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viernes, 1 de abril de 2022

El Gatopardo

A veces la literatura debe servir para sosegar, tranquilizar, calmar, para leer por el mero hecho de estar leyendo, sentado en un sillón, con un café cerca, relajado y dejando que la mente vague por el texto disfrutando. Hay pocos libros que se presten a ello, y de los que se escriben hoy en día casi ninguno es de este tipo. Ahora todo tiene que ir a una velocidad ultrarrápida y en las novelas deben pasar muchas cosas con muchos y diversos personajes. Lo contrario no solo no vende, sino que ni tan siquiera llama ya la atención. Hubo una época que no era así; una época en la que la literatura servía para tranquilizar sin tener que cumplir ningún tipo de entretenimiento como si fuera una canción o una película. Es como si los escritores (y los editores) tuvieran miedo de publicar novelas en las que solo pasa la vida y no hay asesinatos, ni romances, ni conflictos, ni mentiras…

El Gatoparto es una de estas novelas escritas para leer con calma y sosiego buscando, además, la tranquilidad que da una novela bien escrita donde lo que se cuenta, aún teniendo una importancia relativa, no es lo principal sino cómo está escrita y la paz que transmite en cada página. Giuseppe Tomasi di Lampedusa, de noble cuna y alta alcurnia, solo escribió una novela es toda su vida, ésta, pero qué novela… El de este noble italiano, de vieja estirpe y cultura excelsa, es uno de los casos literarios más extraordinarios: con una única obra publicada y escrita ha logrado ser una de las referencias culturales italianas, posicionando su novela en el canon clásico de la literatura de su país.

Ambientada en una Sicilia de otro tiempo, mediados del siglo XIX, y teniendo como centro al Príncipe de Salina y su vida en una isla y una Italia en transición entre dos mundos y formas de entender la sociedad, El Gatopardo es una novela histórica, costumbrista y familiar, con un trasfondo intenso de eventos políticos y cambios sociales que hacen de esta novela un fresco muy interesante para los amantes de la historia y de la propia literatura. El trasfondo general de la novela se desarrolla en plena revolución italiana en la que Garibaldi reunifica a todos los reinos italianos bajo un único monarca y bandera, bajo un único himno y una organización política única intentando llevar a Italia a la modernidad de la época sacándola de ese áurea medieval que aún cubría todos los aspectos de la sociedad.

Antes de acercarme a El Gatopardo lo único que me venía a la cabeza con esta novela era la película italiana clásica. Nada más. Bueno, sí, también me venía a la cabeza todo tipo de especulaciones sobre el contenido de una novela que siempre ha estado en libros pendientes de leer por tratarse de un clásico, pero que nunca terminaba de acercarme a ella por el mismo hecho de ser un clásico. Pero ha caído en mis manos, y a lo largo de sus páginas he viajado a una Sicilia probablemente ya extinta, pero que aún en la segunda mitad del siglo XIX tenían un aire medieval de servilismo muy acentuado. Iglesia y Nobleza eran los centros alrededor de los cuales giraba todo lo demás. La pleitesía a los nobles terratenientes por parte de campesinos y pueblo llano, la intelectualidad del cabeza de familia, la simpleza de las jovencitas enamoradas de los apuestos militares… Un clásico en toda regla, escrito a mediados del siglo XX pero con aires de novela del XIX inglesa.

Partiendo de que la novela perfecta no existe, hay muchas que, conformando un canon, pueden juntar cualidades entre ellas que las hacen rayanas a la perfección. El Gatopardo es una obra redonda, quizá no perfecta, pero sí de esas que quedan fijadas en el imaginario colectivo del mundo de la literatura y del Olimpo cultural de un país, en este caso Italia. En el imaginario colectivo literario de Sicilia e Italia está esta novela, donde el paisaje y el entorno son tan importantes como los propios personajes y las mismísimas reflexiones que en las páginas de este libro se narran. Hay mucho análisis de personalidades, muchas reflexiones sobre la vida, el amor y los cambios sociales que se avecinan dejando atrás un mundo y una época ya caduca y podrida por el tiempo.

Debo de confesar mi enorme sorpresa al terminar El Gatopardo y haberme encontrado con una novela que no imaginaba para nada así y cuya historia y su ambientación me han cautivado. Con un estilo elaborado, pero nada barroco o florido, Giuseppe Tomasi di Lampedusa logra en su primera y última novela lo que miles de escritores pretenden conseguir y nunca lograr en libros y libros fastuosos y pretenciosos. La lectura de esta obra merece calma, tranquilidad y reposo. Y, además, lo mejor para acercarse a esta novela ya clásica de la literatura italiana es hacerlo sin pretensiones y sin saber nada más de ella que su título. Quien se acerque a esta lectura así, en blanco, la disfrutará.

