mundiales, una guerra fría, un muro que dividía no solo una ciudad sino dos concepciones de la sociedad y la vida, una reconstrucción… Berlín es para los amantes de la historia del siglo XX su Meca. Por todo esto, investigando sobre libros que pudieran transmitirme parte de esta historia llegué a dar con Berlin Finale de Heinz Rein: una novela descomunal y casi inabarcable sobre los últimos días de la capital del Reich de los mil años.

A lo largo de casi setecientas páginas Reinz, que vivió los últimos días de Berlín como capital del nazismo, da cuenta de la vida y supervivencia de los berlineses que no tienen donde ir y ven como poco a poco todo se acaba: la guerra, las fuerzas, la comida, la esperanza, la autoestimo, las creencias que una vez se pensaron fijas e inamovibles… Berlin Finale es, por así decirlo, el diario de una ciudad, Berlín, narrado al detalle, donde los protagonistas que Rein nos da no son más que una mera excusa para contar cómo era la vida en Berlín durante esas últimas semanas antes de mayo de 1945 cuando la capital del Reich capituló dando paso al silencio (triste, hambriento, desolador) de una ciudad arrasada por la locura de un puñado de mostruos.

A través de la vida clandestina de un grupo de la resistencia interna alemana, Heinz Rein nos lleva a través de todo Berlín, de norte a sur y de este a oeste, por diferentes barrios y casas y bares y líneas de metro, para que podamos hacernos una imagen clara de lo que pasó en Berlín aquellos días de abril de 1945. Berlin Finales no solo es una novela bélica donde las escaramuzas se agolpan página tras páginas, los disparos nos pasan cerca mientras leemos sentados en nuestros cómodos sofás, las alarmas aéreas retumban en nuestro interior indicando que hay que refugiarse en sótanos de edificios o en el metro para evitar un bombardeo aéreo. No. Esta novela no es solo esto, es también una novela donde la conciencia del ser humano queda desnuda y diseccionada por Rein para mostrar cómo los jerarcas nazis no fueron los únicos culpables de aquellos 12 años de terror, odio, muerte y guerra, sino que sin la complicidad de una sociedad alemana que por acción u omisión aceptó ese orden de cosas nada hubiera tardado tanto en acabar. Pero tampoco hay que quedarse en esto, porque esta también es una novela donde se muestra que no todos los alemanes eran iguales, que algunos intentaron hacer que todo acabara lo antes posible, con pocos medios, teniendo a la inmensa mayoría de la población en contra y no sabiendo si el vecino o compañero de trabajo o de iglesia o de estudios o el cliente que entra en tu bar es amigo o enemigo y te puede denunciar por una frase inocua inapropiada a sus oídos.

Berlin Finales es una novela densa de leer pero que atrapa, donde la propia ciudad y sus habitantes anónimos son más protagonistas que los hombres y mujeres que Heinz Rein pone como tales. La trama que envuelve a cada uno de los miembros del grupo de resistencia que la novela sigue en sus páginas no es más que un añadido a lo que Rein quiere contarnos: cómo Berlín y los berlineses vivieron los últimos días de una guerra abismal como fue la IIGM. Las vidas de los diferentes personajes sirven de excusa para ir recorriendo dos berlines, el Berlín clandestino donde los silencios, la cautela y las ganas de acelerar el final son tangibles; y el terrenal donde la gente corriente intenta seguir su vida siempre que las sirenas antiaéreas callen, los soldados siguen luchando, siguiendo órdenes de líderes en desbandada, enloquecidos y cegados por una megalomanía asesina, y algunos intentan sobrevivir con 12 años de nazismo a la espalda.

Podría parecer por lo que ha dicho hasta ahora que Berlin Finale es una novela bélica sin más, centrada en Berlín eso sí. Lo es: es una novela bélica donde la ambientación y los personajes (aunque sin trama propiamente dicha) son más importantes que la propia contienda, donde quien sufre es mucho más importante que quien hace sufrir (y da la casualidad de que sufren muchos de muchas maneras diferentes). Pero esta también es una novela donde el ser humano, sus pulsiones y pasiones, su dicotomía, sus contradicciones cobran una importancia y un peso brutal. Qué interesantes son las conversaciones que se dan a lo largo de la novela sobre el amor, la política, la guerra, el patriotismo, el ser alemán, la fe y la creencia en algo…

Heinz Rein logra con esta novela dos cosas: una, meter al lector de lleno en la batalla de Berlín, no en mitad de los disparos (que también) sino en las calles, plazas y edificios de Berlín donde la ciudad, en ruinas, hastiada, bombardeada y acosada, sigue viviendo como puede y sus ciudadanos morando sus rincones esperando un desenlace, el que sea; y dos, hacer que el lector sea capaz de comprender aquello que puede parecer incomprensible, teniendo en cuanta que comprender no es justificar ni mucho menos. Berlin Finale es una novela magnífica sobre un momento histórico lleno de aristas, tensión e incertidumbre. Altamente recomendable su lectura sosegada y tranquila.

