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sábado, 30 de julio de 2022

Ceniza en la boca

Continuo mi racha de lecturas de escritoras iberoamericanas con una novela que vuelve a ser una recomendación de varias personas por redes sociales de las que me fío y a las que respeto por sus lecturas. Y vuelve a ser un libro de los que me compré en la pasada Feria del Libro de Madrid: de los 15 libros con los que me hice durante los tres fines de semana que duró la feria ya apenas me quedan 4 por leer, los más extensos, los menos frescos de leer para los trayectos en metro o tren hasta el trabajo o inmerso en el calor de mi piso por las tardes o las mañanas. Está siendo un verano de lecturas en femenino y desde el otro lado del atlántico, donde el español conversa ese colorido, esas expresiones, esa sonoridad que lo hace ser tan diferente al monotono español castellano (sé que es muy antiguo llamar castellano al español, pero me permitís esta pequeña licencia).

Ceniza en la boca comienza muy fuerte, con el relato y descripción del suicidio de la protagonista narradora de esta historia. Este hecho, este shock brutal y frío, que se narra sin contemplaciones ni miramientos y que estremece por imaginarlo tan vivamente como si estuviéramos viendo como cae el cuerpo de un joven desde un quinto hasta estamparse contra el suelo en directo rompe cualquier molde narrativo. Podría incluso ser muy Tarantino este inicio de novela, muy hardcore. Se leen hasta los posibles sonidos que el cuerpo pudo hacer al chocar contra el pavimento de la calle. Tiene incluso cierto tono de regodeo e incluso de humor negro. Este suicidio da pie a una novela corta, intensa y muy social que dejará sin duda poso y huella en el lector una vez cierre el libro.

Brenda Navarro parte de un suicidio, algo que sigue siendo tabú en nuestra sociedad y que, sin embargo, es más habitual que muchas de las causas de muerte a las que estamos acostumbrados y de las que hablamos con total y absoluta normalidad. Ceniza en la boca es una novela que sirve como catalizador social ya que enciende la mecha del lector para que este piense y reflexione sobre temas a los que el debate público da la espalda continuamente. ¿Cómo llega un chico joven a suicidarse? ¿Qué se le pasa por la cabeza para querer acabar no ya con su vida actual sino con la infinidad de vidas que tiene por delante según las decisiones que pueda tomar? Esas preguntas y muchas otras son las que a lo largo de la novela sobrevuelan al lector.

Pero hay más, porque Brenda Navarro utiliza Ceniza en la boca y el suicidio que da comienzo a la novela para hacer una denuncia social inmensa sobre las actitudes sociales actuales. Desarraigo, migración, pobreza, explotación, racismo, machismo… Todas las grandes lacras de las sociedades actuales se dan la mano en una misma historia sin desentonar, sin parecer exagerado y sin caer en la autocompasión. Porque la protagonista de esta historia, la hermana del joven que decide quitarse la vida saltando por la ventana, huye de su país natal para intentar encontrar paz y tranquilidad, prosperidad y cierta felicidad en su vida pero termina encontrándose explotada en trabajos de mierda, malviviendo sin llegar a fin de mes, habitando cuartuchos insalubres alquilados por una dinerada al mes, cuidando ancianas en una Barcelona donde solo importa el dinero y la prosperidad y se oculta todo lo que huela, parezca y se oiga mal…

Ceniza en la boca es también una novela sobre la migración, sobre cómo en España son los inmigrantes los que sacan adelante las tareas más desechadas y desagradecidas, pero más necesarias para que cada vez que vayamos a un restaurante todo esté limpio, cada mañana al llegar a la oficina nuestra mesa y espacio estén limpios, que las camas de los hoteles todo incluido a los que vamos estén hechas cada vez que por la noche vayamos a acostarnos, que nos cuiden a nuestros mayores cuando estos ya son totalmente dependientes, que nos traigan ese antojo alimenticio a nuestra casa desde la otra punta de la ciudad, desde nuestro restaurante favorito en una noche fría de invierno en que no nos apetece salir de casa… Son los inmigrantes a los que llamamos negros, guachupines, latinos, ladrones y miserables y de los que nos queremos diferenciar porque nos creemos mejores los que sacan adelante el país y solo somos capaces de pagárselo mediante explotación y racismo, y si es mujer además con un machismo recalcitrante.

Siendo español y viviendo en Madrid (que es equiparable a Barcelona, donde se desarrolla parte de la novela) Ceniza en la boca es un espejo en el que reflejar las dinámicas racistas, aporófobas y machistas de esa parte de la sociedad española que se cree superior a todos, clasista, engreída, egoísta y prepotente. Quien se ofenda cuando le dicen una verdad que no quiere oír o ve un hecho que pretende esquivar cerrará esta novela tras las primeras páginas, porque no es agradable leer sobre problemas que generamos y ante los que preferimos callar y ser cómplices para no arreglarlos y que todo siga así mientras a nosotros no nos salpique. Lo que ha conseguido Brenda Navarro en esta novela es sobrecogedor y todo con contundente sencillez.

Caronte.

viernes, 22 de julio de 2022

Elena sabe

Llevaba tiempo queriendo leer algo de Claudia Piñeiro, pero no me he decidido a hacerlo hasta que hace un par de meses nominaron a esta novela al Booker International. Suelo seguir bastante los premios literarios internacionales (los patrios, ligados siempre a editoriales, me parecen tal sarta de ombliguismo, corrupción y apología de la literatura basura que me dan mucha pereza) y al Booker le considero de los más prestigiosos y decentes, y de sus nominados y ganadores siempre he sacado alguna que otra buena lectura. Por estas razones, la pasada Feria del Libro este fue uno de los que compré y pasó a engrosar mí, ya de por sí, enorme pila de libros pendientes de lectura que espero bajar durante este verano tan sofocante y angustioso donde estar por la calle es un verdadero suplicio infernal y donde mejor se está, aunque sea con aire acondicionado o ventiladores a tope, es en casa sin que el astro rey fusile nuestra piel o haga que nuestra salud peligre.

Elena sabe cuenta una historia de temas tabú, de esos que intentamos siempre ocultar o que si tratamos lo hacemos de manera sutil, sin profundizar, intentando que pasen desapercibidos y el foco sobre ellos dure lo mínimo posible. La narradora y coprotagonista de esta novela es una mujer que entra ya en su tercera edad, enferma de Parkinson con necesidades de asistencia y medicación permanentes para no correr el riesgo de asfixiarse al comer o beber, o simplemente para moverse y desplazarse por el mundo. Esta mujer, consciente de su enfermedad, de sus limitaciones y de su destino, de su propio futuro, o de la escasez del mismo, se enfrenta a la investigación personal que emprende para intentar entender y esclarecer la muerte de su hija, misteriosa solo para ella, clara y cristalina para los policías que la investigaron.

Al tiempo que Elena sabe se convierte en una especie de thriller policial donde no hay investigación policial sino una madre empeñada en comprender por qué su hija ya no está a su lado para cuidarla y hacer que su enfermedad pese menos, es también una novela sobre las relaciones familiares que tenemos por obligación con nuestros seres queridos, por cotidianeidad, por tradición, porque siempre ha sido así y porque debemos querer a nuestra familia, a aquellos que tienen nuestra misma sangre. Claudia Piñeiro no se corta ni un pelo a la hora de plantear una historia donde el hartazgo supone el final de una mentira y donde los deseos de que la realidad sea como nosotros queremos que sea acaban por golpearnos y hacernos abrir los ojos ante la verdad.

Lo que me gusta de ciertos libros es que nos pongan frente a un espejo, no ya a nivel personal, sino como sociedad. Elena sabe hace esto: nos pone frente a nuestro reflejo como sociedad para mostrar lo miserables que podemos llegar a ser, lo ciegos que estamos ante un mundo que nada tiene que ver con lo que imaginamos que es y lo necios que somos al pretender vivir vidas que no queremos solo porque pensamos que debemos vivirlas así. La obcecación de la madre por ver una cosa donde no hay nada que ver; la historia de la hija que la cuida y siempre ha estado a su lado hasta que su muerte la aleja para siempre; y el cómo se llega hasta la verdad, hasta la más simple de las verdades: la única que a veces, por miedo, por ser parte de esa verdad incómoda, no queremos ver.

Desde que nacemos se nos dice que los vínculos familiares son sagrados, que la vida misma es sagrada, que debemos amar, respetar y querer a aquellos que llevan nuestra sangre. Pero, ¿alguien alguna vez se ha parado a pensar que la familia no es más que un conjunto de extraños en medio del cual vienes al mundo y creces y que por tanto simplemente quererlos y amarlos y respetarlos no es más que una aberración antinatural socialmente? Si eso pasa genial, pero lo normal sería todo lo contrario. Elena sabe es una novela que ahonda en estos temas. Piñeiro trata con naturalidad y sutileza, al mismo tiempo que con rotundidad, esta disfuncionalidad social yendo quizá a la que siempre nos han dicho que es la más sagrada de las relaciones familiares: la madre-hija.

El lector que se anime a abrir Elena sabe se va a encontrar con una historia que va creciendo a medida que avanza; que, por momentos, es incómoda de leer por meternos en la piel de una mujer mayor enferma de Párkinson que no es dueña ya de un cuerpo, el suyo, que debe drogar medicándolo para que reaccione a lo que su cabeza, aún lúcida, ordena; y que debe confirmar poco a poco las sospechas que a medida que avanza la narración va teniendo sobre el destino de la hija muerta. Enfrentar esas revelaciones, esas reflexiones que todos nos hemos hecho alguna vez pero que rara vez confesamos y si lo hacemos es con esas personas a las que llamamos amigos y que a la postre configuran nuestra verdadera familia y no la que por sangre nos toca en suerte, es revelador e incómodo porque todo lector puede verse pensando lo que la narradora y coprotagonista de la novela nos va contando. Desde luego, la nominación al Booker International que mencioné al principio está más que merecida y justificada.

