Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de julio de 2022

Elena sabe

Llevaba tiempo queriendo leer algo de Claudia Piñeiro, pero no me he decidido a hacerlo hasta que hace un par de meses nominaron a esta novela al Booker International. Suelo seguir bastante los premios literarios internacionales (los patrios, ligados siempre a editoriales, me parecen tal sarta de ombliguismo, corrupción y apología de la literatura basura que me dan mucha pereza) y al Booker le considero de los más prestigiosos y decentes, y de sus nominados y ganadores siempre he sacado alguna que otra buena lectura. Por estas razones, la pasada Feria del Libro este fue uno de los que compré y pasó a engrosar mí, ya de por sí, enorme pila de libros pendientes de lectura que espero bajar durante este verano tan sofocante y angustioso donde estar por la calle es un verdadero suplicio infernal y donde mejor se está, aunque sea con aire acondicionado o ventiladores a tope, es en casa sin que el astro rey fusile nuestra piel o haga que nuestra salud peligre.

Elena sabe cuenta una historia de temas tabú, de esos que intentamos siempre ocultar o que si tratamos lo hacemos de manera sutil, sin profundizar, intentando que pasen desapercibidos y el foco sobre ellos dure lo mínimo posible. La narradora y coprotagonista de esta novela es una mujer que entra ya en su tercera edad, enferma de Parkinson con necesidades de asistencia y medicación permanentes para no correr el riesgo de asfixiarse al comer o beber, o simplemente para moverse y desplazarse por el mundo. Esta mujer, consciente de su enfermedad, de sus limitaciones y de su destino, de su propio futuro, o de la escasez del mismo, se enfrenta a la investigación personal que emprende para intentar entender y esclarecer la muerte de su hija, misteriosa solo para ella, clara y cristalina para los policías que la investigaron.

Al tiempo que Elena sabe se convierte en una especie de thriller policial donde no hay investigación policial sino una madre empeñada en comprender por qué su hija ya no está a su lado para cuidarla y hacer que su enfermedad pese menos, es también una novela sobre las relaciones familiares que tenemos por obligación con nuestros seres queridos, por cotidianeidad, por tradición, porque siempre ha sido así y porque debemos querer a nuestra familia, a aquellos que tienen nuestra misma sangre. Claudia Piñeiro no se corta ni un pelo a la hora de plantear una historia donde el hartazgo supone el final de una mentira y donde los deseos de que la realidad sea como nosotros queremos que sea acaban por golpearnos y hacernos abrir los ojos ante la verdad.

Lo que me gusta de ciertos libros es que nos pongan frente a un espejo, no ya a nivel personal, sino como sociedad. Elena sabe hace esto: nos pone frente a nuestro reflejo como sociedad para mostrar lo miserables que podemos llegar a ser, lo ciegos que estamos ante un mundo que nada tiene que ver con lo que imaginamos que es y lo necios que somos al pretender vivir vidas que no queremos solo porque pensamos que debemos vivirlas así. La obcecación de la madre por ver una cosa donde no hay nada que ver; la historia de la hija que la cuida y siempre ha estado a su lado hasta que su muerte la aleja para siempre; y el cómo se llega hasta la verdad, hasta la más simple de las verdades: la única que a veces, por miedo, por ser parte de esa verdad incómoda, no queremos ver.

Desde que nacemos se nos dice que los vínculos familiares son sagrados, que la vida misma es sagrada, que debemos amar, respetar y querer a aquellos que llevan nuestra sangre. Pero, ¿alguien alguna vez se ha parado a pensar que la familia no es más que un conjunto de extraños en medio del cual vienes al mundo y creces y que por tanto simplemente quererlos y amarlos y respetarlos no es más que una aberración antinatural socialmente? Si eso pasa genial, pero lo normal sería todo lo contrario. Elena sabe es una novela que ahonda en estos temas. Piñeiro trata con naturalidad y sutileza, al mismo tiempo que con rotundidad, esta disfuncionalidad social yendo quizá a la que siempre nos han dicho que es la más sagrada de las relaciones familiares: la madre-hija.

El lector que se anime a abrir Elena sabe se va a encontrar con una historia que va creciendo a medida que avanza; que, por momentos, es incómoda de leer por meternos en la piel de una mujer mayor enferma de Párkinson que no es dueña ya de un cuerpo, el suyo, que debe drogar medicándolo para que reaccione a lo que su cabeza, aún lúcida, ordena; y que debe confirmar poco a poco las sospechas que a medida que avanza la narración va teniendo sobre el destino de la hija muerta. Enfrentar esas revelaciones, esas reflexiones que todos nos hemos hecho alguna vez pero que rara vez confesamos y si lo hacemos es con esas personas a las que llamamos amigos y que a la postre configuran nuestra verdadera familia y no la que por sangre nos toca en suerte, es revelador e incómodo porque todo lector puede verse pensando lo que la narradora y coprotagonista de la novela nos va contando. Desde luego, la nominación al Booker International que mencioné al principio está más que merecida y justificada.

Caronte.

jueves, 30 de junio de 2022

Clea (Cuarteto de Alejandría IV)

Acabo la última de las novelas que constituyen El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell sabiendo que he termino de leer algo grande e importante, no ya solo porque sea una de las obras narrativas inglesas más importantes del siglo XX sino porque enfrentarme a la lectura de estas cuatro novelas ha sido todo un reto lector personal ya que no sabía cómo terminaría algo que me impresionaba e imponía antes si quiera de sumergirme en la lectura del primero de los libros. Acabo hoy Clea sabiendo que difícilmente voy a poder encontrar un conjunto de novelas que me llenen como estas cuatro han hecho y que me resulten tan atractivas tanto como lector como por intento de escritor (frustrado pero realista, casi aliviado por saber que nunca nada de lo que escriba podrá ver la luz, porque total, para qué).

Clea no solo es el cierre del cuarteto que narra las relaciones entre sí y con la propia ciudad de Alejandría de los diferentes personajes y amigos que dan no solo nombre a los cuatro libros, sino que acompañan al lector en una narración intensa, profunda y sutilmente filosófica donde se reflexiona sobre el amor, las pasiones humanas, el arte o la escritura. Esta novela es también la más personal, íntima, metafísica, críptica y surrealista de las cuatro que componen esta obra magna narrativa. Esta es una de las razones por las que me imponía leer el cuarteto, porque investigando un poco me daba cuenta de Lawrence Durrell podría inscribirse en una tradición literaria de estilo críptico y mundos y temas propios, de muy alto nivel intelectual y cultural que, sin embargo, para mí quedaría muy alejados. Nada más lejos de la realidad. Por eso también acabar este conjunto de novelas ha supuesto todo un reto literario del más alto nivel y del que más orgulloso me siento.

A modo de últimas puntadas del tapiz general, o como últimas pinceladas en el fondo de un fresco magnífico y complejo de personajes y relaciones entre ellos llenas de matices y sombras, Clea cierra de manera magnífica todo el Cuarteto de Alejandría. No flaquea Durrell en su forma de narrar, tan sutil pero tan contundente, que hace que la lectura no sea un mero descubrimiento de una trama, que queda en segundo plano por un estilo narrativo que eclipsa todo, sino un placer vigoroso y fuerte, constante, por ver cómo diversas voces narrativas, diversos estilos y formas de narrar desfilan ante los ojos atónicos y atentos del lector que no puede más que admirar la construcción de estas novelas con cierta perplejidad, gratitud y, si alguna vez ha sentido el impulso de la escritura, con bastante envidia.

