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miércoles, 3 de agosto de 2022

La librería

Hay libros que automáticamente se convierten en un puro canto amor por los propios libros, por la literatura y por la lectura. Este es uno de esos libros. Escrito en 1978 por Penelope Fitzgeral inmediatamente se convirtió en una de sus obras más famosas y celebradas (de hecho, fue nominada al Premio Booker, que no ganó Fitzgerald ese año pero que, al siguiente, con otra de sus novelas, sí consiguió). En el año 2017, la directora Isabel Coixet llevó al cine una adaptación de esta novela, con ligeros cambios en el guion haciendo que la versión cinematográfica, a mi parecer, sea algo más dramática y sensiblera que el propio libro. En mi verano literario en femenino, planeado casi de improviso durante la última Feria del Libro, tenía claro que de la Editorial Impedimenta (cuya labor y edición es exquisita) me iba a llevar a casa esta magnífica novela, que desde que vi la película de Coixet en su día llevaba queriendo leer.

Como el propio nombre de la novela indica, La librería gira en torno a la librería que, obstinadamente, Florence Greene pretende abrir en una casa muy codiciada y, según dicen, encantada y llena de fantasmas, pero abandonada en un pequeño pueblo marítimo inglés donde los poderes sociales establecidos desde hace decenios no ven con buenos ojos. Esa obstinación, ese tesón, esa terquedad si se quiere decir, que emana simplemente del amor a la cultura y a los libros como puertas magníficas y robustas de acceso a ese mundo infinito del conocimiento y las aventuras, son lo que mueven a Florence a superar cualquier obstáculo, cualquier comentario malintencionado, cualquier palo en la rueda y terminar abriendo su librería y vendiendo libros a los vecinos de su pueblo pesquero.

Penelope Fitzgerald no escribió una simple novela, una historia más en La librería, sino toda una carta de amor por los libros y la literatura, por el arte que es escribir. Un canto de libertad hacia una de las maneras de arte más versátiles que existen, de cultura y conocimiento, de aventuras y viajes más allá de nuestras vidas y entornos. Pero también mostró, de manera sutil pero firme, cómo no siempre la cultura, el saber y el conocimiento triunfan, y cómo siempre, se vaya donde se vaya, hay quien intentará torpedear una buena idea y amaestrar a la población para que piense que los privilegios de unos pocos son los derechos de todos.

No dio puntadas sin hilo Fitzgerald en La librería y lo que, en ocasiones, parecen simplemente un lance entre personajes, una conversación intrascendente para dar verosimilitud y trasfondo a la historia, son dardos lanzados con una intención muy clara: criticar a la burguesía rural inglesa que durante décadas, por tradición más que por derecho, han ejercido una influencia dañina y mezquina, ruin y miserable, sobre poblaciones humildes, impidiendo un beneficio general de la comunidad para simplemente manejar las cosas para engrosar aún más su poderío y sus propiedades, valiéndose de cualquier arma a su alcance.

No quiero decir con lo anterior que La librería sea una novela política o social, ni que sirva para denunciar ningún comportamiento enquistado. Para nada. De hecho, no hay la profundidad suficiente en el análisis, planteamiento y desarrollo de esos aspectos como para que no sean más que retazos de esbozos. Pero ahí están: no fueron casuales, ni accidentales y no pretendían simplemente decorar una narración. Si el personaje de Florence Greene representa el tesón, la osadía y la luz de la cultura; su contraparte, la Señora Gamart representa el antiguo régimen, la tradición y la inmovilidad, los privilegios y el egoísmo más cegador. El enfrentamiento indirecto permanente entre ambas mujeres termina siendo ganado por la poderosa, como casi siempre, haciendo que Florence cierre la librería y tenga que marcharse del pueblo para seguir con su sueño en otra parte donde pudiera ser mejor recibida.

Leer La librería ha sido todo un chute de energía a nivel personal. No puedo negar que desde hace unos años uno de mis sueños más recurrentes es abrir mi propia librería donde poder no solo vender y recomendar libros a todos aquellos lectores que hasta ella se acercaran, sino organizar actos de amor a los libros y a los escritores con los que demostrar que los libros, la escritura, la literatura son uno de los grandes pilares de la cultura y las artes. Penelope Fitzgeral llevó a las páginas de su libro lo que ahora es para mí un sueño. Sueño que sé que no voy a cumplir a corto o medio plazo porque sé que económicamente no es viable a día de hoy que monte una librería, y mucho menos quizá en Madrid, donde se vería engullida por ese espíritu competitivo y ultra liberal que marchita todo lo que toca y que en Madrid ya es epidemia casi mortal. Quien sabe si en algún momento podré ser una Florence Greene exitosa en alguna población y tener mi propia librería, para la que incluso ya tendría nombre.

En estos días tediosos de verano que estamos viviendo y que llevamos sufriendo de manera continuada más tiempo del que sería deseable en Madrid, tomar en nuestras manos La librería, viajar hasta un pequeño pueblo pesquero inglés, idílico, y acompañar a Florence Greene en su sueño de tener un oasis de cultura y libros es de los mejores planes que se pueden tener. Y, además, nunca está de más leer un clásico de la literatura que se lee como una fábula de amor por los libros.

Caronte.

jueves, 30 de junio de 2022

Clea (Cuarteto de Alejandría IV)

Acabo la última de las novelas que constituyen El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell sabiendo que he termino de leer algo grande e importante, no ya solo porque sea una de las obras narrativas inglesas más importantes del siglo XX sino porque enfrentarme a la lectura de estas cuatro novelas ha sido todo un reto lector personal ya que no sabía cómo terminaría algo que me impresionaba e imponía antes si quiera de sumergirme en la lectura del primero de los libros. Acabo hoy Clea sabiendo que difícilmente voy a poder encontrar un conjunto de novelas que me llenen como estas cuatro han hecho y que me resulten tan atractivas tanto como lector como por intento de escritor (frustrado pero realista, casi aliviado por saber que nunca nada de lo que escriba podrá ver la luz, porque total, para qué).

Clea no solo es el cierre del cuarteto que narra las relaciones entre sí y con la propia ciudad de Alejandría de los diferentes personajes y amigos que dan no solo nombre a los cuatro libros, sino que acompañan al lector en una narración intensa, profunda y sutilmente filosófica donde se reflexiona sobre el amor, las pasiones humanas, el arte o la escritura. Esta novela es también la más personal, íntima, metafísica, críptica y surrealista de las cuatro que componen esta obra magna narrativa. Esta es una de las razones por las que me imponía leer el cuarteto, porque investigando un poco me daba cuenta de Lawrence Durrell podría inscribirse en una tradición literaria de estilo críptico y mundos y temas propios, de muy alto nivel intelectual y cultural que, sin embargo, para mí quedaría muy alejados. Nada más lejos de la realidad. Por eso también acabar este conjunto de novelas ha supuesto todo un reto literario del más alto nivel y del que más orgulloso me siento.

A modo de últimas puntadas del tapiz general, o como últimas pinceladas en el fondo de un fresco magnífico y complejo de personajes y relaciones entre ellos llenas de matices y sombras, Clea cierra de manera magnífica todo el Cuarteto de Alejandría. No flaquea Durrell en su forma de narrar, tan sutil pero tan contundente, que hace que la lectura no sea un mero descubrimiento de una trama, que queda en segundo plano por un estilo narrativo que eclipsa todo, sino un placer vigoroso y fuerte, constante, por ver cómo diversas voces narrativas, diversos estilos y formas de narrar desfilan ante los ojos atónicos y atentos del lector que no puede más que admirar la construcción de estas novelas con cierta perplejidad, gratitud y, si alguna vez ha sentido el impulso de la escritura, con bastante envidia.

En Clea se cierran las historias de varios personajes que han ido apareciendo en el cuarteto; sigue de fondo el áurea magnética de Justine y su tremendo atractivo que hace que los hombres se vuelvan locos por estar en su órbita; varias muertes siguen sucediéndose, secundarias, pero trágicas y demoledoras para los afectados; varios misterios surgen sobre personajes que cualquier lector creería secundarios; y quien simplemente parecía un mero narrador, Barley, pasa a ser depositario y actor principal en el escenario místico y de leyenda decadente de Alejandría.

Todos y cada uno de los libros que forman el cuarteto, en sus variedades y formas, en sus tramas ligeras y en las profundas, en su ambientación en una extinta Alejandría diplomática, cosmopolita, burguesa, de cafés de aspiración europea y barrios árabes donde lo místico y legendario deja a lo terrenal en la más tenebrosa oscuridad, han sido un viaje narrativo intenso y complejo en el espacio y el tiempo y en la psique humana. Clea cierra un todo, un conjunto literario único y complejo que, aunque podría leerse de manera independiente, conforma un análisis profundo del alma humana, de sus pasiones desatadas, de sus deseos más prohibidos…

Sin embargo, acabar de leer Clea y con ella El Cuarteto de Alejandría me plantea un problema: ¿Qué leo yo ahora? ¿Qué se lee cuando has estado durante todo un mes leyendo las obras magnas de dos hermanos escritores como son Lawrence y Gerald Durrell intercalando las del cuarteto del hermano mayor con las de la Trilogía de Corfú del menor? ¿Qué se puede empezar a leer sabiendo que el listón está tan alto que sabes que cualquier cosa la vas a comparar con lo recientemente leído? Me hago estas preguntas con resignado optimismo porque siempre pienso que los libros están para ser leídos y solo entonces opinados. Pero, aún así, me siento un poco huérfano y vacío.

