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viernes, 25 de marzo de 2022

Tranvía a la Malvarrosa

Esta es una de esas novelas a las que tenía respeto y ganas a partes iguales. Respeto porque en lengua y literatura en secundaria y luego bachiller era de esos títulos que había que aprenderse por formar parte de esa nueva generación de novelistas españoles que se estudiaba como literatura contemporánea. Y ganas porque llevaba buscándola en librerías de segunda mano en alguna edición decente (y no de colección de periódico o quiosco) que me mereciera la pena. Hasta que la he encontrado en mi librería de cabecera de segunda mano, donde siempre me conducen mis pasos cuando ando perdido por Madrid y me apetece refugiarme mirando libros y no sintiéndome solo ni extraño en la ciudad. Fue una grata sorpresa porque en el fondo no esperaba encontrar esta edición ya que llevo años buscándolo y nunca lo había encontrado, pero como la esperanza se lo último que se pierde la perseverancia se ha visto correspondida y recompensada.

Manuel Vicent y su Tranvía a la Malvarrosa es una de esas duplas reconocibles e indivisibles que se dan de vez en cuando en la literatura (cosa que no sé si es bueno o malo, porque se podría llegar a deducir que tal o cual escritor solo tiene famosa una novela, o que incluso esa novela no sea por la que más orgulloso se sienta el escritor). Y es que tanto novela como escritor conforman casi un único ente: cuando se nombra al uno se hace referencia directa, voluntaria o no, a la otra. Joyce y su Ulises, Ferlosio y su Jarama, Laforet y su Nada…

Siguiendo los pasos de la novela de descubrimiento o de maduración, de paso de la juventud a la edad adulta, Tranvía a la Malvarrosa narra en primera persona el despertar del amor, el deseo, las responsabilidades y la propia realidad en un joven, siendo este quien nos cuenta esos pasos inseguros, esos recuerdos de los diferentes cambios vividos y sufridos, esas sensaciones melancólicas de empezar a pertenecer a un mundo que va mostrándose mucho más distinto que lo que uno podría imaginar…

La verdad es que esta es una novela que se deja leer de manera muy cómoda y casi como si su narrador fuera nuestro amigo y nos contara en la terraza de un bar en una plaza de Valencia una tarde soleada de primavera y tras mucho tiempo sin habernos visto su vida y nos pusiéramos al día de todo añorando, recordando y soñando sobre el pasado. Tranvía a la Malvarrosa es, en el fondo, la narración de una historia universal: la del paso de la inocencia de un mundo infantil, propio en el que somos los absolutos protagonistas, a otro donde no somos más que personajes sin valor ni voz ni voto en lo que nos pasa e intentamos sobrevivir lo mejor posible siempre soñando futuros ilusionantes y recordando pasados no acontecidos.

Guardando las distancias que dan la época en la que la novela está ambientada (una Valencia a medio camino entre urbe mediterránea y pueblo grande de ámbito, espíritu y corazón rural, a mediados de los años 50, cuando el futuro aún no había llegado a esos lares y el pasado seguía estando muy presente en la vida y las acciones de la sociedad), el viaje vital que se narra en Tranvía a la Malvarrosa es el que todos, de una manera u otra, vivimos a lo largo de nuestra vida. Las mismas sensaciones, los mismos vértigos, la misma euforia y el mismo miedo ante situaciones que no controlamos y que nos sacan de donde estamos más cómodos para retarnos a solucionarlas.

Tranvía a la Malvarrosa también es una novela sobre los primeros amores y el despertar del instinto sexual. Sobre cómo asumimos como normales y naturales esas nuevas sensaciones, fuegos, miedos… Sobre cómo nos relacionamos con el objetivo de saciar nuestra sexualidad ya sea por mera lujuria para obtener placer, o por pasión y amor desmedido para encontrar en otra persona aquello que necesitamos, que queremos y que queremos compartir. No siempre es fácil aceptar esos cambios de mentalidad, ese juego de palabras y acciones, de silencios y ausencias. Menos fácil es aún saber interpretar esos mismos instintos sexuales en otras personas, en aquellas a las que se los despertamos y de quienes recibimos a veces señales sin darnos cuenta. Ese asumir que la realidad es compleja, ese golpe en nuestra consciencia es el que más nos suele trastocar y es fundamental saber aceptarlo y encajarlo para poder vivir en el mundo a nuestra propia manera.

