Mostrando entradas con la etiqueta amistad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amistad. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de junio de 2022

Clea (Cuarteto de Alejandría IV)

Acabo la última de las novelas que constituyen El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell sabiendo que he termino de leer algo grande e importante, no ya solo porque sea una de las obras narrativas inglesas más importantes del siglo XX sino porque enfrentarme a la lectura de estas cuatro novelas ha sido todo un reto lector personal ya que no sabía cómo terminaría algo que me impresionaba e imponía antes si quiera de sumergirme en la lectura del primero de los libros. Acabo hoy Clea sabiendo que difícilmente voy a poder encontrar un conjunto de novelas que me llenen como estas cuatro han hecho y que me resulten tan atractivas tanto como lector como por intento de escritor (frustrado pero realista, casi aliviado por saber que nunca nada de lo que escriba podrá ver la luz, porque total, para qué).

Clea no solo es el cierre del cuarteto que narra las relaciones entre sí y con la propia ciudad de Alejandría de los diferentes personajes y amigos que dan no solo nombre a los cuatro libros, sino que acompañan al lector en una narración intensa, profunda y sutilmente filosófica donde se reflexiona sobre el amor, las pasiones humanas, el arte o la escritura. Esta novela es también la más personal, íntima, metafísica, críptica y surrealista de las cuatro que componen esta obra magna narrativa. Esta es una de las razones por las que me imponía leer el cuarteto, porque investigando un poco me daba cuenta de Lawrence Durrell podría inscribirse en una tradición literaria de estilo críptico y mundos y temas propios, de muy alto nivel intelectual y cultural que, sin embargo, para mí quedaría muy alejados. Nada más lejos de la realidad. Por eso también acabar este conjunto de novelas ha supuesto todo un reto literario del más alto nivel y del que más orgulloso me siento.

A modo de últimas puntadas del tapiz general, o como últimas pinceladas en el fondo de un fresco magnífico y complejo de personajes y relaciones entre ellos llenas de matices y sombras, Clea cierra de manera magnífica todo el Cuarteto de Alejandría. No flaquea Durrell en su forma de narrar, tan sutil pero tan contundente, que hace que la lectura no sea un mero descubrimiento de una trama, que queda en segundo plano por un estilo narrativo que eclipsa todo, sino un placer vigoroso y fuerte, constante, por ver cómo diversas voces narrativas, diversos estilos y formas de narrar desfilan ante los ojos atónicos y atentos del lector que no puede más que admirar la construcción de estas novelas con cierta perplejidad, gratitud y, si alguna vez ha sentido el impulso de la escritura, con bastante envidia.

En Clea se cierran las historias de varios personajes que han ido apareciendo en el cuarteto; sigue de fondo el áurea magnética de Justine y su tremendo atractivo que hace que los hombres se vuelvan locos por estar en su órbita; varias muertes siguen sucediéndose, secundarias, pero trágicas y demoledoras para los afectados; varios misterios surgen sobre personajes que cualquier lector creería secundarios; y quien simplemente parecía un mero narrador, Barley, pasa a ser depositario y actor principal en el escenario místico y de leyenda decadente de Alejandría.

Todos y cada uno de los libros que forman el cuarteto, en sus variedades y formas, en sus tramas ligeras y en las profundas, en su ambientación en una extinta Alejandría diplomática, cosmopolita, burguesa, de cafés de aspiración europea y barrios árabes donde lo místico y legendario deja a lo terrenal en la más tenebrosa oscuridad, han sido un viaje narrativo intenso y complejo en el espacio y el tiempo y en la psique humana. Clea cierra un todo, un conjunto literario único y complejo que, aunque podría leerse de manera independiente, conforma un análisis profundo del alma humana, de sus pasiones desatadas, de sus deseos más prohibidos…

Sin embargo, acabar de leer Clea y con ella El Cuarteto de Alejandría me plantea un problema: ¿Qué leo yo ahora? ¿Qué se lee cuando has estado durante todo un mes leyendo las obras magnas de dos hermanos escritores como son Lawrence y Gerald Durrell intercalando las del cuarteto del hermano mayor con las de la Trilogía de Corfú del menor? ¿Qué se puede empezar a leer sabiendo que el listón está tan alto que sabes que cualquier cosa la vas a comparar con lo recientemente leído? Me hago estas preguntas con resignado optimismo porque siempre pienso que los libros están para ser leídos y solo entonces opinados. Pero, aún así, me siento un poco huérfano y vacío.

Clea ha supuesto el final de un reto lector que me impuse hace un mes. Reto que creo que he superado con creces demostrándome a mí mismo que ningún tipo de obra o género literario, o ningún autor deben impresionarme o darme rechazo leer por pensar que no estaré a la altura. Estas cuatro obras de Lawrence Durrell me han confirmado que estoy más preparado de lo que yo pensaba para leer cualquier cosa que pueda proponerme siempre que mi voluntad sea no tanto disfrutar de una buena historia, sino simplemente dejarme llevar por el arte que implica la buena literatura. Y El Cuarteto de Alejandría es buena literatura.

Caronte.

lunes, 27 de junio de 2022

Mountolive (Cuarteto de Alejandría III)

Tercera novela de las que componen El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell. Tercera novela que poco o nada tiene que ver con las otras ni por fondo ni por forma. Tercera novela que me está dejando totalmente encantado con la lectura, como si fuera un niño la mañana de Navidad y Reyes viendo bajo el árbol de Navidad regalos y más regalos dispuestos para su disfrute inmediato o relajado. Y es que lo que estoy disfrutando de la lectura del cuarteto, de cada uno de los libros que llevo leídos (ya tres, restándome únicamente el último con el que se desenlazará toda), no creo recordar que lo haya disfrutado antes con ningún otro, salvo quizá alguno de Javier Marías o Antonio Muñoz Molina. Tengo, además, sensaciones encontradas, porque por un lado quiero concluir la lectura del cuarteto para terminar de hacerme una idea del fresco que Durrell quiso mostrar en él, pero, al mismo tiempo, sé que tras su lectura quedaré un poco huérfano y desnortado para encontrar alguna lectura que esté a la altura.

Mountolive es la historia del embajador británico en Egipto: personaje también importante en las relaciones que se dan entre los protagonistas del cuarteto, Justin y Nessim, Melisa y Barley (que protagonizaron más directamente las dos novelas anteriores). Los entresijos de las relaciones personales de David Mountolive desde que llega a Egipto por primera vez de joven, conoce a los Hosnani (Nessim y Naruz, piezas clave de la historia que Lawrence Durrell nos está contando), consigue plaza diplomática, da vueltas por diferentes legaciones de su país, y vuelve de nuevo a Egipto en un momento clave, personal y político, para reencontrarse con pasiones y lealtades pasadas y presentes que debe gestionar; estos entresijos son el eje alrededor del cual se narra esta novela.