Caronte.

miércoles, 29 de junio de 2022

El Jardín de los Dioses (Trilogía de Corfú III)

Culmina con este libro, de título bíblico y resonancias legendarias, Gerald Durrell su Trilogía de Corfú y sus memorias sobre la estancia de cinco años de su familia en la isla griega del Corfú. Avisa en el prólogo el menor de los Durrell que aquellos cinco años de su vida, de su primera juventud, del paso de su infancia a su adolescencia, fueron felices porque siendo una familia inglesa adinerada para los cánones y estándares de la isla griega sus preocupaciones se centraban en vivir la vida y en disfrutar de familiares, amigos y conocidos a través de fiestas, cenas y comidas a orilla del mar o bajo el parral que tenían por porche en su casona corfiota. Y ese disfrute de la vida como máximo objetico de su vida diaria se nota en cada una de las páginas de la trilogía y, por tanto, también en las de este último volumen que la cierra.

El jardín de los dioses es un magnífico cierre a una magnífica trilogía autobiográfica donde naturalismo, zoología, divulgación, anécdotas, familiares, amigos y conocidos, campesinos y personajes totalmente variopintos se mezclan para dar un relato que, aunque pueda parecer en ocasiones inverosímil, no muestra más que el placer por vivir y disfrutar de una vida, la que cada uno de nosotros disfrutamos sin saber el tiempo que tenemos para ello, sin complicaciones y sin dar una importancia que no tiene a cosas que mejor sería pasar por alto.

Leyendo a Gerald Durrell y la vida que llevó entre los 10 y los 15 años en Corfú, rodeado de su familia, de gente con inquietudes naturalistas como Teodoro, de animales por descubrir, con una voluntad de hierro a la hora de aprender más y más sobre la fauna y la flora que le rodeaba uno se da cuenta que hemos olvidado qué es vivir. El jardín de los dioses no solo es una divertida obra donde un escritor da cuenta de sus años más felices y cómo los recuerda, mezclando su pasión por la naturaleza y las anécdotas familiares más destartaladas; este libro es también y, ante todo, un canto a la libertad, a vivir la vida con intensidad, feliz, sin preocupaciones y sin dar excesiva importancia a los problemas mundanos que no lleva a nada.

La belleza con la que Durrell nos cuenta y termina de complementar sus recuerdos de aquellos cinco años pasados en Corfú hacen de El jardín de los dioses otra lectura igual de placentera, divertida y formativa como las anteriores, donde nuevos animales, nuevas aventuras y, sobre todo en este libro más que en los anteriores, anécdotas familiares donde sus propios hermanos o conocidos de la familia demuestran como la realidad muchas veces puede ser tanto o más increíbles que la más pura de las imaginaciones novelescas.

Hace ya décadas que el ser humano vive en constante prisa, sin descanso, buscando permanentemente estar ocupado en algo temeroso de que, al parar y descansar, al no tener nada que hacer, su aburrimiento sea tal que se vea abocado a pensar en su propia y miserable vida vacía de contenido y no sepa cómo llenarla de manera sosegada. Hace ya décadas que hemos perdido perspectiva para solo mirarnos el ombligo y ser incapaces de comprender que vivimos en un mundo en el que no estamos solos y nos rodean seres y criaturas, paisajes y parajes impresionantes e inolvidables. El jardín de los dioses es volver a una época donde las prisas no existían, leer sobre algo ya extinto en prácticamente cualquier parte de Europa y “Occidente” y que está en vías de extinción en el resto del planeta, devorado por la incesante necesidad de mercantilizar absolutamente todo como si todo fuera monetizable.

Hemos olvidado quiénes somos. Hemos pensado que el hombre está por encima de todo ser que pisa este planeta menospreciando aquello que no conocemos o que nos repele o que simplemente creemos inferior solo por no razonar ni hablar… En la Trilogía de Corfú que cierra El jardín de los dioses, Gerald Durrell pretendió no solo plasmar sus años de juventud libre y sin ataduras de ningún tipo disfrutando del mundo encapsulado en la isla de Corfú, sino que intentó abrirnos los ojos ante un mundo al que estamos dando la espalda y que cuando menos lo esperamos nos la dará a nosotros dejándonos tirados y abandonados siendo incapaces de adaptarnos a los cambios que provocará nuestra propia actitud orgullosa y prepotente.

El viaje que ha supuesto para mi leer La Trilogía de Corfú ha sido inmenso, porque nunca antes me había enfrentado a una lectura tan seguida de una serie de libros enlazados y relacionados y, mucho menos, de libros de no ficción autobiográficos donde el aspecto divulgativo, descriptivo y anecdótico personal fuera el eje de la narración. Todo ha merecido la pena porque he descubierto a un hombre inmenso como Gerald Durrell y una obra fundamental para reencontrarse con un pasado que no es tan lejano y que estamos a punto de perder del todo si no somos capaces de pararnos a pensar quiénes somos y dónde vivimos. Leed a Durrell, pero, sobre todo, vivid que al final es lo que nos quiere decir el adulto Gerald recordando a su niño Gerry.

Caronte.

jueves, 23 de junio de 2022

Bichos y demás parientes (Trilogía de Corfú II)

Vuelve Gerald Durrell a Corfú, a sus recuerdos de una infancia plena, libre y feliz, de crío inquieto e inteligente, amante de la naturaleza y aventurero en esencia. Debió ser tan plena los cinco años que el escritor y naturalista inglés vivió con su familia en la isla griega de Corfú que lo allí vivido durante esos cinco años, esos más de mil ochocientos días, con sus horas y minutos y segundos que tras la publicación de Mi familia y otros animales y viendo el gran éxito que cosechó el libro, creyó necesario ampliarlo con una nueva entrega de esas memorias que van de lo costumbrista, a lo familiar pasando por lo divulgativo y el amor a la flora y fauna griegas. Son inagotables las anécdotas que en este segundo volumen de la Trilogía de Corfú vuelve a contar el más joven de los Durrell, tan inagotables como variada e interesante es la fauna de Corfú, que como en la anterior entrega, también en este libro tiene una especial importancia por ser, junto a la familia del escritor, uno de los ejes alrededor del cual gira todo.

Bichos y demás parientes no es una “continuación” de su predecesora en la trilogía de Corfú de Gerald Durrell. No. Este libro es una narración paralela a la primera en la que Durrell cuenta anécdotas y describe fauna y flora que en el primer libro no había metido por considerar quizá que fueran menores. Sin embargo, y esto es una opinión personalísima, en esta segunda entrega Durrell nos presenta un libro quizá más íntimo que el primero, en el que las anécdotas familiares ganan a las naturalistas y donde sus aventuras son tan estrambóticas y estrafalarias que el lector bien podría pensar que la mitad son inventadas o que no pueden pasar tantas cosas tan extraordinarias en tan “poco” lapso de tiempo (esos 5 años pasados por la familia Durrell en Corfú durante los años previos a la IIGM).

No hay en principio un orden cronológico en la narración y aunque estos dos primeros libros pueden leerse por separado sin conocer la existencia el uno del otro, es recomendable empezar por el principio la trilogía para así llegar a Bichos y demás parientes y poder saber de quien habla el joven Gerry cuando menciona a su burra, sus perros o los diferentes animales que va coleccionando, vivos y muertos, en su cuarto pese a las quejas y lamentaciones, histriónicas a veces, de sus hermanos, principalmente del mayor, el también escritor Lawrence “Larry” Durrell. Entran en liza además personajes y amigos de la familia Durrell que quizá sin conocerlos de antes pueden quedar un poco colgados ya que, aunque Gerald Durrell al volver a mencionarlos hace una brevísima introducción y presentación de los mismos, no lo hace con la misma gracia, garbo y profundidad con que lo hizo en el primer libro de la trilogía.

Abrumadoras vuelven a ser las descripciones naturales que hace Gerald Durrell de sus escapadas aventureras por la isla de Corfú en busca de nuevos descubrimientos para colmar su mente inquieta y amante de los animales y la naturaleza en todo su esplendor y conjunto. Bichos y demás parientes no solo es la recolección de anécdotas y recuerdos de un escritor rememorando años en los que fue realmente feliz en el mundo, un mundo inocente aún, primigenio y rural, humano, sino que también es un canto a la naturaleza y un ensayo precioso en el que se ensalza la belleza de la naturaleza como gran casa común para toda la humanidad que es.

Como su predecesor en la trilogía Bichos y demás parientes es un verdadero canto a la libertad y la felicidad, a la vida simple, contemplativa y tradición, a una forma de existir y estar en el mundo que ya no existe y que probablemente nunca vuelva. Obviamente, y el mismo Gerald Durrell así lo dice en el prefacio del tercer libro (que ya he empezado a leer mientras escribo estas líneas), la familia Durrell no era normal en el sentido que eran ricos para los estándares griegos de la época y, por tanto, tanto la madre como los cuatro hermanos podía dedicarse a lo que más les gustara y llenara en una isla que tanto contraste hacía con la gris Inglaterra de la que venían.

Acabo de mencionar que ya estoy inmerso en la lectura del libro que cierra y complementa la Trilogía de Corfú. Probablemente no me cuente nada diferente de lo que el primero y este Bichos y demás parientes me han contado ya. Pero leer a Gerald Durrell, con ese tono tan maravilloso y entusiasta, tan cómico como lírico, tan divulgativo como literario, es un placer. Y es un placer porque leer algo que te hace viajar, disfrutar, sonreír y querer vivir lo mismo, aunque sea de otra manera es siempre un gusto. Porque la literatura, en todos sus géneros y formas implica hacer que el lector, durante el tiempo que esté leyendo, sea otro en otro lugar y otro tiempo. Leed esta trilogía y disfrutad tanto de la maravillosa isla de Corfú, como de sus gentes, su fauna, sus paisajes, sus playas, y sobre todo de la disparatada familia Durrell.