Es más que probable que muchos ya conocierais Tranvía a la Malvarrosa, y no solo la conocierais, sino que también la hubierais leído. Por esto es difícil hablar de una novela referente de una época y característica de toda una generación de escritores españoles que encaja a la perfección con la tradición literaria universal de la novela de aprendizaje, madurez y crecimiento personal. Sin llegar a ser la novela que esperaba ha superado, no obstante, las reticencias que tenía antes de su lectura por la impresión que me daba leer una obra que había estudiado y que en algún que otro examen de lengua y literatura tuve que nombrar. Estoy seguro también de que pocos no habréis leído esta obra, para los que aún no os habéis acercado a ella, hacedlo porque no solo es cómoda de leer por su cercanía, sino que es entrañable poder ver sensaciones propias en las vidas de otros.

Caronte.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Punto de cruz

Ya dije hace un año que iba a empezar a leer literatura y libros diferentes a los que hasta entonces estaba acostumbrado a leer. Quiero decir con esto que quería diversificar un poco mi biblioteca personal acercándome a puntos de vista diversos, diferentes, no tan usuales como los que, entre comillas, el canon tradicional suele imponer. Por esa razón, desde el año pasado, llevo siguiendo de manera muy asidua todo el mundo de la literatura escrita por mujeres, intentando leer no solo a aquellos autores a los que siempre he leído, sino incorporar nuevos autores tanto en castellano, como en inglés, francés, italiano o catalán que puedan aportarme esos puntos de vista diferentes que estoy buscando y sobre todo, si puede ser, femeninos. Y a esta labor de diversificación de mi biblioteca y mis lecturas colabora desde hace no mucho una editorial que hace una labor inmensa publicando voces frescas, jóvenes y femeninas como es la editorial Tránsito Libros.

Punto de cruz es una novela sobre el paso de una adolescencia juventud a una madurez personal de tres jóvenes mexicanas de ideología progresista, de familias semi acomodadas, que son amigas y que las une tanto el amor por el punto de cruz, por tejer, como la literatura y la cultura. Narrada desde el punto de vista de una de estas tres amigas, la historia se recrea en recuerdos de su infancia, en recuerdos de sus otras dos amigas, en un viaje a Europa a visitar a una de ellas recorriendo Londres primero y París después, su vida preuniversitaria, sus amores juveniles, su descubrimiento del sexo, el afianzamiento de su amistad y el enfriamiento de esta con la madurez y la distancia.

Muchos y muy diversos son los temas que Punto de cruz trata siempre desde la perspectiva femenina y por tanto siempre desde una perspectiva quizá eclipsada generalmente por un mundo que, nos guste más o menos y lo aceptemos o no, está dominado por los hombres, por las conductas masculinas, dejando siempre a la mujer una serie de lugares propios y obligándola a asumirlos o, muy probablemente, ser tachada de diferente o sufrir diferentes violencias de género si no acata lo que la sociedad masculina se supone la obliga a aceptar. Y, además, todo partiendo de una sociedad como es la mexicana tremendamente machista donde la violencia contra la mujer es una lacra diaria y, por tanto, por ser rutinaria, casi invisible.

Cuando hace un año y pico decidí transformar mi manera de leer para incorporar a mis lecturas a más autoras, más escritoras, no era simplemente por una cuestión de vanidad o de postureo era una cuestión que me surgió después de darme cuenta de que el 80% de mis lecturas provenían de escritores, de hombres, y teniendo en cuenta que la mitad de la humanidad son mujeres no podía permitirme que la única visión literaria que tuviera fuera la descrita en obras escritas por hombres. Punto de cruz no solo es una novela escrita por una mujer, sino que además está escrita con la frescura que da la juventud, tratando temas que en el fondo son de mi propia generación, aunque pertenecientes quizá a las preocupaciones del sexo contrario, pero no dejan de ser las mismas preocupaciones y experiencias que he tenido yo cuando pasé de mi adolescencia a mi juventud y posteriormente a mi madurez.

Lo suelo comentar siempre que leo una novela escrita por un autor del otro lado del charco y es que en Punto de cruz como en otras muchas novelas el lenguaje es tan parecido y a la vez tan distante del español de España que lo hace maravilloso. Esa musicalidad, ese color, esas palabras que sin saber realmente lo que significan sabes qué quieren decir, esos dejes, esas características tan propias del español que se habla fuera de España hacen de todas las novelas latinoamericanas lecturas muy jugosas e interesantes para el lector.