Esta es además una novela de corte y estilo clásico, muy británica e inglesa, muy de personajes sobrios que intentan controlar sus emociones y pasiones sin conseguirlo, donde el deber y la lealtad son pilares fundamentales en las relaciones personales. David Mountolive es un personaje prototípico inglés que, cumpliendo siempre su deber para con su país, se enfrentará a una ciudad, Alejandría, y a unas personas que le llevarán a perderse en sí mismo para intentar controlar sus impulsos y tomar decisiones de calado que afectan a sus amigos y conocidos. Mountolive es al mismo tiempo una novela histórica, psicológica, pasional, romántica y puramente narrativa que cualquier amante de la literatura disfrutará saboreándola poco a poco.

Vuelve a ser Alejandría el trasfondo en el que todo pasa, donde las relaciones personales entre los diferentes personajes, ya familiares para el lector, se desarrollan, envenenad y desenlazan. Y es aquí cuando Lawrence Durrell saca a pasear su grandeza literaria, su saber hacer narrando para entregarnos una pieza más de ese gran fresco que lleva pintando desde que comenzó el cuarteto, de ese gran tapiz que lleva tejiendo desde Justine, la primera novela de las cuatro que lo forman. En Mountolive, Durrell sigue ahondando en la ciudad trampantojo que fue Alejandría antes de la Segunda Guerra Mundial y que, tras la misma, con la llegada del Egipto, moderno desapareció. Como en Justine y Balthazar, en esta novela hay un pasaje memorable y fastuoso en el que Lawrence Durrell narra una especie de trance del embajador Mountolive por las calles alejandrinas que llevan al delirio y en el que con una descripción oscura, cruda y fantasmagórica dibuja una Alejandría en el borde mismo de la luz y la oscuridad, ambigua, discutible, penumbrosa, ocre, calurosa y engañosa.

Nada sobra en una narración perfectamente hilada y tejida que da como resultado una pieza del tapiz general que conforma El Cuarteto de Alejandría esencial para comprender todo en su conjunto. Mountolive es, por así decirlo, la novela esencial para comprender todo el trasfondo que une las diferentes vidas de los personajes que ya hemos ido conociendo en las dos novelas predecesoras. Como un hilo invisible, esta novela va poco a poco entre lanzando fragmentos que ya conocíamos, pero desde otro punto de vista. El narrador de esta novela no es ningún personaje, sino uno omnisciente que conoce todo y que nos va trasladando de un foco a otro para ir arrojando luz sobre aquellos sectores de la historia que seguían permaneciendo en penumbra.

La manera en que Lawrence Durrell plasma en una historia compleja de relaciones personales, pasionales y sentimentales, cómo los sentimientos y las pasiones determinan todo nuestro mundo y nuestra vida es soberbia, tanto en forma como en fondo. Mountolive es puro clasicismo narrativo, pero encaja a la perfección con sus novelas compañeras de cuarteto. No sirve de nota discordante, sino más bien todo lo contrario, es el acorde que ordena y guía correctamente a buen puerto la sinfonía sobre la Alejandría legendaria previa al conflicto mundial que cambió el mundo para siempre. Las diferentes formas de amar y querer, el cómo se despliegan las pasiones en un entorno convulso, lleno de matices y dobles sentidos, de sutilezas y susurros y sombras en el atardecer, es tan tremendamente actual que para la época debería sonar exótico y hasta extravagante, no siéndolo en absoluto.

Me resta la última de las novelas que conforman el cuarteto alejandrino de Lawrence Durrell, pero Mountolive ya va confirmando que probablemente este conjunto literario, esa enorme obra narrativa donde forma y fondo se mezclan y complementan tan bien que es imposible no envidiar su creación, serán obras que me marcarán inevitablemente como lector, de esas novelas que quedan tan grabadas que luego toda lectura posterior no es sino una búsqueda imposible de volver a sentir lo mismo que con ella. Se va acercando el final de mi empresa lectora de junio, y siento pena por ello, al mismo tiempo que entusiasmo por lo que me puedan deparar futuras lecturas.

Caronte.

miércoles, 23 de febrero de 2022

Un hombre solo

Ya sabéis los que me conocéis del blog que tengo una debilidad (adquirida muy tardiamente) por Bernardo Atxaga y su obra literaria. Por eso no debería sorprender que vuelva a una de sus novelas y me toque hoy hablar de ella. Aunque en sus novelas más recientes se había alejado algo de los temas vascos más delicados, dejando a un lado el tema de ETA, el terrorismo y los años grises y oscuros de Euskadi bajo el yugo del miedo, la cobardía y el señalamiento público, hubo una época que Atxaga escribió directamente sobre el conflicto vasco significándose bastante con el mismo (no en el sentido que algunos podrían pensar y, desde luego, tampoco como algunos pretender hacer ver ver). Esta es también otra de las razones que me han llevado a leer esta novela: descubrir por mi mismo el tratamiento que Atxaga, probablemente el escritor vasco más importante de las últimas décadas, dio al conflicto terrorista.

Como gran amante de su tierra, de sus paisajes, tradiciones y memoria, y sobre todo de su lengua (toda la obra de Atxaga está en euskera), Bernardo Atxaga siempre ha tenido en sus novelas una querencia especial por el País Vasco y su esencia, su alma. Todas las novelas de Atxaga tienen parte de esa esencia vasca tan única e inimitable, pero Un hombre solo, a diferencia de otras novelas que consagraron a su autor, no solo tiene siempre de fondo a Euskadi (a pesar de que la novela esté ambientada en Barcelona) sino que también toca y enfrenta el conflicto vasco de manera directa.

Un hombre solo narra la historia de un hombre, vasco, antiguo militante en ETA que tras alejarse de la banda armada y de la lucha y resistencia contra la dictadura y tras haber pasado por la cárcel y ser amnistiado compra un hotel en Barcelona, cerca de Monteserrat, con sus amigos y se hace hotelera con ellos, además de panadero. Durante los Mundiales del ’82, en esa España unida por la droga del fútbol, pero alerta por la dureza y frialdad de las balas etarras, y alojando en su hotel a la selección polaca, rodeado por tanto de policías, decide esconder a dos fugitivos de ETA durante unos días en los sótanos del pequeño edificio que utiliza como panadería y su refugio frente a todo. Es ese choque de un presente realista donde sus amigos y antiguos compañeros de cárcel y lucha armada han pasado página y un pasado muy presente por la presencia de esos nuevos militantes por la “libertad de Euskadi”, el que se analiza durante toda la novela.