Caronte.

martes, 14 de junio de 2022

Mi familia y otros animales (Trilogía de Corfú I)

Continuo mi empresa literaria particular, mi primer y más ambicioso reto lector hasta la fecha, de alternar la lectura de las obras más relevantes de dos hermanos humanistas y escritores, Lawrence y Gerald Durrell, con el primer libro de los que conforman La Trilogía de Corfú. Estar inmerso en lo que en el fondo es una aventura literaria que me llena de orgullo me hace sentir vivo. La literatura en su más alto grado y nivel, expresada en dos obras tan distintas y dispares entre ellas como comunes al buen gusto y estilo literario, llenas de elementos enriquecedores y atractivos para mentes inquietas y literarias como siento que es la mía, siempre es de los placeres más intensos y preciados que un amante del arte puede tener. No deberíamos olvidar que la literatura debería aspirar a no ser simplemente un divertimento, un modo de pasar un buen rato, sino que debería de llegar a alcanzar la belleza formal que la escritura, el jugar con letras y palabras, puede proveer.

Tras acabar Justine, libro que da comienzo al Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, el mayor de los hermanos, cambio totalmente de registro para empezar la Trilogía de Corfú con Mi familia y otros animales del hermano pequeño, Gerald. Menudo contraste se produce entre ambos hermanos. Nada más que el apellido y la presencia del mayor como parte del elenco protagonista del libro del menor une a ambos hermanos en su escritura; bueno, esto y que ambos son capaces de narrar con un estilo tan elegante y depurado que la lectura se hace tan amena y fluida como un río tranquilo que no levanta turbidez a lo largo de su cauce.

A la hora de leer Mi familia y otros animales el lector tiene que tener en cuenta que Gerald Durrell ha sido uno de los naturalistas y divulgadores científicos más importantes de su generación, además de un escritor excepcional dotado de un privilegiado sentido del humor y una ironía tan fina como acertada. Partiendo de esta base se puede uno sumergir en este primer libro que no cuenta otra cosa que la experiencia de la familia Durrell, y de un jovencísimo Gerry (en la novela, durante la que transcurren 5 años, Gerald Durrell va desde los 10 a los 15 años) en particular, tras decidir abandonar la húmeda, lluviosa, fría y reumática Inglaterra por la soleada, cálida y mítica Corfú.

Mezclando anécdotas familiares y de gente local a la que van incorporando al clan Durrell como personajes de toda la vida de la familia, y explicaciones zoológicas y narraciones de las expediciones del joven curioso e incipiente amante de la naturaleza que fue en su día Gerry, el más joven de los hermanos Durrell conforma en Mi familia y otros animales una narración tan amena como didáctica, tan divertida como divulgativa y tan irónica como comprometida con la naturaleza. Nunca se cae en la parodia, ni de su familia, ni de la isla griega que parece anclada en un pasado aún más remoto que en el que se desarrolla el libro, ni de los diferentes amigos y conocidos que a lo largo de las páginas van apareciendo en la familia de los Durrell.

Siendo Mi familia y otros animales (1956) contemporánea absoluta de Justine (1957), ambas novelas no podrían ser más opuestas. Pero es que claro, ambos hermanos, Larry y Gerry, no podrían ser más distintos. Ya lo dice en el prólogo Lawrence Durrell diciendo que siente que él sea el hermano más cascarrabias y quizá antipático, o al menos el que mayor impresión de gruñón da, pero probablemente los caracteres de los dos hermanos, distanciados 12 años entre ellos, forjaron su devenir literario creando obras radicalmente opuestas en fondo y tono, pero compartiendo algo que pocos escritores logran: un estilo envidiable, donde la historia fluye sola, con la enorme dificultad que esto tiene y que bien sabemos aquellos que alguna vez nos ha dado por escribir algo (o al menos intentarlo).

No es necesario que un libro trate sobre temas trascendentales para el ser humano para interesar a una mente inquieta. Tampoco es necesario que nos atrape en un misterio o en una historia morbosa donde las pasiones desatadas o los crímenes más crueles son los hilos conductores. Muchas veces la simple narración de la vida, la evocación de una época donde el tiempo era sosegado, las descripciones de animales y anécdotas cotidianas pueden servir para configurar una lectura de esas que llenan a uno. Mi familia y otros animales es ese tipo de libro: una lectura sosegada de bellas imágenes y descripciones zoológicas que a uno le animan a luego investigar por su cuenta tras la lectura para poder poner “cara” a todos los animalillos que el desmedido Gerry va acogiendo en su cuarto/museo. Por mencionar una escena en particular, se narra un baño en el mar entre delfines, luciérnagas y plancton fluorescente; la belleza de esta escena, narrada entre el lirismo y lo científico, es tal que hubiera soñado estar en el mar con los Durrells viviéndola.

Si de la primera novela del Cuarteto de Alejandría deseé haberla escrito yo mismo, de Mi familia y otros animales hubiera deseado formar parte de esa familia, como Durrell o como allegado, para poder vivir, aunque solo fuera un instante, su vida, su día a día lleno de naturaleza, gozo y vida. Se podría reducir el comentar este libro a simplemente decir que es una narración autobiográfica de los cinco años que los Durrell pasaron en la isla de Corfú, pero con esto uno se quedaría no solo corto, sino que faltaría a la verdad. Este libro es una oda a la vida, a la alegría de vivir y a la naturaleza exuberante que nos rodea y a la que solemos ignoran constantemente incluso persiguiéndola y destruyéndola por comodidad y miedo. En las páginas de este libro no hay más que vida.

Caronte.

viernes, 8 de octubre de 2021

Terres mortes

Incursiono de nuevo en la literatura catalana actual. Y lo hago con una novela de una escritora jovencísima (no llega a los 30 años aún) que da un golpe en la mesa de la literatura con una obra fresca que recoge toda la tradición narrativa española desde la posguerra. Núria Bendicho Giró no ganó el Premio Anagrama de novela en catalán, pero el jurado destacó también su novela para ser publicada. Y ha sido un acierto. Este año, siguiendo lo que comencé el año pasado durante el confinamiento, me he puesto a estudiar catalán a través de internet de manera online y autodidacta. Ya el año pasado hice un curso de italiano y he podido empezar a leer tanto en la lengua de Dante como en la de Josep Pla o Mercè Rododera ampliando mis horizontes lectores y literarios para descubrir de primera mano y sin los intermediarios de los traductores, obras y escritores que quizá tardan algo en llegar al español. Ampliar capacidad lectora, de comprensión de lenguas que no son las maternas siempre es bueno, abre la mente y ayuda a empatizar y socializar.

Terres mortes es una novela coral donde cada capítulo tiene un punto de vista diferente y está narrado por un protagonista directo o indirecto de la trama principal diferente. Núria Bendicho ha creado una trama familiar donde las rencillas, los odios, las disputas por la tierra, las herencias materiales e inmateriales, los rumores, el aislamiento y el tiempo son piedras angulares donde apoyar todo el desarrollo de la novela. También es central en la narración el ambiente, el dónde se desarrollan los acontecimientos es fundamental: esa casa masía familiar grande, abandonada por la desidia y el tiempo, por el peso del pasado y la incapacidad de superar viejos agravios, rodeada de bosque y ligeramente alejada del pueblo más cercano.

El tiempo, el presente y el pasado, los recuerdos, los acontecimientos narrados por diferentes testigos directos o indirectos de la familia protagonista tejen un escenario entre tétrico y desolador donde el lector a veces no sabe si seguir avanzando o ni siquiera si se avanza con seguridad. Terres mortes es una novela con una historia ya conocida en la literatura española, explotada por autores como Cela, Sender o Laforet, incluso Delibes, aunque éste con otro tono, donde el paisaje donde se desarrolla la historia es tan importante como la historia misma; y donde es el drama familiar con todas sus aristas el protagonista e hilo conductor que va tejiendo toda la trama.

Terres mortes es frescura y tradición. Frescura porque su autora entra de lleno en el mundo literario con una obra con un lenguaje propio y un estilo narrativo que subyuga al lector metiéndole en una atmósfera gris, llena de nieblas y sombras. Tradicional porque en el fondo Núria Bendicho no hace más que adaptar a su mundo literario interior la gran tradición española de la posguerra de hablar de los desheredados, de familias rotas, corrompidas por el odio y la envidia, con el peso del pasado y su historia sobre la espalda haciéndoles imposible el avance y la toma de contacto con la realidad del mundo.

No sé qué tienen las novelas de dramas familiares que tanto atraen, pero Terres mortes es de esas novelas que te van descubriendo un drama arrastrado durante generaciones generado por acontecimientos radicales y brutales donde la muerte, el odio y la envidias forman un perfecto caldo de cultivo para crear una buena novela. Si además, a todo esto, le sumamos el ambiente casi gótico de la Catalunya rural de masías aisladas cercanas a pueblos donde las autoridades las encabeza el cura, y donde las rencillas y los rumores entre vecinos y los señores de la casona forman el día a día de su historia, nos sale una novela muy posguerra aunque en este caso no haya ninguna guerra en el recuerdo de nadie y simplemente sean las relaciones intrafamiliares las que sustituyan a la destrucción del odio de la guerra.

Antes de terminar añado que leer en un idioma que no es el tuyo es un ejercicio magistral de inmersión en maneras diferentes de pensar y concebir la existencia y la comunicación. Una lengua es un mundo y cada una tiene una construcción mental diferente. Por ello leer en otros idiomas (inglés, francés, italiano y catalán en mi caso) me hace sentir vivo, estar acercándome a mundos y sociedades diferentes a la mía y donde al principio me puedo sentir incómodo pero que a medida que profundizo en ellas me voy sintiendo más y más cómodo. Terres mortes ha sido mi segunda novela leída en catalán y he de decir que me he sentido más cómodo que en mi primer acercamiento a esta lengua hermana del español y con la que tanto comparte.

He terminado esta novela sabiendo que, quizá y por desgracia, pase más desapercibida cuando se publique en español de lo que debería. Terres mortes es una obra muy bien escrita y narrada creando un coro de voces y puntos de vista que hacen que el lector sea capaz de captar. Angustiosa por momentos, siempre gris y neblinosa, este drama familiar con tintes góticos rurales y ecos de la gran tradición literaria española, hacen de este debut jovencísimo una novela de gran nivel cuya autora promete y si sigue puliendo su mundo literario seguro que da futuras obras muy interesantes también.