Sin ser una novela excesivamente deslumbrante Punto de cruz es una historia de amistad, de cariño, de mujeres que luchan por sus ideales, por sus propias victorias, por llevar la vida que quieren, aunque el mundo les sea hostil por naturaleza. Tejida en tres hilos diferentes esta historia de lugares comunes a toda una generación dando igual el lugar de procedencia emociona y conmueve a partes iguales. Quiero reconocer la labor de publicar historias diferentes novelas diferentes todas escritas por mujeres de distintas generaciones, pero poniendo el foco principalmente en autoras jóvenes de la editorial Tránsito, que además edita de manera preciosa con un estilo único y particular que hace muy atractivo acercarse a sus libros.

Caronte.

viernes, 25 de junio de 2021

Listas, guapas, limpias

Hay libros que llaman la atención por su portada, otros por su título, otros porque son de un autor famosísimo, otros por el morbo de lo que cuentan, otros simplemente porque sirven para calzar el sofá cojo que tienes en el pueblo. Y luego están los libros que conjugan varias de esas atracciones. Es lo que me ha pasado a mí con esta novela con bastantes tintes autobiográficos de Anna Pacheco (escritora de mi quinta, nacida también en 1991): portada llamativa, título extravagante y contenido interesante. Lo de la portada queda casi descontado porque Caballo de Troya edita con un mismo estilo visual todos sus libros y todos sin excepción me llaman la atención; el título me conquistó desde que lo vi por primera vez promocionado en blogs de literatura; y el contenido me atrajo desde el primer momento por sentirlo cercano, casi propio, y no suele pasar eso a menudo o en muy pocas ocasiones. Creo además que va siendo hora de empezar a llenar mi biblioteca y mis lecturas de libros diferentes con historias diferentes y con escritores jóvenes, y sobre todo escritoras.

La protagonista de ‘Listas, guapas, limpias’ nos cuenta en primera persona una ruptura, no ya solo sentimental, sino con su propia vida en cierto sentido. El dejar a un novio no deja de ser una excusa para contarnos cómo la vida, el cambiar de aires, el moverse en diferentes ambientes nos va moldeando y haciendo que cambiemos y nos vayamos convirtiendo en la persona que terminamos siendo cuando dejamos este mundo. Porque es el final el mundo al que tenemos que adaptarnos y en el que tenemos que vivir el que nos va a definir. Ni nuestro pasado, ni nuestras raíces, ni nuestra infancia, ni nuestros padres, abuelos, tíos, primos, son claves para definirnos, o no lo son tanto como los ambientes en los que vamos viviendo cada una de las etapas de nuestra vida. No dejamos de ser en esencia la misma persona, pero en cada etapa que vamos cerrando cambiamos.

No es sencillo en toda la maraña de libros que se publican al año en España (muchos de ellos morralla infumable) encontrar uno en el que te veas reflejado y te identifiques con lugares comunes tan claramente como he hecho yo con ‘Listas, guapas, limpias’. Lo cotidiano, lo normal, no usual, lo común, todo esto aparece en las páginas de esta novela que se lee en un suspiro y que al estar en primera persona narrada involucra al lector llevándole de la mano por lo que la joven que nos cuenta sus miedos, temores, dudas y cambios va viviendo durante un verano en el que evoca otros veranos de su vida.

La vida de la protagonista de esta historia (que dudo mucho que diste demasiado de la de la propia autora) aunque pueda parecer estar a un mundo de la mía, por ejemplo, no lo está tanto y hay lugares comunes que se evocan en ‘Listas, guapas, limpias’ con los que me siento cómodo, a gusto, feliz, melancólico a veces. Referencias culturales, problemas personales, dudas, miedos, ambientes, nombres, dichos, sensaciones, interacciones, todo me es conocido, común y familiar. Salvando las distancias entre Barcelona, donde se ambienta la novela, y Madrid, donde vivo y he vivido toda mi vida yo; y que ella es mujer y yo hombre, todo lo demás forma parte de los ecos de mi propia vida pasada, muebles ajados de mis recuerdos.

Es curioso como pensamos que nuestras vidas son única, originales e irrepetibles y sin embargo no estamos más que engañados. Al final a mismo ambiente de vida, vidas semejantes. No puedo decir iguales porque eso ya sí que es imposible; tampoco pueden ser paralelas porque daría entonces miedo que así fuera. Pero ‘Listas, guapas, limpias’ demuestra que, perteneciendo a un mismo ambiente, a una misma clase social, las vidas no distan mucho unas de otras, ya sea en Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia o cualquier otra ciudad medianamente grande con barrios obreros y populares donde se mezclan todo tipo de personas con todo tipo de intereses y aspiraciones.