Atxaga utiliza la forma y los recursos de la novela policiaca de suspense (centrada eso sí, no en la policía que pretende desenmascarar a los malos, sino en la otra cara de la misma moneda) para crear una novela donde confronta de manera directa el conflicto vasco, desde sus orígenes al presente de la novela (años 80) pero mirados con la perspectiva de escribirla en los años 90. Un hombre solo es un choque de realidad, una muestra palpable de que nada en este mundo es de un único color y que la verdad única o el relato monocolor y monocorde de la historia no existe (o no debería existir).

En las páginas de Un hombre solo conviven la lucha, concreta, armada de ETA contra una dictadura que sometía bajo un yugo de sangre al pueblo vasco y a su lengua y cultura (por analfabetismo fascista) con otra lucha, ya indiscriminada, de unos jóvenes vascos atraídos por un relato manipulado de la lucha por un pueblo y una identidad contra un Estado ya no tiránico. Ese choque de realidad, mostrado más por los amigos del protagonista que por él mismo, a quien corroe la culpa del pasado, la melancolía por los que ya no están y el anhelo quizá de volver a sentirse tan vivo como cuando su lucha buscaba acabar con una serie de injusticias ejerciendo incluso la violencia.

Sin embargo, no estamos ante una novela que justifique a ETA en ninguno de sus aspectos. Para nada. Bernardo Atxaga plantea los hechos con claridad y nitidez, sin vergüenza y sin el peso que podría tener el juicio de lectores y público sobre sus espaldas. Un hombre solo es una novela sobre cómo la soledad, la impuesta o la buscada, lleva a decisiones no siempre fáciles, a tomar caminos a veces erróneos, a veces acertados, pero cuya responsabilidad recae en uno mismo a pesar de que esas acciones individuales que uno piensa propias, puedan acarrear consecuencias no medidas o pensadas que pueda afectar de manera irremediable a terceras personas.

He leído esta novela tanto como thriller político como novela sociológica (no voy a mencionar aquí todas las conversaciones políticas que se llevan a cabo durante la novela y que le dan una dimensión filosófica y social tan profunda). No podía dejar de leer la novela. Atxaga ha conseguido con Un hombre solo que toda mi atención se fijara y centrara en cómo el protagonista de esta historia saldría del trance tan difícil en el que su pasado y su presente le habían metido simple y llanamente por no pedir ayuda a sus amigos, por pensar que podría hacer las cosas como casi siempre las había hecho: solo. Es de admirar también, además, que Atxaga escribiera esta historia cuando lo hizo sin pararse a pensar en el qué dirán. Esta es también una novela sobre ETA, pero quizá no la que nos querrían vender como tal aquellos que pretendieran fijar una única visión sobre el pasado.

Caronte.

martes, 8 de febrero de 2022

El enigma de las arenas

Esta es una de esas novelas a las que he llegado a través de otros libros en los que aparecía mencionada como uno de los grandes clásicos de las novelas de espionaje: quizá el origen de este género siendo pionera en el momento de su publicación allá por 1903. Y digo que llegado a este libro a través de otras lecturas porque es así: porque no ha sido ni uno ni dos los artículos que encontrado mencionando esta novela. Tampoco ha sido fácil dar con ella editada en castellano y tuve que recurrir a la segunda mano para hacerme con ella. De hecho, creo que ahora sale reeditada por Edhasa con prólogo de Arturo Pérez Reverte (quién está en todas las salsas de este tipo de novelas tan aventuras y con tanto mar) con lo que espero sea más fácil su lectura por aquellos que llevados por la curiosidad y buscando siempre lecturas interesantes y amantes obviamente de la novela de espías Hola decidan sumergirse en este viaje por el mar de frisia en velero intentando desentrañar un misterio.

Como pasa con todos los clásicos, esta novela hay que cogerla con mucho respeto; sobre todo aquellos lectores que, como yo, sentimos un especial interés y atracción por los libros y novelas de espías y tenemos en un pedestal a John le Carré o a Graham Greene. Hay que tener en cuenta también que El enigma de las arenas fue publicado en 1903 y que en esa época todavía había grandes coletazos de las novelas realistas naturalistas y costumbristas inglesas del siglo XIX. Por esta razón, que nadie se espere el nivel de acción o de reflexiones filosóficas que Hola novelas posteriores de espías fueron incorporando. En esta novela prima la descripción del paisaje, de una serie de sentimientos, diálogos muy concretos y actitudes sin dobles sentidos.

El enigma de las arenas gira en torno a un viaje en velero que un amigo propone a otro, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores inglés, por las aguas del mar de Frisia entre islas frías, neblinosas y rodeadas por bancales de arena y canales que solo quedan navegables con la marea alta, mientras que cuando el agua baja periódicamente cada día se hace prácticamente imposible y muy peligroso navegar por esas aguas. Así, de un plan improvisado, surge una aventura en la que hay un misterio subyacente que los dos amigos por motivos diferentes cada uno pretende desentrañar.

Como muchas de las novelas de la época, esta es una novela de mar: hay mucho mar, mucho barco, muchos tecnicismos relacionados con la navegación, con los barcos y con la propia geografía marítima. El enigma de las arenas puede ser una novela que si nos quedamos simplemente en la descripción de maniobras náuticas, accidentes geográficos marítimos, rumbos, vientos y aparejos puede resultar tediosa de leer; como un Moby Dick cuando Herman Melville se pone erudito y relata describiendo cuál libro de anatomía las diferentes partes de una ballena, los diferentes tipos de arpones o de tipos de barcos que cazan cetáceos. No hay que olvidar el contexto y la época de aparición de este libro; sin él tampoco se entiende ni se entendería el por qué lo que está narrado está narrado.

Lo que tienen los clásicos es que una vez te adaptas a ellos y superas los prejuicios normales que se tienen a narraciones tan antiguas a las que no estamos ni por contexto ni por estilo acostumbrados hoy en día es que terminan atrapando. Por algo se los considera clásicos. Y más en este caso siendo El enigma de las arenas probablemente la primera gran novela de espionaje, pionera y precursora, por tanto, de este género tan importante durante todo el siglo XX y lo que llevamos de XXI. Tampoco hay que esperar de esta novela giros inesperados, cambios de trama a medio libro o sorpresas de última hora en cuanto al desarrollo de los acontecimientos; el argumento es lineal, original para la época y encuadrado en el contexto en el que se desarrollan los acontecimientos.

