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viernes, 25 de marzo de 2022

Tranvía a la Malvarrosa

Esta es una de esas novelas a las que tenía respeto y ganas a partes iguales. Respeto porque en lengua y literatura en secundaria y luego bachiller era de esos títulos que había que aprenderse por formar parte de esa nueva generación de novelistas españoles que se estudiaba como literatura contemporánea. Y ganas porque llevaba buscándola en librerías de segunda mano en alguna edición decente (y no de colección de periódico o quiosco) que me mereciera la pena. Hasta que la he encontrado en mi librería de cabecera de segunda mano, donde siempre me conducen mis pasos cuando ando perdido por Madrid y me apetece refugiarme mirando libros y no sintiéndome solo ni extraño en la ciudad. Fue una grata sorpresa porque en el fondo no esperaba encontrar esta edición ya que llevo años buscándolo y nunca lo había encontrado, pero como la esperanza se lo último que se pierde la perseverancia se ha visto correspondida y recompensada.

Manuel Vicent y su Tranvía a la Malvarrosa es una de esas duplas reconocibles e indivisibles que se dan de vez en cuando en la literatura (cosa que no sé si es bueno o malo, porque se podría llegar a deducir que tal o cual escritor solo tiene famosa una novela, o que incluso esa novela no sea por la que más orgulloso se sienta el escritor). Y es que tanto novela como escritor conforman casi un único ente: cuando se nombra al uno se hace referencia directa, voluntaria o no, a la otra. Joyce y su Ulises, Ferlosio y su Jarama, Laforet y su Nada…

Siguiendo los pasos de la novela de descubrimiento o de maduración, de paso de la juventud a la edad adulta, Tranvía a la Malvarrosa narra en primera persona el despertar del amor, el deseo, las responsabilidades y la propia realidad en un joven, siendo este quien nos cuenta esos pasos inseguros, esos recuerdos de los diferentes cambios vividos y sufridos, esas sensaciones melancólicas de empezar a pertenecer a un mundo que va mostrándose mucho más distinto que lo que uno podría imaginar…

La verdad es que esta es una novela que se deja leer de manera muy cómoda y casi como si su narrador fuera nuestro amigo y nos contara en la terraza de un bar en una plaza de Valencia una tarde soleada de primavera y tras mucho tiempo sin habernos visto su vida y nos pusiéramos al día de todo añorando, recordando y soñando sobre el pasado. Tranvía a la Malvarrosa es, en el fondo, la narración de una historia universal: la del paso de la inocencia de un mundo infantil, propio en el que somos los absolutos protagonistas, a otro donde no somos más que personajes sin valor ni voz ni voto en lo que nos pasa e intentamos sobrevivir lo mejor posible siempre soñando futuros ilusionantes y recordando pasados no acontecidos.

Guardando las distancias que dan la época en la que la novela está ambientada (una Valencia a medio camino entre urbe mediterránea y pueblo grande de ámbito, espíritu y corazón rural, a mediados de los años 50, cuando el futuro aún no había llegado a esos lares y el pasado seguía estando muy presente en la vida y las acciones de la sociedad), el viaje vital que se narra en Tranvía a la Malvarrosa es el que todos, de una manera u otra, vivimos a lo largo de nuestra vida. Las mismas sensaciones, los mismos vértigos, la misma euforia y el mismo miedo ante situaciones que no controlamos y que nos sacan de donde estamos más cómodos para retarnos a solucionarlas.

Tranvía a la Malvarrosa también es una novela sobre los primeros amores y el despertar del instinto sexual. Sobre cómo asumimos como normales y naturales esas nuevas sensaciones, fuegos, miedos… Sobre cómo nos relacionamos con el objetivo de saciar nuestra sexualidad ya sea por mera lujuria para obtener placer, o por pasión y amor desmedido para encontrar en otra persona aquello que necesitamos, que queremos y que queremos compartir. No siempre es fácil aceptar esos cambios de mentalidad, ese juego de palabras y acciones, de silencios y ausencias. Menos fácil es aún saber interpretar esos mismos instintos sexuales en otras personas, en aquellas a las que se los despertamos y de quienes recibimos a veces señales sin darnos cuenta. Ese asumir que la realidad es compleja, ese golpe en nuestra consciencia es el que más nos suele trastocar y es fundamental saber aceptarlo y encajarlo para poder vivir en el mundo a nuestra propia manera.

Es más que probable que muchos ya conocierais Tranvía a la Malvarrosa, y no solo la conocierais, sino que también la hubierais leído. Por esto es difícil hablar de una novela referente de una época y característica de toda una generación de escritores españoles que encaja a la perfección con la tradición literaria universal de la novela de aprendizaje, madurez y crecimiento personal. Sin llegar a ser la novela que esperaba ha superado, no obstante, las reticencias que tenía antes de su lectura por la impresión que me daba leer una obra que había estudiado y que en algún que otro examen de lengua y literatura tuve que nombrar. Estoy seguro también de que pocos no habréis leído esta obra, para los que aún no os habéis acercado a ella, hacedlo porque no solo es cómoda de leer por su cercanía, sino que es entrañable poder ver sensaciones propias en las vidas de otros.

Caronte.

viernes, 18 de marzo de 2022

Plegaria en el asedio

La Guerra de Yugoslavia o de los Balcanes o la de Serbia (varios nombres para, en el fondo, denominar al conflicto armado que a principios de los 90 desoló los Balcanes tras la desintegración de la antigua Yugoslavia) siempre ha sido una época histórica que me ha interesado mucho y atraído. Como última gran guerra europea de verdad (hasta que a Putin se le ha ocurrido atacar indiscriminadamente Ucrania hace apenas unas semanas) es un periodo histórico muy interesante y como gran lector y apasionado de la historia que soy llevo ya tiempo leyendo de vez en cuanto sobre aquel conflicto, preferiblemente acercándome a él a través de la ficción (o quizá no tan ficción) y las novelas ambientadas en ese rincón de Europa tan apasionante y mestizo que a lo largo de los siglos ha pertenecido a distintos imperios y ha padecido guerra tras guerra espoleadas por el odio.

Plegaria en el asedio es el primer libro que leo de la Editorial Automática y llegué a él como suelo llegar a algunos libros: simplemente buscando en internet novelas ambientadas en la guerra. Y es que esta novela, este debut literario porque eso es lo que es, traslada al lector al Sarajevo de la guerra de los Balcanes, esa ciudad mestiza donde cristianos ortodoxos y musulmanes convivían más o menos tranquilamente hasta que estalló la guerra. Y más concretamente al sitio que sufrió la ciudad dividida en sectores y dominada a cachos por serbios y bosnios, que se mataban desde parapetos, azoteas, tiendas, coches calcinados y rascacielos agujereados por las balas de los tanques blindados.