En Clea se cierran las historias de varios personajes que han ido apareciendo en el cuarteto; sigue de fondo el áurea magnética de Justine y su tremendo atractivo que hace que los hombres se vuelvan locos por estar en su órbita; varias muertes siguen sucediéndose, secundarias, pero trágicas y demoledoras para los afectados; varios misterios surgen sobre personajes que cualquier lector creería secundarios; y quien simplemente parecía un mero narrador, Barley, pasa a ser depositario y actor principal en el escenario místico y de leyenda decadente de Alejandría.

Todos y cada uno de los libros que forman el cuarteto, en sus variedades y formas, en sus tramas ligeras y en las profundas, en su ambientación en una extinta Alejandría diplomática, cosmopolita, burguesa, de cafés de aspiración europea y barrios árabes donde lo místico y legendario deja a lo terrenal en la más tenebrosa oscuridad, han sido un viaje narrativo intenso y complejo en el espacio y el tiempo y en la psique humana. Clea cierra un todo, un conjunto literario único y complejo que, aunque podría leerse de manera independiente, conforma un análisis profundo del alma humana, de sus pasiones desatadas, de sus deseos más prohibidos…

Sin embargo, acabar de leer Clea y con ella El Cuarteto de Alejandría me plantea un problema: ¿Qué leo yo ahora? ¿Qué se lee cuando has estado durante todo un mes leyendo las obras magnas de dos hermanos escritores como son Lawrence y Gerald Durrell intercalando las del cuarteto del hermano mayor con las de la Trilogía de Corfú del menor? ¿Qué se puede empezar a leer sabiendo que el listón está tan alto que sabes que cualquier cosa la vas a comparar con lo recientemente leído? Me hago estas preguntas con resignado optimismo porque siempre pienso que los libros están para ser leídos y solo entonces opinados. Pero, aún así, me siento un poco huérfano y vacío.

Clea ha supuesto el final de un reto lector que me impuse hace un mes. Reto que creo que he superado con creces demostrándome a mí mismo que ningún tipo de obra o género literario, o ningún autor deben impresionarme o darme rechazo leer por pensar que no estaré a la altura. Estas cuatro obras de Lawrence Durrell me han confirmado que estoy más preparado de lo que yo pensaba para leer cualquier cosa que pueda proponerme siempre que mi voluntad sea no tanto disfrutar de una buena historia, sino simplemente dejarme llevar por el arte que implica la buena literatura. Y El Cuarteto de Alejandría es buena literatura.

Caronte.

domingo, 15 de mayo de 2022

Temporada de huracanes

Me adentro de nuevo en la literatura iberoamericana. Esta vez con una novela también muy reciente que causó furor entre libreros y lectores hace un par de años y que he dejado pasar para intentar no subirme a la ola en toda la cresta y defenestrarme si no terminaba de surfearla bien. Como ya he comentado en otras ocasiones, no suelo leer novedades a no ser que sean de escritores a los que ya conozco y por tanto de los que espero con ganas sus novelas nuevas. Y no lo hago porque prefiero que el tiempo de a cada novela su lugar tanto en librerías como en mis propias ganas de leerlas. Hay novelas que creo querer leer en el momento de su publicación y que evito comprar para saber si pasado el tiempo sigo queriendo leerlas. Algunas superan este tiempo de hibernación y otras, probablemente para mi bien, caen en el olvido una vez el foco mediático editorial pasa a otra novedad más inmediata. Esta ha superado la hibernación y tras su lectura me reafirmo en mi estrategia.

Temporada de huracanes es, como su propio nombre indica, un verdadero vendaval de sensaciones que atrapa y arrastra al lector a un torbellino del que apenas puede salir y cuando lo hace no es indemne. Si empleo la comparativa entre este libro y parte de su título es porque sinceramente la narración de esta novela es un puro huracán: una narración continuada sin apenas puntos y a parte que hacen de su lectura todo un reto. Lo que puede parecer un hándicap para una novela en la etapa actual que vive la narrativa, en esta ocasión es todo un acierto y una vez el lector se hace a la forma y al ritmo de la narración esta se convierte es un puro torrente de emociones y sensaciones difíciles de expresar.

Como ya es también tradición en mis últimas lecturas, empecé Temporada de huracanes sin saber nada de lo que iba. El mero hecho de ser una novela iberoamericana, estar escrita por una mujer y haber sido tan celebrada en librerías desde que se publicó, ha bastado para que mi interés por ella haya permanecido intacto y quisiera leerla. Como no sabía nada de este libro al comenzarlo me sentí abrumado por enfrentarme a una narración continua sin casi descansos que, aunque no es la primera vez que leo algo así, siempre suele desanimarme la lectura. Pero superé cualquier prejuicio y me adentré en una historia de violencia sin paliativos, contada desde diferentes puntos de vista, desde diferentes ángulos y con diferentes sensibilidades que conforman un puzle narrativo casi perfecto.

Violencia. Violencia contra las mujeres, violencia contra los hombres, violencia por envidia, por miedo, por amor, por venganza… Violencia en todas sus formas. Violencia como manera de controlar una sociedad y atarla a la más absoluta de las indigencias culturales, sociales y económicas. Temporada de huracanes es una novela que gira sobre un estado de violencia generalizado en México. Violencia como diosa a la que se reza, a la que se entregan sacrificios y alrededor de la cual gira todo en ciertas partes de México y Latinoamérica.

Por encina de todas las violencias que Temporada de huracanas toca de manera directa o indirecta, está la violencia que deriva de un machismo que impregna toda la sociedad mexicana, desde hombres a mujeres desde que son apenas unos adolescentes. Y, sí, también las mujeres de esta novela son machistas, mucho, y su machismo arrastra a los hombres a un mayor machismo, a una violencia que queda justificada como demostración de hombría, de ser un buen macho, de ser un hombre con todas las letras y en mayúscula. Pero es que cuando la violencia está instalada y normalizada en la sociedad, cuando es una parte más de la manera en que las personas se relacionan entre sí, cuando es un proceso más de ubicación social, de adaptación a un medio en el que si no eres hostil y violento es probable que acabes en una cuneta o simplemente como medio de desfogue del resto, poco se puede hacer para romper el círculo.

Fernanda Melchor, la autora de Temporada de huracanes, ha dado un golpe en la mesa con esta soberbia novela en la que trata la violencia estructural social mexicana con total crudeza, sin dejarse llevar por el sentimentalismo y sin ocultar ni los orígenes de la violencia ni lo que entraña la misma en la sociedad. La novela además tiene una fuerza terrible, no solo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. El estilo, el cómo está narrado, el uso del lenguaje, el toque de realismo mágico que impregna la novela… Todo suma. Todo hace que esta novela sea casi perfecta, casi redonda (y no afirmo que es perfecta o redonda porque creo que eso no existe).

Probablemente no descubro nada nuevo a quienes os gusta la literatura o a los que seguís el blog hablando de Temporada de huracanas. Sin embargo, para aquellos que en algún momento os ha tentado acercaros a esta novela y no lo habéis hecho por miedo, por no querer enfrentaros a una narración donde la violencia es el centro y el eje alrededor del cual gira este huracán sin compasión, o por la forma en que está narrado, dejar a un lado todos vuestros temores y prejuicios y sentaros a leer una novela que te secuestra y te introduce en un mundo hostil donde apenas hay hueco para lo positivo.