Clea ha supuesto el final de un reto lector que me impuse hace un mes. Reto que creo que he superado con creces demostrándome a mí mismo que ningún tipo de obra o género literario, o ningún autor deben impresionarme o darme rechazo leer por pensar que no estaré a la altura. Estas cuatro obras de Lawrence Durrell me han confirmado que estoy más preparado de lo que yo pensaba para leer cualquier cosa que pueda proponerme siempre que mi voluntad sea no tanto disfrutar de una buena historia, sino simplemente dejarme llevar por el arte que implica la buena literatura. Y El Cuarteto de Alejandría es buena literatura.

Caronte.

martes, 24 de mayo de 2022

Un lugar llamado Antaño

Los Premios Nobel siempre me han generado mucho respeto. Creo que ser digno de una distinción como la sueca presupone ya cierto nivel, cierta categoría, en el mundo de la literatura. Pero que un autor tenga el Nobel no es sinónimo de que su obra deba gustar. Vargas Llosa, Cela, García Márquez, Saramago, son autores a cuya obra vuelvo constantemente porque me hacen sentir par lectora y reconfortarme con historias sobre temas universales contadas con estilos llenos de matices. Sin embargo, Böll, Golding o Grass se me hicieron pesados de leer (por no querer decir infumables). Pero los premios literarios de cierto prestigio son así y nadie puede hacer nada para que eso cambie. La aclamación de crítica y público rara vez coinciden, por eso cuando lo hacen las sensaciones son soberbias. Poder conectar con un Nobel, para mí, es una sensación extraña, que me acerca a un nivel de lecturas alto, con cierto prestigio (puede que suene pretencioso, pero es así). Mientras que cuando leo un Nobel y me quedo indiferente y frío algo se rompe y retrocede en mi mundo literario.

Un lugar llamado Antaño fue una de las primeras novelas publicadas por la reciente (2018) Nobel Polaca Olga Tokarczuk allá por 1996, aunque no haya sido hasta hace bien poco que se haya editado y publicado en España (al albur de la concesión del Nobel supongo). Que comprara y leyera esta novela, que ni de lejos estaba en mi lista mental de libros y escritoras que descubrir, es culpa de un amigo editor que una mañana mientras paseábamos por la Feria del Libro Viejo y de Ocasión de Madrid, y viendo esta novela en uno de los puestos, me dijo que me comprara el libro que probablemente me iba a gustar. Bueno, lo de gustar lo podría entrecomillar porque no es que me haya disgustado sino, que simplemente me ha dejado bastante igual la lectura de una novela que venden como llena de un realismo mágico a la europea, pero con la que yo no he logrado conectar en ningún momento.

Es un poco indignante que en el propio resumen del libro que se hace en la contraportada se hable de Un lugar llamado Antaño como una novela de realismo mágico. Me parece un insulto que se intente encuadrar este libro en una corriente de la que García Márquez fue uno de sus principales valedores y cuyas novelas sí están impregnadas de un realismo mágico que deja al lector en la frontera de un mundo imaginario pero real. Tokarczuk narra la vida en un pueblo mediano polaco de sus habitantes: sus relaciones personales, sus envidias, rencores, rencillas y perdones… Pero de realismo mágico no veo nada de nada… Que simplemente porque el pueblo donde se desarrolla la acción no exista y porque en toda la novela se usen recursos literarios que deforman la realidad que, comúnmente, un lector entiende como verídica, empleando trucos bastante manidos ya no debería ser suficiente como para tratar esta novela dentro del realismo mágico.

Para mi el realismo mágico implica una deformación de la realidad donde lo fantástico e improbable se entremezclan con lo real y tangible para conformar una unidad narrativa casi perfecta en la que la ficción sirve para explicar y entender mejor el mundo en el que vivimos. Un lugar llamado Antaño es una novela que roza el realismo costumbrista, más el que el mágico. No hay una deformación suficiente de la realidad y se exponen hechos en lugares y condiciones que bien se pueden identificar con cualquier pueblito polaco que haya vivido el siglo XX con sus dos guerras mundiales y su dictadura comunista bajo el yugo asfixiante de la URSS. En esto no veo yo mucho realismo mágico y, sin embargo, he estado toda la novela buscando paralelismos con aquellos autores y novelas del realismo mágico como yo lo entiendo y poco he encontrado, por no decir nada…

No voy a quitar méritos a una novelista como Tokarczuk, que supongo que tiene su público y que por algo recibió el Premio Nobel hace un par de años. Tampoco quiero que parezca que Un lugar llamado Antaño es una pésima novela, porque no lo es para nada. Solo quiero dejar claro que aquello que se vende como una novela llena de fantasía para contar el terror del día a día de una sociedad y un pueblo prototípico y representativo de un todo, dejando a un lado la frialdad que a veces puede tener el costumbrismo. Como novela realista costumbrista estamos, aunque una novela notable en el que su coral de personajes conforma una partitura narrativa digna de mención. Pero pese a esto tengo que decir que no he llegado a conectar con la novela, ni con la trama, ni con el ritmo.

Como dije al principio, no haber llegado a conectar con Un lugar llamado Antaño, con esta novela de la novela Tokarczuk me hace sentir mal. Y no sé el motivo real para ello. En el fondo debería sentirme orgulloso de ser capaz de leer a un nobel y cuestionarle, pero también tengo la sensación de haber fracasado como lector no sabiendo valorar lo que he leído. Pero cuando uno no conecta con algo no conecta y pocas más vueltas se le puede dar al asunto. Siento si esta reseña desanima a alguien a leer esta novela o a acercase a la escasa obra publicada en español de Olga Tokarczuk, pero me dije en su momento que intentaría siempre escribir sobre lo que leo sin medias tintas y sin dejarme nada en el tintero por decir.

Caronte.

domingo, 8 de mayo de 2022

Los muertos

No recuerdo muy bien qué me llamó la atención de esta novela y, sin embargo, me hice con ella en mi librería preferida de segunda mano, aquella que me ha descubierto muchos autores desde aquella primera tarde que la pisé hace ya muchos años. De Jorge Carrión apenas conocía nada de su obra, simplemente le oí presentar en el telediario hace no muchas semanas su última novela: una narración híbrida e inclasificable que simplemente por el hecho de mezclar géneros ya me llamó la atención. El título sí que despertó curiosidad, porque además en la librería no solo estaba esta novela de Jorge Carrión sino las otras dos con las que forma trilogía (no argumental, sino temática). Por eso creo que decidí a leerla y a adentrarme en un mundo literario nuevo que, en el fondo, siempre es un reto y una aventura, y como lector me considero aventurero y buscador de nuevos horizontes.

Intentar clasificar Los muertos dentro de algún género literario puede ser misión imposible porque creo que no encajaría en ninguno de ellos. Si nos centramos en su trama y argumento pues podríamos decir que es una novela de ciencia ficción fantástica, pero aún así esta descripción se nos quedaría muy corta ya que la forma en que está narrada nos hace ver que lo que tenemos entre manos y estamos leyendo va más allá de lo tradicional y convencional, de algo prestablecido y clásico. No se puede describir el argumento de esta novela sin decir que en el fondo lo que en ella se narra no es más que la descripción detallada de lo que sería una serie de televisión, dividida en dos temporadas, y un par de artículos periodísticos o incluso universitarios sobre la misma.

Jorge Carrión va más allá de la literatura en Los muertos. Incluso me atrevo a decir que sobrepasa la metaliteratura para hacer una obra de arte narrativa, una joya muy bien engarzada, tallada y pulida, para que brille por todas sus caras y termine por deslumbrar al lector. Forma y fondo se dan la mano para conformar un conjunto narrativo de primer nivel y que no se suele ver muy a menudo en el panorama literario español. En el fondo, esta es una novela muy arriesgada principalmente por cómo se presenta la historia al lector: una primera parte en la que se plasma en papel el guion y el desarrollo de una serie de televisión (pero que el lector no sabe que es una serie de televisión hasta que llega a la segunda sección de la novela); una segunda sección en forma de artículo en el que se desgrana la temporada y el fenómeno que supuso el estreno en televisión; una tercera igual que la primera en la que se desarrolla la segunda temporada de la serie; y una última sección en la que, también a modo de artículo, se hace una análisis del origen y las influencias de la serie y sus creadores.

A medida que fui leyendo la novela y atisbando por dónde me quería llevar su autor fui disfrutando más y más de Los muertos. Parte además de una premisa muy interesante y es la mezcla de la ficción con la realidad, el intercambio de géneros y el hacer pasar por mero ensayo lo que es uno de los ejercicios de ficción narrativa más originales que he leído nunca. Pero es que esta novela no es para pararse en los detalles, ni en su argumento, ni en su estructura: esta novela está para disfrutarla como un todo y para dejarse llevar por el inmenso poder que tiene la buena literatura, que no es otra que la que no solo te lleva a otra dimensión (la literaria) sino que, incluso, te hace dudar de la realidad tangible que nos rodea y llegar a hacerte la pregunta: ¿cuándo y en qué plataforma han emitido la serie Los muertos y por qué yo no la he visto ni me he dado cuenta de ella?

Sorprende y ayuda al contraste en todo el libro los dos registros que Jorge Carrión emplea en la narración. Así, si en las dos partes principales de Los muertos, aquellas en las que se narra la propia trama de lo que es la serie homónima, el registro es muy cinematográfico y visual, con frases cortas que simplemente sirven para ubicar la escena y avanzar la acción sin florituras, en las otras dos secciones del libro, lo que se supone artículos y ensayos sobre la propia serie, Carrión emplea un estilo mucho más académico y divulgador. Y todo sin perder el norte, sin dejar de tener claro que el objetivo que busca es tener al lector permanentemente en activo para involucrarle en la novela y la narración.