Caronte.

viernes, 20 de agosto de 2021

Hamnet

 

Siempre que una novela levanta tantísimas buenas críticas y opiniones, y no hay blog, revista cultura, perfil de Instagram o comentario en Twitter que no la ensalce y la ponga por las nubes intento dar espacio y sobre todo tiempo antes de acercarme a ella. Y lo suelo hacer porque muchas veces (la mayoría de hecho) esas hiperventilaciones por cualquier expresión de arte, y la literatura es una de ellas, vienen cargadas de expectativas que nos obligamos a cumplir y a aceptar simplemente porque otros a los que admiramos, seguimos o damos credibilidad han hablado bien de un libro (o película, o serie, o exposición de arte, etc.). Compré esta novela en una librería barcelonesa recientemente abierta de la que me enamoré hasta tal punto de plantearme si mi vida no sería mejor y más feliz trabajando en una librería leyendo y recomendando libros por doquier. El libro ha estado unas cuantas semanas en mi pila de pendientes hasta que ha llegado este mes de agosto al erial en que se convierte Madrid por estas fechas y en una soledad enriquecedora de dueño y señor de mi casa vaciada por vacaciones parentales me he puesto a leer esta obra.

Hamnet es una novela soberbia. Maggie O’Farrel consigue aunar, para deleite de los lectores y apasionados de la literatura, una obra magistral sobre el amor, la pasión, el dolor, la pena, la pérdida, la muerte, el recuerdo y el olvido. Y lo consigue además con un estilo perfecto que trasciende el papel y la palabra para hacer que la lectura de este libro sea una experiencia meta sensorial en la que la lectura es un mejor instrumento para oír, sentir, saborear, palpar y ver absolutamente todo lo que a lo largo de las diferentes escenas y tiempos que se no presenta en el libro.

Con los ecos mitológicos que transfiere a la novela la figura, quizá difuminada por las dudas que general el tiempo, de Shakespeare y su vida, Hamnet nos recuerda demasiado a esa otra leyenda de la literatura como es Hamlet, la más grande de las obras del Bardo inglés. Una letra diferencia la obra del genio de la literatura universal de esta novela que lleva por título además el nombre del hijo muerto prematuramente del dramaturgo y poeta inglés. Maggie O’Farrel, partiendo de lugares, nombres y sucesos reales fabula la vida de toda una familia a través de la figura de un niño, de una criatura inocente que se distrae con facilidad de sus tareas atraído por el mundo que le rodea en una idílica campiña inglesa. Hamnet es el hilo conductor de toda la trama, y sin embargo no es protagonista de nada salvo de su muerte en el lecho de su hermana gemela mientras esta, enferma de la peste, lucha por su vida y por la que pide intercambiarse en un acto supremo de amor y generosidad fraternal. Y a veces, esas peticiones al destino y la muerte se cumplen.

Llena de lirismo, con una prosa perfecta, sensorial y sonora, Hamnet es una novela que lleva al lector directamente al corazón de la familia de Shakespeare. Así, a lo largo de las páginas de este libro el lector irá pasando de un miembro a otro para conocer un poco su vida, sus angustias vitales, sus intereses y deseos, su personalidad, sus temores y sus pasiones más íntimas. Anges, la madre amantísima de sus hijos: Sussana, Judith y Hamnet (estos dos últimos gemelos); Bartholomew, el hermano de Agnes; la familia de la madrasta de Agnes; Agnes, Agnes, Agnes… Alguien podría pensar que la novela podría haberse llamado antes Agnes que Hamnet. Y no le faltaría razón a quien pensara esto, porque es esta enigmática mujer, llena de fuerza y voluntad, que no recibe órdenes de nadie y que es más libre de lo que podríamos imaginar, para quien además la naturaleza es su hogar, si vida y la razón de su existencia; es Agnes, como digo el corazón de esta novela y de ella emana prácticamente todo.

Y llega la muerte. Con naturalidad, como suele llegar, sin bombo ni platillo, sin ser estrambótica, en silencio, de noche. Llega la muerte llevándose a Hamnet. Aunque quien empiece a leer esta novela ya sabe lo que pasa no es menos sorprendente cómo llega. Maggie O’Farrell narra desde la más absoluta normalidad, sin aspavientos ni grandilocuencia la muerte del joven gemelo y cómo todos los miembros de la familia quedan desolados incluido el lector. Y es quizá tras esta muerte producida sin esperarlo, al albor de otra muerte que no llega a ser, la de Judith por la que el lector pena igual que toda su familia, cuando Hamnet se vuelve más interesante aún, cuando el lector sufre y se hace preguntan al hilo de las que se hacen los propios personajes, como esa de Judith a su madre preguntándola qué es ella una vez perdido su hermano ya que no hay palabras para designar al gemelo que se queda sin su otro yo así como sí hay palabra para designar a la mujer que se queda sin el marido o al hijo que se queda sin padre. Simpleza compleja, compleja simplicidad. La vida misma.

Quiero hacer, antes de terminar, una mención especial a un capítulo que me parece lo más perfecto que he leído en mucho tiempo. Se encuentra antes de llegar a la mitad de la novela y en el Maggie O’Farrell hace un alarde soberbio de capacidad narrativa y fabuladora creando más un cuento que un capítulo de transición y ambientación en Hamnet. En este capítulo se narra, con un brío y una belleza digna de estudio, cómo llega a un pequeño pueblo inglés, a una pequeña casa de artesanos la enfermedad que acabará con la vida del pequeño Hamnet. Un capítulo para leer y releer disfrutando de lo que la literatura es: magia, viaje, creación, belleza.

Podría seguir y seguir comentando pasajes y escenas y momento de Hamnet que me han resultado tan buenos que no acabaría nunca la reseña. Debo ir terminando y no puedo hacerlo sin deciros que leáis esta novela, que la disfrutéis, que si no habíais oído hablar de ella la compréis y os sumerjáis en sus páginas, si la tenéis pendiente adelantadla en vuestras lecturas porque sin duda es una de las grandes novelas de este año publicadas en castellano (y no podría haber sido publicada en otra editorial que no fuera Libros del Asteroide, que poco a poco se está haciendo con el catálogo más interesante en español). Volveré a Maggie O’Farrell en el futuro y no la perderé la pista y muy probablemente también vuelva a esta novela, aunque su relectura en un futuro ya no sea igual a esta primera vez.

Caronte.

viernes, 30 de julio de 2021

La canción del cielo

Una de las tareas más complicadas para un lector, al menos para mí, es elegir la lectura o lecturas que nos acompañarán durante nuestras vacaciones (que no el verano, que es mucho más largo y no hay problema de elección ya que en mi caso no es más que una prolongación del periodo ordinario del resto del año). En años anteriores lo que he hecho durante la semana de vacaciones que suelo irme a la playa a desconectar de todo y de todos (salvo de la lectura) ha sido llevarme algún libro para releer, actividad de la que no soy muy asiduo por eso de que releer algo ya leído me hace perder tiempo de leer algo que nunca ha pasado por mis ojos. Sin embargo, este año he decidido arriesgar algo más llevándome no solo una novela que llevaba en mi pila de pendientes muchos meses ya (casi un año diría yo) sino a un autor al que nunca había leído. Y solo me llevé un libro sabiendo que por su extensión y siendo en inglés no me daría tiempo a leer mucho más, asumiendo además el riesgo de que no me gustara y me quedara sin lectura vacacional.

La canción del cielo (título en inglés Birdsong, que cada cual saque sus conclusiones sobre la interpretación del título para su traducción) es una novela de amor y guerra, de luchas personales y superación, de muerte y vida, de salvación y condena. Con el trasfondo de la primera guerra mundial, esa guerra de trincheras, frío, barro, agua embalsada, terrenos pantanosos, bosques neblinosos y túneles hacia las profundidades de la tierra donde espiar al enemigo y tenderle trampas o caer sepultado en trampas contrarias; con este trasfondo Sebastian Faulks elabora una historia de amor y familia a lo largo del tiempo.

Siempre me han gustado las novelas históricas, o más que históricas, aquellas que tienen un trasfondo real, bien documentado, que hace que la historia principal cobre fuerza y matices de verosimilitud extrema. La canción del cielo no es una novela sobre la primera guerra mundial y al mismo tiempo es la mejor novela sobre la primera guerra mundial que me he leído. Faulks consigue que el trasfondo histórico en el que se desarrolla la historia principal de amor, traición, dudas, lealtades y miedos realce la intensidad de los sentimientos de los personajes y su destino. Pocas novelas he leído tan gráficas a la hora de describir los horrores de la guerra, los olores y sonidos, los silencios, la camaradería y el mismo tiempo el egoísmo individual de quien quiere salvarse a toda costa y volver a la vida de antes.

A lo largo de su medio millar de páginas, La canción del cielo narra la historia familiar de un soldado británico que combatió con heroísmo en la primera guerra mundial dividiendo la historia en tres épocas diferentes: 1910, cuando llega por primera vez a Francia para hacer negocios con un empresario textil francés de cuya, mucho más joven, mujer queda locamente enamorado y con la que se fuga; 1916-1918, época de guerra, de trinchera y de túnel en la que las relaciones entre los diferentes soldados, sus vínculos y sus vidas personales, sus sueños y sus deseos más carnales cobran protagonismo; 1978, época en la que Faulks introduce una especie de excusa para narrar las otras dos épocas y en la que nos presenta a la nieta del protagonista que intenta entender su presente rebuscando en el pasado familiar que desconoce.

Creo que no exagero si digo que La canción del cielo es una novela soberbia y muy bien escrita, cosa que me ha sorprendido para bien, que mezcla amor y guerra, probablemente dos de las cosas que más locuras llevan a hacer al ser humano. Con un ritmo constante en la narración y una manera de contar que hace que el lector no se sienta pesado en ningún momento sabiendo que tiene entre las manos una novela extensa, Faulks consigue atrapar al lector desde los primeros compases de la novela haciéndola, sino idónea, sí muy interesante para leer en la playa, a la sombra de una sombrilla y contrastar nuestro particular paisaje de entorno de lectura con las imágenes de pueblos franceses asediados y campos de labranza convertidos en barrizales y cementerios improvisados donde los restos humanos se esparcen como semillas de agricultor.

