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miércoles, 3 de agosto de 2022

La librería

Hay libros que automáticamente se convierten en un puro canto amor por los propios libros, por la literatura y por la lectura. Este es uno de esos libros. Escrito en 1978 por Penelope Fitzgeral inmediatamente se convirtió en una de sus obras más famosas y celebradas (de hecho, fue nominada al Premio Booker, que no ganó Fitzgerald ese año pero que, al siguiente, con otra de sus novelas, sí consiguió). En el año 2017, la directora Isabel Coixet llevó al cine una adaptación de esta novela, con ligeros cambios en el guion haciendo que la versión cinematográfica, a mi parecer, sea algo más dramática y sensiblera que el propio libro. En mi verano literario en femenino, planeado casi de improviso durante la última Feria del Libro, tenía claro que de la Editorial Impedimenta (cuya labor y edición es exquisita) me iba a llevar a casa esta magnífica novela, que desde que vi la película de Coixet en su día llevaba queriendo leer.

Como el propio nombre de la novela indica, La librería gira en torno a la librería que, obstinadamente, Florence Greene pretende abrir en una casa muy codiciada y, según dicen, encantada y llena de fantasmas, pero abandonada en un pequeño pueblo marítimo inglés donde los poderes sociales establecidos desde hace decenios no ven con buenos ojos. Esa obstinación, ese tesón, esa terquedad si se quiere decir, que emana simplemente del amor a la cultura y a los libros como puertas magníficas y robustas de acceso a ese mundo infinito del conocimiento y las aventuras, son lo que mueven a Florence a superar cualquier obstáculo, cualquier comentario malintencionado, cualquier palo en la rueda y terminar abriendo su librería y vendiendo libros a los vecinos de su pueblo pesquero.

Penelope Fitzgerald no escribió una simple novela, una historia más en La librería, sino toda una carta de amor por los libros y la literatura, por el arte que es escribir. Un canto de libertad hacia una de las maneras de arte más versátiles que existen, de cultura y conocimiento, de aventuras y viajes más allá de nuestras vidas y entornos. Pero también mostró, de manera sutil pero firme, cómo no siempre la cultura, el saber y el conocimiento triunfan, y cómo siempre, se vaya donde se vaya, hay quien intentará torpedear una buena idea y amaestrar a la población para que piense que los privilegios de unos pocos son los derechos de todos.

No dio puntadas sin hilo Fitzgerald en La librería y lo que, en ocasiones, parecen simplemente un lance entre personajes, una conversación intrascendente para dar verosimilitud y trasfondo a la historia, son dardos lanzados con una intención muy clara: criticar a la burguesía rural inglesa que durante décadas, por tradición más que por derecho, han ejercido una influencia dañina y mezquina, ruin y miserable, sobre poblaciones humildes, impidiendo un beneficio general de la comunidad para simplemente manejar las cosas para engrosar aún más su poderío y sus propiedades, valiéndose de cualquier arma a su alcance.

No quiero decir con lo anterior que La librería sea una novela política o social, ni que sirva para denunciar ningún comportamiento enquistado. Para nada. De hecho, no hay la profundidad suficiente en el análisis, planteamiento y desarrollo de esos aspectos como para que no sean más que retazos de esbozos. Pero ahí están: no fueron casuales, ni accidentales y no pretendían simplemente decorar una narración. Si el personaje de Florence Greene representa el tesón, la osadía y la luz de la cultura; su contraparte, la Señora Gamart representa el antiguo régimen, la tradición y la inmovilidad, los privilegios y el egoísmo más cegador. El enfrentamiento indirecto permanente entre ambas mujeres termina siendo ganado por la poderosa, como casi siempre, haciendo que Florence cierre la librería y tenga que marcharse del pueblo para seguir con su sueño en otra parte donde pudiera ser mejor recibida.

Leer La librería ha sido todo un chute de energía a nivel personal. No puedo negar que desde hace unos años uno de mis sueños más recurrentes es abrir mi propia librería donde poder no solo vender y recomendar libros a todos aquellos lectores que hasta ella se acercaran, sino organizar actos de amor a los libros y a los escritores con los que demostrar que los libros, la escritura, la literatura son uno de los grandes pilares de la cultura y las artes. Penelope Fitzgeral llevó a las páginas de su libro lo que ahora es para mí un sueño. Sueño que sé que no voy a cumplir a corto o medio plazo porque sé que económicamente no es viable a día de hoy que monte una librería, y mucho menos quizá en Madrid, donde se vería engullida por ese espíritu competitivo y ultra liberal que marchita todo lo que toca y que en Madrid ya es epidemia casi mortal. Quien sabe si en algún momento podré ser una Florence Greene exitosa en alguna población y tener mi propia librería, para la que incluso ya tendría nombre.

En estos días tediosos de verano que estamos viviendo y que llevamos sufriendo de manera continuada más tiempo del que sería deseable en Madrid, tomar en nuestras manos La librería, viajar hasta un pequeño pueblo pesquero inglés, idílico, y acompañar a Florence Greene en su sueño de tener un oasis de cultura y libros es de los mejores planes que se pueden tener. Y, además, nunca está de más leer un clásico de la literatura que se lee como una fábula de amor por los libros.

Caronte.

sábado, 30 de julio de 2022

Ceniza en la boca

Continuo mi racha de lecturas de escritoras iberoamericanas con una novela que vuelve a ser una recomendación de varias personas por redes sociales de las que me fío y a las que respeto por sus lecturas. Y vuelve a ser un libro de los que me compré en la pasada Feria del Libro de Madrid: de los 15 libros con los que me hice durante los tres fines de semana que duró la feria ya apenas me quedan 4 por leer, los más extensos, los menos frescos de leer para los trayectos en metro o tren hasta el trabajo o inmerso en el calor de mi piso por las tardes o las mañanas. Está siendo un verano de lecturas en femenino y desde el otro lado del atlántico, donde el español conversa ese colorido, esas expresiones, esa sonoridad que lo hace ser tan diferente al monotono español castellano (sé que es muy antiguo llamar castellano al español, pero me permitís esta pequeña licencia).

Ceniza en la boca comienza muy fuerte, con el relato y descripción del suicidio de la protagonista narradora de esta historia. Este hecho, este shock brutal y frío, que se narra sin contemplaciones ni miramientos y que estremece por imaginarlo tan vivamente como si estuviéramos viendo como cae el cuerpo de un joven desde un quinto hasta estamparse contra el suelo en directo rompe cualquier molde narrativo. Podría incluso ser muy Tarantino este inicio de novela, muy hardcore. Se leen hasta los posibles sonidos que el cuerpo pudo hacer al chocar contra el pavimento de la calle. Tiene incluso cierto tono de regodeo e incluso de humor negro. Este suicidio da pie a una novela corta, intensa y muy social que dejará sin duda poso y huella en el lector una vez cierre el libro.

Brenda Navarro parte de un suicidio, algo que sigue siendo tabú en nuestra sociedad y que, sin embargo, es más habitual que muchas de las causas de muerte a las que estamos acostumbrados y de las que hablamos con total y absoluta normalidad. Ceniza en la boca es una novela que sirve como catalizador social ya que enciende la mecha del lector para que este piense y reflexione sobre temas a los que el debate público da la espalda continuamente. ¿Cómo llega un chico joven a suicidarse? ¿Qué se le pasa por la cabeza para querer acabar no ya con su vida actual sino con la infinidad de vidas que tiene por delante según las decisiones que pueda tomar? Esas preguntas y muchas otras son las que a lo largo de la novela sobrevuelan al lector.

Pero hay más, porque Brenda Navarro utiliza Ceniza en la boca y el suicidio que da comienzo a la novela para hacer una denuncia social inmensa sobre las actitudes sociales actuales. Desarraigo, migración, pobreza, explotación, racismo, machismo… Todas las grandes lacras de las sociedades actuales se dan la mano en una misma historia sin desentonar, sin parecer exagerado y sin caer en la autocompasión. Porque la protagonista de esta historia, la hermana del joven que decide quitarse la vida saltando por la ventana, huye de su país natal para intentar encontrar paz y tranquilidad, prosperidad y cierta felicidad en su vida pero termina encontrándose explotada en trabajos de mierda, malviviendo sin llegar a fin de mes, habitando cuartuchos insalubres alquilados por una dinerada al mes, cuidando ancianas en una Barcelona donde solo importa el dinero y la prosperidad y se oculta todo lo que huela, parezca y se oiga mal…

Ceniza en la boca es también una novela sobre la migración, sobre cómo en España son los inmigrantes los que sacan adelante las tareas más desechadas y desagradecidas, pero más necesarias para que cada vez que vayamos a un restaurante todo esté limpio, cada mañana al llegar a la oficina nuestra mesa y espacio estén limpios, que las camas de los hoteles todo incluido a los que vamos estén hechas cada vez que por la noche vayamos a acostarnos, que nos cuiden a nuestros mayores cuando estos ya son totalmente dependientes, que nos traigan ese antojo alimenticio a nuestra casa desde la otra punta de la ciudad, desde nuestro restaurante favorito en una noche fría de invierno en que no nos apetece salir de casa… Son los inmigrantes a los que llamamos negros, guachupines, latinos, ladrones y miserables y de los que nos queremos diferenciar porque nos creemos mejores los que sacan adelante el país y solo somos capaces de pagárselo mediante explotación y racismo, y si es mujer además con un machismo recalcitrante.

