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viernes, 22 de julio de 2022

Elena sabe

Llevaba tiempo queriendo leer algo de Claudia Piñeiro, pero no me he decidido a hacerlo hasta que hace un par de meses nominaron a esta novela al Booker International. Suelo seguir bastante los premios literarios internacionales (los patrios, ligados siempre a editoriales, me parecen tal sarta de ombliguismo, corrupción y apología de la literatura basura que me dan mucha pereza) y al Booker le considero de los más prestigiosos y decentes, y de sus nominados y ganadores siempre he sacado alguna que otra buena lectura. Por estas razones, la pasada Feria del Libro este fue uno de los que compré y pasó a engrosar mí, ya de por sí, enorme pila de libros pendientes de lectura que espero bajar durante este verano tan sofocante y angustioso donde estar por la calle es un verdadero suplicio infernal y donde mejor se está, aunque sea con aire acondicionado o ventiladores a tope, es en casa sin que el astro rey fusile nuestra piel o haga que nuestra salud peligre.

Elena sabe cuenta una historia de temas tabú, de esos que intentamos siempre ocultar o que si tratamos lo hacemos de manera sutil, sin profundizar, intentando que pasen desapercibidos y el foco sobre ellos dure lo mínimo posible. La narradora y coprotagonista de esta novela es una mujer que entra ya en su tercera edad, enferma de Parkinson con necesidades de asistencia y medicación permanentes para no correr el riesgo de asfixiarse al comer o beber, o simplemente para moverse y desplazarse por el mundo. Esta mujer, consciente de su enfermedad, de sus limitaciones y de su destino, de su propio futuro, o de la escasez del mismo, se enfrenta a la investigación personal que emprende para intentar entender y esclarecer la muerte de su hija, misteriosa solo para ella, clara y cristalina para los policías que la investigaron.

Al tiempo que Elena sabe se convierte en una especie de thriller policial donde no hay investigación policial sino una madre empeñada en comprender por qué su hija ya no está a su lado para cuidarla y hacer que su enfermedad pese menos, es también una novela sobre las relaciones familiares que tenemos por obligación con nuestros seres queridos, por cotidianeidad, por tradición, porque siempre ha sido así y porque debemos querer a nuestra familia, a aquellos que tienen nuestra misma sangre. Claudia Piñeiro no se corta ni un pelo a la hora de plantear una historia donde el hartazgo supone el final de una mentira y donde los deseos de que la realidad sea como nosotros queremos que sea acaban por golpearnos y hacernos abrir los ojos ante la verdad.

Lo que me gusta de ciertos libros es que nos pongan frente a un espejo, no ya a nivel personal, sino como sociedad. Elena sabe hace esto: nos pone frente a nuestro reflejo como sociedad para mostrar lo miserables que podemos llegar a ser, lo ciegos que estamos ante un mundo que nada tiene que ver con lo que imaginamos que es y lo necios que somos al pretender vivir vidas que no queremos solo porque pensamos que debemos vivirlas así. La obcecación de la madre por ver una cosa donde no hay nada que ver; la historia de la hija que la cuida y siempre ha estado a su lado hasta que su muerte la aleja para siempre; y el cómo se llega hasta la verdad, hasta la más simple de las verdades: la única que a veces, por miedo, por ser parte de esa verdad incómoda, no queremos ver.

Desde que nacemos se nos dice que los vínculos familiares son sagrados, que la vida misma es sagrada, que debemos amar, respetar y querer a aquellos que llevan nuestra sangre. Pero, ¿alguien alguna vez se ha parado a pensar que la familia no es más que un conjunto de extraños en medio del cual vienes al mundo y creces y que por tanto simplemente quererlos y amarlos y respetarlos no es más que una aberración antinatural socialmente? Si eso pasa genial, pero lo normal sería todo lo contrario. Elena sabe es una novela que ahonda en estos temas. Piñeiro trata con naturalidad y sutileza, al mismo tiempo que con rotundidad, esta disfuncionalidad social yendo quizá a la que siempre nos han dicho que es la más sagrada de las relaciones familiares: la madre-hija.

El lector que se anime a abrir Elena sabe se va a encontrar con una historia que va creciendo a medida que avanza; que, por momentos, es incómoda de leer por meternos en la piel de una mujer mayor enferma de Párkinson que no es dueña ya de un cuerpo, el suyo, que debe drogar medicándolo para que reaccione a lo que su cabeza, aún lúcida, ordena; y que debe confirmar poco a poco las sospechas que a medida que avanza la narración va teniendo sobre el destino de la hija muerta. Enfrentar esas revelaciones, esas reflexiones que todos nos hemos hecho alguna vez pero que rara vez confesamos y si lo hacemos es con esas personas a las que llamamos amigos y que a la postre configuran nuestra verdadera familia y no la que por sangre nos toca en suerte, es revelador e incómodo porque todo lector puede verse pensando lo que la narradora y coprotagonista de la novela nos va contando. Desde luego, la nominación al Booker International que mencioné al principio está más que merecida y justificada.