Caronte.

viernes, 29 de octubre de 2021

Ébano


¿Que tenía muchísimas ganas de leer este libro? Sí. ¿Qué tenía las mismas o incluso más ganas de leer por primera vez a Ryszard Kapuściński? Pues también. Desde que por primera vez leí a Javier Reverte hace años con su El sueño de África, el continente negó se me metió en la sangre infectándome con su mal sin ni siquiera haberlo pisado nunca. Por esta razón leo sobre África y sueño con ir algún día a contemplar su naturaleza sin límites y llena de soberbia, la soberbia que da el saberse única y legendaria. Porque de leyenda es todo lo que rodea al continente africano donde belleza, penuria y guerras se dan constantemente la mano creando un universo paralelo al que vivimos aquellos que no habitamos el desierto, las sabanas, la jungla, las montañas o las costas africanas. Es cierto que hasta el momento he leído principalmente o libros de viajes o de crónicas sobre África, aún no me he adentrado lo suficiente en su narrativa y literatura, pero prometo que pronto eso también lo iré solucionando.

Ébano es un libro que recoge unos 30 años de crónicas periodísticas políticas y socioculturales sobre todo el continente africano escritas por este inmenso, curioso y tenaz periodista polaco, que como muchos otros antes, al llegar a África enfermó de su mal y no se pudo quitar el agobiante calor, los olores penetrantes y los paisajes extremos del continente de su alma. No hay ficción en ninguna de las páginas de este libro, tampoco es necesario que la haya, porque en parte África es tan irreal a veces, tan diferente a lo que un “occidental” (odio estas palabras manidas y vacías que solo sirven para clasificar de manera clasista al mundo) está acostumbrado que la realidad supera a la posible ficción que las gentes de África, sus costumbres y sus paisajes pueden generar.

Ryszard Kapuściński fue un maestro indiscutible del periodismo de crónicas, de esos viejos periodistas que se lanzaban a vivir las experiencias de lo que querían escribir por su cuenta y riesgo, haciendo amigos y enemigos, aliados y rivales, viajando, llenándose de polvo, pasando hambre y miedo, arriesgando su propia integridad física para poder contar de primera mano lo que pasaba en África durante los años en los cuales el continente estaba más convulso y más cambios se produjeron en el mismo. Ébano es un libro esencial para entender cómo fue el despertar de África en el siglo XX, cómo pasó de ser un continente colonizado a ser un continente “libre”, y lo pongo entre comillas porque mientras haya guerra, hambre y enfermedad crónica, África nunca será libre del todo, seguirá tiranizada por la pobreza y la desidia del resto del mundo que mira con impasibilidad lo que sucede más allá de sus paisajes.

Aunque no es un libro de viajes, porque en absoluto en las páginas de Ébano se recomienda, ni se describe más allá de lo necesario, experiencias o paisajes idílicos, sí que es cierto que gracias a la manera de contar que tiene Kapuściński se generan en el lector ganas de visitar África, mezclarse con sus gentes, recorrer sus polvorientos caminos y dormir al raso de su inmenso e infinito cielo. Pero donde se centra el periodista polaco es en narrarnos cómo un continente empieza a despertar y pasa de estar oprimido por blancos europeos a estarlo por negros corruptos que esquilman, odian y guerrean constantemente.

Etnias, clanes, tribus, familias, guerras, hambre, muerte, sangre, dictadores, crueldad, animales salvajes, mercenarios, secuestros, robos, enfermedades, religiones, ritos, creencias, supersticiones, hechiceros, niños guerreros, mujeres fuertes, hombres corruptos… Ébano muestra absolutamente todas las facetas que han contribuido a conformar la imagen, entre idealizada y realista de un continente eterna y permanentemente atizado por guerras y males que son casi endémicos en África.

Con los textos que en Ébano se recogen los lectores podemos viajar de la mano de Ryszard Kapuściński por la historia más reciente de África, y aunque las crónicas en este libro recogidas abarquen hasta los 90 más o menos, podemos extrapolar sus lecciones hasta el día de hoy, porque a pesar de que ahora África está más calmada que hace varias décadas, ya no hay tantos golpes de estado, ni revoluciones, ni guerras en diferentes puntos, el hambre, la enfermedad, el olvido por parte del resto de la comunidad internacional (salvo China, que está siendo el país más inteligente geoestratégicamente hablando) y el odio permanente entre etnias y pueblos que deben convivir en un mimo país cuyas fronteras fueron trazadas por europeos, todo eso sigue presente en mayor o menor medida por todo África.