Con la perspectiva que da el tiempo y tras haber leído muchas novelas de espías de varios autores está claro que esta novela, que El enigma de las arenas es ese manantial del que, de una manera u otra, autores y libros han bebido, en mayor o menor cantidad, desde su publicación. Podría decir, siguiendo con los símiles náuticos y marítimos, que este libro es una especie de faro que cualquier escritor o escritora que quiera construir una novela de espías de corte clásico debe tener siempre como punto de referencia en su brújula y no perder de vista para no caer en artefactos falsamente originales que lo que se convierten es en tostones sin sentido.

Nadie que se diga amante de la novela de espías y que haya leído posteriormente a Conrad, le Carré, Greene, McEwan, Agatha Crhistie, y tantos debería dejar en el olvido El enigma de las arenas. Pese a tener poca relación con el contexto histórico actual esta novela sigue siendo una gran novela de aventuras y de espías clásicos. Además, teniendo en cuenta los años transcurridos desde su publicación, es admirable que se deje leer con tanta facilidad una vez te acostumbras a toda esa maraña de tecnicismos náuticos y marítimos que en el fondo dan a la novela ese aire tan clásico que tiene. Y como siempre digo de los clásicos al final siempre es un gusto leerlos.

Caronte.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Punto de cruz

Ya dije hace un año que iba a empezar a leer literatura y libros diferentes a los que hasta entonces estaba acostumbrado a leer. Quiero decir con esto que quería diversificar un poco mi biblioteca personal acercándome a puntos de vista diversos, diferentes, no tan usuales como los que, entre comillas, el canon tradicional suele imponer. Por esa razón, desde el año pasado, llevo siguiendo de manera muy asidua todo el mundo de la literatura escrita por mujeres, intentando leer no solo a aquellos autores a los que siempre he leído, sino incorporar nuevos autores tanto en castellano, como en inglés, francés, italiano o catalán que puedan aportarme esos puntos de vista diferentes que estoy buscando y sobre todo, si puede ser, femeninos. Y a esta labor de diversificación de mi biblioteca y mis lecturas colabora desde hace no mucho una editorial que hace una labor inmensa publicando voces frescas, jóvenes y femeninas como es la editorial Tránsito Libros.

Punto de cruz es una novela sobre el paso de una adolescencia juventud a una madurez personal de tres jóvenes mexicanas de ideología progresista, de familias semi acomodadas, que son amigas y que las une tanto el amor por el punto de cruz, por tejer, como la literatura y la cultura. Narrada desde el punto de vista de una de estas tres amigas, la historia se recrea en recuerdos de su infancia, en recuerdos de sus otras dos amigas, en un viaje a Europa a visitar a una de ellas recorriendo Londres primero y París después, su vida preuniversitaria, sus amores juveniles, su descubrimiento del sexo, el afianzamiento de su amistad y el enfriamiento de esta con la madurez y la distancia.

Muchos y muy diversos son los temas que Punto de cruz trata siempre desde la perspectiva femenina y por tanto siempre desde una perspectiva quizá eclipsada generalmente por un mundo que, nos guste más o menos y lo aceptemos o no, está dominado por los hombres, por las conductas masculinas, dejando siempre a la mujer una serie de lugares propios y obligándola a asumirlos o, muy probablemente, ser tachada de diferente o sufrir diferentes violencias de género si no acata lo que la sociedad masculina se supone la obliga a aceptar. Y, además, todo partiendo de una sociedad como es la mexicana tremendamente machista donde la violencia contra la mujer es una lacra diaria y, por tanto, por ser rutinaria, casi invisible.

Cuando hace un año y pico decidí transformar mi manera de leer para incorporar a mis lecturas a más autoras, más escritoras, no era simplemente por una cuestión de vanidad o de postureo era una cuestión que me surgió después de darme cuenta de que el 80% de mis lecturas provenían de escritores, de hombres, y teniendo en cuenta que la mitad de la humanidad son mujeres no podía permitirme que la única visión literaria que tuviera fuera la descrita en obras escritas por hombres. Punto de cruz no solo es una novela escrita por una mujer, sino que además está escrita con la frescura que da la juventud, tratando temas que en el fondo son de mi propia generación, aunque pertenecientes quizá a las preocupaciones del sexo contrario, pero no dejan de ser las mismas preocupaciones y experiencias que he tenido yo cuando pasé de mi adolescencia a mi juventud y posteriormente a mi madurez.

Lo suelo comentar siempre que leo una novela escrita por un autor del otro lado del charco y es que en Punto de cruz como en otras muchas novelas el lenguaje es tan parecido y a la vez tan distante del español de España que lo hace maravilloso. Esa musicalidad, ese color, esas palabras que sin saber realmente lo que significan sabes qué quieren decir, esos dejes, esas características tan propias del español que se habla fuera de España hacen de todas las novelas latinoamericanas lecturas muy jugosas e interesantes para el lector.

Sin ser una novela excesivamente deslumbrante Punto de cruz es una historia de amistad, de cariño, de mujeres que luchan por sus ideales, por sus propias victorias, por llevar la vida que quieren, aunque el mundo les sea hostil por naturaleza. Tejida en tres hilos diferentes esta historia de lugares comunes a toda una generación dando igual el lugar de procedencia emociona y conmueve a partes iguales. Quiero reconocer la labor de publicar historias diferentes novelas diferentes todas escritas por mujeres de distintas generaciones, pero poniendo el foco principalmente en autoras jóvenes de la editorial Tránsito, que además edita de manera preciosa con un estilo único y particular que hace muy atractivo acercarse a sus libros.

Caronte.

jueves, 12 de agosto de 2021

La vida mentirosa de los adultos

 

Volver a leer algo de Elena Ferrante tras haber terminado la saga de las dos amigas de Nápoles hace unos meses era casi cuestión de necesidad para mí. Cuando supe que este año la misteriosa escritora italiana sacaría libro nuevo empecé a seguirle la pista. Obviamente sabía que las altas cuotas de calidad narrativa y literaria alcanzadas con las cuatro novelas de Nápoles iba a ser muy difícil de igualar. No obstante, pese a las altas expectativas que llevaba tenía ganas de volver a leer a Ferrante para sumergirme de nuevo en una historia de gente normal, en un universo tan particular como universal, ambientada en Nápoles como podría estar ambientada en Sevilla, Valencia o Madrid. Lo único malo que suelen tener las expectativas es que si son muy elevadas se corre el serio riesgo de quedar insatisfecho y decepcionado, con la consiguiente pérdida de confianza en la literatura ya que muchas veces se da por hecho que un escritor debe emularse continuamente en cada una de sus novelas, cuando para nada esto es una seguridad absoluta.