Caronte.

viernes, 18 de marzo de 2022

Plegaria en el asedio

La Guerra de Yugoslavia o de los Balcanes o la de Serbia (varios nombres para, en el fondo, denominar al conflicto armado que a principios de los 90 desoló los Balcanes tras la desintegración de la antigua Yugoslavia) siempre ha sido una época histórica que me ha interesado mucho y atraído. Como última gran guerra europea de verdad (hasta que a Putin se le ha ocurrido atacar indiscriminadamente Ucrania hace apenas unas semanas) es un periodo histórico muy interesante y como gran lector y apasionado de la historia que soy llevo ya tiempo leyendo de vez en cuanto sobre aquel conflicto, preferiblemente acercándome a él a través de la ficción (o quizá no tan ficción) y las novelas ambientadas en ese rincón de Europa tan apasionante y mestizo que a lo largo de los siglos ha pertenecido a distintos imperios y ha padecido guerra tras guerra espoleadas por el odio.

Plegaria en el asedio es el primer libro que leo de la Editorial Automática y llegué a él como suelo llegar a algunos libros: simplemente buscando en internet novelas ambientadas en la guerra. Y es que esta novela, este debut literario porque eso es lo que es, traslada al lector al Sarajevo de la guerra de los Balcanes, esa ciudad mestiza donde cristianos ortodoxos y musulmanes convivían más o menos tranquilamente hasta que estalló la guerra. Y más concretamente al sitio que sufrió la ciudad dividida en sectores y dominada a cachos por serbios y bosnios, que se mataban desde parapetos, azoteas, tiendas, coches calcinados y rascacielos agujereados por las balas de los tanques blindados.

Todo debut literario es siempre un abismo para el autor, y también para los lectores que confían su tiempo a ciegas sin referencia alguna a un autor, y lo es más aún si uno se da cuenta de la envergadura física de Plegaria en el asedio. Más de 700 páginas de guerra, donde los cañonazos, los disparos, las violaciones, el incendio y el pillaje de edificios y tiendas, la muerte, el odio, las bromas macabras y la desolación de la violencia entre hombres se mezcla con la normalidad del día a día en una ciudad tomada por los militares y milicianos donde se tiene que sobrevivir como se pueda, refugiándose físicamente en pisos fríos y desvencijados y psicológicamente en la esperanza de un futuro en paz y tranquilidad.

Siempre me han dado vértigo las novelas extensas, de muchas páginas, porque siempre pienso que, si ya es complicado mantener un buen ritmo narrativo en cien o doscientas páginas, hacerlo en más de setecientas es todo un Everest. Por esto suelo evitar las novelas muy extensas. Sin embargo, he de decir que Plegaria en el asedio es una novela de esas que no te sueltan, que quieres leer y leer y seguir avanzando en la vida durante la guerra de su protagonista y narrador un joven musulmán a quien el estallido de la guerra le pilla en la calle equivocada de Sarajevo, alejado de su padre y con su madre recién enterrada por la enfermedad. Allí, en mitad de un desconcierto lleno de odio, donde su apellido le pone en el bando de los que se puede humillar y, llegado el caso, prescindir, debe sobrevivir, aguantar, tragar…

Sin dejar de ser una novela sobre la guerra y principalmente sobre el sitio de Sarajevo, que duró años, Plegaria en el asedio también es una novela donde la esperanza y las ilusiones, los sueños de paz y tranquilidad encajan con los momento más duros y descarnados de lo que es un conflicto bélico alimentado con odio racial y rencores pasados de una historia tan rica como manipulada por los de siempre. Y luego está el contraste en la propia novela: desde un principio donde la enfermedad de la madre copa todas las preocupaciones del joven protagonista, hasta el último cuarto de la misma donde la huida, la ocultación y el confinamiento lleno de miedo y donde el sueño es una quimera imposible de conciliar llenan de angustia la narración y la lectura.

También es de resaltar el estilo con el que Plegaria en el asedio está narrada: frases cortas, crípticas, casi de descripción de escenario en un guion de cine o en una obra de teatro. Apenas esbozos de avance de la historia y de los movimientos de personas. Como un telegrama dictado al vuelo con prisa. Como ráfagas de ametralladora que no tienen un objetivo fijo y claro y deben disparar raudas para no olvidar que están en una guerra. Así está narrada esta novela aumentando esa sensación de caos bélico, de desmoronamiento de una vida normal. Solo en los momentos en los que algún hombre o mujer narran alguna de las atrocidades de la guerra la narración se vuelve clásica para hacer llegar al lector, con toda su crudeza y sin intentar laminarlo, el terror de la guerra.

Empecé Plegaria en el asedio con miedo de que su gran extensión me abrumara y me dejara frío en ocasiones. Lo acabo diciéndome que, si una novela está bien escrita, es atractiva al lector y sobre todo te cuenta cosas que no sabes y quieres averiguar da igual que esté escrita en cien páginas o mil, porque se dejará leer y te adentrará de lleno en otro mundo, época o cuerpo. En tiempos como los que desde hace unas semanas estamos volviendo a vivir en Europa nunca viene de más recordar lo que pasó no hace ni 30 años en otro rincón del viejo continente cuando un orden mundial se derrumbó dando lugar a otro tras un gran y cruento derramamiento de sangre alentado por el racismo y el supremacismo de los, tan dañinos, nacionalismos.

Caronte.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Las intermitencias de la muerte

Muchas veces las tradiciones surgen de la nada, simplemente de un hecho que casualmente, consciente o inconscientemente, se repite con una cierta periodicidad o asiduidad hasta que pasa a ser una costumbre y alguien, un individuo o un conjunto de personas, lo asume como tradición. Sin quererlo voluntariamente, esto es lo que me ha pasado con Saramago desde que hace ya unos cuántos años lo leí por primera vez: y es que desde aquella primera novela suya que cayó en mis manos (tarde como me suele pasar con ciertos escritores) cada año leo entre una o dos de sus novelas dependiendo de las que encuentre en las librerías de segunda mano que son las que me han surtido de todos los libros suyos que he leído. Y ahora ya es una tradición qué procuró llevar a rajatabla y honrar anualmente sumergiéndome en alguna de sus novelas.

Tras haber leído probablemente sus novelas más famosas o de título más célebre, esta vez la que ha caído en mis manos es esta novela de título absolutamente atractivo (atractivo por lo que tiene de misterioso y límite mentar a la muerte en el título de una novela). Las intermitencias de la muerte es un libro en el que es la muerte, la parca, esa señora (siempre es una mujer la muerte, siempre en femenino) con guadaña, túnica negra y de aspecto la protagonista como en el fondo lo es de nuestra vida. Si digo la verdad, es la primera vez que leo una novela cuyo protagonista sea un elemento tan esencial y radical en nuestra vida como es la muerte: aquello que en el fondo le da sentido a nuestra existencia.