Todo debut literario es siempre un abismo para el autor, y también para los lectores que confían su tiempo a ciegas sin referencia alguna a un autor, y lo es más aún si uno se da cuenta de la envergadura física de Plegaria en el asedio. Más de 700 páginas de guerra, donde los cañonazos, los disparos, las violaciones, el incendio y el pillaje de edificios y tiendas, la muerte, el odio, las bromas macabras y la desolación de la violencia entre hombres se mezcla con la normalidad del día a día en una ciudad tomada por los militares y milicianos donde se tiene que sobrevivir como se pueda, refugiándose físicamente en pisos fríos y desvencijados y psicológicamente en la esperanza de un futuro en paz y tranquilidad.

Siempre me han dado vértigo las novelas extensas, de muchas páginas, porque siempre pienso que, si ya es complicado mantener un buen ritmo narrativo en cien o doscientas páginas, hacerlo en más de setecientas es todo un Everest. Por esto suelo evitar las novelas muy extensas. Sin embargo, he de decir que Plegaria en el asedio es una novela de esas que no te sueltan, que quieres leer y leer y seguir avanzando en la vida durante la guerra de su protagonista y narrador un joven musulmán a quien el estallido de la guerra le pilla en la calle equivocada de Sarajevo, alejado de su padre y con su madre recién enterrada por la enfermedad. Allí, en mitad de un desconcierto lleno de odio, donde su apellido le pone en el bando de los que se puede humillar y, llegado el caso, prescindir, debe sobrevivir, aguantar, tragar…

Sin dejar de ser una novela sobre la guerra y principalmente sobre el sitio de Sarajevo, que duró años, Plegaria en el asedio también es una novela donde la esperanza y las ilusiones, los sueños de paz y tranquilidad encajan con los momento más duros y descarnados de lo que es un conflicto bélico alimentado con odio racial y rencores pasados de una historia tan rica como manipulada por los de siempre. Y luego está el contraste en la propia novela: desde un principio donde la enfermedad de la madre copa todas las preocupaciones del joven protagonista, hasta el último cuarto de la misma donde la huida, la ocultación y el confinamiento lleno de miedo y donde el sueño es una quimera imposible de conciliar llenan de angustia la narración y la lectura.

También es de resaltar el estilo con el que Plegaria en el asedio está narrada: frases cortas, crípticas, casi de descripción de escenario en un guion de cine o en una obra de teatro. Apenas esbozos de avance de la historia y de los movimientos de personas. Como un telegrama dictado al vuelo con prisa. Como ráfagas de ametralladora que no tienen un objetivo fijo y claro y deben disparar raudas para no olvidar que están en una guerra. Así está narrada esta novela aumentando esa sensación de caos bélico, de desmoronamiento de una vida normal. Solo en los momentos en los que algún hombre o mujer narran alguna de las atrocidades de la guerra la narración se vuelve clásica para hacer llegar al lector, con toda su crudeza y sin intentar laminarlo, el terror de la guerra.

Empecé Plegaria en el asedio con miedo de que su gran extensión me abrumara y me dejara frío en ocasiones. Lo acabo diciéndome que, si una novela está bien escrita, es atractiva al lector y sobre todo te cuenta cosas que no sabes y quieres averiguar da igual que esté escrita en cien páginas o mil, porque se dejará leer y te adentrará de lleno en otro mundo, época o cuerpo. En tiempos como los que desde hace unas semanas estamos volviendo a vivir en Europa nunca viene de más recordar lo que pasó no hace ni 30 años en otro rincón del viejo continente cuando un orden mundial se derrumbó dando lugar a otro tras un gran y cruento derramamiento de sangre alentado por el racismo y el supremacismo de los, tan dañinos, nacionalismos.

Caronte.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Punto de cruz

Ya dije hace un año que iba a empezar a leer literatura y libros diferentes a los que hasta entonces estaba acostumbrado a leer. Quiero decir con esto que quería diversificar un poco mi biblioteca personal acercándome a puntos de vista diversos, diferentes, no tan usuales como los que, entre comillas, el canon tradicional suele imponer. Por esa razón, desde el año pasado, llevo siguiendo de manera muy asidua todo el mundo de la literatura escrita por mujeres, intentando leer no solo a aquellos autores a los que siempre he leído, sino incorporar nuevos autores tanto en castellano, como en inglés, francés, italiano o catalán que puedan aportarme esos puntos de vista diferentes que estoy buscando y sobre todo, si puede ser, femeninos. Y a esta labor de diversificación de mi biblioteca y mis lecturas colabora desde hace no mucho una editorial que hace una labor inmensa publicando voces frescas, jóvenes y femeninas como es la editorial Tránsito Libros.

Punto de cruz es una novela sobre el paso de una adolescencia juventud a una madurez personal de tres jóvenes mexicanas de ideología progresista, de familias semi acomodadas, que son amigas y que las une tanto el amor por el punto de cruz, por tejer, como la literatura y la cultura. Narrada desde el punto de vista de una de estas tres amigas, la historia se recrea en recuerdos de su infancia, en recuerdos de sus otras dos amigas, en un viaje a Europa a visitar a una de ellas recorriendo Londres primero y París después, su vida preuniversitaria, sus amores juveniles, su descubrimiento del sexo, el afianzamiento de su amistad y el enfriamiento de esta con la madurez y la distancia.

Muchos y muy diversos son los temas que Punto de cruz trata siempre desde la perspectiva femenina y por tanto siempre desde una perspectiva quizá eclipsada generalmente por un mundo que, nos guste más o menos y lo aceptemos o no, está dominado por los hombres, por las conductas masculinas, dejando siempre a la mujer una serie de lugares propios y obligándola a asumirlos o, muy probablemente, ser tachada de diferente o sufrir diferentes violencias de género si no acata lo que la sociedad masculina se supone la obliga a aceptar. Y, además, todo partiendo de una sociedad como es la mexicana tremendamente machista donde la violencia contra la mujer es una lacra diaria y, por tanto, por ser rutinaria, casi invisible.

Cuando hace un año y pico decidí transformar mi manera de leer para incorporar a mis lecturas a más autoras, más escritoras, no era simplemente por una cuestión de vanidad o de postureo era una cuestión que me surgió después de darme cuenta de que el 80% de mis lecturas provenían de escritores, de hombres, y teniendo en cuenta que la mitad de la humanidad son mujeres no podía permitirme que la única visión literaria que tuviera fuera la descrita en obras escritas por hombres. Punto de cruz no solo es una novela escrita por una mujer, sino que además está escrita con la frescura que da la juventud, tratando temas que en el fondo son de mi propia generación, aunque pertenecientes quizá a las preocupaciones del sexo contrario, pero no dejan de ser las mismas preocupaciones y experiencias que he tenido yo cuando pasé de mi adolescencia a mi juventud y posteriormente a mi madurez.