Leer Ébano me ha hecho darme cuenta de lo necesario que es tener un buen periodismo, crítico, resolutivo, con profesionales que vayan al centro de la noticia y la cuenten no desde el oficialismo de los ministerios y palacios presidenciales, sino desde la calle y el polvo del camino, hablando con la gente que es la verdadera protagonista de las decisiones que unos pocos toman en sillones y salones decorados profusa y ricamente. Además, este libro me reafirma en la necesitad que tenemos de la literatura en todas sus formas y géneros, en el poder de la palabra, de la capacidad inmensa de conmover y emocionar, de mostrar la realidad. Tras su lectura puedo afirmar que es uno de los libros fundamentales para poder entender el presente de África y todo aquel que tenga el gusanillo dentro por este continente debería hacerse con él y leerlo.

Caronte.

viernes, 30 de julio de 2021

La canción del cielo

Una de las tareas más complicadas para un lector, al menos para mí, es elegir la lectura o lecturas que nos acompañarán durante nuestras vacaciones (que no el verano, que es mucho más largo y no hay problema de elección ya que en mi caso no es más que una prolongación del periodo ordinario del resto del año). En años anteriores lo que he hecho durante la semana de vacaciones que suelo irme a la playa a desconectar de todo y de todos (salvo de la lectura) ha sido llevarme algún libro para releer, actividad de la que no soy muy asiduo por eso de que releer algo ya leído me hace perder tiempo de leer algo que nunca ha pasado por mis ojos. Sin embargo, este año he decidido arriesgar algo más llevándome no solo una novela que llevaba en mi pila de pendientes muchos meses ya (casi un año diría yo) sino a un autor al que nunca había leído. Y solo me llevé un libro sabiendo que por su extensión y siendo en inglés no me daría tiempo a leer mucho más, asumiendo además el riesgo de que no me gustara y me quedara sin lectura vacacional.

La canción del cielo (título en inglés Birdsong, que cada cual saque sus conclusiones sobre la interpretación del título para su traducción) es una novela de amor y guerra, de luchas personales y superación, de muerte y vida, de salvación y condena. Con el trasfondo de la primera guerra mundial, esa guerra de trincheras, frío, barro, agua embalsada, terrenos pantanosos, bosques neblinosos y túneles hacia las profundidades de la tierra donde espiar al enemigo y tenderle trampas o caer sepultado en trampas contrarias; con este trasfondo Sebastian Faulks elabora una historia de amor y familia a lo largo del tiempo.

Siempre me han gustado las novelas históricas, o más que históricas, aquellas que tienen un trasfondo real, bien documentado, que hace que la historia principal cobre fuerza y matices de verosimilitud extrema. La canción del cielo no es una novela sobre la primera guerra mundial y al mismo tiempo es la mejor novela sobre la primera guerra mundial que me he leído. Faulks consigue que el trasfondo histórico en el que se desarrolla la historia principal de amor, traición, dudas, lealtades y miedos realce la intensidad de los sentimientos de los personajes y su destino. Pocas novelas he leído tan gráficas a la hora de describir los horrores de la guerra, los olores y sonidos, los silencios, la camaradería y el mismo tiempo el egoísmo individual de quien quiere salvarse a toda costa y volver a la vida de antes.

A lo largo de su medio millar de páginas, La canción del cielo narra la historia familiar de un soldado británico que combatió con heroísmo en la primera guerra mundial dividiendo la historia en tres épocas diferentes: 1910, cuando llega por primera vez a Francia para hacer negocios con un empresario textil francés de cuya, mucho más joven, mujer queda locamente enamorado y con la que se fuga; 1916-1918, época de guerra, de trinchera y de túnel en la que las relaciones entre los diferentes soldados, sus vínculos y sus vidas personales, sus sueños y sus deseos más carnales cobran protagonismo; 1978, época en la que Faulks introduce una especie de excusa para narrar las otras dos épocas y en la que nos presenta a la nieta del protagonista que intenta entender su presente rebuscando en el pasado familiar que desconoce.