No exagero si digo que la lectura de Los muertos ha sido de las mejores experiencias lectoras que he tenido en mucho tiempo. Por diferente. Por retadora. Por fresca. Por tremendamente original. Poco se conoce a Jorge Carrión para lo que merecería ser conocido, y poco se habla de una novela como esta que deja al lector con cara de idiota, pero sabiendo, una vez ha terminado la lectura, que ha leído algo importante, bueno, grande. Un librazo en toda regla con una mezcla de literatura y ficción desbordante, toques bestiales de metaliteratura en los que se pregunta y se reflexiona sobre el arte, la creación y los límites de la propia ficción, y una estructura que es imposible que deje indiferente a nadie.

Caronte.

miércoles, 4 de mayo de 2022

The ministry of fear

Solo unos pocos autores son capaces de urdir una trama de espionaje llena de tensión a partir de un hecho tan trivial como una rifa en una feria. Y de entre esos pocos autores, menos aún son capaces de entrelazar la acción principal con reflexiones sobre asuntos principales para el ser humano, esos temas y preocupaciones y miedos que nos persiguen desde que nacemos y que se acentúan una vez vamos perdiendo la candidez de la infancia y primera juventud para atormentarnos una vez que somos adultos y la vida sin preocupaciones queda postrada en el más remoto de nuestros pasados, en la oscuridad del olvido de nuestra memoria. Solo Graham Greene sabe darle a un thriller de espionaje un toque humano y profundamente psicológico. Es esta dualidad de Greene la que en su momento me terminó por ganar, no solo la trama principal de sus novelas, sino los temas filosóficos y psicológicos que introduce para atormentar a sus personajes principales.

Llevaba tiempo sin leer a Greene y en Cracovia, en una librería americana, encontré que tenían en oferta libros de la edición roja de Penguin Vintage, y entre ellos muchos libros de Greene: me hice con tres, entre ellos The Ministry of Fear, novela que llevaba mucho tiempo queriendo leer por ese título tan orwelliano y distópico. Y es que, sin saber el argumento de la novela, ver este título tan poco Graham Greene me llamó mucho la atención. Greene es un autor puramente de ficción, pero ficción realista, de la que podría haber ocurrido en las recónditas sombras de la realidad. Y sin embargo este título, título que hace referencia a un lugar, un organismo que en la propia novela apenas sale mencionado dos veces si no recuerdo mal. Un título encaminado a sugestionar al lector desde antes incluso de empezar a leer.

Todo empieza por una tarta. Una tarta rifada con truco a quien adivinara el peso exacto de la misma en una feria organizada por una asociación que representa a las naciones libres en el Londres de pleno bombardeo alemán (o Blitz). Una confusión a la hora de detectar e identificar a un hombre le lleva a ganar la tarta tras un encuentro misterioso con una vidente y desde ese momento será objetivo de una organización subversiva que pretende debilitar al Reino Unido en la IIGM. The Ministry of Fear es una de las novelas menos conocidas de Greene y, sin embargo, me ha parecido de sus mejores novelas de espías y probablemente de las más puras.

Usando el miedo como telón de fondo, Greene urde una trama donde el protagonista constantemente está huyendo hacia adelante, escapando de unos enemigos que no es capaz de reconocer y encontrándose en situaciones que es incapaz de explicarse de manera lógica y racional. The Ministry of Fear es un thriller clásico además, donde la muerte, la violencia y la tensión ante lo imprevisto y desconocido recorren la novela de principio a fin, y donde cada personaje nuevo que aparece puede resultar no ser lo que aparentemente puede parecer.

Graham Greene fue un escritor que vivió lleno de preocupaciones existenciales y acuciado por ciertas reflexiones sobre la vida que quedaron marcadas en prácticamente todas sus novelas. The Ministry of Fear no iba a ser menos y en esta ocasión Greene presenta a un personaje a quien el recuerdo de un acto pasado, un acto de compasión y amor, de un acto encaminado a evitar un sufrimiento grande que lo único que generó fue una muerte y un peso enorme y eterno en su conciencia. Es ese acto pasado, por el que pagó su precio correspondiente y que por tanto a ojos de la sociedad quedó como pecado expiado, sigue muy presente en la vida del protagonista de la novela y durante toda ella el lector verá cómo aquel acto determina muchas de las cosas que ocurren y, sobre todo, la manipulación psicológica a la que el protagonista se verá sometido.

Pese a que el título involuntariamente, y guiado por mi subconsciente, me decía que iba a encontrarme con una novela diferente, la verdad es que The Ministry of Fear sí que ha terminado siendo una novela que no esperaba, aunque no lo haya sido en el sentido que mi cabeza creía esperar. Que el título pueda indicar casi sin dudas que este libro esconde en sus páginas una novela distópica no es más que sugestión del lector que está acostumbrado a novelas y series de televisión muy orwellianas. Pero esta novela es radicalmente opuesta a una distopía y la ambientación durante el Blitz de Londres no hace más que acrecentar su sentido histórico y realista. Greene supo que con ese título tan sugestivo llamaría la atención y así es, pero una vez dentro de la novela da al lector algo que no espera pero que se disfruta de principio a fin.

The Ministry of Fear es una novela para aquellos que ya conocen de sobra a Graham Greene, pero también puede ser una buena opción para aquellos lectores que estén empezando a descubrirle ya que en ella se mezcla tanto el espionaje, género del que Greene es maestro indiscutible, como la reflexión psicológica y filosófica profunda, con personajes de doble lectura y una trama que avanza a un ritmo frenético dando una lectura amena, adictiva y activa. No voy a estas alturas de la lectura a engañar a nadie negando que Greene es uno de mis escritores anglosajones preferidos, porque de hecho es de esos autores refugio de los que ya he hablado en otras ocasiones, a los que vuelvo siempre con ganas sabiendo que leeré en terreno conocido sintiéndome cómodo.

Caronte.

lunes, 18 de abril de 2022

La Marcha Radetzky

¿Qué es un clásico? Para mí, nada más que una etiqueta que se le encasqueta a un libro y que determina su concepción por los lectores tanto para bien como para mal. El quién determina qué es un clásico y qué no ya es bastante más dudoso. Hay obras universales de la literatura que adquieren su carácter por tradición, por representar el culmen de una época o por implicar un cambio de paradigma literario. Otras obras, por el contrario, se convierten en clásicos porque una serie de críticos literarios y expertos estudiosos lo dicen pasando a ser así consideradas por lectores que no han pasado más que una decena de sus páginas para leerlas. La única conclusión aceptable entonces de lo que es un clásico es la de un libro que está siempre en la conciencia colectiva y que por tanto “hay que” leer, amándolo, odiándolo o siendo absoluta y totalmente indiferente al mismo. Pues esto último me ha pasado con este supuesto clásico de la literatura europea y austríaca.

La Marcha Radetzky es una de esas novelas que llevan el apelativo de clásico de la literatura supongo que derivado de otra época en la que sí que le vendría al pelo y podría ser considerado como tal. Que hoy siga siendo considerado como un clásico cuando lo que cuenta, a fin de cuentas – la decadencia de una familia que no sabe adaptarse a un presente cambiante – es un tema tan manido en la literatura como el del amor prohibido es básicamente porque cuando a un libro le cae la etiqueta de clásico es casi imposible quitársela.

No puedo negar el valor histórico que pudo suponer el año de su publicación La Marcha Radetzky. En 1932 ver plasmada en papel la decadencia social de todo un imperio como el Austrohúngaro que arrasó con toda una concepción de la vida que hasta el momento se consideraba prácticamente eterna e inmutable por los siglos de los siglos tuvo que se un rotundo éxito lleno de nostalgia y melancolía. Pero a día de hoy, con todos aquellos eventos en el pozo oscuro y profundo del olvido, poco puede aportar una novela que, para mí, queda desfasada en un tiempo pretérito que poca conexión con la realidad tiene y cuyos posibles paralelismos con una época de decadencia actual no logro vislumbrar.

La historia de la familia Trotta, desde el abuelo convertido en héroe de la Batalla de Solferino tras salvar al Emperador hasta el nieto que vive en sus propias carnes el cambio de paradigma social de una época de ocaso pasando por el padre alto funcionario de un Imperio descomunal en proceso interno de desintegración, me causa pesadez en la lectura. Apenas he sido capaz de mantener una atención digna en la narración de La Marcha Radetzky; de hecho, lo que más deseaba era acabar la novela para poder pasar a otra lectura quizá más edificante. Y decir esto de cualquier libro es casi peor que decir que lo has abandonado por imposible.

No he conectado ni con la trama de La Marcha Radetzky ni con el estilo de Joseph Roth. Y es que esa es otra. A menudo he leído comparaciones, para bien, entre Roth y Stefan Zweig, tanto por estilo de escritura como por mundo literario donde ambos profundizan en las más íntimas pasiones del ser humano y engloban todo en una época de cambios sociales profundos en el seno de la vieja Europa, la Europa de las grandes naciones y los vastos imperios. Pero, así como la etiqueta de clásico para esta novela, la comparación entre Roth y Zweig es, para mí, una sobre ventilación absurda. Hay rasgos comunes en ambos escritores, sí, pero de ahí a casi equipararlos, pues lo siento, pero no. Creo que Zweig está varios escalones por encima de Roth en cuanto a nivel de escritura y en cuanto a enfoque de tramas y análisis de la propia existencia humana en relación a su contexto histórico.