‘Listas, guapas, limpias’ es también, aunque quizá no lo pretendiera, una novela social. Y lo es porque en ella se plasma todos los vicios, lacras, losas, lastres y también, por qué no decirlo, virtudes, de los años 90 y 2000 en un barrio de clase humilde y trabajadora donde las visitas a las tiendas de saldos, a los todo a cien, a las hamburgueserías para salir por ahí a cenar con amigos del cole o el insti, y los veranos en los pueblos lejanos eran las rutinas de vida y sociabilidad. Pero hay gente para quienes las fronteras de lo cotidiano, de lo de siempre se quedan cortas, como me pasó a mí y como le pasa a la protagonista de esta novela, que ve cómo cambiar de aires al ir a la universidad la cambia también en distancias cortas con sus espacios de siempre, sus amigos de siempre, sus rutinas de siempre.

Al final ‘Listas, guapas, limpias’ no es más que la historia de unos cambios que llevan a otros cambios que nos dan miedo, vértigo, pereza, pero que asumimos porque es lo que todo el mundo antes, durante y después de nosotros hará. No podemos cambiar lo que tiene que ser, solo podemos asumir lo que nos va viniendo. Pero, a veces, esa resignación tranquila no lo es tanto y nos queremos rebelar contra esos cambios imparables y el paso del tiempo y, al vernos incapaces, acabamos frustrados y enrabietados ante la realidad.

Si he devorado en apenas un día ‘Listas, guapas, limpias’ no ha sido porque no llega a las 200 páginas, sino porque ha sido una lectura fresca, nueva, diferente, con la que he empatizado y conectado de manera muy íntima y particular y en la que me he visto muy reflejado. Merece la pena arriesgar y leer novelas fuera de los grandes títulos que aparecen en los mostradores de novedades de las grandes cadenas de librerías; merece la pena leer y descubrir nuevos autores y autoras que nos cuenten cosas diferentes ya, más cercanas, más actuales, más de la vida que nos ha tocado vivir.

Caronte.

sábado, 8 de mayo de 2021

Simón

 

Llego quizá un par de meses (si no más) tarde a esta novela que rompió listas de ventas y estuvo en boca de crítica y público durante semanas y semanas. La espera tiene su porqué, sus razones, y no hay espera que al final no valga la pena. Esperar es sinónimo de paciencia. Quizá tendría que haber leído esta novela en enero tras haberla recibido como regalo de Reyes, pero SS.MM. de Oriente no dejaron bajo el árbol de Navidad sus páginas. Ha sido cuatro meses después, para mi cumpleaños, cuando he recibido este libro de imponente, llamativa y simple portada naranja. También es cierto que haber dejado pasar los meses, dejar que el soufflé creado tras la publicación de esta novela bajara ha servido para que mi lectura haya sido más tranquila, menos presionada por las expectativas (que aun así han sido altas). Y es que es curioso cómo un libro de un autor no famoso que publica en una editorial nada pretenciosa ni megalómana haya podido calar tanto en el mundo literario y se haya convertido en un fenómeno tan relevante.

Llego a Simón con muchas expectativas y ganas, es posible que demasiadas. Y eso nunca es bueno. No lo es porque son ideas preconcebidas falsas, propias, personales, creadas por vivencias pasadas que nada tienen que ver con el presente o la realidad y por tanto peligrosas. Tras la lectura de esta novela de Miqui Otero, a pesar de que no todas las expectativas se han cumplido, sí que puedo decir que no he salido decepcionado y que todo lo que esperaba de la novela se ha visto cumplido.

Y llegó Simón. Miqui Otero nos lleva de la mano a conocer la vida de este chico barcelonés, de padres y tíos gallegos, que regentan un bar de taxistas de toda la vida, lleno siempre de clientes fijos y no tan fijos, de esos que se llaman de toda la vida y que conforman un paisaje de fondo sin el cual la vida no se termina de entender. Simón, de la mano de su primo hermano que, así como el pijoaparte aquel de Marsé, Otero llama primohermano, conoce una Barcelona pre olímpica que le impacta y a unos personajes que le marcarán toda su vida. Pero un día todo ese sueño involuntario se esfuma, de la noche a la mañana, cuando su primo desaparece.