Pero ha habido una cosa que no he terminado de entender ni de comprender su por qué. No logro discernir qué parte juega en La canción del cielo todo lo relativo a 1978 y la nieta del protagonista. Esta parte encaja muy forzadamente introduciendo una subtrama muy alejada de la principal ambientada en la guerra. Se me escapa la intención de Faulks al introducir, sin necesidad realmente porque la historia sin esta parte “actual” sigue bien armada y construida, todo lo relativo a la nieta del protagonista. Creo que o bien debería haber dado un poco más de relevancia a esta parte o bien eliminarla, porque sinceramente no aporta nada.

Quitando esto último que he dicho, La canción del cielo ha sido todo un descubrimiento como novela y Sebastian Faulks se me ha revelado como un grandísimo escritor con una delicadeza increíble a la hora de narrar. Fui con cierto temor a mis vacaciones, no por las vacaciones en sí mismas, sino por que no me fuera a gustar este libro que me llevé. Al final, no solo lo disfruté inmensamente, sino que creo que no pude elegir mejor la novela que me ha acompañado este año hasta Fuerteventura. Creo que volveré a Faulks, quizá no pronto, porque tengo multitud de lecturas pendientes (cruz de los lectores irredentos y compulsivos), pero sí sé que volveré a leer alguna de sus novelas a pesar de que en España no sea demasiado conocido.

Caronte.

viernes, 2 de julio de 2021

Ama


Vuelvo a la editorial Caballo de Troya para reseñar uno de los libros que más repercusión ha tenido de todo su catálogo. Y no es para menos, porque José Ignacio Carnero con esta su primera novela consigue agarrar al lector con un ejercicio soberbio de mostrar sentimientos descarnados, escritos de tú a tú sin contemplaciones, abriéndose en canal para contarnos el proceso de duelo que siguió a la muerte de su madre. Descubrir esta editorial que, aunque puede parecer independiente y pequeña, está respaldada por uno de los grupos editoriales más fuertes del mundo como es Penguin Random House ha sido todo un acierto, ya que publica autores jóvenes, frescos, que no tienen miedo ni de experimentar, ni de contar sus experiencias, ni de novelar aquello que quizá sea más arriesgado hacer. Escribir es probablemente el mayor ejercicio de libertar creadora que se puede hacer: ante la hoja en blanco todo cabe, todo puede ser, la realidad no existe hasta que no tecleas o empiezas a rasgar el papel con tinta.

La muerte de un ser querido, cercano, amado siempre es un trauma, se espere o no. Si además esa muerte nos toca la sangre y elimina de la existencia a alguien que siempre ha estado ahí, un padre o una madre, el dolor puede llegar a ser inmenso, demoledor y sobrecogedor. Y sí, sumado a lo anterior, esa muerte se produce a “destiempo”, si es que la muerte viene alguna vez a destiempo y no cuando está escrito de ante mano y para toda la eternidad, el dolor puede enquistarse en el tiempo de los vivos que quedamos llorando la ausencia del muerto. Ama es una novela llena de la realidad y la vida de José Ignacio Carnero, joven (36 años) abogado vasco afincado en Barcelona, que siempre tuvo dentro la pulsión de la escritura y que, hasta este libro, catalizado por la muerte de su madre, no supo materializar en nada relevante.

Ama es una novela de autoficción, como el propio Carnero indica a lo largo de las páginas del libro, en el que quizá no todo sea verdad, sino que haya parte de esa verdad que nos contamos a nosotros mismos y que a veces dista algo de lo que objetivamente podría llamarse realidad. Usando la ambigüedad del título, ya que bien podría referirse al verbo amar conjugado o a la traducción en euskera de la palabra madre, José Ignacio Carnero se abre en canal sin miramientos, pudor o vergüenza para hablarnos de todo aquello que le sobrevino durante el corto período final de vida de su madre y la muerte de esta a causa de un cáncer. Puto cáncer, siempre llevándose a destiempo, o cuando creemos que no toca, a quienes más queremos.

Afrontar la muerte de una madre siendo hijo único, habiéndote ido de su lado y de su vida para crear la tuya propia a más de 500 km de distancia y dejándola sola intentando afrontar a una edad en la que ya pocas ganas se tiene de afrontar nada ni se sabe cómo hacerlo, no debe ser nada fácil. En Ama, Carnero plasma con una sinceridad que a veces hiere por toda la verdad que contiene todo lo que removió la muerte de su madre: los recuerdos, buenos y malos; las palabras dichas y las calladas; los silencios que quizá se pudieron haber rellenado con amabilidad, cariño, estima, amor… No duda el autor en mostrarse abatido, dolido, triste, deprimido a la hora de mostrar un afecto tremendo hacia su madre muerta y reconocer que quizá hubo cosas que tendía que haber entendido y no supo cómo hacerlo por estar veladas en unas convenciones sociales que dan las ataduras de la sangre.

Pero Ama también es una novela de clase y evolución social histórica. La madre del autor venía de un mundo y un tiempo situados a galaxias y años luz en los que el propio autor vive. Si su madre tuvo que sacrificar toda su vida en trabajos de escasa formación, donde se podría trabajar, sirviendo y limpiando en las casa de la burguesía bilbaína de la margen derecha del Nervión dejando atrás todas sus raíces gallegas para que su descendencia pudiera vivir una vida mejor, infinitamente mejor y más cómoda; la vida de José Ignacio Carnero se desarrolla entre algodones, con todas las comodidad que una buena formación y un trabajo bien remunerado, junto a los privilegios y mimos que dan el ser hijo único, le pueden proporcionar, dejando para el ámbito de las preocupaciones el no follar, no ligar, no conocer a esa chica que llene los vacíos que genera la soledad.

Ese choque de generaciones también se ve claramente reflejado en las páginas de Ama. Con ironía y sarcasmo del duro y directo, Carnero no solo se abre en canal para escribir sobre el dolor y la inmensa tristeza que la ausencia y muerte de su madre le generaron, sino que también nos muestra el abismo que a partir de cierta generación se ha abierto entre padres e hijos en España. Un país que ha pasado de tener una sociedad timorata, empobrecida, acomplejada y temerosa de Dios donde la familia y la sangre lo era todo, a una sociedad egoísta, individualista, presuntuosa y falta de conciencia y empatía hacia los demás, donde campan a sus anchas el egocentrismo y las ambiciones utópicas y dañinas.

Ama ha sido uno de los libros más intensos que he leído y de los que más me han emocionado hasta el punto de crearme un nudo en la garganta con algunas reflexiones en las que me he visto reflejado por el hecho de también ser hijo único y tener unos padres que han sacrificado todo para que yo tenga todo lo que ellos nunca tuvieron. También aviso de que esta novela tiene su parte de peligro al ser un espejo que muestra sin ambages ni maquillajes una realidad de una generación que va viendo como los sacrificios que vio y que no agradeció lo suficiente no contribuyen en la medida de lo esperado a una mejor vida tal y como nos prometieron. Es un golpe de realidad importante y contundente, incómodo a veces, pero siempre necesario. Y en el fondo la literatura no es más que esto, o no debería ser más que esto: una muestra de realidad que nos golpee fuerte y nos ayude a cambiar o mejorar o a simplemente entrever lo que pudo ser y no fue o lo que es y no queremos que sea.

Caronte.

sábado, 8 de mayo de 2021

Simón

 

Llego quizá un par de meses (si no más) tarde a esta novela que rompió listas de ventas y estuvo en boca de crítica y público durante semanas y semanas. La espera tiene su porqué, sus razones, y no hay espera que al final no valga la pena. Esperar es sinónimo de paciencia. Quizá tendría que haber leído esta novela en enero tras haberla recibido como regalo de Reyes, pero SS.MM. de Oriente no dejaron bajo el árbol de Navidad sus páginas. Ha sido cuatro meses después, para mi cumpleaños, cuando he recibido este libro de imponente, llamativa y simple portada naranja. También es cierto que haber dejado pasar los meses, dejar que el soufflé creado tras la publicación de esta novela bajara ha servido para que mi lectura haya sido más tranquila, menos presionada por las expectativas (que aun así han sido altas). Y es que es curioso cómo un libro de un autor no famoso que publica en una editorial nada pretenciosa ni megalómana haya podido calar tanto en el mundo literario y se haya convertido en un fenómeno tan relevante.

Llego a Simón con muchas expectativas y ganas, es posible que demasiadas. Y eso nunca es bueno. No lo es porque son ideas preconcebidas falsas, propias, personales, creadas por vivencias pasadas que nada tienen que ver con el presente o la realidad y por tanto peligrosas. Tras la lectura de esta novela de Miqui Otero, a pesar de que no todas las expectativas se han cumplido, sí que puedo decir que no he salido decepcionado y que todo lo que esperaba de la novela se ha visto cumplido.

Y llegó Simón. Miqui Otero nos lleva de la mano a conocer la vida de este chico barcelonés, de padres y tíos gallegos, que regentan un bar de taxistas de toda la vida, lleno siempre de clientes fijos y no tan fijos, de esos que se llaman de toda la vida y que conforman un paisaje de fondo sin el cual la vida no se termina de entender. Simón, de la mano de su primo hermano que, así como el pijoaparte aquel de Marsé, Otero llama primohermano, conoce una Barcelona pre olímpica que le impacta y a unos personajes que le marcarán toda su vida. Pero un día todo ese sueño involuntario se esfuma, de la noche a la mañana, cuando su primo desaparece.

Si comparo a Miqui Otero con Marsé es siempre con el máximo respeto que le tengo al segundo, desgraciadamente fallecido el año pasado, y salvando las enormes distancias que les separan. Pero hay algo en Simón que me recuerda a las novelas de Marsé. Por supuesto que la Barcelona de las novelas de Marsé, trasladada unos lustros hacia adelante en el tiempo, es la que aparece en esta novela: una Barcelona cuyo pasado de barrios pobres y humildes sigue presente y vivo; una Barcelona pre y postolímpica; una Barcelona golpeada por la crisis económica de 2007 y por los atentados de las Ramblas de 2017. Junto con esta Barcelona tan marsesiana, también tiene aires de Marsé los personajes y situaciones llenas de ese realismo mágico barcelonés que tanto me gusta y que sin haber pisado Barcelona más que unos pocos días me ha hecho enamorarme de la ciudad gracias a los libros que he ido leyendo ambientados en ella.