Siendo español y viviendo en Madrid (que es equiparable a Barcelona, donde se desarrolla parte de la novela) Ceniza en la boca es un espejo en el que reflejar las dinámicas racistas, aporófobas y machistas de esa parte de la sociedad española que se cree superior a todos, clasista, engreída, egoísta y prepotente. Quien se ofenda cuando le dicen una verdad que no quiere oír o ve un hecho que pretende esquivar cerrará esta novela tras las primeras páginas, porque no es agradable leer sobre problemas que generamos y ante los que preferimos callar y ser cómplices para no arreglarlos y que todo siga así mientras a nosotros no nos salpique. Lo que ha conseguido Brenda Navarro en esta novela es sobrecogedor y todo con contundente sencillez.

Caronte.

viernes, 22 de julio de 2022

Elena sabe

Llevaba tiempo queriendo leer algo de Claudia Piñeiro, pero no me he decidido a hacerlo hasta que hace un par de meses nominaron a esta novela al Booker International. Suelo seguir bastante los premios literarios internacionales (los patrios, ligados siempre a editoriales, me parecen tal sarta de ombliguismo, corrupción y apología de la literatura basura que me dan mucha pereza) y al Booker le considero de los más prestigiosos y decentes, y de sus nominados y ganadores siempre he sacado alguna que otra buena lectura. Por estas razones, la pasada Feria del Libro este fue uno de los que compré y pasó a engrosar mí, ya de por sí, enorme pila de libros pendientes de lectura que espero bajar durante este verano tan sofocante y angustioso donde estar por la calle es un verdadero suplicio infernal y donde mejor se está, aunque sea con aire acondicionado o ventiladores a tope, es en casa sin que el astro rey fusile nuestra piel o haga que nuestra salud peligre.

Elena sabe cuenta una historia de temas tabú, de esos que intentamos siempre ocultar o que si tratamos lo hacemos de manera sutil, sin profundizar, intentando que pasen desapercibidos y el foco sobre ellos dure lo mínimo posible. La narradora y coprotagonista de esta novela es una mujer que entra ya en su tercera edad, enferma de Parkinson con necesidades de asistencia y medicación permanentes para no correr el riesgo de asfixiarse al comer o beber, o simplemente para moverse y desplazarse por el mundo. Esta mujer, consciente de su enfermedad, de sus limitaciones y de su destino, de su propio futuro, o de la escasez del mismo, se enfrenta a la investigación personal que emprende para intentar entender y esclarecer la muerte de su hija, misteriosa solo para ella, clara y cristalina para los policías que la investigaron.

Al tiempo que Elena sabe se convierte en una especie de thriller policial donde no hay investigación policial sino una madre empeñada en comprender por qué su hija ya no está a su lado para cuidarla y hacer que su enfermedad pese menos, es también una novela sobre las relaciones familiares que tenemos por obligación con nuestros seres queridos, por cotidianeidad, por tradición, porque siempre ha sido así y porque debemos querer a nuestra familia, a aquellos que tienen nuestra misma sangre. Claudia Piñeiro no se corta ni un pelo a la hora de plantear una historia donde el hartazgo supone el final de una mentira y donde los deseos de que la realidad sea como nosotros queremos que sea acaban por golpearnos y hacernos abrir los ojos ante la verdad.

Lo que me gusta de ciertos libros es que nos pongan frente a un espejo, no ya a nivel personal, sino como sociedad. Elena sabe hace esto: nos pone frente a nuestro reflejo como sociedad para mostrar lo miserables que podemos llegar a ser, lo ciegos que estamos ante un mundo que nada tiene que ver con lo que imaginamos que es y lo necios que somos al pretender vivir vidas que no queremos solo porque pensamos que debemos vivirlas así. La obcecación de la madre por ver una cosa donde no hay nada que ver; la historia de la hija que la cuida y siempre ha estado a su lado hasta que su muerte la aleja para siempre; y el cómo se llega hasta la verdad, hasta la más simple de las verdades: la única que a veces, por miedo, por ser parte de esa verdad incómoda, no queremos ver.

Desde que nacemos se nos dice que los vínculos familiares son sagrados, que la vida misma es sagrada, que debemos amar, respetar y querer a aquellos que llevan nuestra sangre. Pero, ¿alguien alguna vez se ha parado a pensar que la familia no es más que un conjunto de extraños en medio del cual vienes al mundo y creces y que por tanto simplemente quererlos y amarlos y respetarlos no es más que una aberración antinatural socialmente? Si eso pasa genial, pero lo normal sería todo lo contrario. Elena sabe es una novela que ahonda en estos temas. Piñeiro trata con naturalidad y sutileza, al mismo tiempo que con rotundidad, esta disfuncionalidad social yendo quizá a la que siempre nos han dicho que es la más sagrada de las relaciones familiares: la madre-hija.

El lector que se anime a abrir Elena sabe se va a encontrar con una historia que va creciendo a medida que avanza; que, por momentos, es incómoda de leer por meternos en la piel de una mujer mayor enferma de Párkinson que no es dueña ya de un cuerpo, el suyo, que debe drogar medicándolo para que reaccione a lo que su cabeza, aún lúcida, ordena; y que debe confirmar poco a poco las sospechas que a medida que avanza la narración va teniendo sobre el destino de la hija muerta. Enfrentar esas revelaciones, esas reflexiones que todos nos hemos hecho alguna vez pero que rara vez confesamos y si lo hacemos es con esas personas a las que llamamos amigos y que a la postre configuran nuestra verdadera familia y no la que por sangre nos toca en suerte, es revelador e incómodo porque todo lector puede verse pensando lo que la narradora y coprotagonista de la novela nos va contando. Desde luego, la nominación al Booker International que mencioné al principio está más que merecida y justificada.

Caronte.

lunes, 30 de mayo de 2022

The Spoilt City

Hace dos años gracias a la editorial Libros del Asteroide di con una autora y una novela que iniciaba una trilogía ambientada en la Europa siempre más olvidada, aquella que también ha sido siempre maltratada en parte por ese mismo olvido: los Balcanes, Rumanía y Grecia. Libros del Asteroide recuperó La Gran Fortuna, libro que inicia la Trilogía de los Balcanes de Olivia Manning: una escritora inglesa, injustamente olvidada y eclipsada por la pluma de otros hombres contemporáneos con ella, pero que cumple con absolutamente todas las características para ser un clásico de la narrativa inglesa del siglo XX donde la aristocracia y la burguesía, junto con ciertas dosis de épica y de espionaje, han sido unos de los grandes temas. No sé si Libros del Asteroide tiene pensado o no concluir la trilogía de Manning, lo bueno es que en inglés también se han reeditado recientemente y gracias a ello podré en los próximos meses, lecturas pendientes mediante, concluir con ella.

The spoilt city continua la historia de la joven pareja conformada por Harriet y Guy Pringle junto en el momento exacto en el que se dejó en The great fortune. Olivia Manning no hace fantasiosos avances temporales y continúa explorando a sus personajes de la misma manera que en el primer libro. Se nota que fue una trilogía pensada como un único libro, escrita como un único libro, algo de agradecer por parte del lector que no se ve impuesto por saltos temporales absurdos que no hacen más que incomodar muchas veces. La evolución de los acontecimientos es totalmente lineal y apenas hay digresiones o solapamientos de eventos.

Bucarest sigue siendo el centro neurálgico de la acción y el grupo de amistades locales e inglesas de los Pringle siguen siendo los acompañantes del lector durante toda la novela. Pero hay un cambio en The spoilt city, y es que toda la normalidad que hasta ahora se vivía en Rumanía y su capital empieza a tambalearse. La historia y su curso imparable barren de un plumazo la tranquilidad rumana en la periferia de la IIGM y los acontecimientos sobrepasan a todos aquellos que pensaban que la diplomacia y las buenas maneras haría que ni la tradición ni la tranquilidad se quebrarían. Pero cuando un loco genocida aspira a todo, nada puede pararle. Pero esto no son más que los acontecimiento históricos que pasan al mismo tiempo que la propia intrahistoria de los protagonistas que se ven arrastrados por el tsunami de la guerra y la historia sin poder ofrecer más que una resistencia simbólica, sabiendo que solo si no se aferran a nada fijo podrán intentar salir adelante en una tierra que empieza a dejar de ser amigable y se convierte en hostil, donde un inglés ya no es un miembro de la burguesía extranjera en una ciudad pobre, sino un enemigo del pueblo y de la lucha de las naciones fuertes (del Eje).