La mentira está en nuestras vidas desde el mismo momento en que salimos del engaño del ratoncito Pérez, los Reyes Magos o Dios. En el mismo momento en que entramos en la vida de los adultos, y no es necesariamente cuando se es mayor de edad, asumimos que el mundo está repleto de mentiras: que se miente para vivir o para sobrevivir. La vida mentirosa de los adultos es el relato de cómo una joven de familia acomodada y burguesa progresista de Nápoles entra en esa vida dándose cuenta de que mentir no es un accidente, sino parte del paisaje de la vida, inherente a nuestra existencia de hecho.

El escenario por el que se moverá el lector será de nuevo Nápoles: ciudad ya conocida para los lectores de Ferrante ya que en ella se desarrollan las cuatro novelas de la saga de las dos amigas que tanto furor despertaron hace años. Un Nápoles descrito a la perfección, tanto sus barrios acomodados como los más humildes y en el que se ven los grandes contrastes entre tradición y vanguardia, pobreza y burguesía, clase y vulgaridad. La vida mentirosa de los adultos es una novela que no tiene muchas pretensiones más que reflejar la cotidianeidad y la normalidad de personajes humildes con problemas comunes y relaciones interpersonales que da igual el lugar del mundo en el que estemos que siempre se dan de la misma manera.

Nadie puede dudar a estas alturas de que Elena Ferrante, con el bombazo que fue la saga napolitana rompió los moldes de la narración costumbrista retratando como pocos han hecho la vida humilde de gentes normales y corrientes con las que el lector puede sentirse totalmente identificado y retratado incluso. En La vida mentirosa de los adultos Ferrante sigue explotando ese filón costumbrista italiano/napolitano, pero pierde parte del tirón y la magia que tuvo su tetralogía. O, al menos, esto es lo que me ha pasado a mí: que no he entrado en la historia de la manera que entré en sus novelas anteriores.

Como siempre digo, que un libro no me haya llegado es más problema mío que del autor o autora. En este caso, sabiendo que Elena Ferrante escribe como pocos autores, tengo que asumir que el que tras la lectura de La vida mentirosa de los adultos haya quedado frío y quizá, muy a mi pesar, decepcionado, es más mi culpa que suya. Reconozco que me he aburrido mucho durante la lectura de esta novela que pretende alcanzar las cuotas de intimidad y profundidad emocional que tienen las novelas de su saga napolitana sin conseguirlo ni de lejos. No es una mala novela, pero no es la novela que esperaba encontrar.

Pese a que la historia que Ferrante cuenta en La vida mentirosa de los adultos no haya resultado de mi interés y me haya costado avanzar en ella por encontrarla quizá algo más repetitiva de lo normal y casi esperable, sí tengo que decir que no hay autora que retrate Nápoles (o cualquier otra ciudad) como hace Ferrante en sus novelas. En esta novela de nuevo Nápoles y sus barrios, sus gentes, sus ruidos y olores, sus tradiciones, calles, plazas y parques son un elemento fundamental en el desarrollo de la trama. Nápoles no es un mero escenario sino mucho más, significando toda la vida en sí misma con sus dobleces, contrastes, mentiras, evoluciones, malos y buenos momentos. Las novelas de Ferrante son perfectas guías turísticas espaciotemporales que nos llevan a una Nápoles que fue pero que, en cierto modo, estoy seguro, que sigue siendo.

Es cierto que La vida mentirosa de los adultos no me ha entusiasmado, pero es una novela que sigue la senda de la saga de las dos amigas. Ferrante narra como nadie los conflictos personales y familiares, sin contemplaciones ni remilgos, y retrata como pocos su ciudad. También es cierto que alcanzar el nivel que se alcanzó con las novelas de las dos amigas es muy difícil y por tanto todo lo que venga después pues lo más seguro es que no esté a la altura de aquello. Sin embargo, estoy seguro de que cualquier lector a quien le entusiasme una historia de madurez, de paso de la infancia inocente a la adultez mentirosa y contradictoria, donde las pasiones y los impulsos rigen la vida más que los placeres del vivir tranquilo, encontrará en esta novela una gran lectura, entretenida y perfecta para esas pérfidas tardes de agosto en la piscina o junto al mar.

Caronte.

viernes, 30 de julio de 2021

La canción del cielo

Una de las tareas más complicadas para un lector, al menos para mí, es elegir la lectura o lecturas que nos acompañarán durante nuestras vacaciones (que no el verano, que es mucho más largo y no hay problema de elección ya que en mi caso no es más que una prolongación del periodo ordinario del resto del año). En años anteriores lo que he hecho durante la semana de vacaciones que suelo irme a la playa a desconectar de todo y de todos (salvo de la lectura) ha sido llevarme algún libro para releer, actividad de la que no soy muy asiduo por eso de que releer algo ya leído me hace perder tiempo de leer algo que nunca ha pasado por mis ojos. Sin embargo, este año he decidido arriesgar algo más llevándome no solo una novela que llevaba en mi pila de pendientes muchos meses ya (casi un año diría yo) sino a un autor al que nunca había leído. Y solo me llevé un libro sabiendo que por su extensión y siendo en inglés no me daría tiempo a leer mucho más, asumiendo además el riesgo de que no me gustara y me quedara sin lectura vacacional.

La canción del cielo (título en inglés Birdsong, que cada cual saque sus conclusiones sobre la interpretación del título para su traducción) es una novela de amor y guerra, de luchas personales y superación, de muerte y vida, de salvación y condena. Con el trasfondo de la primera guerra mundial, esa guerra de trincheras, frío, barro, agua embalsada, terrenos pantanosos, bosques neblinosos y túneles hacia las profundidades de la tierra donde espiar al enemigo y tenderle trampas o caer sepultado en trampas contrarias; con este trasfondo Sebastian Faulks elabora una historia de amor y familia a lo largo del tiempo.

Siempre me han gustado las novelas históricas, o más que históricas, aquellas que tienen un trasfondo real, bien documentado, que hace que la historia principal cobre fuerza y matices de verosimilitud extrema. La canción del cielo no es una novela sobre la primera guerra mundial y al mismo tiempo es la mejor novela sobre la primera guerra mundial que me he leído. Faulks consigue que el trasfondo histórico en el que se desarrolla la historia principal de amor, traición, dudas, lealtades y miedos realce la intensidad de los sentimientos de los personajes y su destino. Pocas novelas he leído tan gráficas a la hora de describir los horrores de la guerra, los olores y sonidos, los silencios, la camaradería y el mismo tiempo el egoísmo individual de quien quiere salvarse a toda costa y volver a la vida de antes.