Mucho se ha hablado de Simón, tanto que quizá poco se puede aportar que no haya sido dicho o comentado. Para mí ha sido una novela intensa, tierna, dolorosa, divertida y sobre todo llena de vida. Porque al final, alejándonos de cualquier trama principal o secundaria, este libro va sobre la vida. Y diréis “claro, esta novela es sobre la vida de Simón, su protagonista”, y yo contestaré que sí, que va sobre Simón, pero también sobre todos los Simones que hay en España, esos niños nacidos en los 80 que vivieron el boom de los noventa, que se han dado la hostia en los 2000 y que viven ahora de un pasado que fue, un presente que no es y de un futuro que prefieren ni mirar.

Simón es una novela de aprendizaje, que sigue la gran tradición literaria de este tipo de novelas en las que es el paso de la niñez a la juventud y de ahí a la edad adulta el eje alrededor del cual se articula todo. La pérdida de la inocencia, las decepciones, la supervivencia en un mundo en el que o eres un pícaro cretino aprovechado o te comes los mocos (hablando mal y pronto como dicen en mi casa). Miqui Otero ha escrito una magistral obra narrativa sobre Barcelona y sus gentes de barrio, curritos que sobreviven, familias que se aguantan, gente que intenta sacarse las castañas del fuego, amigos que se apoyan, amores que no condensan y otros que quedan suspendidos en una amistad sincera. Y esto no es fácil de conseguir.

No obstante, y pese a que creo que Simón merece gran parte de los elogios que en estos meses ha recibido, creo también que quizá no es esa obra perfecta sobre toda una generación y una época. Creo que al principio de la novela le falta ritmo y algo de enganche, al menos a mí me ha costado mucho superar el primer centenar de páginas porque era incapaz de vibrar el mismo ritmo que lo hacía la narración. El estilo de Miqui Otero es muy particular, todo hay que decirlo, e involucra mucho al lector en esta historia, apelándole constantemente, haciéndonos directamente partícipes de todo cuanto acontece, incluso avanzándonos cosas que están por venir en la narración. Estilo que se agradece por su frescura, pero con el que al principio me costó llevarme bien.

Probablemente quien lea esto o haya leído ya Simón o esté a punto de hacerlo o, hastiado por la omnipresencia de la portada naranja en librería y blogs de literatura, ni se plantee leerlo. Sea cual sea el caso de quien a este texto se acerque, la novela de Miqui Otero ha roto un mundo literario dividido entre los escritores experimentadores de estilo críptico y forma aún más desconcertante, y los escritores de siempre de pluma ligera y textos superfluos. Esta obra es tradicional pero el mismo tiempo fresca y diferente, y su lectura (pese a que a mí me costara entrar en la historia) es agradable y amena, tierna, intensa y divertida, llena de vida y con muchos ecos de Marsé. Quien quiera disfrutar de un buen libro ahora que ya parece q llega el calor para quedarse y se puede leer en parques y jardines, este puede ser buena opción para pasar el rato.

Caronte.

jueves, 29 de abril de 2021

El cordero carnívoro

 

Llego a esta novela después de varias recomendaciones de amigos y conocidos a los que doy bastante crédito literario. Llego a este libro sabiendo que su autor, Agustín Gómez Arcos, español almeriense se vio forzado por la dictadura franquista a exiliarse primero a Londres y posteriormente a París, donde desarrolló la mayor parte de su obra literaria y donde pudo por fin ver sus obras publicadas y no censuradas, aunque para ello tuvo que escribirlas en francés dejando así atrás la lengua de sus padres. Llego a esta obra sabiendo que lo que iba a leer no iba a ser como lo que suelo leer, ni por temática ni por estilo narrativo, pero, aun así, he llegado a las páginas de esta novela con ganas, muchas ganas y mucha ilusión por descubrir a un autor olvidado prácticamente en España y a quien tenía infinitas ganas de leer desde hacía ya meses, y que leo gracias a un amigo de Barcelona que vendía un ejemplar de esta novela que tenía duplicado y que muy amablemente me mandó hasta dedicado.

El cordero carnívoro es una novela que ya desde el propio título llama la atención y provoca al lector una curiosidad que se aleja incluso de lo meramente literario para transitar por mundos de lo prohibido; en sus páginas el lector va a encontrar una historia familiar narrada por el más joven de los hijos desde que nace hasta que tiene unos veinticinco años. Ambientada en el sur español, en Almería, la última de las provincias andaluzas, casi olvidada, arisca, árida, violenta y seca; y en una familia “de bien” que empieza un deterioro social y económico sin freno causado en parte por la desgracia de la enfermedad del padre, en parte por la desidia de la madre y la lejanía de los hijos a su pasado familiar.

Lo que podría parecer una novela costumbrista más de una familia acomodada andaluza venida a menos en la España semi rural semi urbana del franquismo (en esta novela la Guerra Civil queda lejana pero sus ecos siguen escuchándose) no es lo que parece porque El cordero carnívoro va más allá. Esta es una novela descarnada, escrita de manera visceral, pensando y sin pensar en lo que se escribe y cuenta, sin pretender agradar al lector. Este libro es toda una declaración de principios que busca provocar al lector (provocar en el buen sentido se entiende) para que la novela no solo sea un simple pasatiempo para el metro, la sala de espera de un hospital o una tarde gris de lluvia, sino también un catalizador de nuestros instintos más profundos y nos haga ver el mundo desde otra óptica menos políticamente correcta.

El cordero carnívoro no se publicó en España hasta hace unos años gracias a una pequeña editorial independiente, Cabaret Voltaire, pero en Francia vio la luz en 1974. No sé qué reacción hubo en su momento ante este libro; lo que en esa fecha esta novela hubiera suscitado en España sí que lo sé: horror, escándalo, críticas feroces de un régimen franquista ya marchito, aunque aun dando coletazos de muerte y terror contra sus “enemigos” y probablemente la censura más absoluta.

No hay tema de la España católica apostólica y romana, de la España vencedora de la cruzada contra los enemigos de Dios y la Patria que no aparezca en El cordero carnívoro. La Iglesia y sus curas pederastas; la Iglesia y su fe cínica e hipócrita; los vencedores señalando a los vencidos y estigmatizándolos de por vida; la decadencia de las familias acomodadas; el desamparo de los vencidos perdedores de la guerra; una educación que no forma sino malforma; unas costumbres y usos familiares basados en el qué dirán… Todos los vicios, y quizá también virtudes, de la España del franquismo, de esa España que duró demasiadas décadas congelada inmóvil en los 50, quedan reflejados sin tabúes en la novela.

Dicho todo lo anterior, por encima de todo ello está el amor. El cordero carnívoro es una novela de amor. De un amor prohibido, provocativo, sensual, muy erótico, muy salvaje, muy primario. Pero amor, a fin de cuentas: puro y duro. Amor sin tapujos ni tabúes, sin límites más que los que impone el placer, el dolor, la distancia. Un amor incestuoso y homosexual entre los hermanos que muy probablemente en su momento si la novela se hubiera publicado en España hubiera generado ríos de tinta por escandalizar. Sin embargo, Gómez Arcos presenta esta relación amorosa de manera pura, de manera sensual, llena de pasión y emociones, donde la complicidad primero entre los hermanos y posteriormente la espera del menor a que el mayor vuelva a la casa para poner orden en ella, están repletas de imágenes llenas de lirismo gracias a un estilo maravillosamente depurada, simple y desnudo que adentra al lector en el mundo de la pasión desmedida y desatada, una pasión que no puede ser reprimida ni por la distancia, ni por la ausencia, ni por los convencionalismos sociales.

En esta novela además Gómez Arcos convoca un elenco de personajes que hacen la delicia del lector al plantear una familia llena de disfunciones y unos secundarios que dan mucho juego (el maestro que viene a dar clases al joven hijo, el cura que le bautiza, da la comunión y confirma, clientes del padre…). Por ejemplo: la madre y Clara, la criada, forman un dúo casi carnal y espectral, donde una es la imagen de la otra, pero a la inversa, en todos los sentidos. Dos mujeres unidas por un pasado, pero separadas por una condición social insalvable. Un padre ausente que marca la vida de su casa por sus ausencias y silencios. Un hermano mayor, Antonio, que es el deseo descarnado del menor y narrador de la novela. El cordero carnívoro es también un fresco pintado con las entrañas de una familia muerta pero que debe vivir como pueda.

Como anuncié al principio, llegué a El cordero carnívoro sabiendo que iba a leer algo diferente y rompedor. Y así ha sido. A pesar de que quizá hay pasajes en la novela que se hacen un poco cuesta arriba y que quedan un poco carentes de interés para mí, ésta ha sido una de las lecturas de cuanto llevo de año por tres motivos: porque me ha provocado con su sensualidad, erotismo y falta de pelos en la lengua; porque me ha atrapado en una historia de amor diferente, prohibida y tabú; y porque me ha trasladado en el tiempo a una España que fue y que en el fondo sigue siendo gracias a los posos que tantos años de larga noche franquista dejó en nuestra forma de ser y vivir. Desde luego quien quiera leer una gran novela éste es su libro.

Caronte.

jueves, 1 de abril de 2021

Derecho natural

 

Soy un apasionado de las historias sencillas, aparentemente simples, donde gente normal y corriente son los protagonistas de una historia sin estridencias ni extravagancias. Por esto Ignacio Martínez de Pisón me paree un autor soberbio que es capaz de conjugar un realismo familiar perfecto con un estilo que conjuga drama y humor a la perfección. Hace tiempo leí que Martínez de Pisón es así como un Galdós de nuestro tiempo y, sin haber leído a Galdós y sólo guiándome por lo que estudié del gran genio canario de las letras, tengo la impresión que Martínez de Pisón sí que podría ser considerado como esa reencarnación del autor canario con un siglo de diferencia en cuanto a la época en la que se ambientan sus novelas. Por eso también es un gusto cuando doy con algún libro de Pisón que no he leído y puedo hacerme con él en alguna de las librerías de segunda mano que suelo frecuentar.