La relación entre Harriet y Guy en The spoilt city empieza a ser más madura. Y si en la primera entrega de la trilogía el matrimonio daba sus primeros pasos de casados con ilusión y miedo al mismo tiempo, partiendo de esperanzas diferentes y con objetivos diversos cada uno, y lejos de casa, en un entorno entre hostil y exótico, en esta segunda entrega Harriet da un cambio gigantesco en su forma de ser: deja de ser una joven sumisa a pensar por sí misma, a exigir a Guy su parte del matrimonio, que lo ejerza, que no sea simplemente parte de un papel firmado ante Dios. Guy por su parte sigue tan idealista como siempre, tan estoico en sus decisiones, tan inglés hasta el final, hasta que los acontecimientos les barren de arriba abajo y la barbarie se instala en una vida relativamente cómoda en el confín de un continente y tan lejos de su plácido (aunque en guerra esté en llamas y parcialmente ruinoso) y aristocrático Londres.

No puedo negar que este tipo de novelas donde los protagonistas son burgueses de alta cuna que se las dan de amantes del mundo y protectores del bienestar social, que frecuentan tanto fiestas populares y dan limosna a los pobres interesándose por ellos como van a fiestas privadas con caviar y champán, trajes obscenamente deslumbrantes y música actual de fondo, me encantan. The spoilt city tiene mucho de este tipo de novelas de burguesía, pero además tiene ese eco y trasfondo de novela clásica inglesa de espionaje, de maniobras en la oscuridad, de diplomacia a través de agentes culturales, o propaganda sucinta pero clara. Es una mezcla perfecta, narrada además de manera sutil y delicada como solo Manning puede hacer, sin dar esos aires de grandilocuencia que los hombres suelen dar a estas novelas.

Si no habéis leído aún The Great Fortune estáis tardando (ya sea en español o en inglés) y si lo habéis hecho y aún no os habéis hecho con The spoilt city estáis tardando aún más (aunque en este caso en español aún no esté disponible, o si lo está probablemente lo esté en alguna librería de segunda mano perdida en algún callejón torcido de alguna ciudad). Tengo ganas además de leer el cierre de la trilogía, que abrirá un nuevo horizonte en la relación de los Pringle al estar separados por la guerra y en lugares diferentes: Atenas y Bucarest. Nuevos horizontes y probablemente nuevas maneras de abordar su vida que me apetece explorar.

Caronte.

martes, 24 de mayo de 2022

Un lugar llamado Antaño

Los Premios Nobel siempre me han generado mucho respeto. Creo que ser digno de una distinción como la sueca presupone ya cierto nivel, cierta categoría, en el mundo de la literatura. Pero que un autor tenga el Nobel no es sinónimo de que su obra deba gustar. Vargas Llosa, Cela, García Márquez, Saramago, son autores a cuya obra vuelvo constantemente porque me hacen sentir par lectora y reconfortarme con historias sobre temas universales contadas con estilos llenos de matices. Sin embargo, Böll, Golding o Grass se me hicieron pesados de leer (por no querer decir infumables). Pero los premios literarios de cierto prestigio son así y nadie puede hacer nada para que eso cambie. La aclamación de crítica y público rara vez coinciden, por eso cuando lo hacen las sensaciones son soberbias. Poder conectar con un Nobel, para mí, es una sensación extraña, que me acerca a un nivel de lecturas alto, con cierto prestigio (puede que suene pretencioso, pero es así). Mientras que cuando leo un Nobel y me quedo indiferente y frío algo se rompe y retrocede en mi mundo literario.

Un lugar llamado Antaño fue una de las primeras novelas publicadas por la reciente (2018) Nobel Polaca Olga Tokarczuk allá por 1996, aunque no haya sido hasta hace bien poco que se haya editado y publicado en España (al albur de la concesión del Nobel supongo). Que comprara y leyera esta novela, que ni de lejos estaba en mi lista mental de libros y escritoras que descubrir, es culpa de un amigo editor que una mañana mientras paseábamos por la Feria del Libro Viejo y de Ocasión de Madrid, y viendo esta novela en uno de los puestos, me dijo que me comprara el libro que probablemente me iba a gustar. Bueno, lo de gustar lo podría entrecomillar porque no es que me haya disgustado sino, que simplemente me ha dejado bastante igual la lectura de una novela que venden como llena de un realismo mágico a la europea, pero con la que yo no he logrado conectar en ningún momento.

Es un poco indignante que en el propio resumen del libro que se hace en la contraportada se hable de Un lugar llamado Antaño como una novela de realismo mágico. Me parece un insulto que se intente encuadrar este libro en una corriente de la que García Márquez fue uno de sus principales valedores y cuyas novelas sí están impregnadas de un realismo mágico que deja al lector en la frontera de un mundo imaginario pero real. Tokarczuk narra la vida en un pueblo mediano polaco de sus habitantes: sus relaciones personales, sus envidias, rencores, rencillas y perdones… Pero de realismo mágico no veo nada de nada… Que simplemente porque el pueblo donde se desarrolla la acción no exista y porque en toda la novela se usen recursos literarios que deforman la realidad que, comúnmente, un lector entiende como verídica, empleando trucos bastante manidos ya no debería ser suficiente como para tratar esta novela dentro del realismo mágico.

Para mi el realismo mágico implica una deformación de la realidad donde lo fantástico e improbable se entremezclan con lo real y tangible para conformar una unidad narrativa casi perfecta en la que la ficción sirve para explicar y entender mejor el mundo en el que vivimos. Un lugar llamado Antaño es una novela que roza el realismo costumbrista, más el que el mágico. No hay una deformación suficiente de la realidad y se exponen hechos en lugares y condiciones que bien se pueden identificar con cualquier pueblito polaco que haya vivido el siglo XX con sus dos guerras mundiales y su dictadura comunista bajo el yugo asfixiante de la URSS. En esto no veo yo mucho realismo mágico y, sin embargo, he estado toda la novela buscando paralelismos con aquellos autores y novelas del realismo mágico como yo lo entiendo y poco he encontrado, por no decir nada…

No voy a quitar méritos a una novelista como Tokarczuk, que supongo que tiene su público y que por algo recibió el Premio Nobel hace un par de años. Tampoco quiero que parezca que Un lugar llamado Antaño es una pésima novela, porque no lo es para nada. Solo quiero dejar claro que aquello que se vende como una novela llena de fantasía para contar el terror del día a día de una sociedad y un pueblo prototípico y representativo de un todo, dejando a un lado la frialdad que a veces puede tener el costumbrismo. Como novela realista costumbrista estamos, aunque una novela notable en el que su coral de personajes conforma una partitura narrativa digna de mención. Pero pese a esto tengo que decir que no he llegado a conectar con la novela, ni con la trama, ni con el ritmo.

Como dije al principio, no haber llegado a conectar con Un lugar llamado Antaño, con esta novela de la novela Tokarczuk me hace sentir mal. Y no sé el motivo real para ello. En el fondo debería sentirme orgulloso de ser capaz de leer a un nobel y cuestionarle, pero también tengo la sensación de haber fracasado como lector no sabiendo valorar lo que he leído. Pero cuando uno no conecta con algo no conecta y pocas más vueltas se le puede dar al asunto. Siento si esta reseña desanima a alguien a leer esta novela o a acercase a la escasa obra publicada en español de Olga Tokarczuk, pero me dije en su momento que intentaría siempre escribir sobre lo que leo sin medias tintas y sin dejarme nada en el tintero por decir.

Caronte.

viernes, 6 de mayo de 2022

La loca de la puerta de al lado

Esta vez la elección de esta novela ha venido motivada por fiarme de la editorial que la publica y no por nada más. De hecho, hace ya un tiempo que mis lecturas no se guían por las sinopsis de las contraportadas ni por resúmenes ni nada por el estilo. Voy más a por títulos o autores que me han llamado la atención sin pararme mucho a pensar de qué va a tratar el libro que voy a leer. Esto puede ser una gran ventaja porque te ahorras las ideas preconcebidas, pero también es un peligro sobre todo si te dejas llevar demasiado y empiezas a leer una novela pensando que es novela, y cuando empiezas te das cuenta que de novela no tiene nada y es una autobiografía camuflada de narrativa personal o auto ficción. Y es que este género tan extendido últimamente está muy lejos de interesarme lo más mínimo, y si alguna vez me he acercado a alguna obra de ese carácter ha sido por dejarme llevar demasiado por críticas.

Cada persona tiene una relación diferente con la literatura y busca respuestas distintas. La relación que se crea entre un lector y la literatura es única e intransferible. No existen dos lectores iguales, ni tan siquiera parecidos. Por ello hay libros para todos, géneros, autores, historias y formas de narrar y contar. Y cada persona buscará y leerá y disfrutará de aquello que le conmueve, emociona y llena. La loca de la puerta de al lado es un libro escrito por Alda Marini en el que la escritora italiana, casi olvidada incluso en su propio país debido a su enfermedad mental, narra su vida y cómo tuvo que lidiar siempre, desde que era joven con un mundo que su trastorno mental le hacía ver de manera diferente a como alguien “normal” lo vería.