Si comparo a Miqui Otero con Marsé es siempre con el máximo respeto que le tengo al segundo, desgraciadamente fallecido el año pasado, y salvando las enormes distancias que les separan. Pero hay algo en Simón que me recuerda a las novelas de Marsé. Por supuesto que la Barcelona de las novelas de Marsé, trasladada unos lustros hacia adelante en el tiempo, es la que aparece en esta novela: una Barcelona cuyo pasado de barrios pobres y humildes sigue presente y vivo; una Barcelona pre y postolímpica; una Barcelona golpeada por la crisis económica de 2007 y por los atentados de las Ramblas de 2017. Junto con esta Barcelona tan marsesiana, también tiene aires de Marsé los personajes y situaciones llenas de ese realismo mágico barcelonés que tanto me gusta y que sin haber pisado Barcelona más que unos pocos días me ha hecho enamorarme de la ciudad gracias a los libros que he ido leyendo ambientados en ella.

Mucho se ha hablado de Simón, tanto que quizá poco se puede aportar que no haya sido dicho o comentado. Para mí ha sido una novela intensa, tierna, dolorosa, divertida y sobre todo llena de vida. Porque al final, alejándonos de cualquier trama principal o secundaria, este libro va sobre la vida. Y diréis “claro, esta novela es sobre la vida de Simón, su protagonista”, y yo contestaré que sí, que va sobre Simón, pero también sobre todos los Simones que hay en España, esos niños nacidos en los 80 que vivieron el boom de los noventa, que se han dado la hostia en los 2000 y que viven ahora de un pasado que fue, un presente que no es y de un futuro que prefieren ni mirar.

Simón es una novela de aprendizaje, que sigue la gran tradición literaria de este tipo de novelas en las que es el paso de la niñez a la juventud y de ahí a la edad adulta el eje alrededor del cual se articula todo. La pérdida de la inocencia, las decepciones, la supervivencia en un mundo en el que o eres un pícaro cretino aprovechado o te comes los mocos (hablando mal y pronto como dicen en mi casa). Miqui Otero ha escrito una magistral obra narrativa sobre Barcelona y sus gentes de barrio, curritos que sobreviven, familias que se aguantan, gente que intenta sacarse las castañas del fuego, amigos que se apoyan, amores que no condensan y otros que quedan suspendidos en una amistad sincera. Y esto no es fácil de conseguir.

No obstante, y pese a que creo que Simón merece gran parte de los elogios que en estos meses ha recibido, creo también que quizá no es esa obra perfecta sobre toda una generación y una época. Creo que al principio de la novela le falta ritmo y algo de enganche, al menos a mí me ha costado mucho superar el primer centenar de páginas porque era incapaz de vibrar el mismo ritmo que lo hacía la narración. El estilo de Miqui Otero es muy particular, todo hay que decirlo, e involucra mucho al lector en esta historia, apelándole constantemente, haciéndonos directamente partícipes de todo cuanto acontece, incluso avanzándonos cosas que están por venir en la narración. Estilo que se agradece por su frescura, pero con el que al principio me costó llevarme bien.

Probablemente quien lea esto o haya leído ya Simón o esté a punto de hacerlo o, hastiado por la omnipresencia de la portada naranja en librería y blogs de literatura, ni se plantee leerlo. Sea cual sea el caso de quien a este texto se acerque, la novela de Miqui Otero ha roto un mundo literario dividido entre los escritores experimentadores de estilo críptico y forma aún más desconcertante, y los escritores de siempre de pluma ligera y textos superfluos. Esta obra es tradicional pero el mismo tiempo fresca y diferente, y su lectura (pese a que a mí me costara entrar en la historia) es agradable y amena, tierna, intensa y divertida, llena de vida y con muchos ecos de Marsé. Quien quiera disfrutar de un buen libro ahora que ya parece q llega el calor para quedarse y se puede leer en parques y jardines, este puede ser buena opción para pasar el rato.

Caronte.

viernes, 8 de enero de 2021

El camino

Aunque estemos ya en 2021 – por cierto ¡Feliz Año a todos! – voy a hablar de mi última lectura de 2020. Y es que, necio de mí, casi termino el año el centenario Delibes sin leer nada del maestro vallisoletano, castellano por excelencia, de las letras. Como muchas de mis lecturas, con esta me topé de casualidad en una de mis últimas visitas a mi librería de segunda mano preferida. Me tiré de cabeza a por el libro: uno de los grandes títulos dentro de la obra narrativa de Delibes. Fue de esas oportunidades que pasan muy extraordinariamente en la vida de un lector. Que el lector se cruce con el libro adecuado en el momento adecuado es de esas sensaciones que más pueden llenar a los amantes de la lectura y que más reconfortan. No todos los libros se pueden leer en cualquier momento. Cada lectura, cada libro tiene su momento, su tiempo, su ánimo, su predisposición y si no concuerdas con él difícilmente podrás disfrutarlo como se merece. Creo que los caminos (permitidme el juego de palabras) de esta novela y el mío se encontraron en el instante justo.