Derecho natural es la historia de una familia disfuncional, rara, deshecha o mal formada desde sus inicios, que va poco a poco sobreviviendo gracias a un vínculo invisible e indivisible como es la sangre y el parentesco pero que en el fondo no avanza en el tiempo más que con rencores, pullas, odios, desprecios y silencios. Y todo contado a través de un narrador que no es otro que el hijo mayor de la familia: Ángel, quién será el encargado de hablarnos de su infancia, sus hermanos, su padre y su madre a lo largo de casi 20 años entre finales del franquismo (más o menos desde el atentado contra Carrero Blanco) hasta un epílogo en los años 90, tras haber recorrido el Madrid y la Barcelona de la transición y los 80.

Antes de pertenecer a cualquier otro género, Derecho natural es una novela que yo encuadro en lo que llamo realismo familiar que es donde Ignacio Martínez de Pisón más cómodo se encuentra siempre narrando. En esta novela se nos presenta una familia llena de conflictos donde la relación entre los progenitores es pésima: donde el padre aparece y desaparece constantemente siguiendo unos sueños que no siempre comprenden el cuidar de su familia, y que incluso considera un estorbo la existencia de dicha familia; donde la madre no termina de encontrar un hueco y siempre se siente agraviada por la ausencia de su marido; donde el hermano pequeño resulta ser un jovenzuelo ladrón, donde las hermanas falsas gemelas son usadas como moneda de cambio para luchar familiares enconadas.

Derecho natural es todo lo anterior y algo más. Porque Ignacio Martínez de Pisón siempre da importancia a la época en sus libros, a la época y a dónde están narradas sus historias. En este caso Madrid y Barcelona conforman una pareja de ambientes casi antitética. Por un lado, tenemos la Barcelona familiar, donde se desarrolla la vida permanente de la familia, una Barcelona en continuo cambio; por otro lado, está el Madrid consolidado que sirve como vía de escape y excusa para “huir” tanto al hijo mayor y narrador de la novela, que va a la capital a estudiar y empezar a trabajar luego, como del padre que es dónde termina ganándose la vida en garitos de mala muerte y dudosa reputación haciendo imitaciones de Demi Russos.

Pero no nos podemos quedar sólo en los sitios donde se desarrolla Derecho natural, porque en el fondo esta novela es todo un retrato de una época a través de personajes normales y corrientes que podríamos ser nosotros mismos, o nuestros tíos, abuelos, padres, vecinos, amigos. Sin querer ser un cronista histórico, y sin ser esta novela histórica, Martínez de Pisón nos cuenta cómo fueros los últimos años de Franco, la llegada de la democracia con las primeras elecciones municipales libres, el referéndum de la constitución, el golpe de estado de 1981, los años de la movida en Madrid, los estragos de la heroína… Y todo con ligereza, sin entrar en detalle, simplemente como acompañamiento ambientador de la historia principal que narra. Y esto es lo que hace que sea el reflejo de una época y de cualquier familia normal y corriente.

Llevo ya años leyendo a Martínez de Pisón, y a pesar de que siempre plantea el mismo tipo de novela entre histórica, social y familiar, cada uno de sus libros es una pequeña obra de arte de la literatura. Derecho natural es un libro magnífico, escrito con gusto y sabiendo combinar en su justa medida dosis de humor, naturalidad, hechos históricos y drama familiar. Por esto este libro funciona también; bueno, por esto y porque se lee con una fluidez digna de estudio que pocos escritores consiguen en novelas tan complejas y tan puramente narrativas.

Derecho natural es una novela para leer sentado cómodamente en un sillón con un café o té al lado y pasar una buena tarde o mañana de lectura dejándose llevar por la maestría de Ignacio Martínez de Pisón, autor que para mí en unos años será reconocido con el Cervantes o el Princesa de Asturias, ya que sus novelas no solo son un ejercicio brillante de escritura y literatura sino que conforman un fresco magnífico de toda una época: esos años en los que se terminó de conformar lo que a día de hoy constituye el grueso de nuestra sociedad y que nos definen como tal. Desde luego es una novela muy buena.

Caronte.

viernes, 5 de marzo de 2021

La retornada

 

En el último año todos hemos vivido algo que nunca antes habíamos experimentado y que ni imaginábamos que podríamos llegar a vivir: una pandemia global, desolación, soledad, encierro obligatorio en nuestras casas, una paralización absoluta de la vida. Pero como todas las situaciones extremas esta también conlleva cosas positivas. De una manera u otra todos hemos aprendido cosas, todos hemos cambiado. A mí la pandemia me trajo momentos de inspiración y desesperación, de tensa espera y resignación, de creación y de nulidad. Pero he aprendido algo de italiano, lo justo quizá para poder comprender textos medianamente complejos con bastante soltura, y eso me ha llevado a poder adentrarme en una cultura hermana, mediterránea, tan cercana a la española que a veces hasta da miedo ver las similitudes existentes. Y me ha traído todo un universo narrativo que, poco a poco, ya iba descubriendo en español pero que ahora puedo hacerlo en su idioma original.

Gracias en parte a este último año me he podido acercar a un librito como “La retornada” de una autora italiana que ha cobrado mucha relevancia en su país recientemente y gracias en gran parte a esta novela. Narrada en primera persona y con un estilo muy delicado, emotivo y sensorial nos cuenta la historia de una niña de trece años, cuyo nombre nunca sale mencionado, que vuelve con su familia biológica después de que la familia que la ha criado decidiera devolverla. Un planteamiento tan duro como suena.

La retornada” (que en italiano se tituló “L’arminuta” palabra en dialecto italiano que quiere decir justo eso: la retornada) es una novela sobre la relación madre hija y en este caso, madres, ya que la narradora una vez desengañada, una vez enfrentada a una realidad dolorosa, incomprensible y sin respuestas, se ve desarraigada. Pero claro, cómo nos sentiríamos nosotros si un día cualquiera nos damos cuenta de que quien hemos considerado nuestra madre resulta no serlo y no solo eso, sino que nos devuelve a nuestra verdadera madre a la que después de 13 años tampoco somos capaces de considerar como tal. Obviamente es un dilema y un shock absoluto difícil de digerir. No seríamos nadie ni en nuestro pasado ni en nuestro presente.

El tema de las relaciones materno filiales no es nuevo en la literatura, de hecho, es probablemente uno de los temas más tratados a lo largo de la historia de la literatura. Sin embargo, en “La retornada” Donatella di Pietrantonio lo enfoca desde un ángulo diferente, nuevo para mí, original y duro, partiendo de una premisa desgarradora: la devolución de un hijo al que has criado desde bebé (los motivos de la devolución aparecen en la novela, hacia el final, pero no los puedo incluir aquí). Al final, la mayor relación personal que todos tenemos en nuestra vida, desgracias prematuras aparte, es con nuestros padres. Es con ellos con los que más años convivimos directa o indirectamente, sin elegirlos, además, de manera ‘impuesta’. Manejar esa relación sin manual de instrucciones nunca es sencillo y es por ello, por esa infinita variedad de maneras de relación con ellos que existe que la literatura es la más potente de las herramientas que tiene el ser humano para explorarlas.

He dicho ya, aunque de pasada, que “La retornada” es una novela escrita de manera muy sensorial. Y es que Donatella di Pietrantonio apela con su forma de escribir a los sentidos del lector presentando como raíz de nuestros recuerdos de siempre imágenes, sonidos, susurros, olores, ruidos, caricias, patadas, carreras, palabras, sabores, sensaciones, sentimientos. Porque al final nuestros recuerdos no se componen de escenas completas, no son secuencias de cine o escenografías teatrales, sino retazos que nos llevan a una época concreta o nos traen al presente a alguien que solo habita ya en nuestros recuerdos, en nuestra memoria.

La retornada” trata además un tema que no es exclusivo de las relaciones padres/hijos, sino de cualquier relación personal donde haya un sentimiento puro y sincero. Y es el desengaña, la traición a la confianza depositada en alguien. Así, la narradora y protagonista de esta historia al enfrentarse a sus dos madres, la que durante trece años la ha criado y que ella consideraba la verdadera, así como la verdadera con la que vuelve, se enfrenta a que su vida, su confianza ha quedado destruida, devastada por la verdad. Una verdad que la hace madurar a marchas forzadas, que la lleva a sentirse doblemente huérfana, buscando al mismo tiempo unas respuestas a unas preguntas que en el fondo creo que no quiere responder. La retornada y su madre biológica, así como la que la ha criado, son tres seres extraños entre sí, con la confianza o quebrada o inexistente e imposible de construir o reconstruir.

La verdad es que “La retornada” me ha resultado una muy grata sorpresa, tanto por contenido como por haber sido capaz de leer una segunda novela ya en italiano, con un nivel léxico y gramatical un tanto más complejo que la primera que leí hace unas semanas. Me siento orgulloso de haber sido capaz de adentrarme en el mundo literario italiano en versión original y abrirme nuevos horizontes. Estoy seguro que voy a leerme las otras novelas escritas por esta escritora, y recomiendo encarecidamente que leáis esta novelita tan exquisitamente bien escrita y tan desgarradora a nivel sentimental (en España la ha editado Ediciones Duomo).

Caronte.

martes, 23 de febrero de 2021

Nenúfares que bailan en aguas tristes

 

Una de las cosas fundamentales que le pido a un libro es que me haga viajar, que me haga salir de la habitación donde esté leyendo para trasladarme a un paisaje, ciudad, entorno, vida ajena, diferente al de mi presente. Siempre he considerado que la literatura y los libros como su arma principal, deben ser catalizadores de viajes a vidas ajenas y a mundos lejanos o paralelos al nuestro. Por eso es quizá que me gusta la ficción, tanto en forma de novela como de cuento, más que cualquier otro género literario. Ese viaje que le suelo pedir a los libros lo he vivido clara y nítidamente con esta novela, ya que, además, combina esos dos viajes: el personal para vivir la vida de personas ajenas y muy diferentes a mí; y el físico por trasladarme a lugares que no he pisado nunca y que quedan bastante lejos de mi imaginación.