Lo suelo comentar siempre que leo una novela escrita por un autor del otro lado del charco y es que en Punto de cruz como en otras muchas novelas el lenguaje es tan parecido y a la vez tan distante del español de España que lo hace maravilloso. Esa musicalidad, ese color, esas palabras que sin saber realmente lo que significan sabes qué quieren decir, esos dejes, esas características tan propias del español que se habla fuera de España hacen de todas las novelas latinoamericanas lecturas muy jugosas e interesantes para el lector.

Sin ser una novela excesivamente deslumbrante Punto de cruz es una historia de amistad, de cariño, de mujeres que luchan por sus ideales, por sus propias victorias, por llevar la vida que quieren, aunque el mundo les sea hostil por naturaleza. Tejida en tres hilos diferentes esta historia de lugares comunes a toda una generación dando igual el lugar de procedencia emociona y conmueve a partes iguales. Quiero reconocer la labor de publicar historias diferentes novelas diferentes todas escritas por mujeres de distintas generaciones, pero poniendo el foco principalmente en autoras jóvenes de la editorial Tránsito, que además edita de manera preciosa con un estilo único y particular que hace muy atractivo acercarse a sus libros.

Caronte.

jueves, 12 de agosto de 2021

La vida mentirosa de los adultos

 

Volver a leer algo de Elena Ferrante tras haber terminado la saga de las dos amigas de Nápoles hace unos meses era casi cuestión de necesidad para mí. Cuando supe que este año la misteriosa escritora italiana sacaría libro nuevo empecé a seguirle la pista. Obviamente sabía que las altas cuotas de calidad narrativa y literaria alcanzadas con las cuatro novelas de Nápoles iba a ser muy difícil de igualar. No obstante, pese a las altas expectativas que llevaba tenía ganas de volver a leer a Ferrante para sumergirme de nuevo en una historia de gente normal, en un universo tan particular como universal, ambientada en Nápoles como podría estar ambientada en Sevilla, Valencia o Madrid. Lo único malo que suelen tener las expectativas es que si son muy elevadas se corre el serio riesgo de quedar insatisfecho y decepcionado, con la consiguiente pérdida de confianza en la literatura ya que muchas veces se da por hecho que un escritor debe emularse continuamente en cada una de sus novelas, cuando para nada esto es una seguridad absoluta.

La mentira está en nuestras vidas desde el mismo momento en que salimos del engaño del ratoncito Pérez, los Reyes Magos o Dios. En el mismo momento en que entramos en la vida de los adultos, y no es necesariamente cuando se es mayor de edad, asumimos que el mundo está repleto de mentiras: que se miente para vivir o para sobrevivir. La vida mentirosa de los adultos es el relato de cómo una joven de familia acomodada y burguesa progresista de Nápoles entra en esa vida dándose cuenta de que mentir no es un accidente, sino parte del paisaje de la vida, inherente a nuestra existencia de hecho.

El escenario por el que se moverá el lector será de nuevo Nápoles: ciudad ya conocida para los lectores de Ferrante ya que en ella se desarrollan las cuatro novelas de la saga de las dos amigas que tanto furor despertaron hace años. Un Nápoles descrito a la perfección, tanto sus barrios acomodados como los más humildes y en el que se ven los grandes contrastes entre tradición y vanguardia, pobreza y burguesía, clase y vulgaridad. La vida mentirosa de los adultos es una novela que no tiene muchas pretensiones más que reflejar la cotidianeidad y la normalidad de personajes humildes con problemas comunes y relaciones interpersonales que da igual el lugar del mundo en el que estemos que siempre se dan de la misma manera.

Nadie puede dudar a estas alturas de que Elena Ferrante, con el bombazo que fue la saga napolitana rompió los moldes de la narración costumbrista retratando como pocos han hecho la vida humilde de gentes normales y corrientes con las que el lector puede sentirse totalmente identificado y retratado incluso. En La vida mentirosa de los adultos Ferrante sigue explotando ese filón costumbrista italiano/napolitano, pero pierde parte del tirón y la magia que tuvo su tetralogía. O, al menos, esto es lo que me ha pasado a mí: que no he entrado en la historia de la manera que entré en sus novelas anteriores.

Como siempre digo, que un libro no me haya llegado es más problema mío que del autor o autora. En este caso, sabiendo que Elena Ferrante escribe como pocos autores, tengo que asumir que el que tras la lectura de La vida mentirosa de los adultos haya quedado frío y quizá, muy a mi pesar, decepcionado, es más mi culpa que suya. Reconozco que me he aburrido mucho durante la lectura de esta novela que pretende alcanzar las cuotas de intimidad y profundidad emocional que tienen las novelas de su saga napolitana sin conseguirlo ni de lejos. No es una mala novela, pero no es la novela que esperaba encontrar.

Pese a que la historia que Ferrante cuenta en La vida mentirosa de los adultos no haya resultado de mi interés y me haya costado avanzar en ella por encontrarla quizá algo más repetitiva de lo normal y casi esperable, sí tengo que decir que no hay autora que retrate Nápoles (o cualquier otra ciudad) como hace Ferrante en sus novelas. En esta novela de nuevo Nápoles y sus barrios, sus gentes, sus ruidos y olores, sus tradiciones, calles, plazas y parques son un elemento fundamental en el desarrollo de la trama. Nápoles no es un mero escenario sino mucho más, significando toda la vida en sí misma con sus dobleces, contrastes, mentiras, evoluciones, malos y buenos momentos. Las novelas de Ferrante son perfectas guías turísticas espaciotemporales que nos llevan a una Nápoles que fue pero que, en cierto modo, estoy seguro, que sigue siendo.

Es cierto que La vida mentirosa de los adultos no me ha entusiasmado, pero es una novela que sigue la senda de la saga de las dos amigas. Ferrante narra como nadie los conflictos personales y familiares, sin contemplaciones ni remilgos, y retrata como pocos su ciudad. También es cierto que alcanzar el nivel que se alcanzó con las novelas de las dos amigas es muy difícil y por tanto todo lo que venga después pues lo más seguro es que no esté a la altura de aquello. Sin embargo, estoy seguro de que cualquier lector a quien le entusiasme una historia de madurez, de paso de la infancia inocente a la adultez mentirosa y contradictoria, donde las pasiones y los impulsos rigen la vida más que los placeres del vivir tranquilo, encontrará en esta novela una gran lectura, entretenida y perfecta para esas pérfidas tardes de agosto en la piscina o junto al mar.