Caronte.

viernes, 22 de octubre de 2021

Esta herida llena de peces

Llevaba tiempo queriendo comprar y leer algún libro del catálogo de una pequeña editorial independiente que edita delicadamente creando libros que no solo son objetos que leer y cuentan historias, sino obras de arte por su cuidado aspecto físico (porque sí, a veces las portadas son esas primeras impresiones que nos atraen y nos hacen querer saber qué hay detrás). La editorial Tránsito nació en 2018 fundada por mujeres con la intención de editar novelas de esas que conllevan un viaje no solo sensorial para el lector sino también personal, de los que cambian. Solo han publicado a autoras, jóvenes y no tan jóvenes, noveles o no, siempre desconocidas y alejadas del gran foco de la literatura comercial. Esta también es una de las razones por las que quería acercarme al catálogo de esta editorial y este año, en la extraña Feria del Libro de Madrid, me decidí por uno de sus libros, de llamativa portada color verde casi flúor y de título más que sugerente.

Esta herida llena de peces es el debut literario de su joven autora, la colombiana Lorena Salazar Mazo, y todo un puñetazo en la mente del lector que es testigo, en primera persona, de una historia que conmueve y desgarra a partes iguales. Narrada en primera persona como testimonio de la protagonista, una mujer que lleva a su hijo adoptivo en un viaje por un río tan real como mágico del mundo rural iberoamericano en búsqueda de la verdad para afrontarla con resignación y miedo, esta novela afronta temas que suelen estar en los márgenes de la literatura siendo tocados solo de manera tangencial por esta.

Sin ser una novela pretenciosa ni grandilocuente, Esta herida llena de peces es casi un cuento para adultos en el que desde el primer momento la melancolía, los recuerdos del pasado y el miedo al futuro y la pérdida de lo que más se ama y quiere en el mundo (en este caso un niño, un hijo, adoptado por la narradora de esta historia) tejen una historia de desarrollo sinuoso como el río que hace de hilo conductor y a orillas del cual mora la más cruda existencia vital.

En toda la narración subyace y siempre está presente sin casi mención alguna la violencia intrínseca que azota desde casi siempre América Latina. Una violencia carnal y visceral, que destroza de manera directa e indirecta y para la cual no hay miramientos cuando se trata de actuar. Esta herida llena de peces no es, sin embargo, una novela sobre la violencia propiamente dicha, sino sobre el miedo que genera el amor. El ser humano no teme hasta que no ama y cuando lo hace es sin cortapisas, sin ambages y sin restricciones. El amor y el miedo en esta novela van de la mano, porque en el fondo son las dos caras de una misma moneda: la vida.

Durante la lectura de Esta herida llena de peces tuve la sensación de estar leyendo una narración que quería contarme más de lo que me estaba contando, que bajo lo escrito había todo un mundo y otras historias mucho más profundas, cuyas raíces se hundían en una herida pustulosa y pestilente que no termina de cerrar. Quien ha conocido el miedo, la pérdida, el desamor y el desgarro de la muerte sabe a que se enfrenta cuando ama. Porque es amor lo que desborda esta novela, amor de una mujer a un hijo, aunque no lo haya parido.

La ternura que desprende la narración de Esta herida llena de peces cala en el lector y no es posible no coger cariño ni temer por qué pasará al pasar la página, al continuar la lectura. No quería que pasara nada malo, nada que doliera ni desgarrase un amor tan sincero Y sin embargo, toda la novela está envuelta en un velo de misterio, en un polvo suspendido que se mete por los ojos y se pega a la piel ensuciándolo todo, haciéndolo impuro, sucio y despreciable. Por eso durante toda la lectura se intuye algo, una maldad oculta, unos motivos oscuros para emprender ese viaje en barca por un río marrón, de embarcadero en embarcadero, con pasajeros desheredados de la tierra y el dinero, sin esperanza más allá de comer algo, dormir bajo un techo y no perder una seguridad vital débil que no sabes si durará o no.

El saber que algo va a pasar que nos va a destrozar no hace que disminuya la sorpresa y el dolor cuando eso pasa, ni que sus efectos se minoricen. Esta herida llena de peces acaba como tenía que acabar, aunque el lector no quiera aceptarlo, ni pensarlo, ni imaginarlo durante su lectura. Pero es como debe ser. El golpe al lector es brutal, pero la vida suele serlo y por tanto la literatura, si pretende iluminar aquellos rincones que suelen escapar a la luz, debe provocar sombras.

Esta herida llena de peces es un libro que no va a dejar indiferente, que se lee casi de un tirón y que, desde luego, deja un poso tras su lectura difícil de quitar. Con delicadeza y muy buen gusto, siendo equilibrada en su manera de narrar Lorena Salazar ha conseguido una primera novela muy digna, muy interesante y tremendamente conmovedora. Pocos debuts son tan intensos. Gracias también a la editorial Tránsito por editar una obra así, tan alejada de lo comercial, pero a la vez tan necesaria. Totalmente recomendable. Volveré a su catálogo sin tardar mucho.