Caronte.

viernes, 8 de enero de 2021

El camino

Aunque estemos ya en 2021 – por cierto ¡Feliz Año a todos! – voy a hablar de mi última lectura de 2020. Y es que, necio de mí, casi termino el año el centenario Delibes sin leer nada del maestro vallisoletano, castellano por excelencia, de las letras. Como muchas de mis lecturas, con esta me topé de casualidad en una de mis últimas visitas a mi librería de segunda mano preferida. Me tiré de cabeza a por el libro: uno de los grandes títulos dentro de la obra narrativa de Delibes. Fue de esas oportunidades que pasan muy extraordinariamente en la vida de un lector. Que el lector se cruce con el libro adecuado en el momento adecuado es de esas sensaciones que más pueden llenar a los amantes de la lectura y que más reconfortan. No todos los libros se pueden leer en cualquier momento. Cada lectura, cada libro tiene su momento, su tiempo, su ánimo, su predisposición y si no concuerdas con él difícilmente podrás disfrutarlo como se merece. Creo que los caminos (permitidme el juego de palabras) de esta novela y el mío se encontraron en el instante justo.

“El camino” es una de las grandes obras de Miguel Delibes; una novela que publicada en 1950 (ahí es nada, 70 años de novela) sigue hoy manteniendo una profunda actualidad y relevancia por cuanto es una novela de aprendizaje, de cambio, de paso de la infancia y primera adolescencia, a la juventud madura. Una historia de ruptura, de salida de lo que ahora se llama zona de confort, para afrontar una vida casi adulta que nos llevará lejos de nuestras raíces, a vivir y desarrollarnos independientemente de nuestro propio pasado.

Con una miríada de personajes, todos ellos a su manera entrañables, que dejan huella en el lector y que son perfectamente identificables para los que hemos tenido pueblo al que ir por temporadas, “El camino” narra la noche de insomnio y recuerdos de Daniel el Mochuelo previa a su marcha a la capital a estudiar y formarse para ser alguien más que un condenado a la quesería de su padre en un pueblo que empieza a olerse que en años venideros no será más que un aparcamiento de recuerdos, ecos y voces del pasado.

Ambientada en una zona rural del norte de España y con todos los personajes teniendo su propio mote y el porqué del mismo, “El camino” se descubre al lector como una lectura sencilla, amena, divertida, seria, profunda, enternecedora. Ver las andanzas de el Mochuelo junto con sus dos amigos inseparables, el Tiñoso y el Moñigo, hace recordar a nuestra infancia, cuando, ya fuera en un pueblo en los años 60, en la plaza del barrio en los 80, o en el patio común de una urbanización a finales de los 90, jugábamos con nuestra cuadrilla de amigos, más o menos íntimos, hasta que el tiempo – ese malvado ser eterno e incorpóreo – nos va separando y llevando a cada uno por nuestro camino. Porque al final la novela es eso: esa búsqueda, más o menos orientada, más o menos dirigida, más o menos improvisada, del camino que nos conducirá, sin nosotros poder hacer mucho, a nuestro destino, a nuestro yo del futuro.

Lo que puede parecer un asunto de una profundidad filosófica insondable que docenas y docenas de eruditos llevan años debatiendo y argumentando, queda sencilla y simplemente reflejado en “El camino” de manera magistral. Miguel Delibes supo concretar en una novela que no llega a las 200 páginas un asunto al que todos, antes o después, nos enfrentamos. Es dolorosa darse cuenta de esos cambios que nos transformarán del todo y nos alejarán sin remisión de lo que hemos sido. Afrontar esos cambios es inevitable, asumirlos ya es otro cantar.

No creo que nadie que lea “El camino” pueda quedar ajeno a los recuerdos de su propia vida, que se agolparán inmediatamente en nuestra mente haciéndonos pensar que no fue hace tanto que los generamos. Esa es una de las grandezas de esta novela: trasladarnos a una época lejana de nuestras vidas, a cuando éramos inocentes, a cuando empezábamos a descubrir algunas cosas de la vida adulta que mientras éramos niños se nos ocultaban o tergiversaban para evitarnos “traumas” o vete a saber qué cosas; quizá una falsa protección innecesaria ante la vida.

Podría afirmar que ha tenido que ser la última de mis lecturas de 2020 la que más me ha llenado, atrapado y gustado de todo el año, pero quizá sería algo injusto para con el resto de libros que he leído en los últimos 12 meses. Lo que sí puedo afirmar es que “El camino” es de lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Sencillez de estilo, nada pretenciosa, bellísima, llena de emociones, amistad, sentimientos, humor, drama, tristeza, vida y muerte; esta novela es una joya escondida tras un título y un autor que de primeras puede llegar a imponer, pero que es totalmente recomendable y que creo que debería volver a ser de lectura obligatoria, no ya en bachiller, sino probablemente mucho antes. ¡Qué grande fue Delibes! Y qué injusto fue que no recibiera el Nobel mereciéndolo más que otros muchos que sí lo recibieron.

Caronte.