A lo largo de su medio millar de páginas, La canción del cielo narra la historia familiar de un soldado británico que combatió con heroísmo en la primera guerra mundial dividiendo la historia en tres épocas diferentes: 1910, cuando llega por primera vez a Francia para hacer negocios con un empresario textil francés de cuya, mucho más joven, mujer queda locamente enamorado y con la que se fuga; 1916-1918, época de guerra, de trinchera y de túnel en la que las relaciones entre los diferentes soldados, sus vínculos y sus vidas personales, sus sueños y sus deseos más carnales cobran protagonismo; 1978, época en la que Faulks introduce una especie de excusa para narrar las otras dos épocas y en la que nos presenta a la nieta del protagonista que intenta entender su presente rebuscando en el pasado familiar que desconoce.

Creo que no exagero si digo que La canción del cielo es una novela soberbia y muy bien escrita, cosa que me ha sorprendido para bien, que mezcla amor y guerra, probablemente dos de las cosas que más locuras llevan a hacer al ser humano. Con un ritmo constante en la narración y una manera de contar que hace que el lector no se sienta pesado en ningún momento sabiendo que tiene entre las manos una novela extensa, Faulks consigue atrapar al lector desde los primeros compases de la novela haciéndola, sino idónea, sí muy interesante para leer en la playa, a la sombra de una sombrilla y contrastar nuestro particular paisaje de entorno de lectura con las imágenes de pueblos franceses asediados y campos de labranza convertidos en barrizales y cementerios improvisados donde los restos humanos se esparcen como semillas de agricultor.

Pero ha habido una cosa que no he terminado de entender ni de comprender su por qué. No logro discernir qué parte juega en La canción del cielo todo lo relativo a 1978 y la nieta del protagonista. Esta parte encaja muy forzadamente introduciendo una subtrama muy alejada de la principal ambientada en la guerra. Se me escapa la intención de Faulks al introducir, sin necesidad realmente porque la historia sin esta parte “actual” sigue bien armada y construida, todo lo relativo a la nieta del protagonista. Creo que o bien debería haber dado un poco más de relevancia a esta parte o bien eliminarla, porque sinceramente no aporta nada.

Quitando esto último que he dicho, La canción del cielo ha sido todo un descubrimiento como novela y Sebastian Faulks se me ha revelado como un grandísimo escritor con una delicadeza increíble a la hora de narrar. Fui con cierto temor a mis vacaciones, no por las vacaciones en sí mismas, sino por que no me fuera a gustar este libro que me llevé. Al final, no solo lo disfruté inmensamente, sino que creo que no pude elegir mejor la novela que me ha acompañado este año hasta Fuerteventura. Creo que volveré a Faulks, quizá no pronto, porque tengo multitud de lecturas pendientes (cruz de los lectores irredentos y compulsivos), pero sí sé que volveré a leer alguna de sus novelas a pesar de que en España no sea demasiado conocido.

Caronte.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Panza de burro

 

Siempre he pensado que la literatura, la buena literatura, debe hacer visible y dar voz a todo lo que, pese a serlo realmente, queda en la oscuridad de la sociedad silenciado por aquello que creemos más relevante e importante. Un buen libro debe sacar a la luz esas voces interesantes, claras, directas y contundentes que nos abren los ojos de realidades que nos quedan muy cerca, pero que, por pereza, desconocimiento, distracción o incluso desidia obviamos sin querer o deliberadamente. Esto es lo que debe hacer la buena literatura y no simplemente entretenernos durante las horas que dure la lectura de un libro o hacernos imaginar mundos diferentes o viajar en el tiempo. Esas realidades diferentes, diametralmente opuestas a nuestras propias vidas diarias, no siempre están en mundos lejanos, paisajes exóticos o tiempos extraños, sino a la vuelta de la esquina, solo que por miedo y prejuicios preferimos no fijarnos en ellas.

Panza de burro es de esas novelas de las que todo el mundo habla, generalmente para bien, que surgen casi de la nada, sin pretensiones y sin una campaña de márquetin inmensa (ya que la editorial que la ha publicado es minúscula y fuera de todos los grandes circuitos editoriales) pero que sacuden el mundo editorial y literario surtiendo el efecto purificador que suele tener un ventanal abierto en una casa cerrada durante muchos años. Este libro es puro aire fresco, nuevo, totalmente renovado, no olido ni visto ni sentido con anterioridad, o muy pocas veces experimentado, pero que es necesario.

Andrea Abreu, la joven autora (26 años) que ha creado esta maravillosa novela, ha conseguido aunar en Panza de burro un estilo novedoso, fresco, lleno de colorido y musicalidad canarias gracias a un léxico local, lleno de palabras mágicas de barriada pobre y prácticamente rural, con una historia conmovedora, tierna, realista y llena de amistad, amor y, ante todo, sinceridad. La historia de dos amigas de apenas una decena de años narrada por una de ellas, que viven en casas extremadamente humildes, sin lujo alguno, salvo algún capricho, en un ambiente en el que el universo acaba con la última casa del barrio, donde las abuelas son las madres, donde la calle es la mayor y mejor escuela de vida, donde el amor se vive sin tapujos y los instintos priman a la razón, es el hilo conductor de una novela absolutamente rompedora y fresca.

Cuando empecé a oír hablar de Panza de burro solo escuchaba halagos principalmente a la manera en que estaba narrada. Hay quien calificaba este libro como experimental, con un estilo único y poco visto; extremadamente original incluso. Estas alabanzas, quizá en algunos casos desmesuradas, me echaron un poco para atrás. Sin embargo, gracias a la recomendación de un apreciado amigo canario, lector y escritor incansable, me animé a hacerme con ella intentando no empezar a leerla con prejuicios en mi cabeza. Lo conseguí y me acerqué a sus primeras páginas con cautela, para en seguirá caer rendido ante la manera de narrar de Abreu y, página tras páginas, y capítulo tras capítulo (son cortitos, como una exhalación de aire frío en la cara) fui cayendo rendido no solo ante el estilo, la gramática y el léxico empleado, sino también ante una historia que bien podría ser la de cualquier barrio humilde de cualquier ciudad española, pero que gracias a ese color canario tan maravilloso, se convierte en una historia única.

