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jueves, 28 de julio de 2022

Cometierra

Hay autores cuya sombra es demasiado alargada y ni tan siquiera son su muerte mengua. Uno de esos autores, que además está en el imaginario de cualquier lector ya sea porque lo haya leído como por haber oído hablar de leer y tener pendiente leerlo, es Gabriel García Márquez, quizá el escritor más relevante e influyente de toda una generación de escritores iberoamericanos y uno de los más grandes autores en español de la historia. Sin haber sido el inventor ni el ideólogo del realismo mágico, García Márquez ha dejado una impronta tal en las letras iberoamericanas que en cualquier autor contemporáneo del otro lado del charco se pueden leer ecos de su manera de contar la realidad, las penas y tristezas de la vida, la desgarradora, desoladora y dolorosa existencia humana, de tal manera que el lector sepa que pese a todo siempre hay color, música, tactos y gustos que nos pueden devolver las ganas de vivir y seguir buscando esa felicidad que muchas veces tenemos sin saberlo.

Dolores Reyes ha escrito una novela que entronca directa y frontalmente con la tradición narrativa iberoamericana más pura rescatando un realismo mágico que sirve no solo como fondo y tono de la narración sino como elemento fundamental de esta historia. Cometierra nos lleva a un mundo de violencias a través de una mujer, una niña prácticamente, que comiendo tierra de lugares que han vivido un acontecimiento traumático puede ver qué pasó allí. Así, de episodio traumático en episodio traumático y mediante capítulos cortos, pero de muy alta intensidad, nos vamos adentrando en una sociedad podrida y maldecida por una violencia estructural que lo cubre e inunda todo sin dejar un solo resquicio para la tranquilidad y la paz, ahogando aspiraciones, sueños y deseos de aquellas gentes que lo único que pretenden es vivir tranquilamente su vida, prosperar e intentar ser felices con lo que tienen.

Bien planteada, bien narrada y bien concluida Cometierra es una primera novela soberbia, rica, llena de matices y con una profundidad en lo que nos cuenta que duele y lleva a pensar porqué el mundo está tan lleno de violencia, tan podrido, tan ávido de sangre y muerte. Tendemos a pensar que el ser humano es bueno por naturaleza, pero cuando leemos novelas así donde, pese a la ficción, el componente de relato realista es tan alto uno piensa si el hombre no será la mayor lacra que existe actualmente en el mundo para la vida. Estremece leer sobre la violencia generalizada que existe en diferentes partes de Iberoamérica, una violencia enquistada y ya acostumbrada, que parece inherente a ciertos ambientes pero que termina alcanzando a todos los estratos de la sociedad de una manera u otra.

Que la violencia engendra violencia es, además de una frase hecha, una muy triste y lamentable realidad. Cometierra no solo nos habla de una violencia que tiene como foco y objetivo a las mujeres para atemorizarlas, someterlas y hacerlas nulas en cuanto a poder de decisión, sino de todas aquellas violencias que derivan de esta violencia principal. Violencia hacia las chicas jóvenes, vistas como objeto sexual y medio de saciar instintos básicos, animales y primarios siempre a través de sometimiento. Violencia en el matrimonio donde la mujer calla con tal de que esa violencia no se extienda a los hijos, sin darse cuenta que tarde o temprano se extiende. Violencia llena de odio y venganza, que intenta resarcir muertes con más muertes.

Narrar toda esta violencia y el proceso de maduración de una joven muchacha huérfana de padres (madre muerta y padre ausente) que tiene en su hermano el único apoyo fiel y tierno no es sencillo, y no hubiera sido igual de lúcido hacerlo sin recurrir a ese realismo mágico tan puro como el que Dolores Reyes usa en esta novela. Cometierra se convierte así en quizá la novela más mágicamente realista de todas las que desde García Márquez he leído haciendo que su lectura sea todo un viaje sensorial que atraviesa todo nuestro cerebro para posarse allí donde más necesitamos: donde las sensaciones y emociones se transforman en sentimientos y reacciones físicas en nuestro cuerpo. Generar emoción con la escritura no es sencillo; hacerlo además con tu primera novela es casi imposible.

Quiero concluir añadiendo que si no fuera por las recomendaciones que he recibido para animarme a leer esta obra no la hubiera buscado con ahínco ni comprado en la pasada feria del libro de Madrid. Cuando se publicó fue verdaderamente todo un soplo de aire fresco editorial y no me extraña que así fuera. Plantear una realidad tan amarga de manera tan poco usual, dejando que lo inverosímil sea el medio de contar una triste realidad no es algo que se vea muy a menudo sin caer en algo forzado e irreal. Cometierra tiene todo lo que una novela del realismo mágico debe tener al mismo tiempo que trata aquellos temas que la literatura iberoamericana escrita por mujeres debe tratar. Desde luego, creo que quien la lea no quedará defraudado.