Creo que no exagero si digo que La canción del cielo es una novela soberbia y muy bien escrita, cosa que me ha sorprendido para bien, que mezcla amor y guerra, probablemente dos de las cosas que más locuras llevan a hacer al ser humano. Con un ritmo constante en la narración y una manera de contar que hace que el lector no se sienta pesado en ningún momento sabiendo que tiene entre las manos una novela extensa, Faulks consigue atrapar al lector desde los primeros compases de la novela haciéndola, sino idónea, sí muy interesante para leer en la playa, a la sombra de una sombrilla y contrastar nuestro particular paisaje de entorno de lectura con las imágenes de pueblos franceses asediados y campos de labranza convertidos en barrizales y cementerios improvisados donde los restos humanos se esparcen como semillas de agricultor.

Pero ha habido una cosa que no he terminado de entender ni de comprender su por qué. No logro discernir qué parte juega en La canción del cielo todo lo relativo a 1978 y la nieta del protagonista. Esta parte encaja muy forzadamente introduciendo una subtrama muy alejada de la principal ambientada en la guerra. Se me escapa la intención de Faulks al introducir, sin necesidad realmente porque la historia sin esta parte “actual” sigue bien armada y construida, todo lo relativo a la nieta del protagonista. Creo que o bien debería haber dado un poco más de relevancia a esta parte o bien eliminarla, porque sinceramente no aporta nada.

Quitando esto último que he dicho, La canción del cielo ha sido todo un descubrimiento como novela y Sebastian Faulks se me ha revelado como un grandísimo escritor con una delicadeza increíble a la hora de narrar. Fui con cierto temor a mis vacaciones, no por las vacaciones en sí mismas, sino por que no me fuera a gustar este libro que me llevé. Al final, no solo lo disfruté inmensamente, sino que creo que no pude elegir mejor la novela que me ha acompañado este año hasta Fuerteventura. Creo que volveré a Faulks, quizá no pronto, porque tengo multitud de lecturas pendientes (cruz de los lectores irredentos y compulsivos), pero sí sé que volveré a leer alguna de sus novelas a pesar de que en España no sea demasiado conocido.

Caronte.

martes, 22 de junio de 2021

Línea de fuego

Cada vez que Pérez-Reverte publica novela el mundo editorial español sufre una convulsión. Es de esos autores aclamados por público y crítica, y cuyas novelas conllevan una ingente campaña de promoción antes, durante y después de la publicación. Es todo un acontecimiento literario y mediático que hace que el autor aparezca en periódicos, radios y televisiones hablando de su última novela y también aprovechando para echar pestes sobre el sistema político actual español y añorando una revolución con guillotina en el siglo XVIII que por suerte o por desgracia nunca se produjo. No es para menos que se monte todo este circo para promocionar al que quizá es el escritor más vendido fuera de nuestras fronteras, porque es un muy buen novelista, quizá el que mejor conoce su oficio en España y el que sobre temas más variados y diferentes escribe. Pero en su última novela ha pinchado en hueso para mí. Atreverse a novelar la Guerra Civil española son palabras mayores y esta novela no creo que sea lo que se ha vendido que es.

Línea de fuego narra en casi 700 páginas y valiéndose de un gran puñado de personajes, un episodio ficticio durante la ofensiva del Ebro en el verano asfixiante del 38: la toma de Castellets del Segre por el ejército republicano y su posterior recaptura por parte del ejército sublevado. 700 páginas de descripciones de escaramuzas, defensas, ataques, repliegues, emboscadas, matanzas, bombardeos, tendido de comunicaciones, estrategias… 700 páginas en las que no pasa nada más que eso: la guerra. En definitiva, 700 páginas que se me han hecho muy largas, insulsas y por momentos pesadas y aburridas. A Pérez-Reverte le pido más, porque sé de lo que es capaz, porque he disfrutado con sus libros enormemente, porque es un escritor de mucho talento capaz de atraparme en las páginas de un libro. Pero en esta ocasión ha fallado.

Para mi gusto no se pueden dedicar tantísimas páginas a no contar nada sino a simplemente describir una batalla englobada en una ofensiva crucial como fue la del Ebro durante la guerra civil. Si se quiere hacer una novela sobre nuestro conflicto fratricida hay que hacerla con valor, no simplemente como excusa para demostrar una vez más que eres un crack y el único que sabe a qué huele, sabe y se siente una guerra; el único que sabe de táctica militar entre los escritores españoles; y el único que es capaz de nombrar en un mismo libro decenas de tipos de armas, tanques, aviones y demás elementos bélicos. Línea de fuego es una novela simplona pese a su extensión, maniquea y altamente engañosa. No es ni de lejos la gran novela sobre la guerra civil que he leído en algunas críticas.