Pasa con los libros lo que con muchas otras cosas en la vida: no puedes decir si te gusta o disgusta si no lo lees o lo intentas al menos. La Marcha Radetzky es un libro que quería leer por muchas razones, todas buenas, válidas y loables, pero que tras su lectura me ha dejado decepcionado y totalmente indiferente a lo narrado en sus páginas. Por esto hay que leer siempre, leer y leer y leer. Leer tanto lo que uno sabe que le va a gustar, como aquello que, arriesgando un poco más, puede que no entendamos del todo, o incluso aquello que lo más probable es que no nos guste. No se puede hablar de libros y de literatura si solo leemos aquello en lo que nos sentimos cómodos. Joseph Roth, como Stefan Zweig o Sandor Marai son de esos escritores clásicos europeos que están casi en el olvido y por ello, puedan gustar o no, hay que leerlos siempre.

Caronte.

viernes, 1 de abril de 2022

El Gatopardo

A veces la literatura debe servir para sosegar, tranquilizar, calmar, para leer por el mero hecho de estar leyendo, sentado en un sillón, con un café cerca, relajado y dejando que la mente vague por el texto disfrutando. Hay pocos libros que se presten a ello, y de los que se escriben hoy en día casi ninguno es de este tipo. Ahora todo tiene que ir a una velocidad ultrarrápida y en las novelas deben pasar muchas cosas con muchos y diversos personajes. Lo contrario no solo no vende, sino que ni tan siquiera llama ya la atención. Hubo una época que no era así; una época en la que la literatura servía para tranquilizar sin tener que cumplir ningún tipo de entretenimiento como si fuera una canción o una película. Es como si los escritores (y los editores) tuvieran miedo de publicar novelas en las que solo pasa la vida y no hay asesinatos, ni romances, ni conflictos, ni mentiras…

El Gatoparto es una de estas novelas escritas para leer con calma y sosiego buscando, además, la tranquilidad que da una novela bien escrita donde lo que se cuenta, aún teniendo una importancia relativa, no es lo principal sino cómo está escrita y la paz que transmite en cada página. Giuseppe Tomasi di Lampedusa, de noble cuna y alta alcurnia, solo escribió una novela es toda su vida, ésta, pero qué novela… El de este noble italiano, de vieja estirpe y cultura excelsa, es uno de los casos literarios más extraordinarios: con una única obra publicada y escrita ha logrado ser una de las referencias culturales italianas, posicionando su novela en el canon clásico de la literatura de su país.

Ambientada en una Sicilia de otro tiempo, mediados del siglo XIX, y teniendo como centro al Príncipe de Salina y su vida en una isla y una Italia en transición entre dos mundos y formas de entender la sociedad, El Gatopardo es una novela histórica, costumbrista y familiar, con un trasfondo intenso de eventos políticos y cambios sociales que hacen de esta novela un fresco muy interesante para los amantes de la historia y de la propia literatura. El trasfondo general de la novela se desarrolla en plena revolución italiana en la que Garibaldi reunifica a todos los reinos italianos bajo un único monarca y bandera, bajo un único himno y una organización política única intentando llevar a Italia a la modernidad de la época sacándola de ese áurea medieval que aún cubría todos los aspectos de la sociedad.

Antes de acercarme a El Gatopardo lo único que me venía a la cabeza con esta novela era la película italiana clásica. Nada más. Bueno, sí, también me venía a la cabeza todo tipo de especulaciones sobre el contenido de una novela que siempre ha estado en libros pendientes de leer por tratarse de un clásico, pero que nunca terminaba de acercarme a ella por el mismo hecho de ser un clásico. Pero ha caído en mis manos, y a lo largo de sus páginas he viajado a una Sicilia probablemente ya extinta, pero que aún en la segunda mitad del siglo XIX tenían un aire medieval de servilismo muy acentuado. Iglesia y Nobleza eran los centros alrededor de los cuales giraba todo lo demás. La pleitesía a los nobles terratenientes por parte de campesinos y pueblo llano, la intelectualidad del cabeza de familia, la simpleza de las jovencitas enamoradas de los apuestos militares… Un clásico en toda regla, escrito a mediados del siglo XX pero con aires de novela del XIX inglesa.

Partiendo de que la novela perfecta no existe, hay muchas que, conformando un canon, pueden juntar cualidades entre ellas que las hacen rayanas a la perfección. El Gatopardo es una obra redonda, quizá no perfecta, pero sí de esas que quedan fijadas en el imaginario colectivo del mundo de la literatura y del Olimpo cultural de un país, en este caso Italia. En el imaginario colectivo literario de Sicilia e Italia está esta novela, donde el paisaje y el entorno son tan importantes como los propios personajes y las mismísimas reflexiones que en las páginas de este libro se narran. Hay mucho análisis de personalidades, muchas reflexiones sobre la vida, el amor y los cambios sociales que se avecinan dejando atrás un mundo y una época ya caduca y podrida por el tiempo.

Debo de confesar mi enorme sorpresa al terminar El Gatopardo y haberme encontrado con una novela que no imaginaba para nada así y cuya historia y su ambientación me han cautivado. Con un estilo elaborado, pero nada barroco o florido, Giuseppe Tomasi di Lampedusa logra en su primera y última novela lo que miles de escritores pretenden conseguir y nunca lograr en libros y libros fastuosos y pretenciosos. La lectura de esta obra merece calma, tranquilidad y reposo. Y, además, lo mejor para acercarse a esta novela ya clásica de la literatura italiana es hacerlo sin pretensiones y sin saber nada más de ella que su título. Quien se acerque a esta lectura así, en blanco, la disfrutará.

Caronte.

jueves, 10 de marzo de 2022

The crossing

Hacía muchos años que no leía nada de Cormac McCarthy y esta novela llevaba ya en mi punto de mira mucho tiempo hasta que la encontré de segunda mano en una librería en el barrio barcelonés de Gràcia. Esto fue en junio del año pasado y desde entonces ha estado esperando su momento de ser leída pacientemente en la pila de libros pendientes. La espera, aunque larga, ha merecido la pena ya que me he reencontrado con unas sensaciones que ya tuve al leer la primera de las novelas que conforman la trilogía de La frontera del enigmático escritor norteamericano que publica con cuenta gotas pero que cuando lo hace logra aunar a crítica y público. De hecho, y esto es una casualidad de última hora, ayer 8 de marzo se anunció que McCarthy publicará en otoño dos novelas tras 16 años de su última obra publicada, lo que sin duda constituirá todo un hito literario.

The crossing es la segunda entrega de una trilogía ambientada en el oeste americano, en terreno de frontera entre EE.UU. y México durante la primera mitad del siglo XX. Pese a pertenecer a una trilogía, ni personajes ni trama tienen que ver nada en absoluto con su antecesora All the pretty horses, y por tanto se pueden leer por separado como novelas independientes. (No pasa lo mismo con la tercera entrega de la trilogía – libro que aún no he leído pero que ya está en mi punto de mira – en la que los personajes principales son los de cada una de las otras dos novelas.)

Aunque con personajes diferentes a la primera novela de la trilogía, The crossing sigue el ambiente creado en esa primera entrega para traernos una historia de maduración personal, de paso de la juventud a la madurez en un entorno hostil y fronterizo (no solo físico entre las fronteras de dos países eternamente condenados a entenderse y a compartir espacios, sino también psicológico entre el bien y el mal, lo moral y lo indecente). Siguiendo los pasos de un joven vaquero y a ratos también con él los de su hermano pequeño, que pierden a su familia y su vida “tranquila” a manos de la violencia extrema de la frontera, el lector se adentra en un mundo árido, seco, brusco y sin contemplaciones, donde la vida es casi un accidente y donde vivir implica más bien sobrevivir.

Cormac McCarthy además es un autor ya clásico de la literatura norteamericana, del western incluso. Y como clásico bebe también mucho de los autores clásicos de la literatura. Así, The crossing tiene aires de novela cervantina, donde el viaje del héroe (o protagonista) se alterna con historias de terceros personajes que van cruzándose en su camino conformando su madurar y su aprendizaje del mundo y de la vida de otros. De hecho, para mí, esos incisos en la novela, donde el hilo narrativo salta por los aires de manera premeditada son de lo mejor del libro.

Como buena novela de frontera los personajes que van salpicando la narración también se encuentran en esa frontera espectral que conforma los caracteres de aquellos que viven situaciones donde la vida va más de sobrevivir que de dejarse llevar. Las condiciones extremas de una región seca, árida, cálida y fría, arisca conforman el cómo son esos hombres y mujeres: salvajes, bruscos, broncos, brutales… En The crossing McCarthy retrata rápidamente a los personajes y le lector es capaz de saber de inmediato ante qué tipo de hombre (o mujer) se encuentra.

También el uso del lenguaje es fundamental en esta novela. The crossing muestra ese mestizaje de frontera donde el inglés y el español se mezclan por igual a un lado y al otro de esa línea imaginaria que suelen ser todas las fronteras del planeta. Líneas trazadas por tiranos, reyes, diplomáticos, dictadores, poderosos o por el mismísimo dinero. Los diálogos están trufados de partes enteras habladas en español, o mezcladas entre español e inglés, dando a la narración esa veracidad y realismo que muchas veces se echa en falta cuando se lee. Por otra parte, saliéndose de los diálogos, que McCarthy hace prácticamente esquemáticos y lacónicos, las descripciones del paisaje, de los viajes a caballo y de las situaciones más atroces y brutales transmiten cierta ansiedad y angustia al lector, convirtiendo la lectura no solo en un viaje sino en una manera de adentrarse en el alma de los personajes.