Panza de Burro no es solo una novela rompedora en el panorama literario español, es también un libro atrevido y valiente que da voz a quienes nunca la han tenido, o lo han hecho, pero en muy raras y contadas ocasiones. Los excluidos de la sociedad, los sin futuro, los sin voz, los invisibles, los que, con su trabajo duro diario, sus sacrificios, sus ausencias, sus silencios levantan la sociedad en la que vivimos. Andrea Abreu, a través de la mirada inocente, pero con cierta madurez, de una niña canaria nos muestra qué es la vida fuera de los focos de las grandes calles y plazas y barrios de nombre famoso, de las ciudades españolas, centrando además el ámbito geográfico en una periferia más absoluta: Canarias, allí donde “solo se va de vacaciones a una hora menos que en la península”. Esto es lo que comentaba al principio: dar voz y sacar de la oscuridad a esa parte del mundo, de la sociedad, que existe y es, pero que queremos ignorar por sentir algo de rechazo.

Para mí este libro es pura literatura, o al menos lo que yo creo que debe ser la literatura. Panza de burro es un golpe brutal a los convencionalismos literarios. Estamos ante una historia diferente, cautivadora, sugerente y extremadamente necesaria. Dar voz literaria a una niña de diez años que vive con sus padres y abuela en un suburbio de Tenerife, que es criada principalmente por su abuela ya que sus padres trabajan para el turismo y la construcción, que vive más en la calle que en la casa, que cuenta con ojos de niña que está empezando a descubrir el mundo adulto su vida y su relación con otra niña de su edad a la que quiere (querer sin tapujos ni dobles sentidos ni hipocresías); todo esto es necesario en literatura, porque es necesario hacer literatura actual, que rompa con los cánones que llevan fijos sin casi ninguna mutación muchos años.

Panza de burro ha superado todas mis expectativas y tirado por tierra todos los prejuicios que tenía de él antes de empezarlo. Andrea Abreu ha conseguido con esta novela dar un golpe en la mesa, poner en la órbita literaria una manera de contar diferente, directa, sin pelos en la lengua y sin tapujos, dando voz y vida a los silenciados con una historia que atrapa, conmueve, divierte y que conecta perfectamente con aquellos que sobre los años 2000 teníamos unos 10 años. He disfrutado como un niño pequeño leyendo esta historia cuyo final, además, es tan drástico que el cerebro no puede más que explotar. Leedla por favor.

Caronte.

sábado, 8 de mayo de 2021

Simón

 

Llego quizá un par de meses (si no más) tarde a esta novela que rompió listas de ventas y estuvo en boca de crítica y público durante semanas y semanas. La espera tiene su porqué, sus razones, y no hay espera que al final no valga la pena. Esperar es sinónimo de paciencia. Quizá tendría que haber leído esta novela en enero tras haberla recibido como regalo de Reyes, pero SS.MM. de Oriente no dejaron bajo el árbol de Navidad sus páginas. Ha sido cuatro meses después, para mi cumpleaños, cuando he recibido este libro de imponente, llamativa y simple portada naranja. También es cierto que haber dejado pasar los meses, dejar que el soufflé creado tras la publicación de esta novela bajara ha servido para que mi lectura haya sido más tranquila, menos presionada por las expectativas (que aun así han sido altas). Y es que es curioso cómo un libro de un autor no famoso que publica en una editorial nada pretenciosa ni megalómana haya podido calar tanto en el mundo literario y se haya convertido en un fenómeno tan relevante.

Llego a Simón con muchas expectativas y ganas, es posible que demasiadas. Y eso nunca es bueno. No lo es porque son ideas preconcebidas falsas, propias, personales, creadas por vivencias pasadas que nada tienen que ver con el presente o la realidad y por tanto peligrosas. Tras la lectura de esta novela de Miqui Otero, a pesar de que no todas las expectativas se han cumplido, sí que puedo decir que no he salido decepcionado y que todo lo que esperaba de la novela se ha visto cumplido.

Y llegó Simón. Miqui Otero nos lleva de la mano a conocer la vida de este chico barcelonés, de padres y tíos gallegos, que regentan un bar de taxistas de toda la vida, lleno siempre de clientes fijos y no tan fijos, de esos que se llaman de toda la vida y que conforman un paisaje de fondo sin el cual la vida no se termina de entender. Simón, de la mano de su primo hermano que, así como el pijoaparte aquel de Marsé, Otero llama primohermano, conoce una Barcelona pre olímpica que le impacta y a unos personajes que le marcarán toda su vida. Pero un día todo ese sueño involuntario se esfuma, de la noche a la mañana, cuando su primo desaparece.

Si comparo a Miqui Otero con Marsé es siempre con el máximo respeto que le tengo al segundo, desgraciadamente fallecido el año pasado, y salvando las enormes distancias que les separan. Pero hay algo en Simón que me recuerda a las novelas de Marsé. Por supuesto que la Barcelona de las novelas de Marsé, trasladada unos lustros hacia adelante en el tiempo, es la que aparece en esta novela: una Barcelona cuyo pasado de barrios pobres y humildes sigue presente y vivo; una Barcelona pre y postolímpica; una Barcelona golpeada por la crisis económica de 2007 y por los atentados de las Ramblas de 2017. Junto con esta Barcelona tan marsesiana, también tiene aires de Marsé los personajes y situaciones llenas de ese realismo mágico barcelonés que tanto me gusta y que sin haber pisado Barcelona más que unos pocos días me ha hecho enamorarme de la ciudad gracias a los libros que he ido leyendo ambientados en ella.

Mucho se ha hablado de Simón, tanto que quizá poco se puede aportar que no haya sido dicho o comentado. Para mí ha sido una novela intensa, tierna, dolorosa, divertida y sobre todo llena de vida. Porque al final, alejándonos de cualquier trama principal o secundaria, este libro va sobre la vida. Y diréis “claro, esta novela es sobre la vida de Simón, su protagonista”, y yo contestaré que sí, que va sobre Simón, pero también sobre todos los Simones que hay en España, esos niños nacidos en los 80 que vivieron el boom de los noventa, que se han dado la hostia en los 2000 y que viven ahora de un pasado que fue, un presente que no es y de un futuro que prefieren ni mirar.

Simón es una novela de aprendizaje, que sigue la gran tradición literaria de este tipo de novelas en las que es el paso de la niñez a la juventud y de ahí a la edad adulta el eje alrededor del cual se articula todo. La pérdida de la inocencia, las decepciones, la supervivencia en un mundo en el que o eres un pícaro cretino aprovechado o te comes los mocos (hablando mal y pronto como dicen en mi casa). Miqui Otero ha escrito una magistral obra narrativa sobre Barcelona y sus gentes de barrio, curritos que sobreviven, familias que se aguantan, gente que intenta sacarse las castañas del fuego, amigos que se apoyan, amores que no condensan y otros que quedan suspendidos en una amistad sincera. Y esto no es fácil de conseguir.