Con un estilo tan personal como lírico y onírico, lleno de imágenes sugerentes, hermosas y poéticas, Alda Merini narra en La loca de la puerta de al lado diferentes episodios de su vida divididos en cuatro secciones: amor, secuestro, familia y dolor, en las que reflexiona en pequeños fragmentos, no siempre conexos, sobre esos temas que marcaron su vida, sus éxitos y fracasos, sus alegrías y penurias, sus momentos de tormento y sus momentos de pasión.

El problema que he tenido con La loca de la puerta de al lado es que sinceramente, más allá de haber disfrutado de un estilo muy personal y poético, poco más me ha interesado. Con todo el respeto del mundo tanto a la autora italiana, una de las grandes olvidadas de la literatura transalpina, como a la editorial, a la que respeto profundamente porque me ha dado ya varias lecturas soberbias, en esta ocasión la auto ficción o directamente la autobiografía quizá novelada me ha dejado no solo indiferente sino frío y totalmente desinteresado. No encuentro puntos en común con una autora cuya vida, siendo trágica y dramática y estando llena de dificultades y prejuicios negativos en una época donde a los locos se los internaba sin posibilidad casi de redención, poco me aporta o con la que en poco o nada puedo sentirme identificado.

Mi poca conexión con La loca de la puerta de al lado no impide que reconozca que es un libro valiente y desgarrador en el que Marini se expuso a carne viva dejando en su escritura todos sus miedos, rencores, esperanzas y traumas. Y esto siempre es difícil. Tengo la impresión que pocos libros autobiográficos son tan sinceros como este; en pocos libros de auto ficción, tan de moda ahora mismo, sus autores, centros ególatras de la narración, se desnudas con tanta verdad como lo hizo Merini en esta obra casi nacida de sus entrañas, casi una parte más de ella misma, de su conciencia, de su alma.

Pero aún así me he aburrido porque no me interesa saber de la vida de autores que nunca he seguido o admirado o leído previamente. De hecho, es que me importa poco o nada la vida de nadie real. Yo en la literatura busco historias diferentes, nuevas, llenas de imaginación e inventiva, que me trasladen física y sensorialmente a otros mundos que sean como este, a otras latitudes, a otros ambientes que no suelo frecuentar, que me expongan sentimentalmente y reten mi intelecto con dilemas morales que giren alrededor de los más profundos temas que siempre han preocupado al ser humano. La loca de la puerta de al lado no ha cumplido con ninguna de esas premisas que busco en un libro. Insisto en que lo único que podría salvar es el estilo, verdaderamente bello y lleno de imágenes creadas por una escritora probablemente excepcional pero tocada con una mente distinta y poco o nada comprendida.

Caronte.

lunes, 31 de enero de 2022

Una reina en el estrado

El año pasado, también por estas fechas, comencé una trilogía a la que tenía muchas ganas: la trilogía de Hilary Mantel sobre Thomas Cromwell y la Inglaterra del siglo XVI y de Enrique VIII. Y al igual que el año pasado esta segunda entrega de la trilogía me ha sido regalada por Reyes, por lo tanto, los paralelismos son más que evidentes y justifican que el año que viene por estas fechas termine la trilogía y lea la última de las entregas. No suelo ser yo mucho de sagas literarias o bueno más que sagas en este caso de trilogías o tetralogías o libros encadenados porque me suele dar pereza, sin embargo, la aclamación por parte de público y crítica de estas obras de Hilary Mantel me llevaron a decidir leerla y puedo asegurar que no me arrepiento de haber iniciado este viaje el año pasado y de saber que lo concluiré el año que viene.

Antes de hablar con más profundidad de Una reina en el estrado voy a hacer un comentario relativo a la traducción del título que como ya pasó en la primera de las novelas de la trilogía me parece un poco inadecuado o al menos, debido probablemente al juego de palabras que tanto en la primera de las novelas como en esta Hilary Mantel usa para, se pierde bastante matiz en cuanto al mismo. En inglés esta novela se titula Bring up the bodies expresión que se utilizaba en la torre de Londres cuando se tenía que sacar de las celdas y llevar al patíbulo a los condenados a muerte; o la expresión que en la última parte de la novela se utiliza de manera clara y que daría mucho sentido al título si no fuera porque en español se ha perdido todo ese matiz del título inglés. Pero bueno, no deja de ser un matiz.

Una reina en el estrado narra la vida en la corte inglesa de Enrique VIII tras la ejecución de Tomás Moro y la posterior caída en desgracia y ejecución de la segunda de las mujeres de Enrique Ana Bolena. Toda la narración vuelve a girar, como en la primera de las entregas, en torno a la figura del secretario Thomas Cromwell mano derecha de Enrique durante muchos años y artífice de la conversión de Inglaterra en un país protestante y su modernización dejando a la Iglesia en un segundo plano. Las intrigas, las conversaciones, los diálogos, los sueños, los anhelos, las envidias, todas las pasiones humanas se entretejen en esta maravillosa novela para entregarnos un tapiz casi perfecto de aquellos años convulsos en la política inglesa y también europea.

La Inglaterra del siglo XVI, la Inglaterra de Enrique VIII y de los Tudor, a fin de cuentas, es un período de la historia inglesa y europea muy interesante, muy convulso, con muchas ramificaciones y matices que de haberse producido de una manera diferente a la que se produjeron hubieran cambiado probablemente el curso de muchos acontecimientos posteriores. Una reina en el estrado no es solo una novela para entender y poner luz en la vida de un personaje clave en esa Inglaterra y en esa Europa del siglo XVI cómo fue Thomas Cromwell si no un fresco de toda esa época y de como se tejían alianzas, de cómo se deshacían esas mismas alianzas por intereses y conveniencia y cómo se hacía política, en resumidas cuentas, en aquella época.

Una reina en el estrado es, por así decirlo, junto con el resto de las novelas de esta trilogía, una representación escrita de lo que en su momento fue la serie de televisión de los Tudor. Personajes y tramas son prácticamente las mismas. En el caso de esta novela vemos pasar a Ana Bolena del éxito que la encumbra como mujer de Enrique VIII en detrimento de Catalina de Aragón y tras vencer sobre Tomás Moro ejecutado en la torre de Londres, a su propia ejecución en la misma torre unos años después tras caer en desgracia y ser incapaz de darle un hijo varón heredero al trono de Inglaterra al rey, quien se encaprichará de Jane Seymour y pedirá hacerla su esposa buscando las estratagemas y excusas necesarias para hacerlo, caiga quien caiga.

Así como la mayor parte de las novelas históricas parten de una ficción y la ambientan en un período histórico determinado y muy bien, en la mayoría de los casos, documentado en Una reina en el estrado lo que se nos cuentan son hechos reales. Hilary Mantel hace un enorme trabajo de documentación para ubicar a los personajes históricos en los momentos correctos de la historia y así poder reconstruir lo que fueron las intrigas de Palacio, las conversaciones secretas, los susurros al oído, las personalidades inciertas… Y lo hace de tal manera que el lector se mete en la historia, en ese período histórico, y visita las estancias reales, las privadas, las públicas; empatiza probablemente con Catalina de Aragón o siente odio por Ana Bolena, pena por Enrique, incertidumbre por Thomas Cromwell.

Lo bueno que tiene Una reina en el estrado Es que no es una novela histórica que continúa una primera para conformar una trilogía que no estaba inicialmente prevista. Hilary Mantel tenía previsto hacer tres libros sobre Thomas Cromwell cada uno de ellos enfocado en una parte relevante del período de Enrique VIII. Esto hace que el conjunto de la trilogía individualizado en cada uno de los libros sean propuestas literarias de muy alto nivel narrativo, muy bien escritas y, ante todo, muy interesantes por abrir las puertas a los lectores a una época muy compleja y difícil de explicar sin usar tecnicismos históricos o un tono docente. Estoy deseando que llegue el año que viene para dar fin a esta trilogía.

Caronte.

viernes, 22 de octubre de 2021

Esta herida llena de peces

Llevaba tiempo queriendo comprar y leer algún libro del catálogo de una pequeña editorial independiente que edita delicadamente creando libros que no solo son objetos que leer y cuentan historias, sino obras de arte por su cuidado aspecto físico (porque sí, a veces las portadas son esas primeras impresiones que nos atraen y nos hacen querer saber qué hay detrás). La editorial Tránsito nació en 2018 fundada por mujeres con la intención de editar novelas de esas que conllevan un viaje no solo sensorial para el lector sino también personal, de los que cambian. Solo han publicado a autoras, jóvenes y no tan jóvenes, noveles o no, siempre desconocidas y alejadas del gran foco de la literatura comercial. Esta también es una de las razones por las que quería acercarme al catálogo de esta editorial y este año, en la extraña Feria del Libro de Madrid, me decidí por uno de sus libros, de llamativa portada color verde casi flúor y de título más que sugerente.