Caronte.

martes, 24 de mayo de 2022

Un lugar llamado Antaño

Los Premios Nobel siempre me han generado mucho respeto. Creo que ser digno de una distinción como la sueca presupone ya cierto nivel, cierta categoría, en el mundo de la literatura. Pero que un autor tenga el Nobel no es sinónimo de que su obra deba gustar. Vargas Llosa, Cela, García Márquez, Saramago, son autores a cuya obra vuelvo constantemente porque me hacen sentir par lectora y reconfortarme con historias sobre temas universales contadas con estilos llenos de matices. Sin embargo, Böll, Golding o Grass se me hicieron pesados de leer (por no querer decir infumables). Pero los premios literarios de cierto prestigio son así y nadie puede hacer nada para que eso cambie. La aclamación de crítica y público rara vez coinciden, por eso cuando lo hacen las sensaciones son soberbias. Poder conectar con un Nobel, para mí, es una sensación extraña, que me acerca a un nivel de lecturas alto, con cierto prestigio (puede que suene pretencioso, pero es así). Mientras que cuando leo un Nobel y me quedo indiferente y frío algo se rompe y retrocede en mi mundo literario.

Un lugar llamado Antaño fue una de las primeras novelas publicadas por la reciente (2018) Nobel Polaca Olga Tokarczuk allá por 1996, aunque no haya sido hasta hace bien poco que se haya editado y publicado en España (al albur de la concesión del Nobel supongo). Que comprara y leyera esta novela, que ni de lejos estaba en mi lista mental de libros y escritoras que descubrir, es culpa de un amigo editor que una mañana mientras paseábamos por la Feria del Libro Viejo y de Ocasión de Madrid, y viendo esta novela en uno de los puestos, me dijo que me comprara el libro que probablemente me iba a gustar. Bueno, lo de gustar lo podría entrecomillar porque no es que me haya disgustado sino, que simplemente me ha dejado bastante igual la lectura de una novela que venden como llena de un realismo mágico a la europea, pero con la que yo no he logrado conectar en ningún momento.

Es un poco indignante que en el propio resumen del libro que se hace en la contraportada se hable de Un lugar llamado Antaño como una novela de realismo mágico. Me parece un insulto que se intente encuadrar este libro en una corriente de la que García Márquez fue uno de sus principales valedores y cuyas novelas sí están impregnadas de un realismo mágico que deja al lector en la frontera de un mundo imaginario pero real. Tokarczuk narra la vida en un pueblo mediano polaco de sus habitantes: sus relaciones personales, sus envidias, rencores, rencillas y perdones… Pero de realismo mágico no veo nada de nada… Que simplemente porque el pueblo donde se desarrolla la acción no exista y porque en toda la novela se usen recursos literarios que deforman la realidad que, comúnmente, un lector entiende como verídica, empleando trucos bastante manidos ya no debería ser suficiente como para tratar esta novela dentro del realismo mágico.

Para mi el realismo mágico implica una deformación de la realidad donde lo fantástico e improbable se entremezclan con lo real y tangible para conformar una unidad narrativa casi perfecta en la que la ficción sirve para explicar y entender mejor el mundo en el que vivimos. Un lugar llamado Antaño es una novela que roza el realismo costumbrista, más el que el mágico. No hay una deformación suficiente de la realidad y se exponen hechos en lugares y condiciones que bien se pueden identificar con cualquier pueblito polaco que haya vivido el siglo XX con sus dos guerras mundiales y su dictadura comunista bajo el yugo asfixiante de la URSS. En esto no veo yo mucho realismo mágico y, sin embargo, he estado toda la novela buscando paralelismos con aquellos autores y novelas del realismo mágico como yo lo entiendo y poco he encontrado, por no decir nada…

No voy a quitar méritos a una novelista como Tokarczuk, que supongo que tiene su público y que por algo recibió el Premio Nobel hace un par de años. Tampoco quiero que parezca que Un lugar llamado Antaño es una pésima novela, porque no lo es para nada. Solo quiero dejar claro que aquello que se vende como una novela llena de fantasía para contar el terror del día a día de una sociedad y un pueblo prototípico y representativo de un todo, dejando a un lado la frialdad que a veces puede tener el costumbrismo. Como novela realista costumbrista estamos, aunque una novela notable en el que su coral de personajes conforma una partitura narrativa digna de mención. Pero pese a esto tengo que decir que no he llegado a conectar con la novela, ni con la trama, ni con el ritmo.

Como dije al principio, no haber llegado a conectar con Un lugar llamado Antaño, con esta novela de la novela Tokarczuk me hace sentir mal. Y no sé el motivo real para ello. En el fondo debería sentirme orgulloso de ser capaz de leer a un nobel y cuestionarle, pero también tengo la sensación de haber fracasado como lector no sabiendo valorar lo que he leído. Pero cuando uno no conecta con algo no conecta y pocas más vueltas se le puede dar al asunto. Siento si esta reseña desanima a alguien a leer esta novela o a acercase a la escasa obra publicada en español de Olga Tokarczuk, pero me dije en su momento que intentaría siempre escribir sobre lo que leo sin medias tintas y sin dejarme nada en el tintero por decir.

Caronte.