Caronte.

viernes, 27 de agosto de 2021

Salvatierra


Intento, siempre que puedo, evitar los booms literarios tanto de autores como de obras notables. Dejo que el tiempo, y en parte el olvido, hagan su trabajo y den a cada cual su posición en el mapa literario. Con Pedro Mairal, que hace unos años publicó La Uruguaya con el que consiguió colocarse en boca de críticos, público, perfiles de redes sociales, revistas culturales y demás suplementos literarios, me ha pasado esto: he dejado que el tiempo hiciera su labor, que saliera de los focos mediáticos y que su nombre se fuera poco a poco asentando. Y, sin embargo, cuando he decidido leerlo no ha sido por aquel libro tan sonado sino con otra de sus novelas, más reciente, que compré casi el vuelo a un librero de segunda mano de confianza. He de decir que el tiempo ha hecho su trabajo y sin expectativas ni grandes ilusiones he leído esta novela corta, de estilo clásico, que me devuelve la fe en la aún existencia de escritores que son narradores natos y fabuladores llenos de ingenio e imaginación.

Salvatierra es una novela cuyo título es el apellido del pintor protagonista de quien su hijo (nuestro narrador en este caso), tras su muerte, decide exponer la única obra que le llevó toda su vida pintar: un cuadro de varios kilómetros de longitud, dividido en rollo de tella de unos 60 metros. Así, a través de lo que los hijos del pintor van preparando para poder encontrar un museo o galería, en Argentina o fuera del país, que esté interesada en su exposición pública. Lo que no esperan sus hijos es que Salvatierra fuera un padre en ocasiones desconocido, con muchos lugares de su vida e historia en penumbra, ocultos por la maleza del olvido y los secretos mudos que se guardó y evitó traicionar.

Como metáfora de lo que es la vida Salvatierra nos presenta la vida en toda su magnitud haciendo que un cuadro de varios kilómetros sea un reflejo perfecto de lo que es nuestro discurrir en la existencia del mundo. Un cuadro del que toda sección cobra importancia puesto que con huecos y lagunas no se termina de entender toda su dimensión y complejidad. Y justo es lo que pasa en esta novela: falta un rollo de tela, una sección del cuadro inmenso de toda una vida. Una sección que se vuelve misteriosa, guardiana de un secreto íntimo de Salvatierra que sus hijos no conocían ni se esperaban y que al ir descubriendo no saben si quieren seguir tirando del hilo para descubrir y terminar de cerrar el puzzle.

Salvatierra es una novela canónica, pura y dura, clásica como las de antes, donde la historia prima ante cualquier otra reflexión, sin paja y desnuda de artefactos narrativos inútiles que desvíen la atención del lector. Por eso es tan intensa, interesante y corta, porque se queda con lo esencial. Pedro Mairal es un narrador y fabulador nato, que teje una historia de cabo a rabo con los elementos clásicos de la narrativa, pero añadiendo esa magia, colorido y sonoridad que suele tener la literatura iberoamericana.

Sin dejar de lado el realismo costumbrista de la novela, Mairal introduce un elemento que para mí tiene un componente mágico inmenso: el cuadro. ¿A quién sino a Borges o García Márquez se les ocurriría plantear la existencia de un cuadro de toda una vida, literalmente, de más de 4 kilómetros de longitud dividido en rollos de tela de 60 metros? Pero funciona como una realidad tangible, perdida, olvidada, oculta por los designios del destino. Salvatierra devuelve al lector el placer de la lectura de una historia pura y original, con introducción, nudo y desenlace, y un desarrollo de la historia que mantiene al lector pegado a sus páginas sin casi pestañear.

Tras leer Salvatierra confirmo lo que ya venía leyendo sobre Pedro Mairal desde la publicación de La Uruguaya (quizá una próxima lectura suya que haga una vez reduzca un poco la pila de libros pendientes que tengo, aunque mejor sería hablar de pilas de libros pendientes), y es que es un narrador magnífico o al menos esta novela suya lo es. Si fuera profesor de literatura y me pidieran que pusiera un ejemplo de perfección narrativa y argumental creo que pondría este ejemplo. A Mairal le sobra con una novela que no llega a las doscientas páginas para desarrollar ante nuestra vista una historia redonda y, como digo, casi perfecta, donde el lector se queda prendado de la trama y quiere seguir leyendo para ir poco a poco descubriendo lo que se esconde tras ese cuadro inabarcable de toda una vida y del personaje de Salvatierra.

Dudo mucho que quien esté dentro del mundo editorial o cerca y le apasione leer no sepa aún de la existencia de Pedro Mairal, pero para quien aún no haya oído hablar de él, pese a su relevancia con La Uruguaya, le recomiendo que se acerque a su obra, si no con esa otra novela, sí con Salvatierra, que quizá por no tener tantas expectativas detrás uno se acerca a ella simplemente queriendo descubrir una buena lectura. Y esta lo es. Sin duda. Una lectura perfecta, para esas tardes en las que no se quiere hacer nada más que estar en casa en un sillón cómodamente pasando el tiempo.

Caronte.