Esta herida llena de peces es el debut literario de su joven autora, la colombiana Lorena Salazar Mazo, y todo un puñetazo en la mente del lector que es testigo, en primera persona, de una historia que conmueve y desgarra a partes iguales. Narrada en primera persona como testimonio de la protagonista, una mujer que lleva a su hijo adoptivo en un viaje por un río tan real como mágico del mundo rural iberoamericano en búsqueda de la verdad para afrontarla con resignación y miedo, esta novela afronta temas que suelen estar en los márgenes de la literatura siendo tocados solo de manera tangencial por esta.

Sin ser una novela pretenciosa ni grandilocuente, Esta herida llena de peces es casi un cuento para adultos en el que desde el primer momento la melancolía, los recuerdos del pasado y el miedo al futuro y la pérdida de lo que más se ama y quiere en el mundo (en este caso un niño, un hijo, adoptado por la narradora de esta historia) tejen una historia de desarrollo sinuoso como el río que hace de hilo conductor y a orillas del cual mora la más cruda existencia vital.

En toda la narración subyace y siempre está presente sin casi mención alguna la violencia intrínseca que azota desde casi siempre América Latina. Una violencia carnal y visceral, que destroza de manera directa e indirecta y para la cual no hay miramientos cuando se trata de actuar. Esta herida llena de peces no es, sin embargo, una novela sobre la violencia propiamente dicha, sino sobre el miedo que genera el amor. El ser humano no teme hasta que no ama y cuando lo hace es sin cortapisas, sin ambages y sin restricciones. El amor y el miedo en esta novela van de la mano, porque en el fondo son las dos caras de una misma moneda: la vida.

Durante la lectura de Esta herida llena de peces tuve la sensación de estar leyendo una narración que quería contarme más de lo que me estaba contando, que bajo lo escrito había todo un mundo y otras historias mucho más profundas, cuyas raíces se hundían en una herida pustulosa y pestilente que no termina de cerrar. Quien ha conocido el miedo, la pérdida, el desamor y el desgarro de la muerte sabe a que se enfrenta cuando ama. Porque es amor lo que desborda esta novela, amor de una mujer a un hijo, aunque no lo haya parido.

La ternura que desprende la narración de Esta herida llena de peces cala en el lector y no es posible no coger cariño ni temer por qué pasará al pasar la página, al continuar la lectura. No quería que pasara nada malo, nada que doliera ni desgarrase un amor tan sincero Y sin embargo, toda la novela está envuelta en un velo de misterio, en un polvo suspendido que se mete por los ojos y se pega a la piel ensuciándolo todo, haciéndolo impuro, sucio y despreciable. Por eso durante toda la lectura se intuye algo, una maldad oculta, unos motivos oscuros para emprender ese viaje en barca por un río marrón, de embarcadero en embarcadero, con pasajeros desheredados de la tierra y el dinero, sin esperanza más allá de comer algo, dormir bajo un techo y no perder una seguridad vital débil que no sabes si durará o no.

El saber que algo va a pasar que nos va a destrozar no hace que disminuya la sorpresa y el dolor cuando eso pasa, ni que sus efectos se minoricen. Esta herida llena de peces acaba como tenía que acabar, aunque el lector no quiera aceptarlo, ni pensarlo, ni imaginarlo durante su lectura. Pero es como debe ser. El golpe al lector es brutal, pero la vida suele serlo y por tanto la literatura, si pretende iluminar aquellos rincones que suelen escapar a la luz, debe provocar sombras.

Esta herida llena de peces es un libro que no va a dejar indiferente, que se lee casi de un tirón y que, desde luego, deja un poso tras su lectura difícil de quitar. Con delicadeza y muy buen gusto, siendo equilibrada en su manera de narrar Lorena Salazar ha conseguido una primera novela muy digna, muy interesante y tremendamente conmovedora. Pocos debuts son tan intensos. Gracias también a la editorial Tránsito por editar una obra así, tan alejada de lo comercial, pero a la vez tan necesaria. Totalmente recomendable. Volveré a su catálogo sin tardar mucho.

Caronte.

viernes, 8 de octubre de 2021

Terres mortes

Incursiono de nuevo en la literatura catalana actual. Y lo hago con una novela de una escritora jovencísima (no llega a los 30 años aún) que da un golpe en la mesa de la literatura con una obra fresca que recoge toda la tradición narrativa española desde la posguerra. Núria Bendicho Giró no ganó el Premio Anagrama de novela en catalán, pero el jurado destacó también su novela para ser publicada. Y ha sido un acierto. Este año, siguiendo lo que comencé el año pasado durante el confinamiento, me he puesto a estudiar catalán a través de internet de manera online y autodidacta. Ya el año pasado hice un curso de italiano y he podido empezar a leer tanto en la lengua de Dante como en la de Josep Pla o Mercè Rododera ampliando mis horizontes lectores y literarios para descubrir de primera mano y sin los intermediarios de los traductores, obras y escritores que quizá tardan algo en llegar al español. Ampliar capacidad lectora, de comprensión de lenguas que no son las maternas siempre es bueno, abre la mente y ayuda a empatizar y socializar.

Terres mortes es una novela coral donde cada capítulo tiene un punto de vista diferente y está narrado por un protagonista directo o indirecto de la trama principal diferente. Núria Bendicho ha creado una trama familiar donde las rencillas, los odios, las disputas por la tierra, las herencias materiales e inmateriales, los rumores, el aislamiento y el tiempo son piedras angulares donde apoyar todo el desarrollo de la novela. También es central en la narración el ambiente, el dónde se desarrollan los acontecimientos es fundamental: esa casa masía familiar grande, abandonada por la desidia y el tiempo, por el peso del pasado y la incapacidad de superar viejos agravios, rodeada de bosque y ligeramente alejada del pueblo más cercano.

El tiempo, el presente y el pasado, los recuerdos, los acontecimientos narrados por diferentes testigos directos o indirectos de la familia protagonista tejen un escenario entre tétrico y desolador donde el lector a veces no sabe si seguir avanzando o ni siquiera si se avanza con seguridad. Terres mortes es una novela con una historia ya conocida en la literatura española, explotada por autores como Cela, Sender o Laforet, incluso Delibes, aunque éste con otro tono, donde el paisaje donde se desarrolla la historia es tan importante como la historia misma; y donde es el drama familiar con todas sus aristas el protagonista e hilo conductor que va tejiendo toda la trama.

Terres mortes es frescura y tradición. Frescura porque su autora entra de lleno en el mundo literario con una obra con un lenguaje propio y un estilo narrativo que subyuga al lector metiéndole en una atmósfera gris, llena de nieblas y sombras. Tradicional porque en el fondo Núria Bendicho no hace más que adaptar a su mundo literario interior la gran tradición española de la posguerra de hablar de los desheredados, de familias rotas, corrompidas por el odio y la envidia, con el peso del pasado y su historia sobre la espalda haciéndoles imposible el avance y la toma de contacto con la realidad del mundo.

No sé qué tienen las novelas de dramas familiares que tanto atraen, pero Terres mortes es de esas novelas que te van descubriendo un drama arrastrado durante generaciones generado por acontecimientos radicales y brutales donde la muerte, el odio y la envidias forman un perfecto caldo de cultivo para crear una buena novela. Si además, a todo esto, le sumamos el ambiente casi gótico de la Catalunya rural de masías aisladas cercanas a pueblos donde las autoridades las encabeza el cura, y donde las rencillas y los rumores entre vecinos y los señores de la casona forman el día a día de su historia, nos sale una novela muy posguerra aunque en este caso no haya ninguna guerra en el recuerdo de nadie y simplemente sean las relaciones intrafamiliares las que sustituyan a la destrucción del odio de la guerra.

Antes de terminar añado que leer en un idioma que no es el tuyo es un ejercicio magistral de inmersión en maneras diferentes de pensar y concebir la existencia y la comunicación. Una lengua es un mundo y cada una tiene una construcción mental diferente. Por ello leer en otros idiomas (inglés, francés, italiano y catalán en mi caso) me hace sentir vivo, estar acercándome a mundos y sociedades diferentes a la mía y donde al principio me puedo sentir incómodo pero que a medida que profundizo en ellas me voy sintiendo más y más cómodo. Terres mortes ha sido mi segunda novela leída en catalán y he de decir que me he sentido más cómodo que en mi primer acercamiento a esta lengua hermana del español y con la que tanto comparte.

He terminado esta novela sabiendo que, quizá y por desgracia, pase más desapercibida cuando se publique en español de lo que debería. Terres mortes es una obra muy bien escrita y narrada creando un coro de voces y puntos de vista que hacen que el lector sea capaz de captar. Angustiosa por momentos, siempre gris y neblinosa, este drama familiar con tintes góticos rurales y ecos de la gran tradición literaria española, hacen de este debut jovencísimo una novela de gran nivel cuya autora promete y si sigue puliendo su mundo literario seguro que da futuras obras muy interesantes también.