Nenúfares que bailan en aguas tristes” es una novela que pese a tener un inicio titubeante que se alarga durante un par de docenas de páginas, termina por conformar una narración interesante, entretenida, adictiva y tremendamente sensorial. Se nota que es la primera novela de Bárbara Gil en la frescura y la ambición que se muestra en ella, pero también en esa falta (totalmente comprensible) de recursos para dar vida y brío a la narración en sus momentos más delicados. Aún, así me sorprende la capacidad narradora y emocional que transmite.

Esta novela sigue el patrón clásico de trama familiar dramática, donde sus miembros esconden secretos y pasiones privadas, mezclada con un viaje exótico donde se mezclarán recuerdos, pasado y presente, bajo una amenaza permanente de unos personajes secundarios oscuros que desde el principio dan mala espina. “Nenúfares que bailan en aguas tristes” no es novedosa en las raíces de su trama, pero sí en el paisaje que evoca: Bangladesh.

Podría también calificar esta novela como novela de trasfondo social donde se denuncia, aunque de manera somera, los abusos de occidente y su industria textil sobre Bangladesh, pero hacer esa clasificación denigraría la propia novela porque no es del todo así. “Nenúfares que bailan en aguas tristes” mezcla drama familiar con un drama real que explica la autora al final del libro en una nota: un derrumbe de un centro comercial en Daca en 2013 y una fotografía que llevó a la autora a escribir este libro, inventando una historia detrás de uno de los protagonistas de esa dramática fotografía.

Amor, odios, envidias, pasiones, traiciones, tragedia, muerte se mezclan en las páginas de “Nenúfares que bailan en aguas tristes” y en unos personajes que incluso pueden llegar (y de hecho tienen) a tener similitudes y paralelismos con la vida real. El padre de la protagonista de la novela es un gran empresario textil gallego que se codea con personajes famosos de todo el mundo y de diversos ámbitos, cuyas fábricas en Bangladesh son, cuanto menos, cuestionables en cuando a condiciones laborales. Que cada cual haga los paralelismos que considere y crea convenientes.

Pero si hay algo que me ha gustado por encima de cualquier otro elemento y que permite que pueda perdonar los pecados de “Nenúfares que bailan en aguas tristes” ha sido el gran viaje que he podido hacerme a Bangladesh sin salir de mi barrio de Madrid. Bárbara Gil ha sido capaz de evocar en las páginas de esta novela tanto el exotismo de paisajes selváticos y campos de té de Bangladesh, como la miseria asquerosa de los barrios de chabolas e industrias contaminantes polvorientas y venenosas de Daca, su capital. Sin caer en una idealización ni de la pobreza ni de los paisajes salvajes, la autora ha sabido transmitir con viveza todo lo que cualquier extranjero, y sobre todo occidental, puede llegar a experimental sensorialmente al llegar a un país de tanto contraste como es Bangladesh, que siempre sale en las noticias únicamente por desgracias. Este contraste entre paisajes además queda más que patente al contraponer una primera parte de la novela en Vigo, en un pazo señorial y lujoso, a una choza, un tren, unas calles y unas fábricas textiles donde el lujo no es más que un espejismo absolutamente irreal.

Aunque “Nenúfares que bailan en aguas tristes” me ha sorprendido para bien eliminando todos los prejuicios personales que pudiera tener ante este tipo de novelas champiñón (que surgen constantemente y en número indeterminado todos los años), también tiene sus pecados. Uno de ellos es la poca evolución que veo en los personajes a lo largo de la novela, pero claro, quizá es que no tienen que evolucionar. Otro de los pecados que observo es la utilización de muchos personajes secundarios en la trama, algunos de los cuales quedan demasiado difuminados pese a que deberían tener algo más de peso en la misma. Hay también muchas descripciones de vestidos, tejidos, piruetas y otros elementos que distraen al lector y que en el fondo poco aportan al corazón de la novela. Pero insisto, todo esto que puede restar queda compensado por una narración cuyo ritmo e interés va siempre creciendo a medida que pasan las páginas.

Por concluir, “Nenúfares que bailan en aguas tristes” es una novela de esas que se leen en un abrir y cerrar de ojos, que nos trasladan a paisajes y entornos que ni soñaríamos en pisar si quiera y que nos cuentan realidades olvidadas y dramas personales con los que tenernos pensativos y entretenidos unas buenas horas de lectura. Además, Bárbara Gil, usando un lenguaje y estilo sencillo logra atrapar al lector y hacerle la lectura fácil sin necesidad de poner durante todo el tiempo el cien por cien de nuestros sentidos en la lectura, algo que a veces también se agradece. Una muy grata sorpresa me he llevado con esta novela.

Caronte.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Mejor la ausencia

De vez en cuando hay que dejarse llevar y aconsejar por los libreros, que en el fondo son los que más saben de libros y gustos lectores, tanto por poder abarcar un mayor campo de visión literaria presente y pasada, como por encontrarse constantemente con preguntas, solicitudes de ayuda y peticiones de recomendación de lectores de infinidad de inquietudes. Sin embargo, pocas veces me he dejado yo asesorar en una librería, muy pocas, y todas en los últimos meses. Siempre he sido yo el que iba a librerías, de segunda mano o grandes cadenas de librerías, a mirar libros y dejar que estos decidieran por sí solo si querían venirse conmigo a mi casa para reposar durante el tiempo necesario en mis manos para que los leyera. A veces el destino quería que el libro comprado me iluminara y otras muchas el libro ha quedado difuminado en un olvido doloroso. Con este libro debo reconocer que la recomendación de los libreros de toda la vida de mi barrio me ha iluminado de manera soberbia.

Edurne Portela es una escritora que alcanzó la fama gracias a que el gremio de libreros de Madrid le concedió su premio anual por esta novela que hoy reseño: “Mejor la ausencia”. Si digo la verdad yo hasta ese momento no había escuchado hablar de ella ni leído nada sobre esta escritora y pasado el tiempo la verdad es que pasó desapercibida. Sin embargo, este libro suyo es probablemente uno de los grandes fenómenos literarios de los últimos tiempos, no por fama o celebridad sino por calidad.

Mejor la ausencia” narra en primera persona la vida de Amaia desde sus 5 añitos hasta su madurez con 35. Por tanto, es Amaia la que desde pequeñita nos va contando como es su vida, su familia, su entorno. Y encima nos lo cuenta como una niñita de 5 años lo contaría cuando tiene 5 años, como una adolescente lo narraría con 13, como una joven preuniversitaria nos contaría sus cosas con 17 y como una joven adulta de 35 nos hablaría de su vida. Edurne Portela construye una historia grandiosa tanto en todo lo relativo con lo que cuenta como por cómo lo narra. Ese lenguaje que va evolucionando a medida que el lector va pasando las páginas le da una plasticidad y un realismo a la novela poco común y que no he visto en muchos libros.

Ya he hablado de la forma de “Mejor la ausencia”, hablemos ahora del contenido. Esta novela es un gran fresco de las dos grandes violencias que han arrasado y siguen haciéndolo a la sociedad española. La violencia que ejerce el ser humano contra sus semejantes. La violencia encarnada, enquistada, la que se retroalimenta de más violencia, la que engendra constantemente más y más y más violencia. Terrorismo y violencia machista se dan la mano en esta obra que sobrecoge a cada página y que no da al lector un respiro de tranquilidad y paz en sus casi 250 páginas.

La familia de Amaia parece normal al principio, pero poco a poco se ve que la violencia enmascara todo viso de normalidad. Ella es la menor de 4 hermanos, que viven en el País Vasco de los años 80, a las afueras de Bilbao. Podríamos decir que esta familia es como un queso gruyere, bonito y perfecto por fuera, pero lleno de agujeros una vez lo abrimos por la mitad. “Mejor la ausencia” narra precisamente eso: cómo la ausencia es lo mejor en una familia que solo cuando cada uno de los miembros se aíslan puede vivir en paz, ya que en conjunto es imposible y se hacen la vida imposible unos a otros.

Todos los tópicos típicos de la violencia etarra y machista forman parte del tejido de “Mejor la ausencia”, pero de una manera que nada tiene que ver con la simplicidad que en otras ocasiones se ha tratado estos asuntos. Esta no es una novela como “Patria” de Aramburu, aquí la violencia de ETA es un escenario, un ruido de fondo, un decorado macabro y lleno de odio que envuelve el verdadero núcleo de la novela que es la violencia familiar. Porque esta novela no es simplemente violencia machista, sino violencia familiar, violencia desmedida generada por un ambiente en el que lo normal es insultar, hacer de menos, vejar y pegar, infligir un daño físico y moral constante, edulcorado con perdones egoístas y falsos.

Portela ha sabido mostrar en “Mejor la ausencia” las dos violencias, de ETA y familiar, con sosiego, sin efectismo, sin aspavientos, simplemente dejando que el lector lea hechos y juzgue por sí mismo sin ver escritos juicios de parte. Somos nosotros los lectores los que debemos darnos cuenta que reaccionar contra estas violencias siempre está en nuestras manos. Con ETA se acabó en el momento en el que los silencios dejaron de oírse y empezó a oírse a la sociedad, la vasca principalmente, clamar contra los asesinatos de paisanos, vecinos, amigos, compañeros inocentes. Del mismo modo, creo que esta novela deja bien claro que solo podremos acabar con la lacra de la violencia machista y familiar si toda la sociedad la sentimos como propia, si empezamos a no creer que es un tema privado que en privado debe ser tratado. En el momento que todos y todas nos sintamos afectados por lo que pase en las familias de las decenas de Amaias que hay en España habremos caminado en la dirección correcta.

No me extraña que en su día “Mejor la ausencia” fuera considerado por los Libreros de Madrid como la mejor novela de 2017. Y es una pena que un libro así, tan necesario, tan duro y tan real a la vez, haya pasado desapercibido para el gran público; pero claro el fenómeno Aramburu eclipsó todo cuanto se publicó en esas fechas que tuviera que ver, aunque fuera tangencialmente con ETA. Tras su lectura no puedo más que agradecer a los libreros de la Librería Jarcha de mi barrio en Madrid su recomendación, y solo me queda añadir que debéis leer esta novela y disfrutarla porque es una joya tanto por la forma como por el fondo.

Caronte.