Caronte.

viernes, 25 de junio de 2021

Listas, guapas, limpias

Hay libros que llaman la atención por su portada, otros por su título, otros porque son de un autor famosísimo, otros por el morbo de lo que cuentan, otros simplemente porque sirven para calzar el sofá cojo que tienes en el pueblo. Y luego están los libros que conjugan varias de esas atracciones. Es lo que me ha pasado a mí con esta novela con bastantes tintes autobiográficos de Anna Pacheco (escritora de mi quinta, nacida también en 1991): portada llamativa, título extravagante y contenido interesante. Lo de la portada queda casi descontado porque Caballo de Troya edita con un mismo estilo visual todos sus libros y todos sin excepción me llaman la atención; el título me conquistó desde que lo vi por primera vez promocionado en blogs de literatura; y el contenido me atrajo desde el primer momento por sentirlo cercano, casi propio, y no suele pasar eso a menudo o en muy pocas ocasiones. Creo además que va siendo hora de empezar a llenar mi biblioteca y mis lecturas de libros diferentes con historias diferentes y con escritores jóvenes, y sobre todo escritoras.

La protagonista de ‘Listas, guapas, limpias’ nos cuenta en primera persona una ruptura, no ya solo sentimental, sino con su propia vida en cierto sentido. El dejar a un novio no deja de ser una excusa para contarnos cómo la vida, el cambiar de aires, el moverse en diferentes ambientes nos va moldeando y haciendo que cambiemos y nos vayamos convirtiendo en la persona que terminamos siendo cuando dejamos este mundo. Porque es el final el mundo al que tenemos que adaptarnos y en el que tenemos que vivir el que nos va a definir. Ni nuestro pasado, ni nuestras raíces, ni nuestra infancia, ni nuestros padres, abuelos, tíos, primos, son claves para definirnos, o no lo son tanto como los ambientes en los que vamos viviendo cada una de las etapas de nuestra vida. No dejamos de ser en esencia la misma persona, pero en cada etapa que vamos cerrando cambiamos.

No es sencillo en toda la maraña de libros que se publican al año en España (muchos de ellos morralla infumable) encontrar uno en el que te veas reflejado y te identifiques con lugares comunes tan claramente como he hecho yo con ‘Listas, guapas, limpias’. Lo cotidiano, lo normal, no usual, lo común, todo esto aparece en las páginas de esta novela que se lee en un suspiro y que al estar en primera persona narrada involucra al lector llevándole de la mano por lo que la joven que nos cuenta sus miedos, temores, dudas y cambios va viviendo durante un verano en el que evoca otros veranos de su vida.

La vida de la protagonista de esta historia (que dudo mucho que diste demasiado de la de la propia autora) aunque pueda parecer estar a un mundo de la mía, por ejemplo, no lo está tanto y hay lugares comunes que se evocan en ‘Listas, guapas, limpias’ con los que me siento cómodo, a gusto, feliz, melancólico a veces. Referencias culturales, problemas personales, dudas, miedos, ambientes, nombres, dichos, sensaciones, interacciones, todo me es conocido, común y familiar. Salvando las distancias entre Barcelona, donde se ambienta la novela, y Madrid, donde vivo y he vivido toda mi vida yo; y que ella es mujer y yo hombre, todo lo demás forma parte de los ecos de mi propia vida pasada, muebles ajados de mis recuerdos.

Es curioso como pensamos que nuestras vidas son única, originales e irrepetibles y sin embargo no estamos más que engañados. Al final a mismo ambiente de vida, vidas semejantes. No puedo decir iguales porque eso ya sí que es imposible; tampoco pueden ser paralelas porque daría entonces miedo que así fuera. Pero ‘Listas, guapas, limpias’ demuestra que, perteneciendo a un mismo ambiente, a una misma clase social, las vidas no distan mucho unas de otras, ya sea en Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia o cualquier otra ciudad medianamente grande con barrios obreros y populares donde se mezclan todo tipo de personas con todo tipo de intereses y aspiraciones.

‘Listas, guapas, limpias’ es también, aunque quizá no lo pretendiera, una novela social. Y lo es porque en ella se plasma todos los vicios, lacras, losas, lastres y también, por qué no decirlo, virtudes, de los años 90 y 2000 en un barrio de clase humilde y trabajadora donde las visitas a las tiendas de saldos, a los todo a cien, a las hamburgueserías para salir por ahí a cenar con amigos del cole o el insti, y los veranos en los pueblos lejanos eran las rutinas de vida y sociabilidad. Pero hay gente para quienes las fronteras de lo cotidiano, de lo de siempre se quedan cortas, como me pasó a mí y como le pasa a la protagonista de esta novela, que ve cómo cambiar de aires al ir a la universidad la cambia también en distancias cortas con sus espacios de siempre, sus amigos de siempre, sus rutinas de siempre.

Al final ‘Listas, guapas, limpias’ no es más que la historia de unos cambios que llevan a otros cambios que nos dan miedo, vértigo, pereza, pero que asumimos porque es lo que todo el mundo antes, durante y después de nosotros hará. No podemos cambiar lo que tiene que ser, solo podemos asumir lo que nos va viniendo. Pero, a veces, esa resignación tranquila no lo es tanto y nos queremos rebelar contra esos cambios imparables y el paso del tiempo y, al vernos incapaces, acabamos frustrados y enrabietados ante la realidad.

Si he devorado en apenas un día ‘Listas, guapas, limpias’ no ha sido porque no llega a las 200 páginas, sino porque ha sido una lectura fresca, nueva, diferente, con la que he empatizado y conectado de manera muy íntima y particular y en la que me he visto muy reflejado. Merece la pena arriesgar y leer novelas fuera de los grandes títulos que aparecen en los mostradores de novedades de las grandes cadenas de librerías; merece la pena leer y descubrir nuevos autores y autoras que nos cuenten cosas diferentes ya, más cercanas, más actuales, más de la vida que nos ha tocado vivir.

