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miércoles, 3 de agosto de 2022

La librería

Hay libros que automáticamente se convierten en un puro canto amor por los propios libros, por la literatura y por la lectura. Este es uno de esos libros. Escrito en 1978 por Penelope Fitzgeral inmediatamente se convirtió en una de sus obras más famosas y celebradas (de hecho, fue nominada al Premio Booker, que no ganó Fitzgerald ese año pero que, al siguiente, con otra de sus novelas, sí consiguió). En el año 2017, la directora Isabel Coixet llevó al cine una adaptación de esta novela, con ligeros cambios en el guion haciendo que la versión cinematográfica, a mi parecer, sea algo más dramática y sensiblera que el propio libro. En mi verano literario en femenino, planeado casi de improviso durante la última Feria del Libro, tenía claro que de la Editorial Impedimenta (cuya labor y edición es exquisita) me iba a llevar a casa esta magnífica novela, que desde que vi la película de Coixet en su día llevaba queriendo leer.

Como el propio nombre de la novela indica, La librería gira en torno a la librería que, obstinadamente, Florence Greene pretende abrir en una casa muy codiciada y, según dicen, encantada y llena de fantasmas, pero abandonada en un pequeño pueblo marítimo inglés donde los poderes sociales establecidos desde hace decenios no ven con buenos ojos. Esa obstinación, ese tesón, esa terquedad si se quiere decir, que emana simplemente del amor a la cultura y a los libros como puertas magníficas y robustas de acceso a ese mundo infinito del conocimiento y las aventuras, son lo que mueven a Florence a superar cualquier obstáculo, cualquier comentario malintencionado, cualquier palo en la rueda y terminar abriendo su librería y vendiendo libros a los vecinos de su pueblo pesquero.

Penelope Fitzgerald no escribió una simple novela, una historia más en La librería, sino toda una carta de amor por los libros y la literatura, por el arte que es escribir. Un canto de libertad hacia una de las maneras de arte más versátiles que existen, de cultura y conocimiento, de aventuras y viajes más allá de nuestras vidas y entornos. Pero también mostró, de manera sutil pero firme, cómo no siempre la cultura, el saber y el conocimiento triunfan, y cómo siempre, se vaya donde se vaya, hay quien intentará torpedear una buena idea y amaestrar a la población para que piense que los privilegios de unos pocos son los derechos de todos.

No dio puntadas sin hilo Fitzgerald en La librería y lo que, en ocasiones, parecen simplemente un lance entre personajes, una conversación intrascendente para dar verosimilitud y trasfondo a la historia, son dardos lanzados con una intención muy clara: criticar a la burguesía rural inglesa que durante décadas, por tradición más que por derecho, han ejercido una influencia dañina y mezquina, ruin y miserable, sobre poblaciones humildes, impidiendo un beneficio general de la comunidad para simplemente manejar las cosas para engrosar aún más su poderío y sus propiedades, valiéndose de cualquier arma a su alcance.

No quiero decir con lo anterior que La librería sea una novela política o social, ni que sirva para denunciar ningún comportamiento enquistado. Para nada. De hecho, no hay la profundidad suficiente en el análisis, planteamiento y desarrollo de esos aspectos como para que no sean más que retazos de esbozos. Pero ahí están: no fueron casuales, ni accidentales y no pretendían simplemente decorar una narración. Si el personaje de Florence Greene representa el tesón, la osadía y la luz de la cultura; su contraparte, la Señora Gamart representa el antiguo régimen, la tradición y la inmovilidad, los privilegios y el egoísmo más cegador. El enfrentamiento indirecto permanente entre ambas mujeres termina siendo ganado por la poderosa, como casi siempre, haciendo que Florence cierre la librería y tenga que marcharse del pueblo para seguir con su sueño en otra parte donde pudiera ser mejor recibida.

Leer La librería ha sido todo un chute de energía a nivel personal. No puedo negar que desde hace unos años uno de mis sueños más recurrentes es abrir mi propia librería donde poder no solo vender y recomendar libros a todos aquellos lectores que hasta ella se acercaran, sino organizar actos de amor a los libros y a los escritores con los que demostrar que los libros, la escritura, la literatura son uno de los grandes pilares de la cultura y las artes. Penelope Fitzgeral llevó a las páginas de su libro lo que ahora es para mí un sueño. Sueño que sé que no voy a cumplir a corto o medio plazo porque sé que económicamente no es viable a día de hoy que monte una librería, y mucho menos quizá en Madrid, donde se vería engullida por ese espíritu competitivo y ultra liberal que marchita todo lo que toca y que en Madrid ya es epidemia casi mortal. Quien sabe si en algún momento podré ser una Florence Greene exitosa en alguna población y tener mi propia librería, para la que incluso ya tendría nombre.

En estos días tediosos de verano que estamos viviendo y que llevamos sufriendo de manera continuada más tiempo del que sería deseable en Madrid, tomar en nuestras manos La librería, viajar hasta un pequeño pueblo pesquero inglés, idílico, y acompañar a Florence Greene en su sueño de tener un oasis de cultura y libros es de los mejores planes que se pueden tener. Y, además, nunca está de más leer un clásico de la literatura que se lee como una fábula de amor por los libros.