¿Qué es la muerte sino algo que desde el momento en que nacemos sabemos que tendremos que afrontar? ¿Qué es la muerte sino un evento cumbre en nuestra vida que llega sin nosotros saber cuándo y por tanto al igual que en hacer causará dolor y lágrimas aunque de muy distinto y contrario signo a aquellas que se producen en el alumbramiento de una vida? pues en esta novela Saramago da una respuesta un tanto alternativa y presenta a la muerte como una funcionaria que decide deja de hacer su trabajo. Esta es la premisa principal de Las intermitencias de la muerte: cómo se desarrollaría la vida en un país en una sociedad en la que nadie muriera. Difícil cuestión que nadie se plantea por lo inasumible de la misma y porque sería en cierto modo un alivio y un agobio al mismo tiempo.

Las novelas de Saramago, al menos las que hasta la fecha he leído, plantean siempre cuestiones morales, filosóficas y éticas que afectan al ser humano como individuo y como sociedad de manera profunda. Las intermitencias de la muerte no es una excepción y partiendo de un planteamiento absolutamente distópico o de ciencia ficción (qué son los géneros en los que yo englobaría la obra de Saramago) el Nobel portugués analiza los aspectos personal, a nivel de individuo, y social, a nivel de conjunto, que entrañaría el que no muriera nadie y que por lo tanto la vida no tuviera un fin (entendiendo este fin en dos vertientes: como objetivo y final).

Por desentrañar un poco la estructura y el contenido de la novela podríamos decir que es bastante claro que Las intermitencias de la muerte se podría dividir en dos partes perfectamente diferenciadas. Una primera mitad de la novela trata y analiza de diferentes vertientes como la sociedad en su conjunto a nivel gubernamental empresarial religioso y social afronta el hecho de que nadie muera. Es en esta primera mitad en la que Saramago, como suele hacer en sus obras, muestra su aspecto de escritor más ideológico y político analizando muchos aspectos claves de lo que a día de hoy es la sociedad capitalista en la que vivimos llevando al límite absolutamente todos los tabús morales y éticos que envuelven al final de la vida ya sea la enfermedad, la vejez y la propia muerte. Es muy interesante ir de la mano de Saramago y su magnífica lucidez cómo el intelectual que fue los diferentes aspectos que en una estructura de sociedad actual se verían afectados por este hecho fantasioso, ya que bajo la narración de una fábula entretenida y magistralmente escrita subyace siempre una crítica lúcida y voraz del sistema social absolutamente desbocado y desaforado que las sociedades capitalistas han impuesto.

Sin embargo, Las intermitencias de la muerte tiene una segunda mitad que choca radicalmente con la primera y que prácticamente constituye una segunda novela dentro del global. Y es que, en esta segunda mitad, Saramago se centra en la muerte y en su retorno al trabajo dando un preaviso de 7 días a aquellos que van a morir volviendo a plantear otra vez una serie de dilemas morales sobre este hecho, pero, sobre todo, humanizando a la muerte, a la que termina poniendo cuerpo físico y rostro de mujer para traerla entre los vivos e intentar culminar un trabajo que se niega a ser realizado.

Este contraste entre las dos partes de una misma novela hace de Las intermitencias de la muerte una de las obras de Saramago más complejas e interesantes de leer, puesto que se mezclan dos de las características fundamentales de la obra de este magnífico escritor portugués una narración comprometida con los dilemas sociales que tiene la vida y la reacción del ser humano a los mismos, con una fábula fantástica sobre la muerte y sus debilidades. Porque humanizando a la muerte Saramago lo único que hace es constatar que entre muchas cualidades la muerte es principalmente algo inherente a la vida y que no puede escapar de vivir como ningún vivo puede escapar de morir.

Caronte.

viernes, 20 de agosto de 2021

Hamnet

 

Siempre que una novela levanta tantísimas buenas críticas y opiniones, y no hay blog, revista cultura, perfil de Instagram o comentario en Twitter que no la ensalce y la ponga por las nubes intento dar espacio y sobre todo tiempo antes de acercarme a ella. Y lo suelo hacer porque muchas veces (la mayoría de hecho) esas hiperventilaciones por cualquier expresión de arte, y la literatura es una de ellas, vienen cargadas de expectativas que nos obligamos a cumplir y a aceptar simplemente porque otros a los que admiramos, seguimos o damos credibilidad han hablado bien de un libro (o película, o serie, o exposición de arte, etc.). Compré esta novela en una librería barcelonesa recientemente abierta de la que me enamoré hasta tal punto de plantearme si mi vida no sería mejor y más feliz trabajando en una librería leyendo y recomendando libros por doquier. El libro ha estado unas cuantas semanas en mi pila de pendientes hasta que ha llegado este mes de agosto al erial en que se convierte Madrid por estas fechas y en una soledad enriquecedora de dueño y señor de mi casa vaciada por vacaciones parentales me he puesto a leer esta obra.

Hamnet es una novela soberbia. Maggie O’Farrel consigue aunar, para deleite de los lectores y apasionados de la literatura, una obra magistral sobre el amor, la pasión, el dolor, la pena, la pérdida, la muerte, el recuerdo y el olvido. Y lo consigue además con un estilo perfecto que trasciende el papel y la palabra para hacer que la lectura de este libro sea una experiencia meta sensorial en la que la lectura es un mejor instrumento para oír, sentir, saborear, palpar y ver absolutamente todo lo que a lo largo de las diferentes escenas y tiempos que se no presenta en el libro.

Con los ecos mitológicos que transfiere a la novela la figura, quizá difuminada por las dudas que general el tiempo, de Shakespeare y su vida, Hamnet nos recuerda demasiado a esa otra leyenda de la literatura como es Hamlet, la más grande de las obras del Bardo inglés. Una letra diferencia la obra del genio de la literatura universal de esta novela que lleva por título además el nombre del hijo muerto prematuramente del dramaturgo y poeta inglés. Maggie O’Farrel, partiendo de lugares, nombres y sucesos reales fabula la vida de toda una familia a través de la figura de un niño, de una criatura inocente que se distrae con facilidad de sus tareas atraído por el mundo que le rodea en una idílica campiña inglesa. Hamnet es el hilo conductor de toda la trama, y sin embargo no es protagonista de nada salvo de su muerte en el lecho de su hermana gemela mientras esta, enferma de la peste, lucha por su vida y por la que pide intercambiarse en un acto supremo de amor y generosidad fraternal. Y a veces, esas peticiones al destino y la muerte se cumplen.

Llena de lirismo, con una prosa perfecta, sensorial y sonora, Hamnet es una novela que lleva al lector directamente al corazón de la familia de Shakespeare. Así, a lo largo de las páginas de este libro el lector irá pasando de un miembro a otro para conocer un poco su vida, sus angustias vitales, sus intereses y deseos, su personalidad, sus temores y sus pasiones más íntimas. Anges, la madre amantísima de sus hijos: Sussana, Judith y Hamnet (estos dos últimos gemelos); Bartholomew, el hermano de Agnes; la familia de la madrasta de Agnes; Agnes, Agnes, Agnes… Alguien podría pensar que la novela podría haberse llamado antes Agnes que Hamnet. Y no le faltaría razón a quien pensara esto, porque es esta enigmática mujer, llena de fuerza y voluntad, que no recibe órdenes de nadie y que es más libre de lo que podríamos imaginar, para quien además la naturaleza es su hogar, si vida y la razón de su existencia; es Agnes, como digo el corazón de esta novela y de ella emana prácticamente todo.