The crossing no es una novela ligera de esas de playa en verano donde la atención a la lectura es secundaria y no pasa nada por no prestar atención durante un puñado de páginas, sino que es una novela en la que hay que poner toda la atención, no tanto por la trama sino por todo lo que cuenta de manera directa e indirecta. Pero esto es lo que me suele gustar de las novelas: que sean retadoras y que me planteen dilemas morales a la hora de determinar bondades y maldades en los personajes. En la obra de McCarthy, tan escasa en comparación con otros novelistas, todo libro es una joya y así hay que valorarlo y disfrutarlo: como algo único, poco habitual y extraño.

Caronte.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Las intermitencias de la muerte

Muchas veces las tradiciones surgen de la nada, simplemente de un hecho que casualmente, consciente o inconscientemente, se repite con una cierta periodicidad o asiduidad hasta que pasa a ser una costumbre y alguien, un individuo o un conjunto de personas, lo asume como tradición. Sin quererlo voluntariamente, esto es lo que me ha pasado con Saramago desde que hace ya unos cuántos años lo leí por primera vez: y es que desde aquella primera novela suya que cayó en mis manos (tarde como me suele pasar con ciertos escritores) cada año leo entre una o dos de sus novelas dependiendo de las que encuentre en las librerías de segunda mano que son las que me han surtido de todos los libros suyos que he leído. Y ahora ya es una tradición qué procuró llevar a rajatabla y honrar anualmente sumergiéndome en alguna de sus novelas.

Tras haber leído probablemente sus novelas más famosas o de título más célebre, esta vez la que ha caído en mis manos es esta novela de título absolutamente atractivo (atractivo por lo que tiene de misterioso y límite mentar a la muerte en el título de una novela). Las intermitencias de la muerte es un libro en el que es la muerte, la parca, esa señora (siempre es una mujer la muerte, siempre en femenino) con guadaña, túnica negra y de aspecto la protagonista como en el fondo lo es de nuestra vida. Si digo la verdad, es la primera vez que leo una novela cuyo protagonista sea un elemento tan esencial y radical en nuestra vida como es la muerte: aquello que en el fondo le da sentido a nuestra existencia.

¿Qué es la muerte sino algo que desde el momento en que nacemos sabemos que tendremos que afrontar? ¿Qué es la muerte sino un evento cumbre en nuestra vida que llega sin nosotros saber cuándo y por tanto al igual que en hacer causará dolor y lágrimas aunque de muy distinto y contrario signo a aquellas que se producen en el alumbramiento de una vida? pues en esta novela Saramago da una respuesta un tanto alternativa y presenta a la muerte como una funcionaria que decide deja de hacer su trabajo. Esta es la premisa principal de Las intermitencias de la muerte: cómo se desarrollaría la vida en un país en una sociedad en la que nadie muriera. Difícil cuestión que nadie se plantea por lo inasumible de la misma y porque sería en cierto modo un alivio y un agobio al mismo tiempo.

Las novelas de Saramago, al menos las que hasta la fecha he leído, plantean siempre cuestiones morales, filosóficas y éticas que afectan al ser humano como individuo y como sociedad de manera profunda. Las intermitencias de la muerte no es una excepción y partiendo de un planteamiento absolutamente distópico o de ciencia ficción (qué son los géneros en los que yo englobaría la obra de Saramago) el Nobel portugués analiza los aspectos personal, a nivel de individuo, y social, a nivel de conjunto, que entrañaría el que no muriera nadie y que por lo tanto la vida no tuviera un fin (entendiendo este fin en dos vertientes: como objetivo y final).

Por desentrañar un poco la estructura y el contenido de la novela podríamos decir que es bastante claro que Las intermitencias de la muerte se podría dividir en dos partes perfectamente diferenciadas. Una primera mitad de la novela trata y analiza de diferentes vertientes como la sociedad en su conjunto a nivel gubernamental empresarial religioso y social afronta el hecho de que nadie muera. Es en esta primera mitad en la que Saramago, como suele hacer en sus obras, muestra su aspecto de escritor más ideológico y político analizando muchos aspectos claves de lo que a día de hoy es la sociedad capitalista en la que vivimos llevando al límite absolutamente todos los tabús morales y éticos que envuelven al final de la vida ya sea la enfermedad, la vejez y la propia muerte. Es muy interesante ir de la mano de Saramago y su magnífica lucidez cómo el intelectual que fue los diferentes aspectos que en una estructura de sociedad actual se verían afectados por este hecho fantasioso, ya que bajo la narración de una fábula entretenida y magistralmente escrita subyace siempre una crítica lúcida y voraz del sistema social absolutamente desbocado y desaforado que las sociedades capitalistas han impuesto.

Sin embargo, Las intermitencias de la muerte tiene una segunda mitad que choca radicalmente con la primera y que prácticamente constituye una segunda novela dentro del global. Y es que, en esta segunda mitad, Saramago se centra en la muerte y en su retorno al trabajo dando un preaviso de 7 días a aquellos que van a morir volviendo a plantear otra vez una serie de dilemas morales sobre este hecho, pero, sobre todo, humanizando a la muerte, a la que termina poniendo cuerpo físico y rostro de mujer para traerla entre los vivos e intentar culminar un trabajo que se niega a ser realizado.

Este contraste entre las dos partes de una misma novela hace de Las intermitencias de la muerte una de las obras de Saramago más complejas e interesantes de leer, puesto que se mezclan dos de las características fundamentales de la obra de este magnífico escritor portugués una narración comprometida con los dilemas sociales que tiene la vida y la reacción del ser humano a los mismos, con una fábula fantástica sobre la muerte y sus debilidades. Porque humanizando a la muerte Saramago lo único que hace es constatar que entre muchas cualidades la muerte es principalmente algo inherente a la vida y que no puede escapar de vivir como ningún vivo puede escapar de morir.

Caronte.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Punto de cruz

Ya dije hace un año que iba a empezar a leer literatura y libros diferentes a los que hasta entonces estaba acostumbrado a leer. Quiero decir con esto que quería diversificar un poco mi biblioteca personal acercándome a puntos de vista diversos, diferentes, no tan usuales como los que, entre comillas, el canon tradicional suele imponer. Por esa razón, desde el año pasado, llevo siguiendo de manera muy asidua todo el mundo de la literatura escrita por mujeres, intentando leer no solo a aquellos autores a los que siempre he leído, sino incorporar nuevos autores tanto en castellano, como en inglés, francés, italiano o catalán que puedan aportarme esos puntos de vista diferentes que estoy buscando y sobre todo, si puede ser, femeninos. Y a esta labor de diversificación de mi biblioteca y mis lecturas colabora desde hace no mucho una editorial que hace una labor inmensa publicando voces frescas, jóvenes y femeninas como es la editorial Tránsito Libros.

Punto de cruz es una novela sobre el paso de una adolescencia juventud a una madurez personal de tres jóvenes mexicanas de ideología progresista, de familias semi acomodadas, que son amigas y que las une tanto el amor por el punto de cruz, por tejer, como la literatura y la cultura. Narrada desde el punto de vista de una de estas tres amigas, la historia se recrea en recuerdos de su infancia, en recuerdos de sus otras dos amigas, en un viaje a Europa a visitar a una de ellas recorriendo Londres primero y París después, su vida preuniversitaria, sus amores juveniles, su descubrimiento del sexo, el afianzamiento de su amistad y el enfriamiento de esta con la madurez y la distancia.

Muchos y muy diversos son los temas que Punto de cruz trata siempre desde la perspectiva femenina y por tanto siempre desde una perspectiva quizá eclipsada generalmente por un mundo que, nos guste más o menos y lo aceptemos o no, está dominado por los hombres, por las conductas masculinas, dejando siempre a la mujer una serie de lugares propios y obligándola a asumirlos o, muy probablemente, ser tachada de diferente o sufrir diferentes violencias de género si no acata lo que la sociedad masculina se supone la obliga a aceptar. Y, además, todo partiendo de una sociedad como es la mexicana tremendamente machista donde la violencia contra la mujer es una lacra diaria y, por tanto, por ser rutinaria, casi invisible.

Cuando hace un año y pico decidí transformar mi manera de leer para incorporar a mis lecturas a más autoras, más escritoras, no era simplemente por una cuestión de vanidad o de postureo era una cuestión que me surgió después de darme cuenta de que el 80% de mis lecturas provenían de escritores, de hombres, y teniendo en cuenta que la mitad de la humanidad son mujeres no podía permitirme que la única visión literaria que tuviera fuera la descrita en obras escritas por hombres. Punto de cruz no solo es una novela escrita por una mujer, sino que además está escrita con la frescura que da la juventud, tratando temas que en el fondo son de mi propia generación, aunque pertenecientes quizá a las preocupaciones del sexo contrario, pero no dejan de ser las mismas preocupaciones y experiencias que he tenido yo cuando pasé de mi adolescencia a mi juventud y posteriormente a mi madurez.

Lo suelo comentar siempre que leo una novela escrita por un autor del otro lado del charco y es que en Punto de cruz como en otras muchas novelas el lenguaje es tan parecido y a la vez tan distante del español de España que lo hace maravilloso. Esa musicalidad, ese color, esas palabras que sin saber realmente lo que significan sabes qué quieren decir, esos dejes, esas características tan propias del español que se habla fuera de España hacen de todas las novelas latinoamericanas lecturas muy jugosas e interesantes para el lector.