Caronte.

viernes, 10 de septiembre de 2021

Orlando

¿Cómo puedo reseñar a Virginia Woolf, una de las más grandes escritoras británicas de todos los tiempos, cuya obra se cita constantemente y se estudia permanentemente en colegios, institutos y universidades y que sigue siendo un referente cultural y literario? ¿Cómo puedo si quiera dar mi opinión de uno de los libros más famosos de Woolf sabiendo que obviamente lo que de él diga será única y exclusivamente mi opinión? No tengo la más mínima idea. Lo que se es que me he vuelto a acercar a Virgina Woolf por un casual de club literario al que me he apuntado con gente de redes sociales, después de haber leído únicamente Al faro hace ya 5 años cuando yo aún tenía 25 y que no sé si terminé de entender correctamente. También sé que probablemente la opinión que me genera Woolf y su obra sea totalmente opuesta a la unanimidad que suele haber al hablar de esta escritora y su obra.

Orlando ha sido mi segundo intento de adentrarme en la obra de Virginia Woolf y muy probablemente sea el último. No tengo tiempo que perder en libros y escritores crípticos que hay que analizar sesudamente y que necesitan de un manual de instrucciones para interpretar y saber de qué me quieren hablar y qué me están contando. Quizá necesite madurar más literariamente hablando para poder acercarme a este tipo de escritores; o quizá simplemente es que estos escritores no son más que personajes idealizados por el mito y la leyenda, encumbrados más por su vida extraliteraria que por su buen hacer narrativo. Dos libros he leído de Virginia Woolf y dos decepciones mayúsculas.

A modo de sátira literaria, de burla sumamente irónica, de caricatura de lo que fue un género literario puramente inglés como la biografía novelada, Virginia Woolf intenta hacer un “Qujiote” moderno (salvando absolutamente las distancias porque nada tiene que ver la obra de Cervantes con esta de Woolf, y solo uso la metáfora para comparar intenciones de ambos escritores) para reírse quizá de la tradición inglesa de ese género sin sentido ni interés alguno. Orlando narra la vida durante más de tres siglos (este uso del espacio tiempo es uno de los elementos más absurdos y desconcertantes de la novela, al que no encuentro sentido alguno) de un personaje que al principio del libro es hombre pero que a mitad pasa a ser mujer (otro elemento característico de este libro que tampoco he sabido interpretar y que me da que debe ser algo metafísico e importante pero que para mí no es más que una frivolidad inocua). Sus andanzas, reflexiones, aventuras, cambios de idea, de lugar y tiempo, sus relaciones con otros personajes igualmente insólitos llenan las trescientas páginas de esta novela que se me ha hecho pesada a más no poder.

Tengo la impresión de que hay escritores y libros que conforman una burbuja literaria a la que nadie quiere pinchar por no desinflar. Hablo de escritores como Henry Miller, Joyce, Faulkner, Woolf cuyos libros son ininteligibles no sé si de manera consciente por parte de sus autores cuando los escribieron para reírse de todo el mundo literario o inconsciente por incapacidad para escribir bien. Orlando es de esos libros, aunque reconozco que podría salvar unas cuantas páginas que si que me han parecido ingeniosas, divertidas y entretenidas de leer. Pero el resto no es más que páginas impresas: letras formando palabras formando frases formando párrafos formando capítulos.

He terminado Orlando con ganas de haber abandonado antes, pero por orgullo y porque en el fondo tampoco es tan largo lo he terminado. Pero su lectura se me ha hecho pesada, densa, tediosa, aburrida por momentos, indescifrable a ratos y permanentemente absurda. Sé que quizá sea yo mismo el problema y que en el fondo esta novela sea una obra maestra con un mensaje profundo e imprescindible que haya marcado, maque y siga marcando generaciones enteras de escritores y novelistas. Pero yo he sido incapaz de verle sentido alguno. Me he aburrido como con pocos libros me ha pasado. Y esto sí que no lo perdono en una novela. Puedo no entenderla, puedo no lograr captar todos los matices, pero si algo me aburre tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo y con la cantidad de libros y autores y escritoras que aún no conozco sería un sacrilegio malgastar esfuerzos en escritores con los que no logro crear ningún vínculo.

Desisto de leer más a Virginia Woolf. No es una escritora para mí. De hecho, creo que es una de esas figuras literarias engrandecidas por intereses que se me escapan pero que no son más que escritores sobrevalorados con una obra más o menos mediocre que por críptica capta la atención de la crítica y cierto publico que la encumbran solo porque sí. Orlando ha sido una pérdida de tiempo en mi vida y más sabiendo que tengo como una veintena de libros por casa pendientes de leer. Si alguien se anima a leer esta novela le deseo suerte y paciencia, y más teniendo en cuenta que todo lo que acabo de escribir no es más que una opinión que no pretende pontificar ni sentar cátedra alguna.

Caronte

viernes, 25 de junio de 2021

Listas, guapas, limpias

Hay libros que llaman la atención por su portada, otros por su título, otros porque son de un autor famosísimo, otros por el morbo de lo que cuentan, otros simplemente porque sirven para calzar el sofá cojo que tienes en el pueblo. Y luego están los libros que conjugan varias de esas atracciones. Es lo que me ha pasado a mí con esta novela con bastantes tintes autobiográficos de Anna Pacheco (escritora de mi quinta, nacida también en 1991): portada llamativa, título extravagante y contenido interesante. Lo de la portada queda casi descontado porque Caballo de Troya edita con un mismo estilo visual todos sus libros y todos sin excepción me llaman la atención; el título me conquistó desde que lo vi por primera vez promocionado en blogs de literatura; y el contenido me atrajo desde el primer momento por sentirlo cercano, casi propio, y no suele pasar eso a menudo o en muy pocas ocasiones. Creo además que va siendo hora de empezar a llenar mi biblioteca y mis lecturas de libros diferentes con historias diferentes y con escritores jóvenes, y sobre todo escritoras.

La protagonista de ‘Listas, guapas, limpias’ nos cuenta en primera persona una ruptura, no ya solo sentimental, sino con su propia vida en cierto sentido. El dejar a un novio no deja de ser una excusa para contarnos cómo la vida, el cambiar de aires, el moverse en diferentes ambientes nos va moldeando y haciendo que cambiemos y nos vayamos convirtiendo en la persona que terminamos siendo cuando dejamos este mundo. Porque es el final el mundo al que tenemos que adaptarnos y en el que tenemos que vivir el que nos va a definir. Ni nuestro pasado, ni nuestras raíces, ni nuestra infancia, ni nuestros padres, abuelos, tíos, primos, son claves para definirnos, o no lo son tanto como los ambientes en los que vamos viviendo cada una de las etapas de nuestra vida. No dejamos de ser en esencia la misma persona, pero en cada etapa que vamos cerrando cambiamos.

No es sencillo en toda la maraña de libros que se publican al año en España (muchos de ellos morralla infumable) encontrar uno en el que te veas reflejado y te identifiques con lugares comunes tan claramente como he hecho yo con ‘Listas, guapas, limpias’. Lo cotidiano, lo normal, no usual, lo común, todo esto aparece en las páginas de esta novela que se lee en un suspiro y que al estar en primera persona narrada involucra al lector llevándole de la mano por lo que la joven que nos cuenta sus miedos, temores, dudas y cambios va viviendo durante un verano en el que evoca otros veranos de su vida.

La vida de la protagonista de esta historia (que dudo mucho que diste demasiado de la de la propia autora) aunque pueda parecer estar a un mundo de la mía, por ejemplo, no lo está tanto y hay lugares comunes que se evocan en ‘Listas, guapas, limpias’ con los que me siento cómodo, a gusto, feliz, melancólico a veces. Referencias culturales, problemas personales, dudas, miedos, ambientes, nombres, dichos, sensaciones, interacciones, todo me es conocido, común y familiar. Salvando las distancias entre Barcelona, donde se ambienta la novela, y Madrid, donde vivo y he vivido toda mi vida yo; y que ella es mujer y yo hombre, todo lo demás forma parte de los ecos de mi propia vida pasada, muebles ajados de mis recuerdos.

Es curioso como pensamos que nuestras vidas son única, originales e irrepetibles y sin embargo no estamos más que engañados. Al final a mismo ambiente de vida, vidas semejantes. No puedo decir iguales porque eso ya sí que es imposible; tampoco pueden ser paralelas porque daría entonces miedo que así fuera. Pero ‘Listas, guapas, limpias’ demuestra que, perteneciendo a un mismo ambiente, a una misma clase social, las vidas no distan mucho unas de otras, ya sea en Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia o cualquier otra ciudad medianamente grande con barrios obreros y populares donde se mezclan todo tipo de personas con todo tipo de intereses y aspiraciones.