Y llega la muerte. Con naturalidad, como suele llegar, sin bombo ni platillo, sin ser estrambótica, en silencio, de noche. Llega la muerte llevándose a Hamnet. Aunque quien empiece a leer esta novela ya sabe lo que pasa no es menos sorprendente cómo llega. Maggie O’Farrell narra desde la más absoluta normalidad, sin aspavientos ni grandilocuencia la muerte del joven gemelo y cómo todos los miembros de la familia quedan desolados incluido el lector. Y es quizá tras esta muerte producida sin esperarlo, al albor de otra muerte que no llega a ser, la de Judith por la que el lector pena igual que toda su familia, cuando Hamnet se vuelve más interesante aún, cuando el lector sufre y se hace preguntan al hilo de las que se hacen los propios personajes, como esa de Judith a su madre preguntándola qué es ella una vez perdido su hermano ya que no hay palabras para designar al gemelo que se queda sin su otro yo así como sí hay palabra para designar a la mujer que se queda sin el marido o al hijo que se queda sin padre. Simpleza compleja, compleja simplicidad. La vida misma.

Quiero hacer, antes de terminar, una mención especial a un capítulo que me parece lo más perfecto que he leído en mucho tiempo. Se encuentra antes de llegar a la mitad de la novela y en el Maggie O’Farrell hace un alarde soberbio de capacidad narrativa y fabuladora creando más un cuento que un capítulo de transición y ambientación en Hamnet. En este capítulo se narra, con un brío y una belleza digna de estudio, cómo llega a un pequeño pueblo inglés, a una pequeña casa de artesanos la enfermedad que acabará con la vida del pequeño Hamnet. Un capítulo para leer y releer disfrutando de lo que la literatura es: magia, viaje, creación, belleza.

Podría seguir y seguir comentando pasajes y escenas y momento de Hamnet que me han resultado tan buenos que no acabaría nunca la reseña. Debo ir terminando y no puedo hacerlo sin deciros que leáis esta novela, que la disfrutéis, que si no habíais oído hablar de ella la compréis y os sumerjáis en sus páginas, si la tenéis pendiente adelantadla en vuestras lecturas porque sin duda es una de las grandes novelas de este año publicadas en castellano (y no podría haber sido publicada en otra editorial que no fuera Libros del Asteroide, que poco a poco se está haciendo con el catálogo más interesante en español). Volveré a Maggie O’Farrell en el futuro y no la perderé la pista y muy probablemente también vuelva a esta novela, aunque su relectura en un futuro ya no sea igual a esta primera vez.

Caronte.

viernes, 30 de julio de 2021

La canción del cielo

Una de las tareas más complicadas para un lector, al menos para mí, es elegir la lectura o lecturas que nos acompañarán durante nuestras vacaciones (que no el verano, que es mucho más largo y no hay problema de elección ya que en mi caso no es más que una prolongación del periodo ordinario del resto del año). En años anteriores lo que he hecho durante la semana de vacaciones que suelo irme a la playa a desconectar de todo y de todos (salvo de la lectura) ha sido llevarme algún libro para releer, actividad de la que no soy muy asiduo por eso de que releer algo ya leído me hace perder tiempo de leer algo que nunca ha pasado por mis ojos. Sin embargo, este año he decidido arriesgar algo más llevándome no solo una novela que llevaba en mi pila de pendientes muchos meses ya (casi un año diría yo) sino a un autor al que nunca había leído. Y solo me llevé un libro sabiendo que por su extensión y siendo en inglés no me daría tiempo a leer mucho más, asumiendo además el riesgo de que no me gustara y me quedara sin lectura vacacional.

La canción del cielo (título en inglés Birdsong, que cada cual saque sus conclusiones sobre la interpretación del título para su traducción) es una novela de amor y guerra, de luchas personales y superación, de muerte y vida, de salvación y condena. Con el trasfondo de la primera guerra mundial, esa guerra de trincheras, frío, barro, agua embalsada, terrenos pantanosos, bosques neblinosos y túneles hacia las profundidades de la tierra donde espiar al enemigo y tenderle trampas o caer sepultado en trampas contrarias; con este trasfondo Sebastian Faulks elabora una historia de amor y familia a lo largo del tiempo.

Siempre me han gustado las novelas históricas, o más que históricas, aquellas que tienen un trasfondo real, bien documentado, que hace que la historia principal cobre fuerza y matices de verosimilitud extrema. La canción del cielo no es una novela sobre la primera guerra mundial y al mismo tiempo es la mejor novela sobre la primera guerra mundial que me he leído. Faulks consigue que el trasfondo histórico en el que se desarrolla la historia principal de amor, traición, dudas, lealtades y miedos realce la intensidad de los sentimientos de los personajes y su destino. Pocas novelas he leído tan gráficas a la hora de describir los horrores de la guerra, los olores y sonidos, los silencios, la camaradería y el mismo tiempo el egoísmo individual de quien quiere salvarse a toda costa y volver a la vida de antes.

A lo largo de su medio millar de páginas, La canción del cielo narra la historia familiar de un soldado británico que combatió con heroísmo en la primera guerra mundial dividiendo la historia en tres épocas diferentes: 1910, cuando llega por primera vez a Francia para hacer negocios con un empresario textil francés de cuya, mucho más joven, mujer queda locamente enamorado y con la que se fuga; 1916-1918, época de guerra, de trinchera y de túnel en la que las relaciones entre los diferentes soldados, sus vínculos y sus vidas personales, sus sueños y sus deseos más carnales cobran protagonismo; 1978, época en la que Faulks introduce una especie de excusa para narrar las otras dos épocas y en la que nos presenta a la nieta del protagonista que intenta entender su presente rebuscando en el pasado familiar que desconoce.

Creo que no exagero si digo que La canción del cielo es una novela soberbia y muy bien escrita, cosa que me ha sorprendido para bien, que mezcla amor y guerra, probablemente dos de las cosas que más locuras llevan a hacer al ser humano. Con un ritmo constante en la narración y una manera de contar que hace que el lector no se sienta pesado en ningún momento sabiendo que tiene entre las manos una novela extensa, Faulks consigue atrapar al lector desde los primeros compases de la novela haciéndola, sino idónea, sí muy interesante para leer en la playa, a la sombra de una sombrilla y contrastar nuestro particular paisaje de entorno de lectura con las imágenes de pueblos franceses asediados y campos de labranza convertidos en barrizales y cementerios improvisados donde los restos humanos se esparcen como semillas de agricultor.

Pero ha habido una cosa que no he terminado de entender ni de comprender su por qué. No logro discernir qué parte juega en La canción del cielo todo lo relativo a 1978 y la nieta del protagonista. Esta parte encaja muy forzadamente introduciendo una subtrama muy alejada de la principal ambientada en la guerra. Se me escapa la intención de Faulks al introducir, sin necesidad realmente porque la historia sin esta parte “actual” sigue bien armada y construida, todo lo relativo a la nieta del protagonista. Creo que o bien debería haber dado un poco más de relevancia a esta parte o bien eliminarla, porque sinceramente no aporta nada.