Caronte.

jueves, 13 de mayo de 2021

Del color de la leche

 

Tan complicado es que la lotería te toque (y hablo no de una pedrea en Navidad, sino de un pellizco de esos que te permiten pagar un piso y coche nuevos e irte de vacaciones) como de encontrar y leer una novela perfecta. Bueno, pues con este libro me ha tocado la lotería. Y mirad que lo llevaba teniendo pendiente mucho tiempo, y mucho es mucho, de verdad. Llevaba siguiendo la pista a esta novela desde que ganó el premio a mejor novela del año concedido por los libreros de Madrid, pero nunca terminaba de animarme a comprarlo ni leerlo. Por suerte, gracias en este caso a Wallapop, hace unos días me hice con él y no solo lo he leído con un arrobamiento indecente prácticamente, sino que lo he devorado en un fin de semana por no querer posponer su desenlace ni un solo instante más.

Del color de la leche es una novela que, si dejamos a un lado su aspecto formal que más adelante comento, es una típica novela inglesa ambientada en la primera mitad del siglo XIX en la campiña donde además se reflejan los contrastes sociales entre una familia muy humilde de granjeros y otra más acomodada del vicario de un pueblo. Y todo contado en primera persona por la narradora de esta novela, que no es más que Mary, una joven de quince años, de lengua viva y sin filtro que dice todo aquello que siente y piensa y que actúa sin tener en cuenta las posibles consecuencias de sus actos, única y exclusivamente guiada por el presente y por lo que ella considera vida.

El hecho de que la novela esté narrada en primera persona y con Mary constantemente exhortando al lector y explicando que es ella misma la que está escribiendo de su puño y letra lo que ha vivido a lo largo de todo un año (de primavera a primavera) hace que Del color de la leche sea un libro que invita al lector a formar parte de la vida de esta joven de mente lúcida y espíritu lleno de vida. Es por esta técnica que Nell Leyshon, la autora de la novela, consigue que el lector quiera constantemente avanzar y avanzar, y conocer más de la vida de Mary.

De este modo Del color de la leche nos plantea el contraste entre una vida dura, ruda, animal, llena de incomodidades y desconocimientos, vivida al minuto y con el sol, con otra vida más tranquila, ordenada, cómoda, donde el conocimiento, los libros y la palabra sustituyen a las manos como forma de vida, y donde es el reloj el que marca los ritmos. Este contraste entronca directamente con los grandes clásicos ingleses del siglo XIX, pero narrado desde el siglo XXI. Leyshon además se sirve del clima, de las estaciones del año para añadir cierto aire bucólico, ideal, melancólico, emocional y sensorial a la novela, haciendo que a medida que avanza el año durante el que transcurre la novela pasemos de una primavera llena de vida y esperanzas a un invierno oscuro, frío, distante, quieto…

Es impresionante e indescriptible lo que sucede cuando uno da con un libro perfecto: cuyas piezas encajan a la perfección; cuya historia atrae, conmueve, enternece y enrabia; con un estilo novedoso sin ser pedante ni pretencioso; y con unos personajes tan carismáticos que es imposible no sentir algo por alguno de ellos. Del color de la leche es de esas novelas que escasean, que no se leen a menudo y que, por desgracia, suelen pasar un poco desapercibidas por no estar publicada por una de las grandes editoriales. Esta es desde luego una de mis lecturas de este año, uno de los libros que más me ha entusiasmado, que más me ha hecho quedarme leyendo minuto tras minuto y que más fuertemente me ha golpeado.

Curioso es también como yo, un lector que suele ser muy reticente a las innovaciones formales y de estilo, he asumido con naturalidad el hecho de que en Del color de la leche no haya ni una sola mayúscula. Pero es que todo tiene una razón para ser. Es pura lógica que en esta novela no haya ni una sola consonante o vocal en mayúscula, porque Mary, su protagonista, aprende a escribir apenas unos meses antes de contarnos en estas páginas su historia y su aventura gracias al vicario a cuyo servicio queda por un acuerdo entre éste y su padre. Es ese aprendizaje el que cambia todo en la vida de la joven lenguaraz y extremadamente sincera.

Querría destacar la fuerza que tienen las escenas de Del color de la leche en las que coinciden Mary y su abuelo inválido. Esas conversaciones llenas de ironía, de humor, de sentido de la vida, de pasión por vivir, de ternura, de amor, de fidelidad, de compasión. Es quizá por esas escenas que Mary deja de ser un personaje narrador más, a ser uno de esos personajes que marcan un libro y una lectura y que se quedan grabados en la memoria del lector. Y a medida que nos va contando cómo es su vida, primero en la granja trabajando con sus hermanas mayores, su madre y su padre ordeñando, limpiando y arando, y luego en la casa del vicario cuidando de la mujer de este, encontrándose con el hijo libertino y vivalavirgen, chocando con la pobre criada anterior y sobre todo en su estrecha relación con el vicario, cuando vamos descubriendo un secreto, una terrible verdad que va poco a poco apareciendo a medida que la propia novela se va haciendo más oscura, más carente de esperanza, más fría, pero, al mismo tiempo, más adictiva, más interesante, más absolutamente maravillosa.

Como dije al principio, Del color de la leche tiene todo, es absolutamente redonda, perfecta, impecable. Tanto por estilo como por historia. Tanto por personajes llenos de carisma, como por una ambientación extraordinaria que traslada al lector a la Inglaterra rural de principios del siglo XIX. Qué pena no haberla leído y disfrutado antes, pero qué maravilla haberlo podido hacer ahora. No exagero si digo que es de lo mejor que he leído este año y que probablemente terminen siendo una de las novelas que más recuerde por todo lo que me ha hecho sentir y por cómo me ha atrapado casi desde el principio la historia de Mary. Esto es para mí gran literatura: un libro que atrape con una historia interesante y genial y originalmente escrita.

Caronte.

sábado, 8 de mayo de 2021

Simón

 

Llego quizá un par de meses (si no más) tarde a esta novela que rompió listas de ventas y estuvo en boca de crítica y público durante semanas y semanas. La espera tiene su porqué, sus razones, y no hay espera que al final no valga la pena. Esperar es sinónimo de paciencia. Quizá tendría que haber leído esta novela en enero tras haberla recibido como regalo de Reyes, pero SS.MM. de Oriente no dejaron bajo el árbol de Navidad sus páginas. Ha sido cuatro meses después, para mi cumpleaños, cuando he recibido este libro de imponente, llamativa y simple portada naranja. También es cierto que haber dejado pasar los meses, dejar que el soufflé creado tras la publicación de esta novela bajara ha servido para que mi lectura haya sido más tranquila, menos presionada por las expectativas (que aun así han sido altas). Y es que es curioso cómo un libro de un autor no famoso que publica en una editorial nada pretenciosa ni megalómana haya podido calar tanto en el mundo literario y se haya convertido en un fenómeno tan relevante.