Sin ser una novela excesivamente deslumbrante Punto de cruz es una historia de amistad, de cariño, de mujeres que luchan por sus ideales, por sus propias victorias, por llevar la vida que quieren, aunque el mundo les sea hostil por naturaleza. Tejida en tres hilos diferentes esta historia de lugares comunes a toda una generación dando igual el lugar de procedencia emociona y conmueve a partes iguales. Quiero reconocer la labor de publicar historias diferentes novelas diferentes todas escritas por mujeres de distintas generaciones, pero poniendo el foco principalmente en autoras jóvenes de la editorial Tránsito, que además edita de manera preciosa con un estilo único y particular que hace muy atractivo acercarse a sus libros.

Caronte.

jueves, 27 de enero de 2022

La señora Potter no es exactamente Santa Claus

Comprar y leer este libro fue resultado de dos necesidades: la primera de ellas, saciar una curiosidad, ya que desde que se publicó no he dejado de ver en redes sociales buenos comentarios, recomendaciones y reseñas sobre él; la segunda viene de mi incapacidad de hacer un trayecto en transporte público sin ir leyendo, por lo que tuve que comprar este libro en Santiago de Compostela después de que en el AVE de ida a la ciudad Jacobea acabara el libro que me estaba leyendo y me quedara, por tanto, sin libro para la vuelta. Fue ésta como podría haber sido cualquier otra la que comprara en Santiago, pero después de recorrerme varias librerías en la capital gallega al final decidí optar por esta novela ya que, en el fondo, llevaba tiempo ya con ganas de hacerme con ella.

Lo primero que llama la atención de este libro es su título, un título absolutamente maravilloso. de esos que atrapan desde el momento en el que lo lees. La señora Potter no es exactamente Santa Claus, título larguísimo para lo que estamos acostumbrados, destaca en cualquier listado de libros, en cualquier mostrador de novedades, en cualquier estantería; un título que bien podría ser simplemente la traducción de una novela clásica del siglo XIX inglesa, pero que sin embargo es un título de una novela escrita por una escritora española que ha desarrollado toda su obra en castellano: Laura Fernández. (Si me permitís la licencia a partir de ahora llamaré al libro simplemente La señora Potter).

La señora Potter es una novela que rebosa, desde la primera página, imaginación e inventiva, que desborda lo que estamos acostumbrados a leer en la narrativa y en la literatura española contemporánea y que nos lleva a otra época (que espero pueda recuperarse) en la que la ficción pura y dura era la protagonista de todas las novelas que se editaban en España. Ficción pura y dura: algo que se está perdiendo mezclando géneros, trayendo a colación vida de escritores que sinceramente a mí particularmente me trae sin cuidado, llamando ficción a lo que realmente es autoficción y por lo tanto una autobiografía y por lo tanto darse importancia sin tenerla. Laura Fernández ha escrito una obra original, simple y llanamente, de esas que escasean, con una historia llena de luces y sombras, de color, de oscuridad, de vida y de humor.

El argumento de esta novela simple no es, quiero decir, no hay una única trama sino muchas subtramas alrededor de lo que podríamos quizá considerar una trama principal que es que el dueño de una tienda de regalos relacionados con un libro escrito por una escritora que se hizo famosa única y exclusivamente por ese libro decide cerrarla para huir de ese pueblo que tan amargos recuerdos y vivencias le trae. De hecho, el título de esta novela La señora Potter no es exactamente Santa Claus es el título de esa novela ambientada en este pueblo que no solamente es un lugar, sino que prácticamente es un personaje que determina la conducta de todos los otros personajes de carne y hueso que aparecen en la novela. Personajes que junto con los diferentes lugares y marcas que aparecen en el libro tienen nombres absolutamente rimbombantes fruto de una imaginación absolutamente desbordada de la autora que le dan al libro una de sus más genuinas y originales peculiaridades.

He leído por ahí que La señora Potter es un libro que, si te paras a pensar, no narra más que absurdeces y por lo tanto es un libro con una trama absurda. Puede ser que sea verdad. De hecho, en más de una ocasión a lo largo de la lectura de estas 600 páginas me he planteado hacia dónde quería llevarnos la autora porque en el fondo no hay un destino de la lectura. Hacer un libro con tanta subtrama, con tanto personaje secundario, con tanto nombre llamativo, puede llevar al lector a perderse un poco en una narración que en más de una ocasión, debo de confesar, se hace pesada y densa. Pero vivan las absurdeces de este calibre y de esta calidad; esas absurdeces narrativas que transportan al lector a un mundo absolutamente único fruto exclusivamente de la imaginación de una escritora y de la capacidad imaginativa de cada lector que ubica en un Hola mundo único y exclusivo toda la novela.

Sin embargo, he de decir también que, pese a que en conjunto La señora Potter es una novela entretenida con momentos divertidos y momentos absolutamente profundos donde uno se da cuenta que pese a todo el envoltorio absurdo lleno de imaginación a veces subyacen una serie de reflexiones muy potentes sobre el arte, sobre la vida, sobre las relaciones padres-hijos, sobre lo que es en el fondo la vida, creo que le sobran unas cuantas páginas y que debido a su excesiva longitud la narración termina siendo un pelín repetitiva.

Para acabar simplemente añadir que creo que La señora Potter no es exactamente Santa Claus es una buena novela, quizá un poco larga en exceso, pero buena, a fin de cuentas. Pocas veces he leído un libro en el que la narración esté tan llena de lo que debe de ser realmente la literatura: invención, magia, generosidad con personajes, referencias clásicas, influencias de otros escritores, de otras narrativas, de otros estilos… desde luego puedo asegurar que esta novela no va a dejar indiferente a nadie lo más probable es que atrape desde el primer momento o te expulse directamente seas incapaz de avanzar más allá de las primeras páginas. Yo recomiendo dejarse llevar por esta novela, por esta historia, por este pueblo, Kimberly Clark Weymouth, qué es todo aquello que podemos imaginar y más. y disfrutar de una narración pura de ficción.

Caronte

lunes, 24 de enero de 2022

Un viaje de invierno

Lo que me atrae siempre de las novelas de Juan Benet es su capacidad para dejar a un lado el argumento de estas, que este no tenga ningún tipo de importancia, y que todo el peso del libro recaiga en su estructura formal. Las novelas de Juan Benet son prodigios formales y exigen del lector una concentración extrema para poder desentrañarlas de manera correcta y tras una lectura que muchas veces es tediosa pero que, sin embargo, el lector no puede abandonar. O al menos es lo que a mí me pasa con las novelas de este autor fallecido hace ya unos cuantos años y que compaginó su profesión de ingeniero de caminos, canales y puertos con una obra literaria que ha dejado una impronta muy relevante en muchos escritores y que, por cómo son sus novelas, está en el olvido o en un rincón oscuro de la memoria literaria de España.

En Un viaje de invierno Juan Benet nos lleva de nuevo a Región: ese territorio tan suyo, tan propio, tan único, tan real e irreal al mismo tiempo, que podría considerarse una mezcla de muchos lugares reales de la geografía española y que si hubiera que ubicar de manera un poco precisa en un territorio real de nuestro país podría ser perfectamente una zona comprendida entre Zamora, León, Palencia…, zona castellanoleonesa del norte. En casi todas sus novelas Juan Benet utiliza Región no ya solamente como un escenario donde la mayor o menor acción de las mismas se desarrolla, sino como un personaje más que determina muchas veces la manera de actuar de los diferentes personajes y que definida tan maravillosamente bien como lo hace Benet, gracias muy probablemente a su formación técnica como ingeniero, hacen que el lector pueda imaginarse perdido entre las lomas, las cimas, los valles, los pueblos de esa región brumosa, gris, melancólica, triste, oscura, Donde la esperanza hace tiempo que se perdió y el futuro no es más que un anhelo inalcanzable para sus habitantes.

Un viaje de invierno es desde luego una de las novelas más complejas de Juan Benet y en la que mayor empeño formal puso para poder encajar lo que quería contar, lo que quería exponer, en un formato que combina una narración clásica, densa, con unos ladrillos o glosas a los márgenes que se van intercalando a lo largo de toda la novela y que pueden constituir un segundo nivel de lectura. Esta complejidad hace que los personajes y la propia trama de la novela pasen absolutamente a un segundo plano, como he señalado antes. Y es que al lector poco le va a importar lo que pase o no pase a lo largo de las páginas de este libro; páginas que pasará muy poco a poco, porque en muchas ocasiones tendrá que releer pasajes completos para terminar de comprender qué es lo que ha ocurrido.

A través de una narración muy densa, con oraciones muy largas, intercaladas de aclaraciones entre guiones y entre corchetes y entre paréntesis, el lector va a descubrir una historia familiar de pueblo, oscura, con rencillas históricas y destinos marcados por la fatalidad y la inevitabilidad del paso del tiempo. Un viaje de invierno en el fondo es un drama familiar en el que una mujer sola en una gran casona rural celebra una fiesta recurrente, año tras año, invitando a la misma gente, siguiendo las mismas pautas, pretendiendo así, repitiendo una y otra vez un mismo acontecimiento este pueda variar con el tiempo sabiendo que una vez una acción es llevada a cabo no hay manera de borrarla del libro de la historia.