Probablemente lo que más me ha cabreado de esta novela es la falsa sensación de ecuanimidad que transmite. Y es que Pérez-Reverte es muy hábil narrando cuando le conviene. Línea de fuego no hace juicios de moral, ni éticos, ni políticos sobre la guerra civil (y aquí está uno de los grandes problemas de la novela, ya que la Guerra Civil es un período histórico que necesita de crítica leal desde el presente) sino que muestras con fingida equidistancia a ambos bandos sumergiéndolos en el horror de la guerra. Que en una guerra se mata y se muere y más en una civil es una perogrullada, algo tan obvio como que el agua moja; para mostrar no se necesitan 700 páginas.

Si en la guerra civil española equiparas bandos en horror y odio y obvias las motivaciones de cada uno para matar y morir, inmediata e indiscutiblemente te estás posicionando con el bando ganador de la contienda y por tanto con quien más ha matado. El cinismo con el que se ha publicitado Línea de fuego vendiéndola como una novela que no gustará ni a los que minimizan lo hecho por un bando ni a los del otro me da rabia. Y más rabia me da, hasta el punto de decepcionarme profundamente, es ver cómo Pérez-Reverte se yergue como el defensor de la cordura y denunciante de los terrores y horrores de la guerra civil, cuando en esta novela las críticas más abiertas y directas son hacia el bando republicado, mientras que para el bando sublevado solo hay sucintos y sutiles ataques camuflados por páginas y páginas de descripciones permanentes sobre la guerra.

Podría intentar decir algo bueno de Línea de fuego, pero es que pocas cosas pueden salvarse, quizá las últimas páginas en las que Pérez-Reverte demuestra porqué es uno de los mejores narradores de aventuras y acción. Pero poco más podría añadir. Ni tan siquiera los múltiples y variados personajes pertenecientes a todas y cada una de las facciones de los diversos bandos en la guerra marcan al lector, porque todos y cada uno no son más que burdas y simples representaciones de los prototipos de los combatientes tantas veces aireados y mitologizados en novelas, series, documentales y películas. No, tampoco aquí se salva nada del fuego.

Procuro ser lo más sincero posible siempre que escribo sobre un libro intentando que la crítica sea lo más pegada a lo que me ha hecho sentir un libro, pero también al contexto del libro en general. Línea de fuego se presentó como la gran novela bélica de la guerra civil y no lo es. Como tampoco es ecuánime ni objetiva. Tengo la impresión que Pérez-Reverte ha querido emular a su admirado y loado Chaves Nogales, pero siento decir que lejos está de haberlo logrado. Las casi 700 páginas de esta novela escasean de interés y gancho porque, aunque la acción se desarrolla durante la ofensiva del Ebro en una localidad que no existe pero que bien pudo hacerlo, podría desarrollarse en Vietnam, Corea, las Ardenas o el Peloponeso y lo único que habría que cambiar serían fechas, nombres, topónimos y armas. Falta valentía y sobra arrogancia por parte de Pérez-Reverte. Esperemos que su próxima novela oculte la tremenda decepción que me he llevado con esta última.

Caronte.

miércoles, 16 de junio de 2021

Océano África

 

África… Solo nombrar el continente negro, la cuna del hombre, me hace estremecer. Amo África desde hace años y nunca la he pisado. Pero quiero. Es uno de mis mayores sueños: viajar por África y no solo por esos paisajes constantemente retratados en películas y documentales, sino por todo el continente, conociendo sus pueblos, etnias, culturas y tradiciones milenarias. Pero claro, quizá todo sea una ilusión creada a través del cine, los documentales y la literatura, y la primera vez que pise África, si es que piso el continente negro alguna vez, me lleve tal decepción que destierre su nombre y leyenda a los confines de mi olvido. No creo que pase. Siento que necesito visitar África, oler a sudor, no ducharme a diario, llenarme de polvo, temer al mosquito de la malaria y acojonarme con los ruidos de la noche acampado en mitad de una reserva natural rodeado de vida salvaje. Por esto llevaba tiempo queriendo leer este libro, mitad crónica de viaje mitad crónica periodística, de un reportero al que sigo desde hace tiempo: Xavier Aldekoa.

Xavier Aldekoa es corresponsal en África del diario catalán La Vanguardia. Lleva años recorriendo el continente negro cubriendo todo tipo de desgracias, que es el único tipo de noticias que produce esa vasta y multiétnica región de la tierra. Océano África es una recopilación de viajes y experiencias por multitud de países del continente, recorridos como antaño: valiéndose de la gente, sin exigir tratos de valor por su trabajo de periodistas, y arriesgando su vida también por ello, ya que así cómo alguien anónimo podría recorrer África más o menos sin problemas (y siempre teniendo en cuenta que un blanco resulta llamativo siempre), un periodista no puede pasar desapercibido: lleva demasiado equipo valioso (cámaras de vídeo y de fotografía, carretes, tarjetas de memoria, móviles, ipads, objetivos…) que le hacen objetivo de personas corrompidas por las circunstancias de la vida.