Quitando esto último que he dicho, La canción del cielo ha sido todo un descubrimiento como novela y Sebastian Faulks se me ha revelado como un grandísimo escritor con una delicadeza increíble a la hora de narrar. Fui con cierto temor a mis vacaciones, no por las vacaciones en sí mismas, sino por que no me fuera a gustar este libro que me llevé. Al final, no solo lo disfruté inmensamente, sino que creo que no pude elegir mejor la novela que me ha acompañado este año hasta Fuerteventura. Creo que volveré a Faulks, quizá no pronto, porque tengo multitud de lecturas pendientes (cruz de los lectores irredentos y compulsivos), pero sí sé que volveré a leer alguna de sus novelas a pesar de que en España no sea demasiado conocido.

Caronte.

viernes, 2 de julio de 2021

Ama


Vuelvo a la editorial Caballo de Troya para reseñar uno de los libros que más repercusión ha tenido de todo su catálogo. Y no es para menos, porque José Ignacio Carnero con esta su primera novela consigue agarrar al lector con un ejercicio soberbio de mostrar sentimientos descarnados, escritos de tú a tú sin contemplaciones, abriéndose en canal para contarnos el proceso de duelo que siguió a la muerte de su madre. Descubrir esta editorial que, aunque puede parecer independiente y pequeña, está respaldada por uno de los grupos editoriales más fuertes del mundo como es Penguin Random House ha sido todo un acierto, ya que publica autores jóvenes, frescos, que no tienen miedo ni de experimentar, ni de contar sus experiencias, ni de novelar aquello que quizá sea más arriesgado hacer. Escribir es probablemente el mayor ejercicio de libertar creadora que se puede hacer: ante la hoja en blanco todo cabe, todo puede ser, la realidad no existe hasta que no tecleas o empiezas a rasgar el papel con tinta.

La muerte de un ser querido, cercano, amado siempre es un trauma, se espere o no. Si además esa muerte nos toca la sangre y elimina de la existencia a alguien que siempre ha estado ahí, un padre o una madre, el dolor puede llegar a ser inmenso, demoledor y sobrecogedor. Y sí, sumado a lo anterior, esa muerte se produce a “destiempo”, si es que la muerte viene alguna vez a destiempo y no cuando está escrito de ante mano y para toda la eternidad, el dolor puede enquistarse en el tiempo de los vivos que quedamos llorando la ausencia del muerto. Ama es una novela llena de la realidad y la vida de José Ignacio Carnero, joven (36 años) abogado vasco afincado en Barcelona, que siempre tuvo dentro la pulsión de la escritura y que, hasta este libro, catalizado por la muerte de su madre, no supo materializar en nada relevante.

Ama es una novela de autoficción, como el propio Carnero indica a lo largo de las páginas del libro, en el que quizá no todo sea verdad, sino que haya parte de esa verdad que nos contamos a nosotros mismos y que a veces dista algo de lo que objetivamente podría llamarse realidad. Usando la ambigüedad del título, ya que bien podría referirse al verbo amar conjugado o a la traducción en euskera de la palabra madre, José Ignacio Carnero se abre en canal sin miramientos, pudor o vergüenza para hablarnos de todo aquello que le sobrevino durante el corto período final de vida de su madre y la muerte de esta a causa de un cáncer. Puto cáncer, siempre llevándose a destiempo, o cuando creemos que no toca, a quienes más queremos.

Afrontar la muerte de una madre siendo hijo único, habiéndote ido de su lado y de su vida para crear la tuya propia a más de 500 km de distancia y dejándola sola intentando afrontar a una edad en la que ya pocas ganas se tiene de afrontar nada ni se sabe cómo hacerlo, no debe ser nada fácil. En Ama, Carnero plasma con una sinceridad que a veces hiere por toda la verdad que contiene todo lo que removió la muerte de su madre: los recuerdos, buenos y malos; las palabras dichas y las calladas; los silencios que quizá se pudieron haber rellenado con amabilidad, cariño, estima, amor… No duda el autor en mostrarse abatido, dolido, triste, deprimido a la hora de mostrar un afecto tremendo hacia su madre muerta y reconocer que quizá hubo cosas que tendía que haber entendido y no supo cómo hacerlo por estar veladas en unas convenciones sociales que dan las ataduras de la sangre.

Pero Ama también es una novela de clase y evolución social histórica. La madre del autor venía de un mundo y un tiempo situados a galaxias y años luz en los que el propio autor vive. Si su madre tuvo que sacrificar toda su vida en trabajos de escasa formación, donde se podría trabajar, sirviendo y limpiando en las casa de la burguesía bilbaína de la margen derecha del Nervión dejando atrás todas sus raíces gallegas para que su descendencia pudiera vivir una vida mejor, infinitamente mejor y más cómoda; la vida de José Ignacio Carnero se desarrolla entre algodones, con todas las comodidad que una buena formación y un trabajo bien remunerado, junto a los privilegios y mimos que dan el ser hijo único, le pueden proporcionar, dejando para el ámbito de las preocupaciones el no follar, no ligar, no conocer a esa chica que llene los vacíos que genera la soledad.

Ese choque de generaciones también se ve claramente reflejado en las páginas de Ama. Con ironía y sarcasmo del duro y directo, Carnero no solo se abre en canal para escribir sobre el dolor y la inmensa tristeza que la ausencia y muerte de su madre le generaron, sino que también nos muestra el abismo que a partir de cierta generación se ha abierto entre padres e hijos en España. Un país que ha pasado de tener una sociedad timorata, empobrecida, acomplejada y temerosa de Dios donde la familia y la sangre lo era todo, a una sociedad egoísta, individualista, presuntuosa y falta de conciencia y empatía hacia los demás, donde campan a sus anchas el egocentrismo y las ambiciones utópicas y dañinas.

Ama ha sido uno de los libros más intensos que he leído y de los que más me han emocionado hasta el punto de crearme un nudo en la garganta con algunas reflexiones en las que me he visto reflejado por el hecho de también ser hijo único y tener unos padres que han sacrificado todo para que yo tenga todo lo que ellos nunca tuvieron. También aviso de que esta novela tiene su parte de peligro al ser un espejo que muestra sin ambages ni maquillajes una realidad de una generación que va viendo como los sacrificios que vio y que no agradeció lo suficiente no contribuyen en la medida de lo esperado a una mejor vida tal y como nos prometieron. Es un golpe de realidad importante y contundente, incómodo a veces, pero siempre necesario. Y en el fondo la literatura no es más que esto, o no debería ser más que esto: una muestra de realidad que nos golpee fuerte y nos ayude a cambiar o mejorar o a simplemente entrever lo que pudo ser y no fue o lo que es y no queremos que sea.

Caronte.

jueves, 3 de junio de 2021

El olvido que seremos

 

Cada vez tengo más claro que los libros y la literatura deben servir para conmover, para hacer visible lo que suele no serlo, para ponernos frente a aquellos que solemos evitar y no confrontar. Pocas suelen ser las ocasiones en que me adentro en obras de autoficción en las que lo que se narra no tiene nada de inventiva sino de pura y simple realidad y vida del escritor que decide abrirse en canal y plasmar como mejor sabe hacer sus miedos, inseguridades, traumas, dramas, pérdidas y alegrías. Si lo hago esta vez es porque este libro es de esos libros que oyes recomendar y del que lees opiniones que suelen siempre coincidir en lo bueno que es. Pero yo añadiría una cosa a todas esas reseñas y críticas, y es que este libro es necesario en tres ámbitos: primero para su autor, segundo para la sociedad colombiana y, tercero, para cualquier persona que quiera acercarse a lo que ha sido el conflicto armado que ha asolado Colombia durante la segunda mitad del siglo XX y los primeros años de este siglo XXI que nos toca vivir.