Llego a Simón con muchas expectativas y ganas, es posible que demasiadas. Y eso nunca es bueno. No lo es porque son ideas preconcebidas falsas, propias, personales, creadas por vivencias pasadas que nada tienen que ver con el presente o la realidad y por tanto peligrosas. Tras la lectura de esta novela de Miqui Otero, a pesar de que no todas las expectativas se han cumplido, sí que puedo decir que no he salido decepcionado y que todo lo que esperaba de la novela se ha visto cumplido.

Y llegó Simón. Miqui Otero nos lleva de la mano a conocer la vida de este chico barcelonés, de padres y tíos gallegos, que regentan un bar de taxistas de toda la vida, lleno siempre de clientes fijos y no tan fijos, de esos que se llaman de toda la vida y que conforman un paisaje de fondo sin el cual la vida no se termina de entender. Simón, de la mano de su primo hermano que, así como el pijoaparte aquel de Marsé, Otero llama primohermano, conoce una Barcelona pre olímpica que le impacta y a unos personajes que le marcarán toda su vida. Pero un día todo ese sueño involuntario se esfuma, de la noche a la mañana, cuando su primo desaparece.

Si comparo a Miqui Otero con Marsé es siempre con el máximo respeto que le tengo al segundo, desgraciadamente fallecido el año pasado, y salvando las enormes distancias que les separan. Pero hay algo en Simón que me recuerda a las novelas de Marsé. Por supuesto que la Barcelona de las novelas de Marsé, trasladada unos lustros hacia adelante en el tiempo, es la que aparece en esta novela: una Barcelona cuyo pasado de barrios pobres y humildes sigue presente y vivo; una Barcelona pre y postolímpica; una Barcelona golpeada por la crisis económica de 2007 y por los atentados de las Ramblas de 2017. Junto con esta Barcelona tan marsesiana, también tiene aires de Marsé los personajes y situaciones llenas de ese realismo mágico barcelonés que tanto me gusta y que sin haber pisado Barcelona más que unos pocos días me ha hecho enamorarme de la ciudad gracias a los libros que he ido leyendo ambientados en ella.

Mucho se ha hablado de Simón, tanto que quizá poco se puede aportar que no haya sido dicho o comentado. Para mí ha sido una novela intensa, tierna, dolorosa, divertida y sobre todo llena de vida. Porque al final, alejándonos de cualquier trama principal o secundaria, este libro va sobre la vida. Y diréis “claro, esta novela es sobre la vida de Simón, su protagonista”, y yo contestaré que sí, que va sobre Simón, pero también sobre todos los Simones que hay en España, esos niños nacidos en los 80 que vivieron el boom de los noventa, que se han dado la hostia en los 2000 y que viven ahora de un pasado que fue, un presente que no es y de un futuro que prefieren ni mirar.

Simón es una novela de aprendizaje, que sigue la gran tradición literaria de este tipo de novelas en las que es el paso de la niñez a la juventud y de ahí a la edad adulta el eje alrededor del cual se articula todo. La pérdida de la inocencia, las decepciones, la supervivencia en un mundo en el que o eres un pícaro cretino aprovechado o te comes los mocos (hablando mal y pronto como dicen en mi casa). Miqui Otero ha escrito una magistral obra narrativa sobre Barcelona y sus gentes de barrio, curritos que sobreviven, familias que se aguantan, gente que intenta sacarse las castañas del fuego, amigos que se apoyan, amores que no condensan y otros que quedan suspendidos en una amistad sincera. Y esto no es fácil de conseguir.

No obstante, y pese a que creo que Simón merece gran parte de los elogios que en estos meses ha recibido, creo también que quizá no es esa obra perfecta sobre toda una generación y una época. Creo que al principio de la novela le falta ritmo y algo de enganche, al menos a mí me ha costado mucho superar el primer centenar de páginas porque era incapaz de vibrar el mismo ritmo que lo hacía la narración. El estilo de Miqui Otero es muy particular, todo hay que decirlo, e involucra mucho al lector en esta historia, apelándole constantemente, haciéndonos directamente partícipes de todo cuanto acontece, incluso avanzándonos cosas que están por venir en la narración. Estilo que se agradece por su frescura, pero con el que al principio me costó llevarme bien.

Probablemente quien lea esto o haya leído ya Simón o esté a punto de hacerlo o, hastiado por la omnipresencia de la portada naranja en librería y blogs de literatura, ni se plantee leerlo. Sea cual sea el caso de quien a este texto se acerque, la novela de Miqui Otero ha roto un mundo literario dividido entre los escritores experimentadores de estilo críptico y forma aún más desconcertante, y los escritores de siempre de pluma ligera y textos superfluos. Esta obra es tradicional pero el mismo tiempo fresca y diferente, y su lectura (pese a que a mí me costara entrar en la historia) es agradable y amena, tierna, intensa y divertida, llena de vida y con muchos ecos de Marsé. Quien quiera disfrutar de un buen libro ahora que ya parece q llega el calor para quedarse y se puede leer en parques y jardines, este puede ser buena opción para pasar el rato.

Caronte.

jueves, 11 de marzo de 2021

Piedras en el bolsillo

 

Cuando hace unos meses leí por primera vez a Kaouther Adimi me di cuenta de que era una escritora con una sensibilidad diferente, nueva, pegada a su generación, que habla de gente joven sin tapujos, mostrando sus miedos, inseguridades, losas pasadas que les lastran. Lo bueno, además, de esta autora es que no pretende ser algo que no es y escribir libros larguísimos que más que historias que importen se convierten casi en tratados del aburrimiento; sus dos libros que me he leído se devoran en un abrir y cerrar de ojos y se disfrutan con tal intensidad que una vez acabados dejan un vacío importante. Aún digo más, Adimi es una escritora tan dotada para empatizar con una generación y transmitir belleza en su melancolía que el lector se siente acogido mientras lee, mientras va descubriendo lo que les pasa, sienten y piensan los protagonistas de sus libros. Y esa unión entre las dos orillas del Mediterráneo terminan de poner la guinda a sus obras uniendo dos mundos que siempre me han interesado por igual.

“Piedras en el bolsillo” (en francés en el original, que es como yo lo he leído “Des pierres dans ma poche”) es una novela en la que se entremezclan culturas y generaciones. Oriente y occidente, ambas orillas del Mediterráneo, una cultura que en el fondo es la misma, se dan la mano es este libro. También se confrontan dos generaciones de mujeres la de la protagonista: una joven argelina que se muda a París para vivir y trabajar y hacer su vida anhelando la libertad total de la que carece en su país de origen; y la generación de la madre de la protagonista, más chapada a la antigua, con las tradiciones muy presenten e inmutables a pesar del tiempo y de la evolución social a su alrededor.