“El camino” es una de las grandes obras de Miguel Delibes; una novela que publicada en 1950 (ahí es nada, 70 años de novela) sigue hoy manteniendo una profunda actualidad y relevancia por cuanto es una novela de aprendizaje, de cambio, de paso de la infancia y primera adolescencia, a la juventud madura. Una historia de ruptura, de salida de lo que ahora se llama zona de confort, para afrontar una vida casi adulta que nos llevará lejos de nuestras raíces, a vivir y desarrollarnos independientemente de nuestro propio pasado.

Con una miríada de personajes, todos ellos a su manera entrañables, que dejan huella en el lector y que son perfectamente identificables para los que hemos tenido pueblo al que ir por temporadas, “El camino” narra la noche de insomnio y recuerdos de Daniel el Mochuelo previa a su marcha a la capital a estudiar y formarse para ser alguien más que un condenado a la quesería de su padre en un pueblo que empieza a olerse que en años venideros no será más que un aparcamiento de recuerdos, ecos y voces del pasado.

Ambientada en una zona rural del norte de España y con todos los personajes teniendo su propio mote y el porqué del mismo, “El camino” se descubre al lector como una lectura sencilla, amena, divertida, seria, profunda, enternecedora. Ver las andanzas de el Mochuelo junto con sus dos amigos inseparables, el Tiñoso y el Moñigo, hace recordar a nuestra infancia, cuando, ya fuera en un pueblo en los años 60, en la plaza del barrio en los 80, o en el patio común de una urbanización a finales de los 90, jugábamos con nuestra cuadrilla de amigos, más o menos íntimos, hasta que el tiempo – ese malvado ser eterno e incorpóreo – nos va separando y llevando a cada uno por nuestro camino. Porque al final la novela es eso: esa búsqueda, más o menos orientada, más o menos dirigida, más o menos improvisada, del camino que nos conducirá, sin nosotros poder hacer mucho, a nuestro destino, a nuestro yo del futuro.

Lo que puede parecer un asunto de una profundidad filosófica insondable que docenas y docenas de eruditos llevan años debatiendo y argumentando, queda sencilla y simplemente reflejado en “El camino” de manera magistral. Miguel Delibes supo concretar en una novela que no llega a las 200 páginas un asunto al que todos, antes o después, nos enfrentamos. Es dolorosa darse cuenta de esos cambios que nos transformarán del todo y nos alejarán sin remisión de lo que hemos sido. Afrontar esos cambios es inevitable, asumirlos ya es otro cantar.

No creo que nadie que lea “El camino” pueda quedar ajeno a los recuerdos de su propia vida, que se agolparán inmediatamente en nuestra mente haciéndonos pensar que no fue hace tanto que los generamos. Esa es una de las grandezas de esta novela: trasladarnos a una época lejana de nuestras vidas, a cuando éramos inocentes, a cuando empezábamos a descubrir algunas cosas de la vida adulta que mientras éramos niños se nos ocultaban o tergiversaban para evitarnos “traumas” o vete a saber qué cosas; quizá una falsa protección innecesaria ante la vida.

Podría afirmar que ha tenido que ser la última de mis lecturas de 2020 la que más me ha llenado, atrapado y gustado de todo el año, pero quizá sería algo injusto para con el resto de libros que he leído en los últimos 12 meses. Lo que sí puedo afirmar es que “El camino” es de lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Sencillez de estilo, nada pretenciosa, bellísima, llena de emociones, amistad, sentimientos, humor, drama, tristeza, vida y muerte; esta novela es una joya escondida tras un título y un autor que de primeras puede llegar a imponer, pero que es totalmente recomendable y que creo que debería volver a ser de lectura obligatoria, no ya en bachiller, sino probablemente mucho antes. ¡Qué grande fue Delibes! Y qué injusto fue que no recibiera el Nobel mereciéndolo más que otros muchos que sí lo recibieron.

Caronte.