El olvido que seremos es la biografía novelada del padre de Héctor Abad Faciolince llamado como su hijo. Médico de formación y profesor universitario de profesión, Héctor Abad, fue asesinado en Colombia en los años ochenta por gente, probablemente poderosa, que decidió que era un personaje incómodo cuya manera de pensar y sus acciones encaminadas a liberar a la gente más desfavorecida de la tiranía y la dictadura de la insalubridad y la pobreza eran un peligro para el statu quo. Este motivo, tan absurdo, tan hiriente, tan miserable como excusa, fue el detonante de la pistola que metió un par de balas en la cabeza del doctor Héctor Abad.

Faciolince en este libro decide hacer un retrato de su padre, de los recuerdos que de él tiene, de cómo era, cómo actuaba, cómo quería que la sociedad. El olvido que seremos es una magnífica carta de amor, fidelidad, recuerdo, orgullo, honra y admiración de un hijo hacia un padre. Y esto es algo que se nota. Faciolince no escatima en descripciones de escenas familiares, íntimas, personales, para intentar ser lo más fiel posible a sus recuerdos de su padre. Obviamente la óptica de la narración tiene que dejar a un lado la objetividad para centrarse en el plano emocional y de recuerdos que un hijo puede tener de su padre, más si cabe cuando este padre es tan cariñoso, afectuoso, y atento con él.

Lo que podría terminar siendo un empalagoso y ñoño retrato familiar es un libro lleno de ternura y amor. Ternura y amor que Faciolince es capaz de hacer salir de las páginas de El olvido que seremos para que el lector las sienta como propias y pueda decirse que forma parte de la familia Abad. Pero no es solo amor y ternura lo que este libro rezuma y transmite; también hay rabia: la misma rabia que el lector siente al leer cómo por la intolerancia, por mantener un statu quo injusto y desigual en una sociedad tremendamente desequilibrada entre ricos y pobres, se mata a aquellas personas que solo intentan cambiar las cosas a mejor, para que aquellos que siempre lo han pasado mal puedan salir de su situación de pobreza y exclusión para vivir dignamente en libertad.

El olvido que seremos no es solamente el retrato del doctor Héctor Abad, sino de toda una sociedad, la colombiana, que ha vivido durante décadas una violencia endémica y enquistada en lo más profundo de la misma y que está costando dejar atrás aún a día de hoy. Faciolince consigue hacer de lo particular e íntimo de su familia, de su padre, una generalización de lo que se ha vivido en Colombia durante muchos años, y especialmente de los cruentos años del plomo que fueron los ochenta, donde día sí día también eran asesinados hombres y mujeres que luchaban por una sociedad libre, justa, igualitaria.

Dije al principio que hay libros necesarios que nos muestran parte de la realidad que se nos suele ocultar o que intentamos evitar a cualquier coste. El olvido que seremos es un libro necesario porque plasma de manera cierta y verídica, real, lo que fue el día a día de un país, Colombia, desangrado por muchos costados a costa de violencias intolerables y rabiosas que pretendían seguir manteniendo al pueblo sometido eternamente aceptando su realidad sin poder si quiera intentar cambiarla. El doctor Héctor Abad es un ejemplo particular de las decenas de muertos que los diferentes conflictos armados en Colombia y la imposibilidad e ineptitud para resolverlos mediante el diálogo y la lógica dejaron en su camino durante el último medio siglo.

Héctor Abad Faciolince ha conseguido aunar en El olvido que seremos sus fantasmas personales derivados del asesinato de su amado y respetado padre con la historia misma reciente de Colombia en un libro necesario que transmite tanta rabia como ternura paterno-filial. Recientemente además se ha estrenado una adaptación cinematográfica de este libro que quizá, entre lectura y lectura, me anime a ver para ver cómo se lleva a la pantalla el compendio de emociones y sentimientos que contiene este libro tan sencillo de leer y tan directo al corazón de los lectores.

Caronte.

jueves, 8 de abril de 2021

Las gratitudes

 

Mi búsqueda constante de nuevos autores y autoras para leer en sus idiomas maternos hace que tenga en la recámara una buena lista de escritoras (porque lo que este año más estoy buscando son mujeres) tanto en inglés como en francés. Una de esas autoras que llevan pendiente bastante más tiempo del que deseo es Delphine De Vigan, autora que hace tiempo sigo y de la que voy sabiendo novedades en español, pero a la que me falta tiempo para leer. Hace un par de años leí una primera novela suya que me dejó quizá más frío de lo que esperaba, quizá puede que fuera el momento de lectura de aquel libro, o quizá es que elegí mal el primer libro suyo que leer. No obstante, esta vez he tirado de recomendaciones a través de perfiles que sigo en redes sociales y he elegido una novela muy corta pero muy intensa, donde los sentimientos quedan a flor de piel.

Las gratitudes es de esas novelas que se leen en apenas un suspiro y que no dejan al lector respirar, agarrándole donde más le duele para soltarle destrozado después de una lectura vista y no vista. Y es que no exagero si digo que la novela se puede leer en apenas unas horas, en una tarde de climatología adversa que anime a no salir de casa y en la que las propuestas audiovisuales no convenzan del todo.

Una novela tan breve como Las gratitudes no puede tener un argumento ni un hilo narrativo demasiado complejo. Es así. En esta novela Delphine De Vigan nos presenta a tres personas: Jerôme, Marie y Michka (diminutivo de Michèle). Pero en el centro de ese trío está Michka, una anciana que empieza a no poder valerse por sí misma y se ve irremediablemente llevada a una residencia. Marie, una mujer joven, es una especie de vecina, amiga íntima de Michka, pero su relación, su vínculo es mucho más intenso que una simple vecindad o amistad; sin ser una relación de parentesco lo parece y de hecho al principio de la novela el lector puede llegar a pensar que es la sangre la que une a las dos mujeres. Jerôme por su parte es un simple especialista en la tercera edad, que visita a Michka en la residencia para intentar mejorar su estado y sus problemas de habla.

La novela está narrada por partes en las que se alternan las voces narrativas de Marie y Jerôme. Son ellos los que nos van llevando a lo largo de las páginas de Las gratitudes a través de la vida, o el final de la misma, de Michka. Aviso de que esta es una novela dura, donde los sentimientos siempre están a flor de piel, y donde se va viendo, página a página, el final de una persona, su degradación, su apagado. Todos los que hemos pasado por algo similar, como es ver a un familiar, a alguien muy cercano y querido, apagarse de esta manera, por días, sin prisa, pero sin pausa, encontraremos en esta novela un espejo donde mirarnos, donde ver cómo todo final es igual, aquí o en Francia o en el rincón más remoto del mundo.

Cuando llega un final, cualquier final, de cualquier tipo, pero sobre todo el final de la vida de alguien, y más si ese alguien es una persona amada, querida, apreciada, se pone de manifiesto lo importante que puede llegar a ser una palabra, una sola. Las gratitudes también es una novela sobre el decir y el callar, sobre cómo un “gracias” puede cambiarlo todo. Pero también quedamos advertidos en esta novela de cómo un silencio puede causar impotencia, infelicidad, dolor, muerte, desconsuelo y desconcierto. Palabra callada es palabra muerta, oportunidad perdida para expresar cómo nos sentimos.