Enfrentada a sus recuerdos, a su pasado, a sus raíces de las que en cierto modo huyó buscando alejarse de ellas tras saber que tiene que volver a Argel desde París para asistir a la boda de su hermana pequeña, la protagonista de “Piedras en el bolsillo” está encerrada entre dos mundos, entre dos espadas que la amenazan por igual. Así, por un lado, retornar a Argelia tras varios años viviendo en París la enfrenta a su pasado y a sus recuerdos de una infancia no del todo infeliz, pero al mismo modo le plantea el dejar por unos días una ciudad fría y distante en la que nadie es nadie.

El desarraigo, las dudas, las inseguridades, los convencionalismos sociales de los que muchos intentamos huir o fingimos huir, pero que siguen pensando demasiado en nuestros actos… “Piedras en el bolsillo” es una novela generacional, de esa generación de jóvenes (alrededor de la treintena) que ve cómo su vida y la de sus padres es totalmente opuesta y es incapaz de saber si quiere romper definitivamente con ese pasado, con esas raíces, y hacerse una vida nueva independientemente de la de los convencionalismos y tradiciones de sus padres.

“Piedras en el bolsillo” es de las novelas con las que más identificado me he sentido últimamente, con la que más he empatizado porque pese a no ser mujer y no tener esa presión social añadida del tener que encontrar novio, casarme y formar una familia, ni tener mis raíces en una cultura diferente a donde vivo, siento como míos los mismos sentimientos de desamparo, soledad, pérdida y desubicación que siente la protagonista.

Algo que hace Adimi, al menos en sus dos novelas que he leído, es mezclar esos dos mundos que siempre se han dado la mano y a la vez la espalda: oriente y occidente en el Mediterráneo. “Piedras en el bolsillo” insiste en ellos quizá más que “Nuestras riquezas”, la primera novela de esta autora que leí, mostrando más claramente los contrastes sociales y de raíces que existen y siempre han convivido. Toda la cultura mediterránea tiene las mismas raíces, y aunque los de la orilla norte (occidente) nos creamos diferentes y superiores cultural y socialmente a los de la orilla sur (oriente) no somos más que almas gemelas, condenadas a entenderse y a dejar de darse la espalda. Al final yo creo que esto es lo que subyace en este libro: esa necesidad de mirarse a la cara entre madre e hija, que representan dos concepciones de la vida diferentes y al mismo tiempo necesarias la una de la otra.

El año pasado gracias a que la editorial española Libros del Asteriode, de la que siempre estoy pendiente de sus novedades, publicó en español la novela de Adimi “Nuestras riquezas” descubrí a esta magnífica escritora. Tras haber leído “Piedras en el bolsillo” confirmo aquella primera gran y buena impresión y creo que estoy ante una escritora con cuyas obras voy a empatizar más que con ninguna otra por esa manera de plasmar en palabra lo que muchas veces es tan difícil transcribir: los sentimientos oscuros, negativos, melancólicos (porque lo bueno siempre es más sencillo de expresar al no darnos reparo el hacerlo). Leed a Kaouther Adimi y dejaos llevar de su mano.

Caronte.

jueves, 4 de febrero de 2021

Hermanos de sangre

 

Los libros no solo cuentan historias, sino que a veces también ellos mismos tienen una historia propia que contar. Pero son los menos. No todos los libros llevan a su espalda, como objeto físico, una historia de supervivencia al olvido o a la destrucción. Este libro sí. Durante décadas estuvo olvidado porque se le borró de la faz de la tierra, fue consumido entre las llamas del nazismo y el odio irracional a la cultura; su autor relegado al olvido quedando en el misterio de la historia. Ernst Haffner es de hecho un autor del que no se sabe nada o muy poco. Y de su gran – y única – novela se perdió la pista en 1933 cuando fue prohibida y extirpada de librerías y bibliotecas. Hasta que renació como un ave fénix y se volvió a editar y publicar 80 años después de su relego al ostracismo. De hecho, no fue hasta 2015, antes de ayer vamos, que se publicó en inglés la primera edición. Yo llevaba detrás de esta novela tiempo, y hace unos días me la encontré de segunda mano y de inmediato fue mía.

“Hermanos de sangre” (nada tiene que ver este libro con la serie de nombre homólogo sobre la IIGM producida por Spielberg y que recomiendo ver si alguien le interesa) es un viaje a lo más profundo del hampa berlinés de los años 30. Siguiendo los pasos de varios jóvenes, algunos apenas adolescentes, por las calles, pubs, locales de mala muerte, correccionales y comisarías de Berlín, el lector irá conociendo una ciudad muy alejada de la que conoce de guías turísticas, series de televisión o películas de Hollywood; una ciudad arruinada, solitaria, llena de oscuridad, suciedad y vicios.

Con un estilo sencillo, sin florituras, sin pretender ser una novela de altura, llena de cultismos, ni intentando sentar cátedra sobre nada, Ernst Haffner consiguió con “Hermanos de sangre” reflejar con pureza, sinceridad y delicadeza la vida y la supervivencia en un Berlín en el que de fondo empezaban a oírse tambores de cambio, pero que sufría hambre, soledad, desolación y pobreza; un Berlín donde la mayoría de la gente, y especialmente los jóvenes, no vivían sino que sobrevivían como podían.

Todos en mayor o menor medida conocemos un Berlín: el de la IIGM, el del káiser, el de la Guerra Fría, el de los cabarets de los años 20, el de la caída del Muro, o el de la vida libre e independiente más actual. Pero poco se suele saber del Berlín de los años 30: el de la miseria, la pobreza, el de los jóvenes buscándose la vida mediante los menudeos de droga, la prostitución, el pillaje, el robo, la vida clandestina. “Hermanos de sangre” palia esa falta de novelas sobre una época que termina de dar color al fresco de Berlín: una ciudad ya de por sí fascinante.

No hay contemplaciones en la novela. “Hermanos de sangre” cuenta de manera directa lo que se hacía por ganar apenas un marco, o dos, o un puñado de céntimos que permitieran llegar al día siguiente habiendo dormido bajo techo (aunque en precario) o habiendo comido o bebido algo medianamente decente (siendo el concepto de decente cuanto menos que dudoso). El utilizar como protagonistas a jóvenes de apenas 20 años (muchos menores incluso) da un cierto aire derrotista a la novela. El lector no puede más que sentir lástima, impotencia y pena ante el presente de estos jóvenes. Pero es que tampoco hay esperanza para el futuro, porque no existe dicho futuro. Cuando no tienes qué comer, cómo subsistir, no puedes tener futuro, porque en el fondo no sabes si tu presente si quiera está garantizado. Esa falta de perspectiva de mejora sobrevuela a cada página de la novela haciendo la narración melancólica. Memorable.