Para los que la literatura de viajes en un género de una trascendencia e importancia capitales sabemos que en España el gran referente de este tipo de literatura fue Javier Reverte (aunque antes autores como Delibes o Cela, grandes nombres de las letras españolas, ya hicieran libros de viajes). Quien piense que Aldekoa tiene algo que ver con Reverte se equivoca. Nada tiene que ver Océano África con los libros sobre áfrica escritos por Javier Reverte. Pero poco importa. Aldekoa no es Reverte y tampoco pretende serlo. Así como Reverte en sus libros solo pretende contar sus viajes y de hecho viaja para contar; Aldekoa viaja también por gusto y para contar al mundo qué pasa en África predominando su faceta de reportero que la de escritor.

Mediante capítulos de muy diversa extensión Xavier Aldekoa conforma en Océano África un mosaico casi completo de toda la geografía africana ya que a lo largo de sus casi trescientas páginas recorre más de una docena de países contando tanto sus experiencias personales como los conflictos que va a cubrir y relatar para La Vanguardia. Quizá a veces es más reportero que cronista de viajes, pero no es un impedimento para que la lectura del libro sea amena, interesante y evocadora, porque también hay mucho de crónica viajera y de cómo Aldekoa y sus compañeros, cuando va acompañado, se las ven y se las desean para moverse por un continente donde la amabilidad desinteresada y el chantaje violento conviven en casi total normalidad.

Leer sobre la realidad de África siempre es incómodo porque todos los males que sufre el continente salvaje vienen derivados de su pasado colonial donde los europeos (al menos nuestros antepasados) dejamos una sociedad desgarrada y al descolonizar dividimos los países como nos convino sin tener en cuenta la historia propia de cada región, etnia, tribu o clan. Océano África es un libro en el que Xavier Aldekoa nos muestra no solo el presente del continente, sino también el origen objetivo (aunque sin entrar en detalles históricos relevantes ni profundos) de muchos de las desgracias que siguen destrozando África. Aunque también haya pequeñas pizcas de esperanza en algunos países, aunque suele corresponder con esos territorios que poco o nada tienen que ofrecer a países y multinacionales occidentales.

África bien podría llamarse el Continente Olvidado, pues una vez los europeos dejamos esquilmados los países y regiones a su suerte a mediados del siglo XX nos olvidamos completamente de sus problemas relegando al olvido y la oscuridad de la memoria que el origen de muchos de ellos fue nuestra presencia. Océano África nos habla de conflictos tribales, del alza del islamismo radical en secuestros, atentados y terror; de la explotación sin fin de sus recursos por parte de empresas multinacionales que no solo expolian a los africanos, sino que destrozan la magnífica y pura naturaleza africana; de hambrunas causadas por guerras y por sequía cada vez más radicales por el efecto del cambio climático; de campos de refugiados desbordados; de niños muriendo pudiendo salvarse con apenas un gesto mínimo europeo u occidental; de las enormes desigualdades generadas y perpetuadas por la corrupción de las élites africanas que hace que en apenas un kilómetro se pase de un rascacielos de lujo a la chabola más miserable e insalubre. Es duro leer sobre todo esto, pero también muy necesario, como nos hace saber Xavier Aldekoa cuando, de manera más íntima que periodística, nos habla de la impotencia que siente al ver ciertas cosas.

Si comparo (y no debería porque ya se sabe que las comparaciones son odiosas) Océano África con los libros de Javier Reverte sobre el gran continente salvaje, obviamente no habría punto de comparación en cuanto a libro de viajes. Sin embargo, este libro de Aldekoa, su primero, además, no es simplemente un libro de crónicas periodísticas camufladas de literatura de viajes, es también un viaje diferente por África: no hay safaris, ni acampadas bajo las estrellas, ni navegaciones por lagos y ríos caudalosos africanos. Pero está África y los africanos en cada una de las páginas de este libro y con eso me basta, porque además está bien contado, de manera simple y sencilla, sin datos excesivos que nos lleven a distraernos de lo que Aldekoa quiere mostrarnos y enseñarnos de la tierra que le tiene robado el corazón y el alma.