Caronte.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Nuestras riquezas. Una librería en Argel

Desde marzo o abril no leía en francés. Al final siempre lo voy dejando pasar, siempre dejo para mañana el pedir y comprar un libro en francés y ponerme con él. Puede que sea pereza no reconocida, pero estoy más seguro de que es más bien desconocimiento del mercado editorial francés y de la mayoría de sus escritores y escritoras. Y vuelvo al francés gracias también en parte a la editorial española Libros del Asteroide; editorial que suele tener bastante presente en mis búsquedas de nuevas lecturas porque suelen publicar siempre libros muy interesantes. En este caso me fijé en este libro, publicado hace ya dos años, pero que por h o por b he dado con él hace no mucho, y leyendo un poco sobre él e investigando un poco sobre su joven autora y me hicieron directamente comprar el libro en francés y leerlo. Y no me puedo arrepentir menos de la decisión tomada ya que ha sido una experiencia maravillosa la lectura de esta brevísima novela que mezcla realidad y ficción de manera soberbia.

“Nos richesses”, que es el título original en francés de esta novela (clavado al español, salvo por el hecho de que en la edición en nuestro idioma se le añade un subtítulo), es un precioso canto de amor a los libros, la literatura, los escritores y el Mediterráneo. La autora, argelina de nacimiento, ha recreado es este breve libro la vida literaria de un personaje peculiar que fue una figura cultural muy importante en Argel durante muchos años. Edmond Charlot no es un personaje de novela, existió de verdad, y fundó en los años 40 una editorial y una librería en Argel. Una minúscula librería y una muy humilde editorial que pretendían dar luz a la cultura mediterránea y voz a los autores argelinos.

Kaouther Adimi combina en “Nos richesses” realidad y ficción, esta última de la mano de Ryad un joven que termina en Argel para hacer unas prácticas universitarias consistentes en terminar de desmontar la librería que en su día fundara Charlot, para mostrarnos como quien no quiere la cosa, la evolución social y política de Argelia desde la preguerra mundial al día de hoy como país independiente de su metrópoli francesa.

Y es que “Nos richesses” en su brevedad (no llega a las 200 páginas) es capaz de condensar la historia de Argel durante los años convulsos de la IIGM y las incipientes revueltas que terminaron con su independencia, al mismo tiempo que muestra la Argelia actual y el Argel mágico que conserva su aire puramente mediterráneo. Pero además de este contexto histórico, que Adimi ha condensado maravillosamente sin ser pedante ni pretendiendo ser historiadora, al lector se le presenta el mundo de los libros como liberador, como motor de cambio social, como núcleo de la cultura y el pensamiento libres.

La vida y obra de Edmond Charlot me ha parecido soberbia y dura por el éxito no reconocido ni quizá alcanzado verdaderamente. Con tenacidad, ilusión, fuerza de voluntad y reponiéndose a cada infortunio y falta de suerte poniendo aún más ganas, no solo abre una minúscula pero acogedora librería en Argel, sino que funda una pequeña editorial donde en su momento publicó sus primeros textos Albert Camus. Y todo esto Adimi lo va contando en “Nos richesses” sirviéndose de una especie de diario escrito por Charlot durante unos veinticinco años y en el que vamos viendo, no sólo cómo sus sueños van poco a poco tomando forma, sino como el siglo XX avanza con sus atrocidades, barbaridades y ansias de libertad.

“Nos richesses”, como dije antes, es un canto de amor por los libros, la escritura, los editores, los libreros, las librerías, los escritores. Es una bellísima carta de amor a la literatura en todas sus formas. Es además un libro sobre libros. He de reconocer que de esta novela he sacado futuras lecturas, y no una ni dos, sino un buen puñado. Además, este es un libro dedicado a potenciar la visión liberadora de los libros, porque junto a la estancia del personaje ficticio de Ryad en la librería protagonista de la novela aparece un tal Abdallah, un misterioso anciano que recuerda la importancia de los libros para hacernos crecer no solo intelectualmente sino como sociedad a nivel personal.

He de decir también que “Nos richesses” se lee prácticamente de un tirón, incluso en francés (idioma en el que debería leer más y no estoy tan acostumbrado a hacerlo como el inglés). Adimi utiliza un lenguaje nada pretencioso, un estilo simple, sencillo, pero lleno de belleza y verdad. Eso es lo más importante. La impostura en muchos escritores actuales que se creen Tolstoi o Dickens escribiendo hace que muchas veces las novelas actuales sean pretenciosas y orgullosas dando la espalda a los lectores. Esta joven escritora argelina habla al lector de tú a tú y le cuenta una historia llena de belleza, intensidad, historia y otras historias y libros.

Leer este librito ha sido una muy grata experiencia. “Nos richesses” me ha llevado a Argel, una ciudad que quiero visitar más pronto que tarde, me ha trasportado a una época que siempre me ha parecido muy atractiva: los últimos años de la colonización africana. No me arrepiento nada de haber leído esta novela, de hecho, ya la escogí con buenas referencias y con ilusión, con altas expectativas, y todo se ha cumplido. Lo malo de esto es ver qué se lee ahora; encontrar algo que deje una vez leído una especie de hueco y añoranza. Lo bueno es que a través de Adimi y esta novela he descubierto a una nueva autora, ella misma, y un buen puñado de libros. Y en el fondo esto es lo que debería generar todos los libros que leemos.

Caronte.