Listas, guapas, limpias’ es también, aunque quizá no lo pretendiera, una novela social. Y lo es porque en ella se plasma todos los vicios, lacras, losas, lastres y también, por qué no decirlo, virtudes, de los años 90 y 2000 en un barrio de clase humilde y trabajadora donde las visitas a las tiendas de saldos, a los todo a cien, a las hamburgueserías para salir por ahí a cenar con amigos del cole o el insti, y los veranos en los pueblos lejanos eran las rutinas de vida y sociabilidad. Pero hay gente para quienes las fronteras de lo cotidiano, de lo de siempre se quedan cortas, como me pasó a mí y como le pasa a la protagonista de esta novela, que ve cómo cambiar de aires al ir a la universidad la cambia también en distancias cortas con sus espacios de siempre, sus amigos de siempre, sus rutinas de siempre.

Al final ‘Listas, guapas, limpias’ no es más que la historia de unos cambios que llevan a otros cambios que nos dan miedo, vértigo, pereza, pero que asumimos porque es lo que todo el mundo antes, durante y después de nosotros hará. No podemos cambiar lo que tiene que ser, solo podemos asumir lo que nos va viniendo. Pero, a veces, esa resignación tranquila no lo es tanto y nos queremos rebelar contra esos cambios imparables y el paso del tiempo y, al vernos incapaces, acabamos frustrados y enrabietados ante la realidad.

Si he devorado en apenas un día ‘Listas, guapas, limpias’ no ha sido porque no llega a las 200 páginas, sino porque ha sido una lectura fresca, nueva, diferente, con la que he empatizado y conectado de manera muy íntima y particular y en la que me he visto muy reflejado. Merece la pena arriesgar y leer novelas fuera de los grandes títulos que aparecen en los mostradores de novedades de las grandes cadenas de librerías; merece la pena leer y descubrir nuevos autores y autoras que nos cuenten cosas diferentes ya, más cercanas, más actuales, más de la vida que nos ha tocado vivir.

Caronte.

jueves, 10 de junio de 2021

Cuaderno de memorias coloniales

 

Hace ya unos cuantos años que todo el tema colonial europeo en África llama mi atención y me intereso por libros, películas o exposiciones culturales sobre esa etapa olvidada adrede por Europa para intentar invisibilizar sus vergüenzas para con el continente africano. Por esta razón cuando vi que la editorial Libros del Asteroide (que si no conocéis estáis tardando en hacerlo y leer cualquiera de los libros que editan) iba a publicar este libro de memorias de Isabela Figueiredo sobre el final del dominio portugués en Mozambique no dudé lo más mínimo y supe enseguida que quería leerlo. He tardado en hacerlo desde la publicación del libro porque llevo un descontrol con lo que tengo pendiente para leer digno del Camarote de los Hermanos Marx, pero aprovechando mi último viaje a Barcelona me ha acompañado su lectura en el viaje de vuelta a Madrid en tren desde la capital condal.

Isabela Figueiredo hace un ejercicio descomunal de enfrentamiento a su vida, a sus recuerdos, a su infancia y sobre todo al fantasma permanente de su padre para contarnos de viva voz y sin medias tintas cómo fue el final de la época colonial en Mozambique. Cuaderno de memorias coloniales es un libro sin ficción, articulado en pequeños capítulos donde su autora nos va contando pequeños retazos de recuerdos y memorias de su salida de Lourenço Marques (ahora Maputo) para volver a la Metrópoli con apenas una docena de años: siendo simplemente una niña que pretendía entender el mundo y descubrirlo por ella misma.

A través de su marcha de su tierra natal, de su ciudad natal, Isabela Figueiredo construye un fresco general sobre lo que fue la última etapa de la época colonial portuguesa en Mozambique. Cuaderno de memorias coloniales no es más que un libro de memorias, como su propio nombre indica, donde lo particular, por íntimo y personal de los recuerdos de la autora sirven para que el lector se haga una idea de lo que fue el periodo colonial portugués en África. Porque al final la historia de las naciones, territorios, estados o países no la constituyen los líderes o los grandes acontecimientos, sino los minúsculos espasmos de dolor y épica que tienen las vidas anónimas de miles y miles de mujeres y hombres en su día a día.

Cuaderno de memorias coloniales no es solo un pequeño pero intenso fresco de cómo los portugueses blancos de la metrópoli afincados en Lourenço Marques/Maputo imponen su fuerza, orgullo, prepotencia y poder sobre los negros convirtiéndolos en animales de carga o trabajo o servicio, sino que les desposeen de capacidad intelectual y por tanto les denigran hasta un grado casi inferior al de los animales de compañía salvando simplemente a unos pocos. Este libro es también un ejercicio de enfrentarse a sus propios fantasmas de su autora dejando claro que su padre fue uno de esos colonos que impusieron su poder y cometió excesos y abusos contra la población negra colonizada.

La descolonización de Mozambique en 1975 se unió al proceso de democratización de Portugal tras la Revolución de los Claveles causando un doble caos y shock en los habitantes colonos de los territorios africanos portugueses. Cuaderno de memorias coloniales demuestra que los países que se repartieron África como si fuera simplemente tierras, lagos, montañas y minerales no han sido capaces de enfrentar ese pasado expoliador y abusivo contra unas gentes y unos pueblos a los que maltrataron y denigraron hasta límites insospechados haciéndose luego las víctimas de barbaries cuando esos mismos pueblos se levantaron contra sus colonizadores exigiendo lo que en justicia era suyo.

Europa aún no ha afrontado su pasado colonizador y libros como Cuaderno de memorias coloniales demuestran que aquel pasado no tan lejano sigue siendo una época oscura donde los protagonistas del mismo prefieren esconder la cabeza en la tierra, negar sus actos, su propia vida, mentirse a sí mismos e inventarse una realidad alternativa de su vida para así intentar convivir con unos fantasmas que estoy seguro a más de uno aún hoy les siguen persiguiendo al cerrar los ojos o al oír nombres que un día fueron familiares.

Confrontar nuestro pasado, cuando éste no es tan digno, claro y brillante como nos gustaría siempre es tarea difícil y nunca agradable. En Cuaderno de memorias coloniales Isabela Figueiredo realiza una doble confrontación: por un lado, personal hablando de su padre y de cómo este formó parte de esa sociedad blanca que denigró a los negros nativos de Mozambique negándoles derechos e imponiéndoles penurias; y por otro, la del propio pueblo portugués que aún hoy prefiere no recordar qué fue Lourenço Marques, por ejemplo, y mucho menos escarbar en los restos de su pasado colonial africano. Pero es necesario hacerlo, porque sin saber quiénes fuimos, qué hicimos y por qué, es muy difícil vivir una vida plena y sincera, propia, real.

Cuaderno de memorias coloniales es otro libro más necesario editado por una editorial que creo que está haciendo uno de los mejores trabajos editoriales de los últimos años como es Libros del Asteroide. Creo que es fundamental que las editoriales independientes y más pequeñas traigan a España libros diferentes, que sean necesarios, que tengan una prosa más elaborada, más bella, más hermosa; libros que conmuevan, emocionen y enseñen aquello que solemos dejar pasar o, directamente, ignorar. Isabela Figueiredo escribió en 2009 este libro en el que, antes que nada, plasmó su verdad, lo que necesitaba sacar para ser ella misma; 12 años después podemos leer en español unas memorias muy necesarias y esclarecedoras sobre el pasado colonial de Portugal en África.

Caronte.

jueves, 13 de mayo de 2021

Del color de la leche

 

Tan complicado es que la lotería te toque (y hablo no de una pedrea en Navidad, sino de un pellizco de esos que te permiten pagar un piso y coche nuevos e irte de vacaciones) como de encontrar y leer una novela perfecta. Bueno, pues con este libro me ha tocado la lotería. Y mirad que lo llevaba teniendo pendiente mucho tiempo, y mucho es mucho, de verdad. Llevaba siguiendo la pista a esta novela desde que ganó el premio a mejor novela del año concedido por los libreros de Madrid, pero nunca terminaba de animarme a comprarlo ni leerlo. Por suerte, gracias en este caso a Wallapop, hace unos días me hice con él y no solo lo he leído con un arrobamiento indecente prácticamente, sino que lo he devorado en un fin de semana por no querer posponer su desenlace ni un solo instante más.

Del color de la leche es una novela que, si dejamos a un lado su aspecto formal que más adelante comento, es una típica novela inglesa ambientada en la primera mitad del siglo XIX en la campiña donde además se reflejan los contrastes sociales entre una familia muy humilde de granjeros y otra más acomodada del vicario de un pueblo. Y todo contado en primera persona por la narradora de esta novela, que no es más que Mary, una joven de quince años, de lengua viva y sin filtro que dice todo aquello que siente y piensa y que actúa sin tener en cuenta las posibles consecuencias de sus actos, única y exclusivamente guiada por el presente y por lo que ella considera vida.