Caronte.

lunes, 23 de noviembre de 2020

Los bosnios

En el día de las librerías, celebrado hace unos días, me acerqué a la librería de toda la vida de mi barrio. Fui con la idea de comprar tres libros: uno de ellos lo llevaba muy bien pensado, otro quería que fuera de una escritora en concreto, pero dejándome asesorar por los libreros, y el tercero quería que fuera recomendación pura y dura. No fueron tres los libros que compré sino cuatro, siendo el cuarto de ellos también recomendación 100% de los libreros que me escucharon decir de pasada que me interesaba mucho todo el tema de Europa del Este y de la guerra de Yugoslavia y los Balcanes y me encasquetaron la novela de la que hoy hablo. Y que buena recomendación ha terminado siendo. Para esto están las librerías de toda la vida, nuestros libreros de siempre, los que saben dan en el blanco con ese libro que nos llegue a la médula y nos abra en canal el cerebro activándolo como ninguna droga puede lograr.

Cada una de las escasas ciento veinte páginas de “Los bosnios” es una puñalada en el corazón, un disparo en la nuca, una laceración profunda en el abdomen, y corte certero en la yugular del lector. Velibor Čolić, autor de esta obra cruda y desalmada, realista y puramente sobrecogedora, sufrió en primera persona el desastre y el horro que fue la Guerra de Bosnia, o de los Balcanes, o de la Antigua Yugoslavia, la guerra, a fin de cuentas. Y no se anda con pequeñeces a la hora de narrar lo que vio o le contaron de aquellos años.

“Los bosnios” se divide en 4 partes: las dos primeras se componen de retazos minúsculos, casi apuntes, de la vida de diferentes personas, ninguna anónima, todos con sus nombres y apellidos, con sus apodos incluso; otra de las partes se corresponde a las ciudades y cómo sufrieron la guerra; y la última corresponde a la propia experiencia del autor a la hora de huir de un probable horror más de la guerra para terminar viviendo en Francia y escribir sobre lo que vivió en francés, quizá asqueado de una tierra que le convirtió en extranjero de la noche a la mañana.

El conflicto de los Balcanes de los años 90 siempre me ha generado y despertado mucho interés, quizá porque soy nacido en esa época y es también la última gran guerra que ha vivido el continente europeo con implicación directa cuyos ecos aún no se han terminado de apagar. “Los bosnios” es la perfecta representación del horror que las guerras que se desarrollaron aquellos años causaron en pueblos que hasta entonces habían convivido históricamente en paz, o relativamente en paz.

La difuminación de razas, países, estados, naciones y creencias en los Balcanes queda unificada bajo el terror, la crueldad, el odio, la rabia y la muerte que genera siempre una guerra azuzada por militares y políticos que no sufrirán ninguna consecuencia (aunque en este caso los responsables de las matanzas producidas en aquella época sí que dieron con sus huesos en los banquillos de los tribunales internacionales de justicia). “Los bosnios” condensa todo eso soltándoselo a la cara del lector sin filtro y sin tamizar, buscando su shock emocional y paralizando su lectura.

Al estar narrada en pequeños retazos, breves, sin florituras y sin grandilocuencias narrativas, “Los bosnios” se convierte en una novela soberbia, fría, seca, directa, concisa. A veces una fotografía es capaz de mostrar más emociones y más sensaciones que todo un documental de varios capítulos. El horror que aparece en las páginas de este libro viene casi en forma de fotografías, o como se dice en la contraportada de esquelas mortuorias: breves y definitivas.

Aviso de ante mano que “Los bosnios” no es una novela fácil de asimilar. Su lectura sencilla y rápida se ve constantemente interrumpida por los puñetazos directos a los riñones, que doblan al lector y las patadas que dejan sin respiración y nos hacen parar para asimilar, si es que se puede asimilar lo que esta novela narra, lo que acabamos de leer. Quien no se sienta conmovido por las páginas de este libro es que no tiene sangre en sus venas, ni un ápice de misericordia en su corazón. Pocos libros han conseguido que interrumpa tanto la lectura a mitad de página, o de frase, o de párrafo para leer dos veces lo que acababa de pasar por delante de mis ojos clavándose en mi cerebro. Este libro ha conseguido lo que la literatura debería conseguir siempre: emocionar, conmover y cambiar al lector.

Caronte.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Las golondrinas de Kabul

De nuevo me toca reseñar una novela leída en francés, idioma que he retomado después de muchos meses sin leer en él. Y reseño una de esas novelas cuyo eco suele quedarse resonando en la cabeza de los lectores durante un tiempo indeterminado y que nos hacen darnos cuenta del poder tan descomunal que puede tener la palabra escrita y de la fuerza que tienen los libros para perdurar en el recuerdo como si fueran vivencias experimentadas en la propia piel. Además, vuelvo a reincidir en una época concreta, reciente, misteriosa, desconocida y dolorosamente sangrante: Afganistán y los talibanes que han convertido aquel lejano país de resonancias míticas en una tumba abierta, en una fosa común donde el mundo está echando lo peor que el ser humano es capaz de generar. A esto sumo también el descubrir a un escritor nuevo, árabe (magrebí, mejor dicho), argelino, que asombrosamente, dado el origen que tiene, firma sus novelas con nombre de mujer: Yasmina Khadra.