No obstante, y pese a que creo que Simón merece gran parte de los elogios que en estos meses ha recibido, creo también que quizá no es esa obra perfecta sobre toda una generación y una época. Creo que al principio de la novela le falta ritmo y algo de enganche, al menos a mí me ha costado mucho superar el primer centenar de páginas porque era incapaz de vibrar el mismo ritmo que lo hacía la narración. El estilo de Miqui Otero es muy particular, todo hay que decirlo, e involucra mucho al lector en esta historia, apelándole constantemente, haciéndonos directamente partícipes de todo cuanto acontece, incluso avanzándonos cosas que están por venir en la narración. Estilo que se agradece por su frescura, pero con el que al principio me costó llevarme bien.

Probablemente quien lea esto o haya leído ya Simón o esté a punto de hacerlo o, hastiado por la omnipresencia de la portada naranja en librería y blogs de literatura, ni se plantee leerlo. Sea cual sea el caso de quien a este texto se acerque, la novela de Miqui Otero ha roto un mundo literario dividido entre los escritores experimentadores de estilo críptico y forma aún más desconcertante, y los escritores de siempre de pluma ligera y textos superfluos. Esta obra es tradicional pero el mismo tiempo fresca y diferente, y su lectura (pese a que a mí me costara entrar en la historia) es agradable y amena, tierna, intensa y divertida, llena de vida y con muchos ecos de Marsé. Quien quiera disfrutar de un buen libro ahora que ya parece q llega el calor para quedarse y se puede leer en parques y jardines, este puede ser buena opción para pasar el rato.

Caronte.

jueves, 8 de abril de 2021

Las gratitudes

 

Mi búsqueda constante de nuevos autores y autoras para leer en sus idiomas maternos hace que tenga en la recámara una buena lista de escritoras (porque lo que este año más estoy buscando son mujeres) tanto en inglés como en francés. Una de esas autoras que llevan pendiente bastante más tiempo del que deseo es Delphine De Vigan, autora que hace tiempo sigo y de la que voy sabiendo novedades en español, pero a la que me falta tiempo para leer. Hace un par de años leí una primera novela suya que me dejó quizá más frío de lo que esperaba, quizá puede que fuera el momento de lectura de aquel libro, o quizá es que elegí mal el primer libro suyo que leer. No obstante, esta vez he tirado de recomendaciones a través de perfiles que sigo en redes sociales y he elegido una novela muy corta pero muy intensa, donde los sentimientos quedan a flor de piel.

Las gratitudes es de esas novelas que se leen en apenas un suspiro y que no dejan al lector respirar, agarrándole donde más le duele para soltarle destrozado después de una lectura vista y no vista. Y es que no exagero si digo que la novela se puede leer en apenas unas horas, en una tarde de climatología adversa que anime a no salir de casa y en la que las propuestas audiovisuales no convenzan del todo.

Una novela tan breve como Las gratitudes no puede tener un argumento ni un hilo narrativo demasiado complejo. Es así. En esta novela Delphine De Vigan nos presenta a tres personas: Jerôme, Marie y Michka (diminutivo de Michèle). Pero en el centro de ese trío está Michka, una anciana que empieza a no poder valerse por sí misma y se ve irremediablemente llevada a una residencia. Marie, una mujer joven, es una especie de vecina, amiga íntima de Michka, pero su relación, su vínculo es mucho más intenso que una simple vecindad o amistad; sin ser una relación de parentesco lo parece y de hecho al principio de la novela el lector puede llegar a pensar que es la sangre la que une a las dos mujeres. Jerôme por su parte es un simple especialista en la tercera edad, que visita a Michka en la residencia para intentar mejorar su estado y sus problemas de habla.

La novela está narrada por partes en las que se alternan las voces narrativas de Marie y Jerôme. Son ellos los que nos van llevando a lo largo de las páginas de Las gratitudes a través de la vida, o el final de la misma, de Michka. Aviso de que esta es una novela dura, donde los sentimientos siempre están a flor de piel, y donde se va viendo, página a página, el final de una persona, su degradación, su apagado. Todos los que hemos pasado por algo similar, como es ver a un familiar, a alguien muy cercano y querido, apagarse de esta manera, por días, sin prisa, pero sin pausa, encontraremos en esta novela un espejo donde mirarnos, donde ver cómo todo final es igual, aquí o en Francia o en el rincón más remoto del mundo.

Cuando llega un final, cualquier final, de cualquier tipo, pero sobre todo el final de la vida de alguien, y más si ese alguien es una persona amada, querida, apreciada, se pone de manifiesto lo importante que puede llegar a ser una palabra, una sola. Las gratitudes también es una novela sobre el decir y el callar, sobre cómo un “gracias” puede cambiarlo todo. Pero también quedamos advertidos en esta novela de cómo un silencio puede causar impotencia, infelicidad, dolor, muerte, desconsuelo y desconcierto. Palabra callada es palabra muerta, oportunidad perdida para expresar cómo nos sentimos.

En una sociedad como la actual donde las palabras pierden cada día su importancia mezcladas con debates absurdos sobre su uso, donde los políticos de toda índole pervierten el lenguaje a su favor vaciando de contenido palabras otrora sagradas Las gratitudes se yergue como una obra donde la palabra es lo importante, no solo debido al problema que vemos a lo largo de la novela que va sufriendo en mayor grado a cada página Michka, sino en su conjunto. Si no somos capaces de decir un gracias, un te quiero, un perdón, ¿qué nos queda? Nada: el olvido.

Las gratitudes es una novela que no va a dejar indiferente a nadie que la lea. Llega a lo más profundo del corazón y el espíritu y remueve conciencias. Nos plantea el final de una vida desde dos puntos de vista diferentes con el único punto en común de las palabras: tanto su presencia como su ausencia. Además, subyace en la propia historia de Michka un pasado también movido por una búsqueda para agradecer a quienes le salvaron su ayuda. Pero, en el fondo las tres personas que llenan esta novela tiene palabras para agradecer, gestos que denotan agradecimiento y ternura, vínculos generados difíciles de romper, emociones que les desgarran cuando el silencio se impone a la vida. Y al final, lo que creo que todos buscamos en una novela es que nos emocione, nos conmueva, no nos deje indiferente, y desde luego, esta novela no va a pasar sin pena ni gloria por el lector que decida leerla.

Caronte.