Quiero hacer una mención especial en esta ocasión a la traducción de la novela. Es algo que no suelo hacer porque intuyo que cuando hablo de un libro traducido al español mis palabras también van por los traductores. Pero esta vez quiero mencionar a Fernando Aramburu (sí, el escritor). Creo que hay un grandísimo trabajo detrás de esta traducción de “Hermanos de sangre”. No es simplemente que se haya traducido una novela, sino que se ha interpretado su alma y se ha traspuesto al español haciéndola tener sentimientos, vida propia, y que transmita calor de manera directa y no pasada por el tamiz de un cambio de idioma. Muchas veces las novelas no hay que traducirlas e interpretarlas, sino rescribirlas, y esto es lo que Aramburu creo que ha conseguido con esta traducción.

“Hermanos de sangre” es una novela de esas que se queda prendida en la memoria, de las que dejan poso, de las que te llevan a completar una imagen de una ciudad con personajes e historias que conmueven y emocionan. Ha merecido la pena esperar lo que he esperado hasta encontrarme con eta novela de manera tan inesperada porque he disfrutado de cada página casi el doble de lo normal. Es una novela única, y no es una exageración, porque su autor no dejó nada más escrito, y porque durante décadas nadie pudo asomarse a sus páginas siendo solo posible 80 años después de su publicación. Los amantes de las buenas historias y aquellos que deseen viajar en el tiempo y en espacio hasta un Berlín olvidado en las cenizas del tiempo que sepan que esta es la novela que van buscando.

Caronte.

viernes, 8 de enero de 2021

El camino

Aunque estemos ya en 2021 – por cierto ¡Feliz Año a todos! – voy a hablar de mi última lectura de 2020. Y es que, necio de mí, casi termino el año el centenario Delibes sin leer nada del maestro vallisoletano, castellano por excelencia, de las letras. Como muchas de mis lecturas, con esta me topé de casualidad en una de mis últimas visitas a mi librería de segunda mano preferida. Me tiré de cabeza a por el libro: uno de los grandes títulos dentro de la obra narrativa de Delibes. Fue de esas oportunidades que pasan muy extraordinariamente en la vida de un lector. Que el lector se cruce con el libro adecuado en el momento adecuado es de esas sensaciones que más pueden llenar a los amantes de la lectura y que más reconfortan. No todos los libros se pueden leer en cualquier momento. Cada lectura, cada libro tiene su momento, su tiempo, su ánimo, su predisposición y si no concuerdas con él difícilmente podrás disfrutarlo como se merece. Creo que los caminos (permitidme el juego de palabras) de esta novela y el mío se encontraron en el instante justo.

“El camino” es una de las grandes obras de Miguel Delibes; una novela que publicada en 1950 (ahí es nada, 70 años de novela) sigue hoy manteniendo una profunda actualidad y relevancia por cuanto es una novela de aprendizaje, de cambio, de paso de la infancia y primera adolescencia, a la juventud madura. Una historia de ruptura, de salida de lo que ahora se llama zona de confort, para afrontar una vida casi adulta que nos llevará lejos de nuestras raíces, a vivir y desarrollarnos independientemente de nuestro propio pasado.

Con una miríada de personajes, todos ellos a su manera entrañables, que dejan huella en el lector y que son perfectamente identificables para los que hemos tenido pueblo al que ir por temporadas, “El camino” narra la noche de insomnio y recuerdos de Daniel el Mochuelo previa a su marcha a la capital a estudiar y formarse para ser alguien más que un condenado a la quesería de su padre en un pueblo que empieza a olerse que en años venideros no será más que un aparcamiento de recuerdos, ecos y voces del pasado.

Ambientada en una zona rural del norte de España y con todos los personajes teniendo su propio mote y el porqué del mismo, “El camino” se descubre al lector como una lectura sencilla, amena, divertida, seria, profunda, enternecedora. Ver las andanzas de el Mochuelo junto con sus dos amigos inseparables, el Tiñoso y el Moñigo, hace recordar a nuestra infancia, cuando, ya fuera en un pueblo en los años 60, en la plaza del barrio en los 80, o en el patio común de una urbanización a finales de los 90, jugábamos con nuestra cuadrilla de amigos, más o menos íntimos, hasta que el tiempo – ese malvado ser eterno e incorpóreo – nos va separando y llevando a cada uno por nuestro camino. Porque al final la novela es eso: esa búsqueda, más o menos orientada, más o menos dirigida, más o menos improvisada, del camino que nos conducirá, sin nosotros poder hacer mucho, a nuestro destino, a nuestro yo del futuro.

Lo que puede parecer un asunto de una profundidad filosófica insondable que docenas y docenas de eruditos llevan años debatiendo y argumentando, queda sencilla y simplemente reflejado en “El camino” de manera magistral. Miguel Delibes supo concretar en una novela que no llega a las 200 páginas un asunto al que todos, antes o después, nos enfrentamos. Es dolorosa darse cuenta de esos cambios que nos transformarán del todo y nos alejarán sin remisión de lo que hemos sido. Afrontar esos cambios es inevitable, asumirlos ya es otro cantar.

No creo que nadie que lea “El camino” pueda quedar ajeno a los recuerdos de su propia vida, que se agolparán inmediatamente en nuestra mente haciéndonos pensar que no fue hace tanto que los generamos. Esa es una de las grandezas de esta novela: trasladarnos a una época lejana de nuestras vidas, a cuando éramos inocentes, a cuando empezábamos a descubrir algunas cosas de la vida adulta que mientras éramos niños se nos ocultaban o tergiversaban para evitarnos “traumas” o vete a saber qué cosas; quizá una falsa protección innecesaria ante la vida.

Podría afirmar que ha tenido que ser la última de mis lecturas de 2020 la que más me ha llenado, atrapado y gustado de todo el año, pero quizá sería algo injusto para con el resto de libros que he leído en los últimos 12 meses. Lo que sí puedo afirmar es que “El camino” es de lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Sencillez de estilo, nada pretenciosa, bellísima, llena de emociones, amistad, sentimientos, humor, drama, tristeza, vida y muerte; esta novela es una joya escondida tras un título y un autor que de primeras puede llegar a imponer, pero que es totalmente recomendable y que creo que debería volver a ser de lectura obligatoria, no ya en bachiller, sino probablemente mucho antes. ¡Qué grande fue Delibes! Y qué injusto fue que no recibiera el Nobel mereciéndolo más que otros muchos que sí lo recibieron.

Caronte.