“Las golondrinas de Kabul” (título traducido exactamente desde el francés “Les Hirondelles de Kaboul”, no era difícil esta vez hacer una buena traducción) es una novela muy dura, diría que extremadamente dura y dolorosa, sobre el Kabul de los talibanes y la sinrazón que general la intolerancia, en este caso religiosa, en la población, cuando la violencia y la fuerza de las armas se imponen a cualquier otro designio.

A través de cuatro personajes principales y un par de ellos secundarios, “Las golondrinas de Kabul” esboza una ciudad, una sociedad, un país, sin futuro, sin presente y con un pasado enterrado en el olvido a base de odio, intolerancia, guerras, pobreza y muerte. Yasmina Khadra no da lugar a la compasión ni a la esperanza en su narración, y muestra sin tapujos una sociedad sin ilusión, sin posibilidad de resurgir a corto plazo: una sociedad fracasada a base de injerencias extranjeras y dejación de funciones de la comunidad internacional.

Son dos parejas las protagonistas, representadas principalmente por los hombres de cada una de ellas. Hay que recordar que en la sociedad afgana las mujeres no pintan nada, no son nadie, menos que objetos o animales, seres a los que se les permite vivir y que mejor que estén calladas y sumisas. “Las golondrinas de Kabul” retrata con desesperanza y desasosiego a dos tipos diferentes de hombres y mujeres: por un lado, el matrimonio de intelectuales burgueses que han visto como todo su mundo ha desaparecido y por otro el matrimonio de un hombre guardián de una prisión que odia a su mujer y la trata mal, con desprecio y resignación, tal y como sus “amigos” y “camaradas” radicalizados le dicen que tiene que proceder, pero que es incapaz de repudiar a su mujer para coger a otra.

Desde la primera escena de “Las golondrinas de Kabul” el lector sabe que va a presenciar y a leer en las páginas de esta novela unas historias que se entrelazarán al final, pero que huelen desde el principio a tragedia y drama, donde no hay posibilidad de felicidad, ni de un final con ilusión. Las pocas veces que Yasmina Khadra deja que el lector se ilusione es para a continuación hundirle aún más profundamente en el horror de una ciudad muerta en vida, donde sus habitantes deben malvivir, sobrevivir y arrastrarse con la cabeza agachada y humillada ante los talibanes armados y radicales que impedirán si quiera un esbozo de risa, indecorosidad o frivolidad.

La Guerra de Afganistán es uno de esos conflictos perennes en el tablero de juego internacional; eses pozo sin fondo donde la barbarie, la depravación, el fracaso de la sociedad occidental y la lucha de intereses han hecho morir a una sociedad que era inocente y que ahora debe enfrentarse a sus propios miedos y fantasmas. “Las golondrinas de Kabul” es buen ejemplo de ello ya que a lo largo de sus páginas vemos como lo que parecía perfecto no lo es, quien parecía ejemplar y tolerante deja de serlo y se convierte en un monstruo más llevado por la sinrazón y la ceguera del odio. Nadie en la novela es quien parece ser, nada parece que va a desarrollarse como se espera que ocurra.

Como he dicho ya, “Las golondrinas de Kabul” es una novela que deja un poso muy amargo en el lector y que hace que resuene en nuestras cabezas durante aún algunos días una vez se ha pasado la última de sus páginas. Pero no es para menos: si la primera escena golpea en el hígado un gancho directo que nos destroza y nos predispone para el horror, la última no se queda atrás y destroza la poca esperanza o ilusión que este libro pueda inspirar. Solo los pequeños sueños de uno de los protagonistas de esta historia parecen querer infundir algo de bienestar; solo quizá las menciones a los amaneceres inocentes de Kabul, a sus golondrinas, dan belleza a una historia que destroza cualquier corazón sensible.

Para terminar, creo que es conveniente avisar de que “Las golondrinas de Kabul” no es una novela para todos los públicos. Su dureza va más allá del simple efectismo de algunas novelas lacrimógenas: aquí también se plantean reflexiones interesantes al lector que nos hacen pensar. Si se está dispuesto a experimentar un desasosiego constante y no entrever casi luz al final de un túnel de horrores, sangre, muerte y odio, esta novela se puede disfrutar sabiendo que por desgracia la ficción que narra es la realidad oculta de un país que todos sabemos nombrar, pero al que nadie soñaríamos con ir.

Caronte.