Leer a Juan Benet es saber que la lectura va a ser difícil, que va a exigir mucho del lector y qué va a costar introducirse en un libro suyo. Sin embargo, si somos capaces de salvar todos estos obstáculos, más formales que otra cosa, el lector se va a encontrar con un ejercicio de lectura muy instructivo y sobre todo con un reto literario de primer nivel. Un viaje de invierno es un ejemplo perfecto de lo que Juan Benet tenía dentro de sí y conformaba su universo literario: una mente compleja, de difícil acceso y con unas estructuras intelectuales por encima de la media. por eso la mayor parte de la obra de Juan Benet es incomprendida, porque solamente una cabeza como la que él tenía sería capaz de desentrañar y descifrar lo que sus novelas pretenden contar.

Es difícil recomendar a Juan Benet porque su obra es críptica, porque sus libros no son convencionales: no pretenden vender, no pretenden ser leídos incluso, o esa es la impresión que yo tengo. Creo que la obra de Juan Benet pretende existir, pretende estar ahí y ser una especie de consulta para aquellos lectores que quieran realmente profundizar en ella y dejarse llevar por una manera de escribir compleja, rebuscada, muy culta, que hace ver que no hay una única manera de contar y narrar, sino que hay tantas como individuos. Un viaje de invierno es una novela en la que me costó entrar, pero que al final terminé leyendo con muchas ganas para intentar hacerme una mínima idea de lo que Benet quería transmitir con ella (porque al final, de las novelas de Juan Benet lo que el lector puede sacar en claro no llega probablemente ni al 20% de lo que pretendía el autor).

Caronte.

viernes, 29 de octubre de 2021

Ébano


¿Que tenía muchísimas ganas de leer este libro? Sí. ¿Qué tenía las mismas o incluso más ganas de leer por primera vez a Ryszard Kapuściński? Pues también. Desde que por primera vez leí a Javier Reverte hace años con su El sueño de África, el continente negó se me metió en la sangre infectándome con su mal sin ni siquiera haberlo pisado nunca. Por esta razón leo sobre África y sueño con ir algún día a contemplar su naturaleza sin límites y llena de soberbia, la soberbia que da el saberse única y legendaria. Porque de leyenda es todo lo que rodea al continente africano donde belleza, penuria y guerras se dan constantemente la mano creando un universo paralelo al que vivimos aquellos que no habitamos el desierto, las sabanas, la jungla, las montañas o las costas africanas. Es cierto que hasta el momento he leído principalmente o libros de viajes o de crónicas sobre África, aún no me he adentrado lo suficiente en su narrativa y literatura, pero prometo que pronto eso también lo iré solucionando.

Ébano es un libro que recoge unos 30 años de crónicas periodísticas políticas y socioculturales sobre todo el continente africano escritas por este inmenso, curioso y tenaz periodista polaco, que como muchos otros antes, al llegar a África enfermó de su mal y no se pudo quitar el agobiante calor, los olores penetrantes y los paisajes extremos del continente de su alma. No hay ficción en ninguna de las páginas de este libro, tampoco es necesario que la haya, porque en parte África es tan irreal a veces, tan diferente a lo que un “occidental” (odio estas palabras manidas y vacías que solo sirven para clasificar de manera clasista al mundo) está acostumbrado que la realidad supera a la posible ficción que las gentes de África, sus costumbres y sus paisajes pueden generar.

Ryszard Kapuściński fue un maestro indiscutible del periodismo de crónicas, de esos viejos periodistas que se lanzaban a vivir las experiencias de lo que querían escribir por su cuenta y riesgo, haciendo amigos y enemigos, aliados y rivales, viajando, llenándose de polvo, pasando hambre y miedo, arriesgando su propia integridad física para poder contar de primera mano lo que pasaba en África durante los años en los cuales el continente estaba más convulso y más cambios se produjeron en el mismo. Ébano es un libro esencial para entender cómo fue el despertar de África en el siglo XX, cómo pasó de ser un continente colonizado a ser un continente “libre”, y lo pongo entre comillas porque mientras haya guerra, hambre y enfermedad crónica, África nunca será libre del todo, seguirá tiranizada por la pobreza y la desidia del resto del mundo que mira con impasibilidad lo que sucede más allá de sus paisajes.

Aunque no es un libro de viajes, porque en absoluto en las páginas de Ébano se recomienda, ni se describe más allá de lo necesario, experiencias o paisajes idílicos, sí que es cierto que gracias a la manera de contar que tiene Kapuściński se generan en el lector ganas de visitar África, mezclarse con sus gentes, recorrer sus polvorientos caminos y dormir al raso de su inmenso e infinito cielo. Pero donde se centra el periodista polaco es en narrarnos cómo un continente empieza a despertar y pasa de estar oprimido por blancos europeos a estarlo por negros corruptos que esquilman, odian y guerrean constantemente.

Etnias, clanes, tribus, familias, guerras, hambre, muerte, sangre, dictadores, crueldad, animales salvajes, mercenarios, secuestros, robos, enfermedades, religiones, ritos, creencias, supersticiones, hechiceros, niños guerreros, mujeres fuertes, hombres corruptos… Ébano muestra absolutamente todas las facetas que han contribuido a conformar la imagen, entre idealizada y realista de un continente eterna y permanentemente atizado por guerras y males que son casi endémicos en África.

Con los textos que en Ébano se recogen los lectores podemos viajar de la mano de Ryszard Kapuściński por la historia más reciente de África, y aunque las crónicas en este libro recogidas abarquen hasta los 90 más o menos, podemos extrapolar sus lecciones hasta el día de hoy, porque a pesar de que ahora África está más calmada que hace varias décadas, ya no hay tantos golpes de estado, ni revoluciones, ni guerras en diferentes puntos, el hambre, la enfermedad, el olvido por parte del resto de la comunidad internacional (salvo China, que está siendo el país más inteligente geoestratégicamente hablando) y el odio permanente entre etnias y pueblos que deben convivir en un mimo país cuyas fronteras fueron trazadas por europeos, todo eso sigue presente en mayor o menor medida por todo África.

Leer Ébano me ha hecho darme cuenta de lo necesario que es tener un buen periodismo, crítico, resolutivo, con profesionales que vayan al centro de la noticia y la cuenten no desde el oficialismo de los ministerios y palacios presidenciales, sino desde la calle y el polvo del camino, hablando con la gente que es la verdadera protagonista de las decisiones que unos pocos toman en sillones y salones decorados profusa y ricamente. Además, este libro me reafirma en la necesitad que tenemos de la literatura en todas sus formas y géneros, en el poder de la palabra, de la capacidad inmensa de conmover y emocionar, de mostrar la realidad. Tras su lectura puedo afirmar que es uno de los libros fundamentales para poder entender el presente de África y todo aquel que tenga el gusanillo dentro por este continente debería hacerse con él y leerlo.

Caronte.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Panza de burro

 

Siempre he pensado que la literatura, la buena literatura, debe hacer visible y dar voz a todo lo que, pese a serlo realmente, queda en la oscuridad de la sociedad silenciado por aquello que creemos más relevante e importante. Un buen libro debe sacar a la luz esas voces interesantes, claras, directas y contundentes que nos abren los ojos de realidades que nos quedan muy cerca, pero que, por pereza, desconocimiento, distracción o incluso desidia obviamos sin querer o deliberadamente. Esto es lo que debe hacer la buena literatura y no simplemente entretenernos durante las horas que dure la lectura de un libro o hacernos imaginar mundos diferentes o viajar en el tiempo. Esas realidades diferentes, diametralmente opuestas a nuestras propias vidas diarias, no siempre están en mundos lejanos, paisajes exóticos o tiempos extraños, sino a la vuelta de la esquina, solo que por miedo y prejuicios preferimos no fijarnos en ellas.

Panza de burro es de esas novelas de las que todo el mundo habla, generalmente para bien, que surgen casi de la nada, sin pretensiones y sin una campaña de márquetin inmensa (ya que la editorial que la ha publicado es minúscula y fuera de todos los grandes circuitos editoriales) pero que sacuden el mundo editorial y literario surtiendo el efecto purificador que suele tener un ventanal abierto en una casa cerrada durante muchos años. Este libro es puro aire fresco, nuevo, totalmente renovado, no olido ni visto ni sentido con anterioridad, o muy pocas veces experimentado, pero que es necesario.

Andrea Abreu, la joven autora (26 años) que ha creado esta maravillosa novela, ha conseguido aunar en Panza de burro un estilo novedoso, fresco, lleno de colorido y musicalidad canarias gracias a un léxico local, lleno de palabras mágicas de barriada pobre y prácticamente rural, con una historia conmovedora, tierna, realista y llena de amistad, amor y, ante todo, sinceridad. La historia de dos amigas de apenas una decena de años narrada por una de ellas, que viven en casas extremadamente humildes, sin lujo alguno, salvo algún capricho, en un ambiente en el que el universo acaba con la última casa del barrio, donde las abuelas son las madres, donde la calle es la mayor y mejor escuela de vida, donde el amor se vive sin tapujos y los instintos priman a la razón, es el hilo conductor de una novela absolutamente rompedora y fresca.

Cuando empecé a oír hablar de Panza de burro solo escuchaba halagos principalmente a la manera en que estaba narrada. Hay quien calificaba este libro como experimental, con un estilo único y poco visto; extremadamente original incluso. Estas alabanzas, quizá en algunos casos desmesuradas, me echaron un poco para atrás. Sin embargo, gracias a la recomendación de un apreciado amigo canario, lector y escritor incansable, me animé a hacerme con ella intentando no empezar a leerla con prejuicios en mi cabeza. Lo conseguí y me acerqué a sus primeras páginas con cautela, para en seguirá caer rendido ante la manera de narrar de Abreu y, página tras páginas, y capítulo tras capítulo (son cortitos, como una exhalación de aire frío en la cara) fui cayendo rendido no solo ante el estilo, la gramática y el léxico empleado, sino también ante una historia que bien podría ser la de cualquier barrio humilde de cualquier ciudad española, pero que gracias a ese color canario tan maravilloso, se convierte en una historia única.