En una sociedad como la actual donde las palabras pierden cada día su importancia mezcladas con debates absurdos sobre su uso, donde los políticos de toda índole pervierten el lenguaje a su favor vaciando de contenido palabras otrora sagradas Las gratitudes se yergue como una obra donde la palabra es lo importante, no solo debido al problema que vemos a lo largo de la novela que va sufriendo en mayor grado a cada página Michka, sino en su conjunto. Si no somos capaces de decir un gracias, un te quiero, un perdón, ¿qué nos queda? Nada: el olvido.

Las gratitudes es una novela que no va a dejar indiferente a nadie que la lea. Llega a lo más profundo del corazón y el espíritu y remueve conciencias. Nos plantea el final de una vida desde dos puntos de vista diferentes con el único punto en común de las palabras: tanto su presencia como su ausencia. Además, subyace en la propia historia de Michka un pasado también movido por una búsqueda para agradecer a quienes le salvaron su ayuda. Pero, en el fondo las tres personas que llenan esta novela tiene palabras para agradecer, gestos que denotan agradecimiento y ternura, vínculos generados difíciles de romper, emociones que les desgarran cuando el silencio se impone a la vida. Y al final, lo que creo que todos buscamos en una novela es que nos emocione, nos conmueva, no nos deje indiferente, y desde luego, esta novela no va a pasar sin pena ni gloria por el lector que decida leerla.

Caronte.

jueves, 17 de diciembre de 2020

K. L. Reich

Una de las grandes lacras que tenemos los españoles como sociedad, y en varios aspectos de nuestra vida, es que no sabemos valorar lo nuestro y preferimos alabar lo de fuera, ya sea por exótico o por creerlo superior. Craso error. Preferimos asombrarnos con los Alpes antes que hacerlo con los Picos de Europa; nos atraen más las tierras áridas del norte de África que la tierra baldía y salvaje del sureste español; pensamos que Escocia e Irlanda son paraísos verdes y místicos y sin embargo rebajamos a Galicia a una mera región gastronómica donde el marisco y el pulo eclipsan todo lo demás; preferimos un pueblo alemán medieval reconstruido a Toledo, Segovia o Cáceres. Y nos pasa lo mismo con la literatura: antes miramos a un autor inglés, pongamos por caso Dickens, antes que deleitarnos con Galdós, simple y llanamente porque lo consideramos mejor y de más alto nivel cultural. Pura ignominia, puro desconocimiento. Ignorancia supina, a fin de cuentas. Y esto es lo que ha pasado con Joaquim Amat-Piniella y esta novela comparable a Primo Levi o a Anna Frank.

K. L. Reich” es una novela totalmente desconocida en España fuera de Catalunya, ya que allí es de lectura obligada casi en colegios e institutos. Supongo que por época de publicación (años 60), por tardarse más de 15 años en publicar debido a su contenido, y porque estaba escrita en catalán, el mundo editorial en castellano la ha ido repudiando y relegando al olvido que ha tenido y sigue teniendo. Y, sin embargo, creo que la novela debería tener un puesto preeminente en las lecturas obligadas para todo español que quiera saber qué pasó con sus propios compatriotas en los campos de concentración y exterminio nazi; ya que, aunque no al extremo que judíos, rusos u otras etnias y razas, los españoles también morimos y pasamos hambre en los campos de concentración nazis.

El panorama literario europeo está plagado de novelas, memorias, autobiografías y ensayos sobre experiencias personales o ajenas, de supervivencia o muerte, en los campos de concentración nazis. “K. L. Reich” es una novela que ficciona la propia experiencia de Amat-Piniella como preso de uno de los campos de concentración de la Alemania Nazi durante la IIGM; y como tal es dura, explícita y golpea al lector en su subconsciente de manera directa y sin piedad. Pero, para ser sinceros, no hay excesos en la novela, no hay violencia por el mero hecho de conmover al lector, no hay imágenes constantes y excesivas de penurias y calamidades.

 

Joaquim Amat-Piniella logró con “K. L. Reich” construir un relato en el que hay verdad y poco efectismo. Mientras en las novelas históricas ambientadas en este periodo y en estos escenarios suelen buscar la lágrima del lector, su horror y su pena, para intentar acentuar las calamidades y hacer las tramas más realistas; en esta novela solo hay sinceridad, humildad y veracidad. Huyendo de la grandilocuencia y la presuntuosidad de muchos escritores que pretendieron narrar el infierno de los campos de concentración y el Holocausto, Amat-Piniella muestra el horror, el miedo, el olor a carne quemada, los cuerpos exangües y esqueléticos, el hambre y el frío mezclados con el humor, la esperanza, los tejemanejes de los presos, la corrupción de los campos entre prisioneros y guardianes trapicheando con la supervivencia.

La gran virtud de “K. L. Reich” frente a otros libros y novelas que he leído sobre el nazismo, el Holocausto y los campos de concentración es la dosificación que se da en la novela al lector, y la gran humildad que muestra Piniella a la hora de narrar y confesar sus propias experiencias, o experiencias parecidas inspiradas en lo que vivió en aquellos años. Junto a estas descripciones de la vida (si es que, a sobrevivir en un campo de concentración sin apenas comida, con frío, y violencia y muerte por donde quiera que mires se le puede llamar vivir) también se incorporan reflexiones y sentimientos de culpa que hicieron que aquellos que sobrevivieron a aquellos años de muerte y horror se pregunten cómo y por qué salieron de aquello vivos y si lo hicieron egoístamente haciendo que otros murieran por el camino.

Es de agradecer que en “K. L. Reich” no se caiga en los tópicos de este tipo de libros, que en su momento Amat-Piniella quisiera mostrar la cruda realidad tal como la vivió, con sus numerosas y prácticamente únicas sobras, pero también con sus luces. No solo hay olor a carne quemada en las páginas de esta novela, ni únicamente crueldad nazi, también hay humanismo, resistencia, esperanza, corrupción, falta de ética, espíritu de supervivencia. Y, sobre todo: no hay héroes. Me suele repatear mucho las novelas que usan esta época histórica concreta para ensalzar sin sombras la figura de alguien real o ideal, cuando en aquellos años no hubo ningún solo héroe, sino simplemente seres humanos que pretendían sobrevivir, y si para ello tenían que hacer que un compañero o amigo muriese se hacía. Ese es el realismo que busco en una historia como esta.

Vuelvo al principio para decir que creo que sería importante y fundamental, para hacer país, para saber de nosotros mismos, para aprender a valorarnos, descubrir una novela como “K. L. Reich”. La IIGM parece que muchas veces queda lejos de España, que la vivimos casi de espaldas o refilón, y sin embargo hubo españoles que fueron asesinados en campos de concentración nazis. Amat-Piniella no es menos que Primo Levi o Anna Franck, o cualquier otro autor que pretenda hacerse pasar por gran escritor por novelar el Holocausto o el terror del exterminio nazi en campos de prisioneros. Sin petulancia, sin egocentrismo, sin creerse más que nadie, con una absoluta dignidad y humildad, Piniella escribió una novela que debería ser de obligada lectura en institutos de toda España porque sin saber quiénes fuimos es muy difícil que podamos si quiera entrever quienes somos.

Caronte.