El hecho de que la novela esté narrada en primera persona y con Mary constantemente exhortando al lector y explicando que es ella misma la que está escribiendo de su puño y letra lo que ha vivido a lo largo de todo un año (de primavera a primavera) hace que Del color de la leche sea un libro que invita al lector a formar parte de la vida de esta joven de mente lúcida y espíritu lleno de vida. Es por esta técnica que Nell Leyshon, la autora de la novela, consigue que el lector quiera constantemente avanzar y avanzar, y conocer más de la vida de Mary.

De este modo Del color de la leche nos plantea el contraste entre una vida dura, ruda, animal, llena de incomodidades y desconocimientos, vivida al minuto y con el sol, con otra vida más tranquila, ordenada, cómoda, donde el conocimiento, los libros y la palabra sustituyen a las manos como forma de vida, y donde es el reloj el que marca los ritmos. Este contraste entronca directamente con los grandes clásicos ingleses del siglo XIX, pero narrado desde el siglo XXI. Leyshon además se sirve del clima, de las estaciones del año para añadir cierto aire bucólico, ideal, melancólico, emocional y sensorial a la novela, haciendo que a medida que avanza el año durante el que transcurre la novela pasemos de una primavera llena de vida y esperanzas a un invierno oscuro, frío, distante, quieto…

Es impresionante e indescriptible lo que sucede cuando uno da con un libro perfecto: cuyas piezas encajan a la perfección; cuya historia atrae, conmueve, enternece y enrabia; con un estilo novedoso sin ser pedante ni pretencioso; y con unos personajes tan carismáticos que es imposible no sentir algo por alguno de ellos. Del color de la leche es de esas novelas que escasean, que no se leen a menudo y que, por desgracia, suelen pasar un poco desapercibidas por no estar publicada por una de las grandes editoriales. Esta es desde luego una de mis lecturas de este año, uno de los libros que más me ha entusiasmado, que más me ha hecho quedarme leyendo minuto tras minuto y que más fuertemente me ha golpeado.

Curioso es también como yo, un lector que suele ser muy reticente a las innovaciones formales y de estilo, he asumido con naturalidad el hecho de que en Del color de la leche no haya ni una sola mayúscula. Pero es que todo tiene una razón para ser. Es pura lógica que en esta novela no haya ni una sola consonante o vocal en mayúscula, porque Mary, su protagonista, aprende a escribir apenas unos meses antes de contarnos en estas páginas su historia y su aventura gracias al vicario a cuyo servicio queda por un acuerdo entre éste y su padre. Es ese aprendizaje el que cambia todo en la vida de la joven lenguaraz y extremadamente sincera.

Querría destacar la fuerza que tienen las escenas de Del color de la leche en las que coinciden Mary y su abuelo inválido. Esas conversaciones llenas de ironía, de humor, de sentido de la vida, de pasión por vivir, de ternura, de amor, de fidelidad, de compasión. Es quizá por esas escenas que Mary deja de ser un personaje narrador más, a ser uno de esos personajes que marcan un libro y una lectura y que se quedan grabados en la memoria del lector. Y a medida que nos va contando cómo es su vida, primero en la granja trabajando con sus hermanas mayores, su madre y su padre ordeñando, limpiando y arando, y luego en la casa del vicario cuidando de la mujer de este, encontrándose con el hijo libertino y vivalavirgen, chocando con la pobre criada anterior y sobre todo en su estrecha relación con el vicario, cuando vamos descubriendo un secreto, una terrible verdad que va poco a poco apareciendo a medida que la propia novela se va haciendo más oscura, más carente de esperanza, más fría, pero, al mismo tiempo, más adictiva, más interesante, más absolutamente maravillosa.

Como dije al principio, Del color de la leche tiene todo, es absolutamente redonda, perfecta, impecable. Tanto por estilo como por historia. Tanto por personajes llenos de carisma, como por una ambientación extraordinaria que traslada al lector a la Inglaterra rural de principios del siglo XIX. Qué pena no haberla leído y disfrutado antes, pero qué maravilla haberlo podido hacer ahora. No exagero si digo que es de lo mejor que he leído este año y que probablemente terminen siendo una de las novelas que más recuerde por todo lo que me ha hecho sentir y por cómo me ha atrapado casi desde el principio la historia de Mary. Esto es para mí gran literatura: un libro que atrape con una historia interesante y genial y originalmente escrita.

Caronte.

jueves, 8 de abril de 2021

Las gratitudes

 

Mi búsqueda constante de nuevos autores y autoras para leer en sus idiomas maternos hace que tenga en la recámara una buena lista de escritoras (porque lo que este año más estoy buscando son mujeres) tanto en inglés como en francés. Una de esas autoras que llevan pendiente bastante más tiempo del que deseo es Delphine De Vigan, autora que hace tiempo sigo y de la que voy sabiendo novedades en español, pero a la que me falta tiempo para leer. Hace un par de años leí una primera novela suya que me dejó quizá más frío de lo que esperaba, quizá puede que fuera el momento de lectura de aquel libro, o quizá es que elegí mal el primer libro suyo que leer. No obstante, esta vez he tirado de recomendaciones a través de perfiles que sigo en redes sociales y he elegido una novela muy corta pero muy intensa, donde los sentimientos quedan a flor de piel.

Las gratitudes es de esas novelas que se leen en apenas un suspiro y que no dejan al lector respirar, agarrándole donde más le duele para soltarle destrozado después de una lectura vista y no vista. Y es que no exagero si digo que la novela se puede leer en apenas unas horas, en una tarde de climatología adversa que anime a no salir de casa y en la que las propuestas audiovisuales no convenzan del todo.

Una novela tan breve como Las gratitudes no puede tener un argumento ni un hilo narrativo demasiado complejo. Es así. En esta novela Delphine De Vigan nos presenta a tres personas: Jerôme, Marie y Michka (diminutivo de Michèle). Pero en el centro de ese trío está Michka, una anciana que empieza a no poder valerse por sí misma y se ve irremediablemente llevada a una residencia. Marie, una mujer joven, es una especie de vecina, amiga íntima de Michka, pero su relación, su vínculo es mucho más intenso que una simple vecindad o amistad; sin ser una relación de parentesco lo parece y de hecho al principio de la novela el lector puede llegar a pensar que es la sangre la que une a las dos mujeres. Jerôme por su parte es un simple especialista en la tercera edad, que visita a Michka en la residencia para intentar mejorar su estado y sus problemas de habla.

La novela está narrada por partes en las que se alternan las voces narrativas de Marie y Jerôme. Son ellos los que nos van llevando a lo largo de las páginas de Las gratitudes a través de la vida, o el final de la misma, de Michka. Aviso de que esta es una novela dura, donde los sentimientos siempre están a flor de piel, y donde se va viendo, página a página, el final de una persona, su degradación, su apagado. Todos los que hemos pasado por algo similar, como es ver a un familiar, a alguien muy cercano y querido, apagarse de esta manera, por días, sin prisa, pero sin pausa, encontraremos en esta novela un espejo donde mirarnos, donde ver cómo todo final es igual, aquí o en Francia o en el rincón más remoto del mundo.

Cuando llega un final, cualquier final, de cualquier tipo, pero sobre todo el final de la vida de alguien, y más si ese alguien es una persona amada, querida, apreciada, se pone de manifiesto lo importante que puede llegar a ser una palabra, una sola. Las gratitudes también es una novela sobre el decir y el callar, sobre cómo un “gracias” puede cambiarlo todo. Pero también quedamos advertidos en esta novela de cómo un silencio puede causar impotencia, infelicidad, dolor, muerte, desconsuelo y desconcierto. Palabra callada es palabra muerta, oportunidad perdida para expresar cómo nos sentimos.

En una sociedad como la actual donde las palabras pierden cada día su importancia mezcladas con debates absurdos sobre su uso, donde los políticos de toda índole pervierten el lenguaje a su favor vaciando de contenido palabras otrora sagradas Las gratitudes se yergue como una obra donde la palabra es lo importante, no solo debido al problema que vemos a lo largo de la novela que va sufriendo en mayor grado a cada página Michka, sino en su conjunto. Si no somos capaces de decir un gracias, un te quiero, un perdón, ¿qué nos queda? Nada: el olvido.

Las gratitudes es una novela que no va a dejar indiferente a nadie que la lea. Llega a lo más profundo del corazón y el espíritu y remueve conciencias. Nos plantea el final de una vida desde dos puntos de vista diferentes con el único punto en común de las palabras: tanto su presencia como su ausencia. Además, subyace en la propia historia de Michka un pasado también movido por una búsqueda para agradecer a quienes le salvaron su ayuda. Pero, en el fondo las tres personas que llenan esta novela tiene palabras para agradecer, gestos que denotan agradecimiento y ternura, vínculos generados difíciles de romper, emociones que les desgarran cuando el silencio se impone a la vida. Y al final, lo que creo que todos buscamos en una novela es que nos emocione, nos conmueva, no nos deje indiferente, y desde luego, esta novela no va a pasar sin pena ni gloria por el lector que decida leerla.

Caronte.