Panza de Burro no es solo una novela rompedora en el panorama literario español, es también un libro atrevido y valiente que da voz a quienes nunca la han tenido, o lo han hecho, pero en muy raras y contadas ocasiones. Los excluidos de la sociedad, los sin futuro, los sin voz, los invisibles, los que, con su trabajo duro diario, sus sacrificios, sus ausencias, sus silencios levantan la sociedad en la que vivimos. Andrea Abreu, a través de la mirada inocente, pero con cierta madurez, de una niña canaria nos muestra qué es la vida fuera de los focos de las grandes calles y plazas y barrios de nombre famoso, de las ciudades españolas, centrando además el ámbito geográfico en una periferia más absoluta: Canarias, allí donde “solo se va de vacaciones a una hora menos que en la península”. Esto es lo que comentaba al principio: dar voz y sacar de la oscuridad a esa parte del mundo, de la sociedad, que existe y es, pero que queremos ignorar por sentir algo de rechazo.

Para mí este libro es pura literatura, o al menos lo que yo creo que debe ser la literatura. Panza de burro es un golpe brutal a los convencionalismos literarios. Estamos ante una historia diferente, cautivadora, sugerente y extremadamente necesaria. Dar voz literaria a una niña de diez años que vive con sus padres y abuela en un suburbio de Tenerife, que es criada principalmente por su abuela ya que sus padres trabajan para el turismo y la construcción, que vive más en la calle que en la casa, que cuenta con ojos de niña que está empezando a descubrir el mundo adulto su vida y su relación con otra niña de su edad a la que quiere (querer sin tapujos ni dobles sentidos ni hipocresías); todo esto es necesario en literatura, porque es necesario hacer literatura actual, que rompa con los cánones que llevan fijos sin casi ninguna mutación muchos años.

Panza de burro ha superado todas mis expectativas y tirado por tierra todos los prejuicios que tenía de él antes de empezarlo. Andrea Abreu ha conseguido con esta novela dar un golpe en la mesa, poner en la órbita literaria una manera de contar diferente, directa, sin pelos en la lengua y sin tapujos, dando voz y vida a los silenciados con una historia que atrapa, conmueve, divierte y que conecta perfectamente con aquellos que sobre los años 2000 teníamos unos 10 años. He disfrutado como un niño pequeño leyendo esta historia cuyo final, además, es tan drástico que el cerebro no puede más que explotar. Leedla por favor.

Caronte.

viernes, 23 de abril de 2021

Tomás Nevinson

 

Tres años largos han pasado desde la última novela de Javier Marías. Tres años han pasado sin que leyera nada de él salvo los cuentos que publicó hace ya unos cuantos años. Tres años en los que casi había olvidado esa manera tan suya de narrar y a la que el lector debe dejarse ir y llevar para no caer en un sopor que podría ser mortal para quien intente resistirse a su manera de escribir envolvente. Pero qué delicia volver al universo Marías, donde nada ocurre y sin embargo todo pasa; donde la trama no es relevante, sino todo lo que acontece y pasa alrededor de la misma; donde las reflexiones sobre el tiempo, sobre lo que se hace o no, sobre lo que se dice o se calla, sobre cómo queda determinado el destino y nuestras vidas por las decisiones que tomamos o dejamos de tomar, son las protagonistas mostrando como si fuera una autopsia el mundo interior y personal del protagonista. En el fondo tenía ya mono de Javier Marías.

Como suele ser habitual en la (compleja) obra literaria de Javier Marías, en Tomás Nevinson, libro que toma el título del nombre del protagonista, marido además de Berta Isla, quien da nombre a su vez a su anterior novela, la trama, lo que pasa, no es relevante a pesar de que, en este caso, sí que resulta sumamente interesante. De hecho, la novela plantea la necesidad de localizar y eliminar a una terrorista participante en algunos de los ataques más bestiales de ETA en España. Y es Tomás Nevinson, quien se creía ya amortizado para los servicios secretos ingleses, quien recibirá ese encargo macabro y éticamente muy cuestionable de manos del sempiterno en las novelas de Marías, Bertram Tupra.

Tomás Nevinson no solo es la última novela de Marías (podría incluso ser la última obra de ficción del escritor madrileño según algunos rumores que he leído por ahí), sino que es la más extensa de cuantas ha escrito hasta la fecha (contando Tu rostro mañana como tres novelas independientes). Casi setecientas páginas donde Marías despliega su estilo para no solo desarrollar el proceso de localización de esta mujer terrorista que causó tanto dolor y que se supone vive apaciblemente en una ciudad ficticia del noroeste español llamada Ruán, sino para reflexionar, como hace siempre, sobre sus temas fetiches y más característicos.

Al mismo tiempo, Tomás Nevinson, es su obra más ficticia y con más trama y la que más reflexión tiene, donde lo ajeno a la trama, donde los pensamientos y el pasado y presente y futuro del protagonista tienen más peso. No obstante, la misión que Nevinson debe realizar le lleva a plantearse muchas cosas, a reflexionar hasta cuándo se puede hacer justicia, si el ser humano puede cambiar, si matar cambia algo, lo arregla, lo evita… Para ahondar en estas reflexiones, Marías, como suele hacer, tira de erudición y cultura y va a los clásicos, Shakespeare, T.S. Eliot, Baudelaire, a la historia misma con Ana Bolena, Juana de Arco, o un episodio que yo desconocía pero que es totalmente verídico de un alemán que tuvo a Hitler a mano para eliminarlo para siempre pero que llevó a cabo lo que se le pasó por la cabeza por pensar que no llegaría a más. Y sin embargo llegó a más.

Muy presente en esta novela está el tema de ETA y el IRA, ambas bandas terroristas hermanadas, que se ayudaban y apoyaban mutuamente. Y es muy revelador algunas de las conversaciones que se dan en Tomás Nevinson a consecuencia del asesinato de Miguel Ángel Blanco que ocurre en mitad del tiempo narrativo de la novela y que quizá desencadena los acontecimientos más relevantes de la trama de la misma. Hay reflexiones que bien podrían ser columnas de opinión de cualquier periódico incluso, y de hecho en todas ellas se nota claramente la impronta de Marías, así como algunos comentarios y opiniones en boca de personajes que no son más que licencias personales para dejar claro alguno de sus puntos de vista sobre la sociedad actual en la que vivimos y con la que tan crítico siempre es desde su última página en el suplemento de El País los domingos.

De lo que más me ha gustado de Tomás Nevinson es la capacidad narradora de Marías, su inconfundible estilo que envuelve al lector como si estuviera a la deriva en un mar a veces en calma y otras embravecido y en el que debe dejarse llevar para llegar a buen puerto. No ha habido novela de Marías además que no me haya abierto el apetito de descubrir nuevos libros, o temáticas, o me enseñe algo. Todas han sumado. Pero hay pegas también, y para esta novela tengo algunas que han hecho que no pueda estar plenamente satisfecho con ella pese a que en conjunto es una obra inmensa y muy relevante.

En primer lugar, tengo una pega que quizá no sería tal, pero que, para mí, siendo lector habitual de Marías me ha chirriado un poco. Tomás Nevinson se desarrolla casi íntegramente, al menos la parte más sustancial, en una ciudad ficticia que aúna características de varias ciudades norteñas españolas. Esto, que ya digo muestra una capacidad inmensa creativa y que sigue la estela de autores como Benet, me parece forzado ya que usa nombres de lugares un tanto ridículos, impostados, pretenciosos incluso, que restan capacidad de ubicación al lector. Y, sin embargo, cuando la acción se traslada a Madrid, con sus calles, plazas y barrios perfectamente, particularmente me siento más identificado y dentro de la novela.

Otra de las pegas que han hecho que Tomás Nevinson no termine de ser redonda a mi gusto es la excesiva extensión de la novela que la lleva a ser, irremediable e irremisiblemente, un poco repetitiva en cuanto a las técnicas que suele usar Marías para ir constantemente refiriéndose a esos subtemas intrínsecos que va introduciendo en la narración. Resultan repetitivos porque se producen tantas veces las referencias a hechos históricos, poemas, reflexiones, eventos pasado y referencias a la novela Berta Isla, que el lector termina teniendo la sensación de innecesariedad y repetición insulsa que no añade nada nuevo al relato.

Pero a Javier Marías yo se lo perdono casi todo, y a pesar de que con Tomás Nevinson no ha terminado de redondear un libro que de por sí ya es muy bueno, he reconocer que como siempre he disfrutado y aprendido de una lectura que obliga a que sea sosegada, sin prisa, pero sin pausa, tranquila y sin distracciones. Porque además de que bastaría con maravillarse con su estilo, esta novela introduce también el tema del terrorismo de ETA que todos hemos vivido como sociedad y cuyo recuerdo (y quizá en especial el de Miguel Ángel Blanco) pone los pelos de punta siempre. Javier Marías es quizá el novelista más importante que tenemos en España, eterno candidato al Nobel, que no sé si ganará algún día, casi mejor que no, y esta última novela suya una delicia para sus lectores.

Caronte.